lunes, 14 de agosto de 2017

Pornography


El álbum favorito de muchos seguidores de The Cure, Pornography (1982) tardó mucho tiempo en ser considerado seriamente por la crítica, la cual lo calificó en sus tiempos como una obra hueca, pretenciosa, grotesca, granguiñolesca.
  El disco que hoy está considerado como una de las piezas clave del rock gótico de los años ochenta, en su tiempo fue menospreciado por los especialistas, quienes suelen equivocarse nueve de cada diez veces con sus veredictos. Actualmente, con la perspectiva que da el tiempo, puede decirse que se trata de un trabajo excelente, si bien no alcanza los niveles de obra maestra que algunos le conceden de manera un tanto acrítica.
  Hiperdepresivo, con una visión negrísima de la realidad, Pornography empieza estremecedoramente con "One Hundred Years", una composición que inicia de manera muy poco optimista con la frase: “No importa si todos morimos”. Otros cortes notable son la desoladora “The Hanging Garden”, la bizarra “Siamese Twins” –la cual describe con sardónica crudeza la traumática pérdida de la virginidad de un joven (¿el propio Robert Smith?) y que concluye con una pregunta desolada y atónita: “¿Acaso siempre es así?”– y la homónima “Pornography” –en la que se relata la caída sin remedio en la desesperación y la angustia, a pesar de los gritos finales que claman con iracundia: “¡Tengo que combatir este mal, encontrar una cura!”.
  Un final dramático para un álbum aún más dramático, si bien musicalmente carece del necesario pulimento.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 5 de La Mosca en la Pared, dedicado a The Cure y publicado en noviembre de 2003)

lunes, 7 de agosto de 2017

Band of Gypsies


De los muchos álbumes en vivo de Jimi Hendrix que han aparecido (y que siguen apareciendo) durante los últimos cuarenta y tantos años, este es el único oficialmente autorizado por el músico. Ni siquiera la versión completa y en disco compacto doble (aparecida en 1999) de los dos legendarios conciertos de la Banda de Gitanos, celebrados en el Fillmore East de Nueva York en el año nuevo de 1969-1970, vale. Lo curioso es que el vinil original salió debido a un adeudo contractual que tenía Hendrix con su disquera y que debió pagar de ese modo.
  The Band of Gypsys estaba conformada por Jimi Hendrix en la guitarra, Billy Cox (un viejo ex compañero de Jimi en el ejército) en el bajo y Buddy Miles (el obeso y contundente ex integrante de Electric Flag) en la batería. La Jimi Hendrix Experience había pasado a mejor vida seis meses atrás y con su nueva agrupación, el guitarrista pareció tomar nuevos ánimos, lo cual resalta en esta emotiva grabación en la que el de Seattle quiso dar a conocer parte del nuevo material que había compuesto. Era claro que la psicodelia comenzaba a quedar atrás y que Hendrix apostaba ahora por temas más concisos y más emparentados con el soul, el funk y el rhyhm n’ blues.
  La actuación de esa noche no pudo ser mejor: intensa, precisa, compacta, poderosa, llena de alma y sentimiento… y técnicamente perfecta, con una utilización asombrosa de su instrumento y de diferentes efectos que lo llevaron a estratos nunca antes explorados por músico de rock alguno. Esto resulta evidente sobretodo en la mejor pieza del disco: la monumental y escalofriante “Machine Gun”, en la que su guitarra produce toda clase de sonidos que remiten a la guerra y a los bombardeos de los marines sobre Vietnam del Norte. El tableteo de las ametralladoras, reproducido también por la batería de Miles, es uno de los momentos más memorables en la carrera de Jimi Hendrix. Pero no sólo hay efectos en la canción. La letra es un impecable alegato antibélico y la música no puede ser mejor, sobre todo el prodigioso y devastador solo de su guitarra eléctrica.
  Otros temas notables del disco son “Who Knows” –con su suave riff inicial que da paso a la entrada simultánea de la sección rítmica para armar un compás que hipnotiza y brinda pie a un diálogo vocal entre Hendrix y Miles para culminar con una extraordinaria demostración del uso del wah-wah–, “Power of Soul” –un gran tema (que en la contraportada del disco aparece extrañamente como “Power to Love”), pleno de potencia rocanrolera, cambios armónicos que van del rock duro al funk y al soul psicodélico y asombrosos pasajes instrumentales de transición, más una sensacional coda a dos voces– y “Message to Love” –otra canción con idealista mensaje de amor y paz (que es lo de menos) y una construcción funkera (que es lo de más) próxima al pop (como se entendía el pop en los sesenta) y al rhyhm and blues, aunque con una guitarra hendrixianamente apabullante.
  Buddy Miles contribuyó con dos composiciones: “Changes” y “We Gotta Live Together”. La primera es una muy divertida pieza funky, con la guitarra juguetona de Jimi que sirve como contrapunto a la aguda voz del gordo baterista, al tiempo que repite el contagioso y conocido riff y edifica un muy buen solo. “We Gotta Live Together” es menos brillante y no parece ser el corte ideal para terminar el plato, pero la salva la intervencieon omnipresente e híper creativa de la guitarra de Hendrix.
  Band of Gypsys (1970) es  un trabajo memorable y uno de los grandes discos en concierto de la historia del rock.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 19, publicado en abril de 2005).

miércoles, 2 de agosto de 2017

Todos saludan al ladrón (entrevista con Colin Greenwood de Radiohead)


Hail to the Thief –algo así como “Salve al ladrón” o, quizá de manera más exacta,  “Alabado sea el ladrón”– es el más reciente trabajo discográfico de Radiohead, probablemente una de las agrupaciones más vanguardistas y propositivas del rock actual. Quinto álbum del quinteto británico, se trata de una especie de resumen de la música que han hecho a lo largo de su carrera, en especial a partir de The Bends (1995). Hay aquí referencias sonoras, aunque nunca explícitas, lo mismo del Ok Computer (1997) que del Kid A (2000) o el Amnesiac (2001). Sin embargo, no es un mero sumario de la obra del grupo lidereado por Thom Yorke, sino un paso adelante, una propuesta que –como ha sido siempre desde que la banda existe– marca nuevos derroteros, rutas a seguir, caminos a explorar. En entrevista telefónica desde París, Francia, Colin Greenwood, bajista de Radiohead, un tipo cálido y amable, habla a Milenio Semanal sobre este flamante opus de la agrupación.

¿Piensas que Hail to the Thief sea como un compendio de todos los discos anteriores de Radiohead?
Sí, ahora que lo dices creo que en esencia lo es. Puede verse como una combinación de lo que hemos hecho con anterioridad.

En este disco no hay tanta experimentación en estudio como la hubo en obras pasadas, la música suena más orgánica, más analógica. ¿Significa esto que Radiohead ha retornado de alguna manera al rock clásico?
No. Si bien en otros discos como Kid A o Amnesiac la experimentación era muy notoria, en este nuevo álbum existe una mezcla entre los elementos experimentales y los instrumentos convencionales. En ese sentido, Hail to the Thief no representa un regreso al rock clásico sino una evolución de la banda.

¿Por qué el nombre Hail to the Thief?
Queríamos un título fuerte, provocador, algo que fuera impactante. Es una frase tomada de una de las canciones de Thom (Yorke), la que abre el álbum (“2+2=5”) y que en una parte dice: “Todos saludan al ladrón / Pero yo no”. Y no nos referimos a un ladrón común y corriente, sino a todos aquellos ladrones que nos roban: las grandes empresas, las corporaciones, los gobiernos.

En el tema “Backdrifts”, Thom Yorke canta: “Somos fruta podrida / Somos buenos dañados / Qué demonios / Nada tenemos que perder”. ¿Por qué Radiohead tiene esa visión oscura de la vida? ¿Crees que todo esté tan mal? ¿Piensas que no hay esperanzas?
No, no… Es puro humor lo que hay en esa letra y en otras, simple ironía. Es una forma de hacer notar las cosas, pero tenemos otras canciones más luminosas.

En esta ocasión, han utilizado ustedes los conductos comerciales convencionales para promover el disco: lanzaron un sencillo en la radio (“There There”), grabaron un video para la televisión, dieron entrevistas a la prensa… ¿Significa esto que Radiohead ha terminado por aceptar las convenciones del mercado disquero?
Lo que sucede es que cuando hicimos Kid A desaprovechamos la oportunidad de promoverlo debidamente. Como no lanzamos sencillos, mucha gente se perdió de oírlo y fue una lástima, porque a mi modo de ver se trata de un gran disco. “Everything in It’s Right Place” hubiera sido un maravilloso sencillo. Creo que fue un gran error no sacarlo como tal. Por eso ahora quisimos entrar al mercado tradicional y su modo de operar.

Hablando del video, ¿cuál fue la idea detrás del uso de esa animación foto por foto?
Ese video tenía que ser animado. La animación nos parece algo divertido y ya la hemos usado en varias otras ocasiones. El video de “There There” quedó muy bien, el resultado es muy atractivo y fue gracias al concepto que creó Thom y que le dio un toque muy especial.

¿Existe algún corte del disco que te guste en especial?
Debería contestar que me gusta todo el álbum y así es, aunque si debo mencionar algunos temas diría que me gustan mucho “The Gloaming”, “Scatterbrain” y “A Punchup at a Wedding”.

Hay un gran número de nuevas bandas, como The White Stripes, The Kills, The Hives, que tocan un rocanrol, digamos, más puro. ¿Qué piensas de esa clase de agrupaciones?
Me gustan los White Stripes, creo que están haciendo cosas muy buenas, muy buen rock (Greenwood tararea de pronto el riff de "Seven Nation Army"). Sí, me gusta lo que hacen esos muchachos. Puedo decir que soy su fan.

¿Qué música estás escuchando en estos días?
Asian Dub Foundation es un proyecto que me encanta. Pero escucho una gran cantidad de cosas. Mucha electrónica. Me gusta el rock que se hace en Escocia. No sé, todo el tiempo oigo cosas diferentes. Hay demasiada música, es una locura.

En 1998, la revista inglesa Q designó al Ok Computer de Radiohead como el mejor disco de rock de todos los tiempos. ¿Estás de acuerdo con esto o es un caso de sobrevaloración?
Definitivamente es un caso de sobrevaloración. Ok Computer es un gran disco, pero hay muchos otros que lo superan. Simplemente los de los Beatles. Todo lo que podamos hacer viene después de los Beatles, estamos a la sombra de los Beatles.

¿Cuál es entonces tu disco favorito de todos los tiempos?
Buena pregunta… En realidad no tengo un disco favorito. Podría mencionar tal vez el de Otis Redding que trae “(Sittin’ on) The Dock of the Bay”. O quizás uno de Curtis Mayfield. Pero seguro tendría que ser uno de música soul.

(Entrevista publicada originalmente en la extinta y añorada revista Milenio Semanal en 2003)

lunes, 24 de julio de 2017

"461 Ocean Boulevard" de Eric Clapton


Cuatro años y un largo tratamiento médico por su adicción a la heroína debieron pasar para que Clapton grabara su segundo álbum como solista, el excelente y finísimo 461 Ocean Boulevard (1974).
  Recuperado de su problema con las drogas pero también de sus habituales depresiones, el guitarrista muestra aquí un talante casi optimista y lo confirma a lo largo de diez cortes sin desperdicio. El tema más notorio es, por supuesto, “I Shot the Sheriff”, la composición de Bob Marley con la cual el jamaiquino prácticamente fue dado a conocer al mundo, gracias a la apasionada versión claptoniana. Sin embargo, hay otras canciones igualmente notables. Desde las originales “Give Me Strength” y “Let It Grow” (una especie de himno) hasta los extraordinarios blueses “Steady Rollin’ Man” de Robert Johnson, “I Can’t Hold Out” de Elmore James y el tradicional “Motherless Children” con que inicia el disco.
  También destacan ese grandioso y divertido rhythm and blues que es “Willie and the Hand Jive” de Johnny Otis y la muy bella pieza “Get Ready”, con la preciosa voz de Yvonne Elliman como compañía.
  Una obra espléndida.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 38, de marzo de 2007).

domingo, 23 de julio de 2017

The Clash, ese grupo cuarentón


Si bien siempre se le ha querido etiquetar con el estricto y muy estrecho corsé de ser un grupo de punk, en realidad The Clash fue mucho más que eso.
  A diferencia de otras agrupaciones contemporáneas suyas, como los Sex Pistols, los Buzzcocks o The Damned, el cuarteto encabezado por Joe Strummer y Mick Jones fue capaz de desarrollar un estilo musical más amplio, al enriquecerlo con la abierta influencia de otros géneros como el reggae y el ska, primero, y el jazz, el blues, el swing, el rockabilly y otros, más tarde.
  Sin embargo, no sólo fue esa variedad de sonidos lo que caracterizó a estos nativos de Londres. Desde un principio, las letras de sus canciones y su actitud misma mostraron una declarada posición política cargada hacia la izquierda, en un momento histórico en el cual la Gran Bretaña padecía una de sus peores crisis económicas y sociales. En medio de una grave situación traducida en desempleo, miseria, inmigración, inseguridad y violencia, el movimiento punk brotó de un modo casi natural y su expresión musical, el rock punk, logró de inmediato una gran aceptación entre cientos de miles de jóvenes británicos. Fue en ese duro contexto que emergió The Clash, un cuarteto de rudos veinteañeros con ánimos de pelear y golpear por medio de lo único que realmente sabían hacer: música.
  Con seis álbumes grabados entre 1977 y 1985, la agrupación se convirtió en un símbolo de los punks politizados, pero también de buena parte de la juventud con ideas progresistas y/o contestatarias. Críticos feroces pero fundamentados del sistema social imperante en la orgullosa aunque empobrecida Inglaterra de fines de los setenta y principios de los ochenta, los integrantes de The Clash no pudieron ser engullidos del todo por la maquinaria integrada por la industria discográfica y los medios masivos de comunicación y lograron mantener su discurso a lo largo de ocho intensos años.
  Su primer disco, el homónimo The Clash, aparecido hace exactamente 40 años, mostraba a un conjunto que si bien aún no estaba del todo consolidado, sí daba muestras de lo que sería su sonido, muy diferente al de las otras bandas de punk británicas y estadounidenses, al integrar en sus composiciones elementos de la música jamaiquina, según lo demuestran piezas tan buenas como el cover al tema de Junior Murvin “Police & Thieves”.
  Aunque existe una versión posterior y más comercial de The Clash para el mercado norteamericano (la cual más parece una colección de sencillos que un álbum en sí mismo, con canciones como “I Fought The Law”, “Complete Control” o “[White Man] In Hammersmith Palais”), prefiero referirme a la obra original, tal como fue concebida por el grupo. Ya aquí las letras contenían un alto nivel de crítica política y social, mucho más consistente y pensada y mucho menos menos nihilista y visceral que la de los Sex Pistols.
  Sorprende que para ser el primer disco de un grupo punk el resultado sea tan fino, lo cual no significa que sea un trabajo pasteurizado o con elementos poperos. Por el contrario, se trata de una colección de cortes llenos de energía, filo y rudeza, pero con un alto sentido artístico. De hecho, es éste quizá su álbum más auténticamente punkero.
  Con temas tan buenos como la kinkófila “Remote Control”, la muy influenciada por los Ramones “Cheat”, la cuasi funkera “Protex Blue”, la oscurona “Deny” y las conocidísimas “White Riot”, “London’s Burning”, “Career Oppurtunities”, “Janie Jones” o “I'm So Bored with the USA” no se podía hacer una obra débil.
  The Clash es un muy afortunado debut de esta banda, un trabajo esencial –a mi modo de ver, uno de sus dos discos básicos– y un anuncio de lo que estaba por venir, para bien y para mal.
  El resto de la discografía clashiana resultaría francamente irregular. Hubo en ella álbumes tan buenos como el excelso London Calling de 1979 –su obra maestra, con composiciones tan buenas como “Rudy Can’t Fail”, “Lost in the Supermarket”, “Train in Vain” y la homónima “London Calling”– o el muy comercial y exitoso Combat Rock (1980), en el cual viene las que tal vez sean sus dos piezas más conocidas: la garagera y sardónica “Should I Stay or Should I Go” y la danzable “Rock the Casbah”. No obstante, otros discos como Give ‘Em Enough Rope (1978), Cut the Crap (1985) o el pretensioso y desproporcionado Sandinista! (1980) no fueron tan logrados.
  Una inevitable lucha de egos hizo que al final se diera la división entre sus miembros y que el grupo terminara por disolverse. Tuvieron otros proyectos, algunos muy buenos, pero nunca fue lo mismo. La magia de The Clash fue única e irrepetible.

(Publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

jueves, 20 de julio de 2017

Young Americans


Un disco francamente delicioso. La incursión de David Bowie en el soul negro norteamericano –tanto el de la Stax como el de la Motown, pero sobre todo el de Filadelfia– fue bastante criticada, pero Young Americans (1975) posee un encanto muy particular.
  Aunque algunos cortes de Diamond Dogs (muy especialmente “1984”) anunciaban el gusto del músico por la música soul, nadie esperaba que Bowie se clavara en ella de manera tan clara y contundente como en este disco. No se trata, como muchos críticos han dicho injustamente, del falso soul-de-ojos-azules a la Michael Bolton; más bien hay aquí un sentimiento muy británico, muy bowieiano, que se entremezcla con el mood de la Norteamérica negra de los sesenta y los setenta.
  Los arreglos, los coros femeninos, la participación de Luther Vandross, el feelin’ de rhythm and blues, las incursiones fonquis, todo se conjuga para hacer de temas como “Young Americans”, “Win” (preciosa), “Fascination”, “Right”, “Can You Here Me” y “Somebody Up There Likes Me” un gozo completo.
  Mención aparte merece la participación de John Lennon en dos temas del disco: el cover de “Across the Universe” y ese fastuoso homenaje a James Brown que es “Fame” (escrito por Lennon y Bowie). En ambos, el ex beatle toca la guitarra y realiza coros.
  Una joya poco apreciada del legendario hombre que vendió la Tierra.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)

martes, 18 de julio de 2017

Dusty en Filadelfia


La  manera como la música pop actual se ha estandarizado y uniformizado nos obliga a asomarnos a otras épocas, a tiempos pretéritos en los que las cosas se hacían o al menos se intentaban de otra manera.
  La reciente reedición de A Brand New Me, the Complete Philadelphia Sessions, de Dusty Springfield (Real Gone Music, 2017), debe considerarse como todo un acontecimiento. Grabado originalmente en 1969 y 1970, el material de este álbum nunca había aparecido junto, a pesar de su enorme calidad artística.
  Para quienes no tengan la menor idea de quién estoy hablando, Dusty Springfield (1939-1999) fue una estupenda cantante británica que si bien abrazó el pop desde sus inicios (su primer disco, el más o menos rocanrolero Stay a While data de 1964 y contiene la que sin duda es su canción más conocida: “I Only Want to Be with You” que tiene versiones hasta de Luis Miguel).
  Sin embargo, Springfield fue mucho más que una mera baladista como hubo tantas en su época. Gracias a su poderosa voz, desde un principio fue apreciada y muchos músicos, productores y críticos especializados la consideraron una cantante de soul, a pesar de ser blanca e inglesa. Tan es así que su LP de más culto, Dusty in Memphis (1969), está considerado como uno de los mejores discos de la historia del rock, a pesar de haber sido un fracaso de ventas cuando apareció.
  Las sesiones que grabó en Filadelfia tienen mucho que ver con las de Memphis (ambas ciudades de gran raigambre soulera) y de ahí la importancia de este flamante A Brand New Me en el que se recogen 15 canciones en su mayor parte desconocidas, pero sin desperdicio alguno.
  Justo es recuperar la memoria de esta intérprete de la icónica “Son of a Preacher Man”, de “Spooky”, “You Don’t Have to Say You Love Me” y otras maravillas y quitarle el estigma de haber sido una cantante “fresa” e intrascendente. Todo lo contrario y para comprobarlo, basta con escuchar estas sesiones philies que mucho valen la pena.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 3 de julio de 2017

Iron Maiden


Iron Maiden. La Doncella de Hierro. Sencillamente Maiden para los más apegados seguidores de esta banda británica, misma que durante un cuarto de siglo ha sido uno de los grandes referentes del heavy metal a nivel planetario. Con el nombre del bajista y compositor Steve Harris como base y pilar del por mucho tiempo quinteto y hoy sexteto, Iron Maiden ha pasado por las más diversas circunstancias a las cuales está expuesta cualquier agrupación que se respete y más si ésta ha durado veinticinco años en el camino. Separaciones, rompimientos, reencuentros se han sucedido y han visto entrar y salir del conjunto a dos cantantes, dos bateristas y varios guitarristas. Nunca, sin embargo, ha habido problemas por cuestiones de drogas y ese es un logro que hay que hacer notar por su singularidad. Hoy día, con Harris aún a la cabeza, pero con las contribuciones notables de Bruce Dickinson, Adran Smith, Dave Murray, Janick Gears y Nicko McBrain, la Doncella sigue en plenitud y presenta un nuevo álbum, el número catorce en la lista oficial de discos grabados en estudio. Con Death on the Road, Iron Maiden corona una carrera que muy posiblemente dé para más y en la que hay un personaje extra, un ente que ha sido fundamental para lograr la popularidad mundial de la cual la banda goza. Es obvio que me refiero a Eddie, la monstruosa y malévola –y no obstante simpática– mascota que ha aparecido de las más diversas maneras y en las más diferentes metamorfosis en las portadas de prácticamente toda la discografía ironmaideniana. Sin el sardónico Eddie, Iron Maiden sería inconcebible. Loor pues a esta doncella herrumbrosa que ha hecho de su música potente, vertiginosa, agresiva, dura y sin embargo armónica y melodiosa, la banda sonora de varias generaciones de metaleros en todo el orbe.

(Prólogo que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 24, dedicado a Iron Maiden y publicado en septiembre de 2005)

domingo, 2 de julio de 2017

Houses of the Holy


Si el cuarto álbum de Led Zeppelin no hubiera existido, Houses of the Holy (1973) habría sido considerado como un trabajo sobresaliente. Sin embargo, la sombra de su fastuoso antecesor lo afectó de tal modo que para muchos pasó casi inadvertido.
  Ambos discos son muy parecidos desde un punto de vista estructural y hasta en el tipo de canciones que incluye. De hecho, en éste hay una mayor sofisticación en los arreglos y un múltiple y más elaborado uso de las guitarras. No obstante, la obra cojea en su falta de uniformidad, ya que al contrario del álbum sin nombre, estas Casas de lo Sagrado muestran cuando menos tres temas que de una u otra manera desentonan por su dudosa calidad artística. Hablo en específico de “D’Yer Mak’er” –un reggaecito bastante bobalicón y prescindible que en México se conoció como “El tintero” (¡!) y logró cierto éxito–, “Dancing Days” –tonada un tanto amanerada y vacua– y “The Crunge” –fallida incursión en el funk a la James Brown–, mismos que se encuentran muy por debajo de los niveles que el zepelín podía alcanzar.
  En cambio, hay en Houses of the Holy composiciones que pueden considerarse entre lo mejor que el grupo hizo jamás, sobre todo la maravillosa “The Rain Song” (la “Stairway to Heaven” de este disco), pieza de una finura, una elegancia y una sensibilidad realmente exquisitas; la sensacional “The Ocean”, dura, irónica, propositiva; la estupenda “Over the Hills and Far Away”, una mezcla perfecta entre folk y rock duro; la misteriosa “No Quarter”, con sus atmósferas siniestras e inquietantes; y la introductoria “The Song Remains the Same”, explosiva y llena de vaivenes, exploratoria y variada. A pesar de las letras a menudo pretenciosas y poéticante fallidas de Robert Plant –su espléndida forma de cantar no corresponde con su debilidad literaria–, en lo musical es este un disco formidable.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 6 de La Mosca en la Pared, dedicado a Led Zeppelin y publicado en noviembre de 2003)

miércoles, 28 de junio de 2017

Give ’Em Enough Rope


¿Un paso atrás? ¿Un retroceso con respecto a su primer disco (The Clash, 1977)? Muy posiblemente sí.
  El segundo álbum de los de Londres careció de la fuerza de su antecesor, a pesar de la participación del productor metalero de origen estadounidense Sandy Pearlman (Blue Öyster Cult, The Dictators), quien no pareció entender del todo las diferencias entre el punk y el heavy metal. No que se trate de un mal trabajo, pero uno hubiera esperado más, mucho más, después de las promesas incubadas en el primer disco de la banda.
  Hay aquí temas estupendos y llenos de rabia punkera (señalemos tan sólo los tres con los cuales abre el plato: “Safe European Home” -un canto a la nostalgia que sentían Jones y Strummer por su lluvioso y gris Londres, ya que las canciones de este disco fueron compuestas en Kingston, Jamaica, donde los dos músicos confesaron sentirse “como peces fuera del agua”-; “English Civil War” y la irresistible y muy popular “Tommy Gun” o incluso “Stay Free” y la subestimada “Guns on the Roof”), pero hay otros menos afortunados o que por lo menos no corresponden a lo que The Clash era capaz de crear (como “Cheapskates”, por ejemplo).
  La música seguía siendo la misma combinación de rock, punk y reggae, pero con ciertos rasgos de pop, mientras que las letras parecían obsesionadas con el tema de las drogas. Siendo benévolos, podríamos decir que Give ’Em Enough Rope (1978) es más bien una pieza de transición entre el explosivo álbum debut y su obra mayor, el extraordinario London Calling, con el cual la agrupación lidereada por Joe Strummer y Mick Jones estremecería al mundo.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 20, dedicado a The Clash y publicado en mayo de 2005)

miércoles, 14 de junio de 2017

El "Fragile" de Yes


El cuarto trabajo discográfico de Yes sigue siendo el más significativo de todos los que realizó a lo largo de su prolongada, productiva y contradictoria carrera. Aunque tal vez no se encuentre a la altura de Close to the Edge (1973), Fragile (1972) fundó por completo el estilo más que reconocible del quinteto con su fomación clásica: Jon Anderson (voz), Steve Howe (guitarras), Rick Wakeman (teclados), Chris Squire (bajo) y Bill Bruford (batería).
  Marcado por el éxito de su larga composición, la extraordinaria “Roundabout” (que en la radio era transmitida en una versión corta), el disco navega a través de aguas al mismo tiempo procelosas y tranquilas, con las variaciones y cambios de armonía, melodía y ritmo tan característicos del grupo. Letras fantasiosas que coquetean con la ciencia ficción son el contenido perfecto para el marco instrumental de Wakeman desde sus apabullantes órganos, melotrones y sintetizadores. Habrá que mencionar también, por supuesto, al impresionante trabajo guitarrístico de Howe y a las vocalizaciones de Anderson, sin olvidar a la precisa y apabullante sección rítmica.
  Aunque “Roundabout” es el highlight del plato, otras composiciones resultan tanto o más buenas, caso sobre todo de las magníficas “Long Distance Runaround” y “Heart of the Sunrise”.
  Una obra redonda.

(Reseña publicada originalmente en el especial de La Mosca en la Pared No. 46, editado en febrero de 2008 y dedicado al rock progresivo; fue el último número de la serie en aparecer)

martes, 13 de junio de 2017

¡Chuck Berry vive!


Un viejo chiste contaba que un voceador salía a las calles con un paquete de periódicos cuyas ocho columnas rezaban: “¡Pedro Infante vive!” y que muchos incautos los compraban, pero al darse cuenta de que era una noticia falsa y reclamar al fraudulento este se defendía señalando unas letras pequeñitas que decían: “Vive en el corazón de todos los mexicanos”.
  Lo anterior podría aplicarse a Chuck Berry, fallecido hace apenas tres meses, aunque desde otro enfoque: el discográfico. No por la extensa cantidad de álbumes y sencillos que grabó sino por la grata sorpresa de su disco póstumo, llamado simplemente Chuck y que acaba de aparecer el pasado viernes, bajo el sello Dualtone Music.
  No se trata de una recopilación de éxitos, sino de una decena de temas inéditos que escribió en sus años de vejez (recordemos que al morir tenía 90 años cumplidos). Lo mejor es que todos los cortes son estupendos y abarcan por entero la variedad de estilos que Berry manejó como compositor dentro del blues y, claro, del rock n’ roll.
  Las canciones fueron compuestas entre 1980 y 2016 y grabadas después de 2001. Se trata del mejor epílogo a la carrera de este genio (y escribo genio sin la menor exageración) de la música popular estadounidense, una especie de testamento lleno de sinceridad, ingeniosas letras y rocanrol de primerísimo línea.
  Como decía, Chuck abarca diez canciones y prácticamente diez estilos distintos que dan una gran variedad al álbum. Su voz suena como en sus mejores tiempos y su guitarra no se diga: es perfecta, lo cual podemos escuchar en cortes como “Wonderful Woman”, “Big Boys”, “She Stills Loves You”, “Dutchman” o la divertida “Lady B. Good”, obvio homenaje, riff incluido, a su pieza más conocida.
  No estamos ante una obra fruto de la nostalgia por los tiempos idos. Tampoco frente a un disco hecho al vapor. Al contrario, todo suena fresco, auténtico y sincero, música hecha por el gusto de hacerla. Sin duda: Chuck Berry vive.

(Texto publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 11 de junio de 2017

Abbey Road


Aunque se trata del último disco que hicieron los Beatles, no fue el último que apareció (Let It Be se grabó primero, pero salió bastante después).
  Verdadero álbum póstumo de un grupo que se desintegraba en forma inevitable, paradójicamente Abbey Road (1969 ) no refleja la crisis por la cual pasaban los cuatro músicos de Liverpool. Si las sesiones de The Beatles y de Let It Be habían sido tensas y complicadas, incluso contenidamente bruscas, los trabajos de grabación del disco postrero resultaron cuando menos tranquilas y el único negrito en el arroz fue la inconformidad de John Lennon respecto al potpurrí final (el que va de “You Never Give Me Your Money” a “The End”), ya que le pareció artificial y hechizo y en su opinión ese segmento debió estar conformado por las mismas canciones, pero independientes y separadas entre sí. No obstante, esta vez se impuso la voluntad de Paul McCartney y el productor George Martin, quienes de algún modo tomaron revancha de lo que había sucedido con la mezcla final del Let It Be, para la cual no se les tomó en cuenta.
  Abbey Road es una obra impecable, una de las más finas y pulidas grabaciones de la agrupación. Es como un súmmum de toda la discografía beatle. Por un lado, contiene elementos de producción que se escucharon en Revolver y Sgt. Pepper, pero también está presente la labor más de grupo de los primeros álbumes, así como el sonido menos pretencioso de trabajos como Rubber Soul, el Álbum Blanco e incluso el propio Let It Be. Por otra parte, se trata de la consagración de George Harrison como compositor, al contribuir con los dos temas más exitosos del disco: las preciosas “Something” y “Here Comes The Sun”.
  Lennon y McCartney –cada uno por su lado, por supuesto– contribuyeron con canciones excelentes, como “Come Together”, “I Want You (She's So Heavy)”, “Sun King”, “Mean Mr. Mustard”, “Polythene Pam” y esa cumbre de las armonías vocales que es “Because” (todas de John) y “Oh! Darling”, “Maxwell's Silver Hammer”, “You Never Give Me Your Money”, “She Came in Through the Bathroom Window”, “Carry That Weight”, “The End” y hasta la breve y juguetona coda que es “Her Majesty” (todas de Paul). Ringo Starr, por su parte, volvió a hacerse presente, esta vez con la infantil y graciosa “ Octopus's Garden”.
  Como obra final de los Beatles, Abbey Road no es sólo un álbum digno, sino francamente extraordinario.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 8 de La Mosca en la Pared, publicado en febrero de 2004)

jueves, 8 de junio de 2017

Dan Auerbach: tan lejos de los Black Keys y tan cerca del pop setentero


Waiting on a Song (Nonesuch, 2017), el flamante segundo álbum como solista del líder de The Black Keys, es una obra muy gratamente rock popera, en la que el otrora duro guitarrista de los riffs desgarrados y el sonido seco y austero nos sorprende con un conjunto de canciones amables y melodiosas que remite lo mismo a Buddy Holly que a los Traveling Wilburys y lo mismo a Jeff Lynne que a Neil Young, JJ Cale o Al Green.
  En 2010, Auerbach se mudó de su natal Akron, Ohio, a Nashville, donde instaló un estudio de grabación y empezó a diversificar sus actividades y su sonido, algo que se notó en los cambios musicales de los Black Keys.
  Gran guitarrista, excelente compositor, aceptable cantante, buen productor (ha producido lo mismo a Dr. John que a Lana del Rey), en 2009 había grabado su primer disco solista (Keep It Hid), muy apegado aún a sus raíces blueseras y rocanroleras, pero ocho años más tarde llega con su nuevo trabajo, en el que incursiona en una especie de soul–country–pop setentero con muchas reminiscencias también al country rock de finales de los cincuenta y al soul del Memphis de los sesenta.
  Con músicos invitados de primerísimo nivel e incluso legendarios como Duane Eddy, Mark Knopfler y John Prine, Waiting on a Song es un álbum variado y disfrutable, excelentemente producido, de gran finura, con canciones tan buenas como “Shine on Me”, “King of a One Horse Town”, “Never in My Wildest Dreams”, “Stand by My Girl”, “Cherrybomb” (“ella era más dulce que un pay de manzana, pero se fue tan pronto como me quedé sin dinero”) o la homónima abridora (“las canciones no crecen en los árboles, tienes que irlas recogiendo en la brisa”).
  Un disco más que recomendable.
(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos; el video lo publiqué en mi canal de YouTube Videos moscosos)
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miércoles, 7 de junio de 2017

Word of Mouth


Posiblemente el último gran disco de los Kinks como grupo, Word of Mouth (1989) supera a sus dos antecesores inmediatos (Give the People What They Want y State of Confusion), mismos que aun cuando son buenos trabajos, no alcanzan las alturas de este de boca en boca.
  Todas las canciones de este álbum logran un gran nivel artístico y el mismo jamás decae, mucho menos cuando Word of Mouth inicia con una pieza tan contagiosa como la regocijante y sacudidora “Do It Again”, la cual –luego de una introducción a la Pete Townshend y un riff muy a la kink, es decir, a la Dave Davies– nos dice que nunca es tarde para volver a empezar. La homónima “Word of Mouth” habla sobre la incomunicación y los malos entendidos cuando las noticias corren de boca en boca (“The word of mouth says that I’ve gone insane / That wine and women have affected my brain / Well, who’s the big mouth spreading the news again?”). “Good Day” es una linda balada muy al estilo de Ray Davies: agridulce, melodiosa, entrañable, pero con un dejo de tristeza y pesimismo. Por su parte, “Living on a Thin Line”, de Dave Davies, es una de las cumbres del disco. Qué gran canción. Un poema desencantado sobre la Inglaterra de esos años, sobre su gobierno, su sociedad, su grisura. Una delicada joya, conmovedoramente interpretada por el guitarrista, a la que sigue el rompimiento proto punk de “Sold Me Out”, rabiosa queja de Ray Davies contra el imperio del dinero.
  El segundo lado del álbum contiene seis cortes sin desperdicio. “Massive Reductions” es el amargo relato de un hombre a quien echan de su trabajo (“They’re laying me off all because of inflation / I’m losing my job and my reputation”), mientras que “Guilty” (también de Dave Davies) es casi una proclama revolucionaria con un beat muy punky y a la vez muy The Who en Quadrophenia. “Too Hot” es un rockcito simpático y juguetón, musicalmente parecido a su éxitosa “Come Dancing”, que fustiga a quienes rinden culto al fisiculturismo y “Missing Persons” no puede evitar caer en cierta solemnidad, al tratar el tema de los desaparecidos (aun Ray Davies ha tenido sus momentos políticamente correctos). Word of Mouth termina con “Summer’s Gone”, un tema nostálgico que rememora lo que alguna vez tuvimos y no supimos aquilatar, y “Going Solo”, una evocadora y a la vez terrible tonada sobre un padre atónito, a quien su “desagradecida” hija decide abandonar, así, simplemente, sin avisar que se va de casa (exacto, como en “She’s Leaving Home” de los Beatles). Un disco que no puede faltar en una colección discográfica de los Kinks que se respete.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 43, dedicado a los Kinks y publicado en octubre de 2007)

lunes, 5 de junio de 2017

Dirty



Producido por Butch Vig, Dirty (1992) es (junto con su predecesor Goo, de 1990) algo así como el álbum grungero de Sonic Youth, no sólo desde un punto de vista cronológico sino también desde uno musical.
  Lejos de que eso sea un defecto, la grabación de este disco demostró que el grupo iba por el buen camino de la apertura y la amplitud de miras, sin traicionarse jamás a sí mismo.
  Con una fuerte presencia –más punkroquera y menos noise– de las guitarras de Thorston Moore y Lee Ranaldo, esta obra posee una muy especial frescura, tal como lo demuestra el corte inicial, el sensacional “100%”, una pieza con la fuerza suficiente para remover las entrañas de cualquier rocanrolero de cepa en cualquier época. Pero lo mismo puede decirse de la densísima “Swimsuit Issue” (Kim Gordon a plenitud), la extrañamente bella “Theresa’s Sound World”, la extraordinaria “Drunken Butterfly” (cuando Gordon canta “I love you, I love you, I love you, what’s your name?” del modo como lo canta, uno no puede sentir sino escalofríos), la sobrecogedora “Shoot”, la intensa “Wish Fulfillment” (cantada por Lee Ranaldo), la rocanrolerísima y velvetundergroundiana “Sugar Kane”, la estridente “Orange Rolls, Angel’s Spit”, la sobrepolitizada “Youth Against Fascism”, la inenarrable “Nic Fit”, la seductora “On the Strip”, la muy militante y magnífica “Chapel Hill”, la fuera de serie “JC”, la graciosa y contundente “Purr” y la conclusiva “Créme Brûlèe”.
  Dirty es una obra directa y sin concesiones, pero en el fondo es, sobre todo, un esplendoroso disco de rocanrol.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 39, publicado en abril de 2007 y dedicado a Sonic Youth)

jueves, 1 de junio de 2017

50 años del Sargento Pimienta


La obra por antonomasia de los Beatles. A 50 años de distancia, La Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta continúa tan fresco y vigente como cuando fue grabado.
  Tersa continuación de su antecesor, el espléndido Revolver de 1966, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band vale tanto por su intrínseca calidad artística como por su significado cultural y quizás incluso más por esto. El momento en el cual apareció provocó que el mundo entero se revolucionara, creando un hito, un antes y un después cuyos efectos no terminan de asentarse hoy día.
  Como pieza estrictamente musical, puede decirse que a pesar de su fallida intención conceptualista es, de todas maneras y por donde se le escuche, una obra maestra. Si Revolver fue el gran paso hacia la transformación de los Beatles en algo más que un simple grupo de rock, el Sgt. Pepper es la consolidación de ese paso y el ingreso del cuarteto al Olimpo de la historia de la música.
  Lo que en un principio quiso ser una especie de revista de variedades con tintes al mismo tiempo de music hall y psicodelia, jamás pudo cuajar como tal. Salvo la introductoria pieza homonima (más su reprise) y la subsiguiente “With a Little Help from My Friends”, cantada por Ringo Starr en su papel de Billy Shears, el resto del material no tiene relación entre sí y lo único que lo unifica a medias es el modo como las canciones van enlazadas, prácticamente sin espacios silenciosos entre una y otra. Resulta claro entonces que la idea original de Paul McCartney no se concretó (algo que le sucedería con otros proyectos posteriores, sobre todo con el álbum Let It Be). No obstante, el que a final de cuentas no haya sido un opus conceptual es lo de menos, ya que todas sus canciones son tan buenas que trascienden cualquier consideración al respecto.
  Hay aquí joyas exquisitas como “She’s Leaving Home”, un portento melódico que puede remitir incluso a la música de Felix Mendelsshon. O la esplendorosa “Lucy in the Sky with Diamonds” que tanta polemica causó por llevar supuestamente las iniciales LSD en su título, cuando en realidad –o eso juraba su autor, John Lennon– estaba inspirada en un dibujo de Julian, su pequeño hijo.
  Tan variado como Revolver, Sgt. Pepper recorre una colorida paleta de estilos que va de la vodevilesca “When I’m Sixty Four” a la engañosamente optimista “Gettin Bettter”, de la irónica “I’m Fixing a Hole” a la irresitible “Lovely Rita”, sin olvidar la circense (en todos sentidos) y naïve “Being for the Benefit of Mr. Kite”, la hinduista y espléndida “Within You Without You” (única contribución de George Harrison al álbum) y la chispeante “Good Morning Good Morning”.
  Mención aparte merece la que sin duda es la mejor composición del disco: la impresionante “A Day in the Life”, concebida en su mayor parte por Lennon y un verdadero tour de force instrumental y letrístico –con el intermesso de McCartney incluido. De impecable construcción, con inteligentes y efectivas yuxtaposiciones rítmicas, armónicas y melódicas, con una orquestación que lleva a un gran climax, “Un día en la vida” es la coda perfecta, la conclusión grandiosa y a la vez siniestra de una obra monumental que jamás cae en los excesos o la grandilocuencia.

(Texto de mi autoría, publicado el día de hoy en el diario El Financiero)

miércoles, 31 de mayo de 2017

Gregg Allman y la sombra del hermano incómodo


Dentro de las muchas discusiones bizantinas que se dan entre los aficionados al rock, una de las más apasionadas (y en momentos hasta apasionantes) es la referida a cuál es el mejor disco en concierto (muchos dicen “en vivo”, pero hasta donde entiendo, los discos en estudio también los graban músicos vivitos y coleando) de todos los tiempos y uno que suele llevarse el primer lugar es el At Fillmore East (Mercury, 1971) de la Allman Brothers Band.
  No les falta razón a sus favorecedores. Se trata de un excelso álbum doble que refleja perfectamente lo que eran las presentaciones de esa agrupación surgida a finales de los años sesenta del siglo pasado.
  En ese trabajo podemos apreciar a plenitud el talento de cada uno de los músicos, pero en especial de la gran guitarra slide de Duane Allman y de la espléndida voz y el inconfundible órgano Hammond de su hermano menor, Gregg, al tiempo que interpretan largas y fabulosas versiones (prácticamente jam sessions) de temas como “Statesboro Blues”, “Stormy Monday”, “You Don’t Love Me”, “In Memory of Elizabeth Reed” y “Whipping Post”, esta compuesta por Gregg Allman y con más de 22 minutos de duración.
  Gregory LeNoir Allman nació el 8 de diciembre de 1947 en Nashville, Tennessee, poco más de un año después que su hermano Duane. Su padre, un militar, fue asesinado en una riña de cantina y la familia se  mudó a Norfolk, Virginia en 1949. Años más tarde, siendo un adolescente, Gregg trabajó para comprarse una guitarra, misma de la que se adueñó su consanguíneo y cuando poco después se mudaron a Daytona Beach, en Florida, se les ocurrió la idea de formar una banda interracial, cosa que escandalizó a su muy racista madre. Aun así, formaron a los House Rockers y ahí nació todo (en 1976, Gregg Allman contó esta historia y otras anécdotas sobre el grupo al muy joven periodista Cameron Crowe, quien las publicó como nota de portada en Rolling Stone y las usó como inspiración para filmar, en el año 2000, su célebre cinta Almost Famous).
  En 1965, el conjunto cambió su nombre a Allman Joys y se mudó a Los Ángeles, poco después de que Gregg se graduara en la Seabreeze High School. Una vez en California y para evitar el servicio militar, el joven músico se dio un tiro en el pie y salvó la posibilidad de ser mandado a Vietnam. Con todo y su extremidad dañada, siguió adelante y en 1969, en Jacksonville, Florida, los hermanos cambiaron de músicos y fundaron The Allman Brothers Band, al lado de Dickey Betts (guitarra), Berry Oakley (bajo), Jai Johanny Johansson (batería) y Butch Trucks (segunda batería y quien falleció apenas en enero pasado, a los 69 años, algo que lamentó con mucho dolor Gregg Allman, sin imaginar que lo alcanzaría apenas cuatro meses después y con la misma edad).
  La de este sexteto sería una carrera corta y fulgurante, ya que en octubre de 1971 Duane se mató en un accidente de motocicleta. Fueron dos años en los que los hermanos alcanzaron a grabar un álbum en estudio (The Allman Brothers, 1969), uno en concierto (el ya mencionado At the Fillmore) y uno doble con partes en estudio y partes “en vivo” (Eat a Peach, que apareció en 1972, meses después de la muerte de Duane Allman, quien en 1970 había formado parte de Derek and the Dominos en su extraordinario álbum, Layla and Other Assorted Love Songs, al lado de Eric Clapton). Sin embargo, a pesar de la brevedad del grupo original, sus integrantes y en especial los dos hermanos lograron dar forma al estilo que hoy se conoce como rock sureño, es decir, un rock fuerte, casi duro, con elementos del blues, el jazz y el country, pero con un sentimiento muy del sur estadounidense, con todo lo que eso implica musical, artística, cultural y hasta socialmente. Otros grupos como Lynyrd Skynyrd, The Marshall Tucker Band o Georgia Satellites seguirían su huella.
  Ya sin su querido y entrañable hermano, Gregg continuó al frente de la banda e hizo una quincena de discos (algunos tan buenos como Brothers and Sisters de 1973 y Shades of Two Worlds de 1993). Allman chico grabó también varios álbumes como solista, entre los que destacan Laid Back de 1973 y Low Country Blues de 2011.
  Largos años de lucha contra la adicción al alcohol, la heroína y otras drogas minaron su salud que se vio complicada con una hepatitis C y un transplante de hígado. Aun así, sería un cáncer de hígado lo que lo llevaría a fallecer el pasado 27 de mayo, en un hospital de Richmond Hill, en Georgia.
  Se fue Gregg Allman. Recordémoslo escuchando “Dreams” o su inmortal “Whipping Post”.

(Publicado hoy en "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

martes, 30 de mayo de 2017

Manchester, England


“Manchester, England, England / across the Atlantic Sea”, dice una de las canciones incluidas en la vieja ópera rock Hair (1967) de James Rado, Gerome Ragni y Galt MacDermot.
  Manchester, ciudad mártir debido al reciente atentado terrorista (al término de un concierto de la cantante de pop juvenil Ariana Grande) reivindicado por el Estado islámico y que causó la muerte de una veintena de personas, en su mayor parte niños y adolescentes, y más de cien heridos.
  Manchester, ciudad futbolera y musical por antonomasia, en donde el Manchester City y el Manchester United son tan importantes como la enorme cantidad de estupendas agrupaciones de rock que han surgido de sus entrañas.
  Manchester, la urbe en donde a mediados de los años sesenta de la centuria pasada aparecieron grupos como los Hollies, los Herman’s Hermits, Van der Graaf Generator, los Mindbenders y los Bee Gees. En los setenta se formaron Joy Division, 10cc y los menos conocidos Sad Café, The Smirks, Magazine, Ludus y Sweet Sensation.
  Los ochenta fueron bastante más generosos, al crearse Simple Red, los Smiths, los Stone Roses, New Order, James, Electronic, Swing Out Sister, The Waltons, Big Flame, The Colourfield, 808 State, Northside, The Mock Turtles, Happy Mondays, Inspiral Carpets, The Charlatans, The Future Sound of London (que no, no eran londinenses) y los Chemical Brothers, mientras que de los noventa fueron Take That, Goldblade, Oceansize, Audioweb y por supuesto Oasis.
  Ya en el presente siglo la ciudad no ha sido tan importante en ese sentido y entre los proyectos musicales que podemos contar a partir del año 2001 están LZ7, Hurts, Nine Black Alps, The 1975, The Longcut, The Answering Machine, Everything Everything, Kid British, The Cape Race, Factory Star, Money y los High Flying Birds de Noel Gallagher.
  Música y futbol en la que muchos consideran también la ciudad cuna del marxismo (Marx y Engels estuvieron ahí a mediados del siglo XIX). Música y futbol, sí, pero no terrorismo.

(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 29 de mayo de 2017

El primer disco de Santana


El disco que marcó el nacimiento del mal llamado rock latino, es decir, la fusión entre el rock, el blues y la música de raíces caribeñas y africanas.
  Santana es un álbum crudo, áspero, tribal, pero al mismo tiempo provocativo, propositivo y sensual. Se trata de una obra que originó un nuevo sonido. Hasta ese momento y a pesar de algunos intentos por mezclar al rock con los ritmos afrocubanos (ya existía el grupo Malo, por ejemplo), nadie había logrado algo como lo que consiguió Carlos Santana, gracias a su guitarra de estilo absolutamente singular, con raíces musicales que mucho le debían al blues y a la forma de tocar las notas sostenidas, como los viejos blueseros del Mississippi. Temas como “Jingo” o “Soul Sacrifice” dejaban escuchar pasajes guitarrísticos hasta ese entonces inéditos.
  Santana es de algún modo como la continuación en disco de lo que la agrupación logró durante su memorable actuación en Woodstock. Ahí está, en el estudio, todo ese salvajismo cuasi selvático que enloqueció a cientos de miles de asistentes al legendario festival. Habría que recordar a la alineación original de la banda que acompañaba a Carlos Santana (misma que repetiría en los dos álbumes posteriores), con el estupendo Gregg Rolie en el órgano Hammond y la voz, Dave Brown en el bajo, el demencial Mike Shrieve en la batería y dos percusionistas de excepción: Jose “Chepito” Áreas y Mike Carabello.
  Otros temas destacados del plato son “Waiting”, la cachondísima versión a “Evil Ways” y la protobluesera “You Just Don’t Care”. Un gran disco debut.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 42, dedicado a Carlos Santana y publicado en septiembre de 2007).

jueves, 18 de mayo de 2017

Superunknown


Para Chris Cornell, In Memoriam.

Como alguien dijo por ahí, el verano de 1994 no fue uno de los más cálidos para el rock. Por el contrario, la muerte del líder de Nirvana, Kurt Cobain, acaecida en la ciudad de Seattle en abril de ese mismo año, ensombreció el panorama de esta música, en especial de la corriente que conocemos como grunge, y vino a recordarnos que lo que se creía un movimiento lleno de fuerza y vitalidad también escondía en su seno la simiente del dolor y la tragedia. Fue en medio de ese contexto que uno de los grupos más representativos de la capital del noroccidental estado de Washington, el cuarteto Soundgarden, puso en circulación su cuarto trabajo discográfico, el fenomenal Superunknown.
  Superunknown es por mucho la obra más fina de este grupo, una mezcla sabia y emotivamente lograda que combina el rock duro característico de la banda, ese que puede escucharse a la perfección en sus tres álbumes anteriores -Ultramega OK (1988), Louder Than Love (1990) y el impresionante Badmotorfinger (1991)-, con elementos tomados del rock clásico y la psicodelia sesentera (el muy conocido tema “Black Hole Sun” es el ejemplo más palpable en este sentido). A lo largo de aproximadamente una hora y diez minutos, Soundgarden nos conduce por senderos y paisajes musicales impensados hasta poco antes en una agrupación que parecía más bien destinada a transitar del grunge al heavy metal.

Deja que me ahogue
Con la voz de Chris Cornell como eje de todas las canciones (en su mayoría espléndidas), Superunknown es un disco lleno de colores musicales y de variedad melódica, armónica y rítmica. La monotonía no existe en sus dieciséis cortes, a pesar de que tampoco pierde la esencia del clásico estilo de Soundgarden. Esto resulta evidente desde el track inicial, el poderoso “Let Me Drown” que arranca con la fuerza de un vendaval, gracias al filoso y provocativo riff de la guitarra de Kim Thayil y que no deja de recordar a Rage Against the Machine (¿premonición de lo que sería Audioslave cerca de una década después?). La batería de Matt Cameron es igualmente impresionante. En seguida, “My Wave” disminuye el vértigo mas no la intensidad. Con un beat acompasado de tres cuartos, el tema tiene una lejana, casi imperceptible, pero real influencia de los primeros Kinks y al final hay ciertos ecos vagos de The Who. “Fell On Black Days” es una composición bastante más tranquila y melodiosa y -ésta sí- totalmente premonitoria de Audioslave. Una pieza en verdad exquisita. En cuanto a la extraordinaria “Mailman”, con un riff inicial muy a la Black Sabbath (o a la Alice in Chains, si se quiere), se trata de un corte por demás oscuro y denso, con Thayil y Cornell a su máxima intensidad introspectiva. “Superunknown” en cambio, el tema que da título al disco, revienta de pesadez cuasi metalera (aunque la instrumentación también remite a algunas canciones posteriores de Pearl Jam, tal vez por la presencia de Cameron en los tambores y los platillos), con un solo de guitarra de franco furor. El mood cambia en forma dramática con “Head Down”, un corte un tanto ominoso en su lento caminar por el lodo de un arreglo inusual con reminiscencias guitarreras del Mississippi.

Bajo el sol del agujero negro
La primera mitad del álbum se cierra con los dos temas literalmente centrales del Superunknown. En primer lugar, ese clásico que es hoy día “Black Hole Sun” (¿quién no recuerda el alucinante video que transmitía MTV, cuando aún era una emisora con algunas intenciones roqueras y no la máquina de estupideces que es en la actualidad?). Este sol del hoyo negro es una composición completamente sicodélica que pudo ser tranquilamente grabada por Spirit en 1968, un corte tan maleable que existen algunos covers verdaderamente insólitos del mismo, sobre todo el de Steve Lawrence y Eydie Gorme (dueto mixto compañero de aventuras de Frank Sinatra en Las Vegas), contenido en el álbum Lounge-A-Palooza y el muy reciente (y muy similar al de Steve &amp; Eydie) que viene en el flamante Rock Swings de nada menos que Paul Anka (sí, aún sigue con vida). Una letra hermética, interpretada por un irónico Chris Cornell, más una guitarra con efectos tan inquietantes como una pesadilla de Tim Burton musicalizada por Danny Elfman.
  Por su parte, “Spoonman” tiene todos los elementos para convertirse en un éxito sempiterno (no en vano fue el primer sencillo del disco). Con una letra referida a un personaje callejero de Seattle (Artis “The Spoonman”), quien producía complicados sonidos con diversas cucharas y a quien podemos escuchar a la mitad de la pieza, musicalmente se trata de un corte impecable, un rock duro de ritmo perfectamente contagioso. Otro clásico de Soundgarden (curiosamente, una versión acústica de “Spoonman”, cantada por el propio Chris Cornell, aparece en la cinta Singles de Cameron Crowe y de ahí fue rescatada por el grupo para revestirla de electricidad y convertirla en una canción memorable.

Mareado y confundido
Lo que podríamos llamar el lado B de Superunknown comienza con la densa, oscura y pesadísima “Limo Wreck” (¿cómo no pensar en “Dazed and Confused” de Led Zeppelin?) y prosigue con la hermosa y emotiva “The Day I Tried to Live” (una pequeña maravilla). “Kickstand” es otro tema que sin duda influyó al Pearl Jam posterior a Ten. He aquí un corte tan breve como contundente, un minuto y medio de descarado y jocoso sarcasmo heavymetalero. Por lo que toca a “Fresh Tendrils”, se trata posiblemente del track más discreto del plato, lo cual no significa, bajo circunstancia alguna, que sea un tema débil, como nada tiene de débil sino todo lo contrario el lento pero contundente “4th of July”. “Half” parecería ser un corte tan extravagante como fuera del contexto del disco, pero esta composición del bajista Ben Shepherd termina por asimilarse a la perfección y luego de algunas escuchas ya no resulta tan extraño.
  Superunknown culmina con otra gran canción, la inconmensurable “Like Suicide”, muy ad hoc con las circunstancias que rodeaban al rock en aquel momento, sobre todo luego de la muerte por presunto suicidio del ya mencionado Kurt Cobain. Una verdadera joya.

(Reseña que publiqué originalmente en la sección "La nueva música clásica" de la revista La Mosca en la Pared No. 99, publicada en 2005)

lunes, 8 de mayo de 2017

Electric Ladyland


Un disco tan extraordinario como irregular. Quizá debido a su ambiciosa extensión, este álbum doble de The Jimi Hendrix Experience –tercero y último trabajo oficial no sólo del trío sino del propio Hendrix– peca de cierta inconsistencia, aunque a final de cuentas el balance sea muy positivo.
  Se trata de la obra más experimental del músico, con un uso muy amplio y efectivo de las técnicas y efectos de estudio existentes en su tiempo. Sin embargo, lo más notable de Electric Ladyland (1968) es el genio imaginativo de Jimi Hendrix en su máxima expresión, con momentos asombrosos como guitarrista y composiciones de absoluto esplendor.
  Estamos ante un disco lleno de alma y raíz, pero también de visión vanguardista e ideas innovadoras que apostaban hacia un futuro que lucía en extremo prometedor. De nueva cuenta hay blues y soul, de nuevo se encuentra presente la psicodelia, pero también largos y vigorosos jams, alucinantes paisajes sonoros, una mayor incursión en el acid rock y notables covers. La participación de músicos invitados en algunas de las piezas, entre ellos Steve Windwood en los teclados –con su inigualable manera de tocar el órgano Hammond–, Al Kooper en el piano, Jack Cassidy (Jefferson Airplane) en el bajo, Chris Wood (Traffic) en la flauta, Buddy Miles en la batería y Fredy Smith en el sax, representa un plus en el doble plato.  
  Electric Ladyland (cuya portada original causara tanta polémica) inicia con una breve introducción llena de efectos (“… And the Gods Made Love”) que bien podemos pasar por alto y realmente da comienzo con lo que ya era un género hendrixiano, el soul psicodélico. “Have You Ever Been (to Electric Ladyland)” es una pieza lenta y ensoñadora, con un claro mood etéreo marcado por el juego de guitarras sobrepuestas y la voz en falsetto de Hendrix (parece un antecedente de la música de Prince), tema dedicado a las mujeres que rodeaban a Jimi y que le otorgaban todo el vigor sexual que necesitaba; una bella y sentida oda a sus groupies, pues. La calma se rompe en seguida con la rotunda “Crosstown Traffic” y su sensacional riff. La batería de Mitch Mitchell desempeña un papel clave, apoyada por los bajeos de Noel Redding. Un gran tema que antecede a esa larga y libérrima jam session de quince minutos que es “Voodoo Chile”, una improvisación en blues a la Muddy Waters (pero en ácido) en la cual la guitarra de Hendrix y el Hammond de Windwood establecen un diálogo celestial e infernalmente  virtuoso. Una absoluta maravilla con la cual concluye el lado A del disco uno. En cambio, “Little Miss Strange” representa tal vez el punto más flojo del álbum. Se trata de un popcito sesentero debido a Noel Redding, quien lo canta con mucho entusiasmo…, pero nada más. “Long Hot Summer Night”, con Al Kooper al piano, es otra de esas canciones tranquilas y sugerentes en las cuales Jimi evidentemente se divertía. Nada del otro mundo, sin embargo. En cambio, su cover de “Come On” de Earl King posee toda la fuerza de una interpretación en vivo, mientras que “Gypsy Eyes” es una verdadera joya en la cual voz y guitarra suenan al unísono, arropadas por un compás irresistible y una ambientación instrumental extrañamente fascinante. Suena como un viejo blues con un arreglo futurista, lo cual contrasta con los teclados a manera de clavicordio con los que inicia la peculiar “The Burning of the Midnight Lamp”, una gran composición (“balada experimental” la han llamado) enriquecida por discretos coros femeninos y una espectacular pared de sonido.
  El lado A del segundo disco abre con la fabulosa “Rainy Day, Dream Away”, precedida por un estupendo jam. El tema se desliza de pronto por un feedback que lo hace desaparecer para dar lugar a “1983… (A Merman I Should Turn to Be)”, larga suite que inicia con un tema calmo que de pronto deriva en una serie de instrumentaciones barrocas, cambios drásticos de ritmo, largos y complejos solos de guitarra y batería, pasajes que prefiguran la música ambient, ruidos incidentales, efectos sonoros, todo un viaje que incluye el pre-pinkfloydiano puente “Moon Turn The Tides… Gently Gently Away”, para retornar de súbito a “Rainy Day, Dream Away”, aunque ahora con el título “Still Raining, Still Dreaming”, con el órgano de Mike Finnigan como un muro de contención en el cual el wah wah de la increíble guitarra rebota una y mil veces. Otro de los puntos altos (altísimos) de Electric Ladyland. Por su lado, “House Burning Down” es una de esas composiciones oscuras de las que muy pocos suelen acordarse… y tal vez se lo merezca.
  El álbum concluye de la mejor manera, en su lado cuatro, con dos cortes fundamentales en la trayectoria de Jimi Hendrix. Primeramente, ese cover fuera de serie a una canción de Bob Dylan que es “All Along the Watchtower”. Si el tema original es muy bueno, el arreglo de Hendrix lo inmortalizó al volverlo épico y convertirlo en un clásico de la historia del rock (el solo de guitarra sigue dejando atónito a cualquiera), tan clásico como “Voodoo Child (Slight Return)”, ese monumental blues a la Hendrix de impactante construcción guitarrística, una de las mejores obras del músico, la cual, en sus escasos cinco minutos de duración, parece resumir toda la fuerza, el talento y la sensibilidad que lo imbuía (la letra contiene una frase que parecería premonitoria, si tomamos en cuenta que es el último corte del último disco en estudio del de Seattle que apareció cuando él aún vivía: “If I don’t meet you no more in this world/  I’ll meet you in the next one and don’t be too late”). “Voodoo Child” es una conclusión perfecta para un álbum imperfecto… pero grandioso.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No, 19, dedicado a Jimi Hendrix, publicado en abril de 2005).

miércoles, 3 de mayo de 2017

Definitely Maybe


El álbum que fundó al brit pop. El primer disco de Oasis es para muchos especialistas y seguidores del grupo su obra cumbre, la más importante, aquella que sintetiza no sólo lo que sería el estilo del grupo a lo largo de los años, sino también buena parte de lo que había sido hasta ese momento (y de hecho lo que sigue siendo, poco más de dos década después) el rock británico, especialmente el que nació en Inglaterra.
  Como si hicieran un recorrido desde los días de la primera Ola Inglesa hasta los del reinado de estilo madchesteriano de finales de los ochenta, las canciones escritas por Noel Gallagher conforman un mosaico no sólo interesante sino muy propositivo, un colorido mural sonoro en el cual encontramos sonidos que nos remiten lo mismo a los Beatles y a los Small Faces que a los Happy Mondays y los Stone Roses. Once son los temas contenidos en Definitely Maybe (1994), once composiciones en las cuales el grupo recupera uno de los aspectos más importantes del rock como género: el uso de la guitarra como instrumento básico y primordial.
  Cuando apareció este álbum, el Reino Unido aún era dominado por la fusión de pop y dance que caracterizaba a los grupos de Manchester. Tuvo que ser precisamente una banda de esa ciudad del norte inglés la que rompiera esquemas y propusiera uno de esos clásicos regresos en espiral que han caracterizado a la historia del rock a lo largo de cinco decenios. Oasis irrumpió con un estilo que sonaba a algo ya escuchado, pero con un sello nuevo y característico. Las canciones de Noel Gallagher no eran novedosas desde un punto de vista armónico, como tampoco lo eran por el lado melódico. No obstante, había en ellas la frescura de lo recuperado, de un pasado dorado que se rescataba y era puesto al día, sobre todo después de tantos años de glam, de new wave y de música disco, de tantos artificios que habían alejado al rock de sus características más orgánicas. El quinteto, en cambio, hacía un rock básico, concreto, ruidoso, provocador, pero diferente a lo que en esos mismos días sucedía en los Estados Unidos, concretamente en la ciudad de Seattle, y que se empezaba a conocer como grunge. No, la música de Oasis era otra cosa. Era le resurrección de lo que treinta años atrás habían propuesto los Kinks, los Who, incluso los Rolling Stones, pero sobre todo el cuarteto insignia de Liverpool: los Beatles.
  Gallagher y sus cuatro compañeros no negaban la cruz de su parroquia; al revés: la asumían y presumían de ella de la mejor manera: haciendo estupendas canciones. Todo esto no quiere decir que Oasis sonara a mil cosas y careciera de un estilo propio. Todo lo contrario. Al escuchar al grupo en Definitely Maybe, uno de inmediato podía identificarlo. Era tal vez la voz gangosa de su vocalista, Liam Gallagher. Eran quizá los acordes del ataque de sus dos guitarras o las perfectas estructuras de cada una de las piezas. El caso es que existía un toque especial que caracterizó a la agrupación desde este su primer opus en todas y cada una de las once piezas, pero sobre todo en maravillas como la entusiasta “Rock ‘n’ Roll Star”, la conmovedora e impactante “Live Forever”, la celebratoria y festiva “Supersonic” y la intensa, melancólica y prodigiosamente épica “Slide Away” (con esa línea apasionada que clama: “Don’t know, don’t care / All I know is you can take me there!”. Uno de los grandes álbumes debut de la historia del rock.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 27 de La Mosca en la Pared, publicado en enero de 2006)

domingo, 30 de abril de 2017

Tarkus


Apenas en su segundo disco, de 1971, Emerson, Lake & Palmer edificaron una estructura apabullante de rock progresivo en una suite que ocupa todo el primer lado del álbum y que a más de cuatro décadas y media de distancia, sigue asombrando a quien la escucha.
  Conformada por siete partes perfectamente entrelazadas –cuatro instrumentales (“Eruption”, “Iconoclast”, “Manticore” y “Aquatarkus”) y tres cantadas (“Stones of Years”, “Mass” y “Battlefield”)–, “Tarkus” –la pieza de 21 minutos escrita en su mayor parte por Keith Emerson, con algunas contribuciones de Carl Palmer y de Greg Lake (éste sobre todo en las letras)– es una composición épica que tiene pocos rivales en la historia del género (sólo “Thick as a Brick” de Jethro Tull y quizá “Close to the Edge” de Yes se le podrían comparar).
  Respecto al segúndo lado del plato, está conformado por seis cortes estupendos, aun cuando no todos pertenecen al progresivo (“Are You Ready Eddy?” es un simpático rocanrolito con todas las de la ley). Sin embargo, temas como “Bitches Crystal” y “A Time and a Place” cumplen con todos los requisitos para ser considerados como prog rock. Tarkus es una obra maestra de ELP. Un imprescindible.

(Reseña publicada originalmente en el especial de La Mosca en la Pared No. 46, editado en febrero de 2008 y dedicado al rock progresivo; fue el último número de la serie –¡snif!– en aparecer)

martes, 25 de abril de 2017

El americanismo de Ray Davies


Hablar de Ray Davies es hablar del mejor cronista sociomusical que ha dado la historia del rock. Desde que se iniciara como líder del cuarteto británico The Kinks, a principios de la década de los sesenta, sus letras retrataron la vida cotidiana, individual, social y política (incluso económica) de los ingleses. En cuanto a su música, ésta abrevaba lo mismo del blues, el folk, el country y el rock n’ roll llegados de los Estados Unidos que del skiffle y la música de vodevil más londinense.
  Davies es una leyenda andante, uno de los grandes sobrevivientes de la llamada Ola Inglesa que cambió la historia del rock por allá de 1964 y es también el virtual progenitor de lo que en los noventa se conoció como el brit-pop. Agrupaciones como Blur, Oasis y Pulp le deben muchísimo al creador de “You Really Got Me” y “Low Budget”, entre cientos de grandes canciones más.
  Quién iba a decir que el más british de los británicos iba a confesar, primero en su más reciente libro autobiográfico y luego en su nuevo disco, su gran amor y admiración por los Estados Unidos de América.
  Americana (Legacy, 2017) se llama el flamante álbum de Ray Davies, en el que se hizo acompañar por uno de los grupos más emblemáticos del alt-country: los excelentes Jayhawks. Una quincena de nuevas composiciones conforman el plato que no tiene desperdicio y con el que, a sus casi 73 años, el músico se muestra en plenitud creativa e interpretativa.
  Curiosamente y contra lo que el nombre del disco podría sugerir, no se trata de una colección de composiciones basadas de manera exclusiva en el alt-country (hoy denominado americana), sino en la visión y la experiencia que musical y existencialmente ha tenido Davies como habitante de ese país al que ha adoptado, al irse a vivir a Nueva Orleans.
  Grabado en los estudios Konk de Londres, Americana es un estupendo álbum y un reencuentro del buen Ray con lo mejor de su sensibilidad y su talento. Un trabajo que vale muchísimo la pena.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

miércoles, 19 de abril de 2017

Slowhand


Uno de los álbumes clásicos del Clapton solista, Slowhand (su viejo apodo de “Mano lenta”), grabado en 1977, quizás haya sido ligeramente sobrevalorado como un todo, aunque contiene algunos de los temas más notables de la carrera del británico.
  Con una madurez notoria como guitarrista que apuesta más a la expresión y el sentimiento que a la velocidad y la técnica (ahora sí era un mano lenta, pero en el mejor sentido de la palabra), el Clapton de este disco resulta más cálido, más íntimo. De ahí que composiciones como la preciosa “Wonderful Tonight” –que con otro intérprete seguramente habría caído en la cursilería–, con el buen Eric suene tan dulce como conmovedora. También están la llena de gracia “Lay Down Sally” –con su perfil entre bluesero y campirano–, la contundente “Cocaine” (otra canción de la autoría de J.J. Cale, al igual que “After Midnight”), el alegato contra los celos que es “Next Time You See Her” o la enorme y jammeada “The Core”, para muchos el mejor corte de Slowhand.