miércoles, 18 de abril de 2018

10 grandiosos discos de 1998


1998 fue un buen año para el rock y sus diversas vertientes. En vísperas del cambio de siglo, diversos grupos y solistas se encontraban en un momento iluminado y su talento musical fue capaz de producir trabajos tan buenos como los que aquí me permito enlistar.

1.- Massive Attack. Mezzanine (Virgin). Una de las obras fundamentales del trip-hop. La agrupación de Bristol produjo su pieza maestra con este su tercer trabajo discográfico, un álbum extraordinario, sublime, especialmente en su primera parte (dos de los tres impresionantes cortes iniciales –“Angel” y “Teardrop”– no tienen parangón). Un disco artísticamente perfecto.

2.- Pulp. This Is Hardore (Island). Quizás el grupo más lleno de sofisticación y sensualidad del britpop, Pulp alcanzó la cumbre con este, su sexto y penúltimo álbum, muy posiblemente su obra maestra (aunque hay quienes piensan que el anterior Different Class es mejor). De la mano de su líder y cantante, el extraordinario Jarvis Cocker, el grupo logró producir una serie de canciones magníficas, como “The Fear”, “Help the Aged” y la homónima “This Is Hardcore”.

3.- Air. Moon Safari (Astralwerks). El elegante dueto francés de música electrónica, integrado por Jean-Benoit Dunckel y Nicolas Godin, debutó hace un par de décadas con esta acuarela musical que incluye una fusión de géneros que van del pop a la Bacharach al jazz y el ambient, con las necesarias referencias al rock de los años sesenta. Un disco irresistible, encantador, lleno de calidez  y color.

4.- Placebo. Without You I’m Nothing (Virgin). Aunque formó parte de llamado britpop, la música del grupo encabezado por el singular y andrógino Brian Molko tendió siempre hacia una especie de pop-rock oscuro que lo emparentaría más con The Cure o Depeche Mode, si no es que con el glam setentero, como lo muestra el tema abridor: “Pure Morning”. Con este, su segundo álbum, el trío londinense logró la fama mundial instantánea.

5.- Elliott Smith. Xo (Dreamworks). A sus tempranos 19 años, este talentosísimo aunque atormentado compositor y cantante irrumpió en las grandes ligas luego de tres discos independientes y de haber logrado la fama con sus canciones para el soundtrack de la película Good Will Hunting de Gus van Sant, en especial con “Miss Misery”. XO es un álbum espléndido, lleno de melancolía y belleza, una colección de las más hermosas melodías que mucho le debe a los Beatles.

6.- Eels. Electro-Shock Blues (Dreamworks). Luego de su estupendo debut discográfico con el Beautiful Freak de dos años antes, el proyecto de Mark Oliver Everett, alias “E”, presentó este su segundo álbum que resultó aún mejor que el primero. Más oscuro y más épico, más profundo y más austero, ha sido comparado con joyas similares como el Tonight’s the Night de Neil Young o el Magic and Loss de Lou Reed. Una joya.

7.- PJ Harvey. Is This Desire? (Island). La más desafiante y feroz cantautora de los noventa nos legó en este, su cuarto álbum, un trabajo más elaborado y difícil de apreciar de primer golpe de lo que habían sido sus tres trancazos discográficos anteriores. Menos punk y con una mayor sofisticación, Is This Desire? no fue debidamente apreciado en su momento, pero es una grabación que fue creciendo con el tiempo y que hoy alcanza el estatus de clásico.

8.- The Smashing Pumpkins. Adore (Virgin). No es el más afamado o el más apreciado de los discos de la agrupación encabezada por el singular Billy Corgan, pero este álbum posee una muy especial belleza que lo hace entrañable. Los de Chicago lograron producir aquí un dream pop sutil y hechizante, con atmósferas plenas de nostalgia. Un trabajo profundo y admirable que ha crecido con el paso de los años.

9.- Belle and Sebastian. The Boy with the Arab Strap (Matador). Si un grupo puede representar al mejor rock pop que se ha hecho de los noventa a la actualidad es este combo proveniente de Escocia, encabezado por ese geniecito de la composición que es Stuart Murdoch. Muy influido por su paisano Donovan, Murdoch ha grabado una decena de álbumes gloriosos, pero su opus de 1998 es una piedra de toque.

10.- Neutral Milk Hotel. In the Aeroplane over the Sea (Merge). Agrupación mítica de rock alternativo surgida en Athens, Georgia, NMH sólo grabó dos álbumes, ambos de culto absoluto, aunque este, su segundo, ha permanecido durante dos décadas como una singular obra maestra de lo que hoy llamamos indie. James Mangum y compañía consiguieron una perla del rock acústico y hi-fi, un viaje ácido y misterioso que sigue escuchándose tan fresco y vital como cuando fue grabado.

(Escribí y publiqué esta lista para "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

lunes, 16 de abril de 2018

Lovely Rita


Debo confesar la verdad. La noche del pasado 8 de mayo asistí a la Ola Azteca con ánimo crítico y dispuesto a demoler por escrito cuanto viera por ahí. Pensé que no me costaría trabajo. Después de todo, estaba convencido (y lo sigo estando) de que era una burda maniobra de Televisa para seguir manejando a su antojo al llamado rock nacional; una forma de continuar lo que ha hecho, al utilizar en su programación mediatizadora a grupos como La Maldita Vecindad, Café Tacuba, Caifanes, Rostros Ocultos y demás. Con la “Ola roquera”, el monopolio de la televisión se presentaba como impulsor del movimiento musical de los jóvenes roqueros (que no rocanroleros: hay notables diferencias de significado entre ambos términos), muchos de los cuales, me consta, creen en la sinceridad y las buenas intenciones del monstruo. “Lo importante es que existan foros para tocar”, dicen los músicos, y poco les interesa vender su alma al diablo con tal de gozar de quince minutos de fama. Lo importante no es el trabajo creativo, la labor verdaderamente artística, sino el hecho de ser difundidos a como dé lugar, no importa que sea en Siempre en domingo, Mi barrio o cualquier otra mierda. ¿Ideología? ¿Principios? ¡Maestro, estamos en otros tiempos! Es la era del liberalismo social, la era del cinismo.
  Pero volvamos a la noche del sábado 8 de mayo. Desde que entré al Estadio Azteca, sentí el clásico ambiente policiaco-represivo que distingue a los espacios dominados por Televisa. Gente de seguridad, guaruras disfrazados de guaruras, granaderos; miradas torvas, desconfiadas.
  En el escenario, un grupo llamado La Candelaria que, más que música, hacía dengues y gestos “prendidísimos” que dejaban a la gente impávida (menos mal). Luego vino Insignia, cuarteto muy joven y con una propuesta mucho más interesante que la de sus antecesores. Sin embargo, mi interés –y el de la mayoría de los asistentes– era ver a Santa Sabina (en mi caso, porque nunca los había visto en persona). Vino entonces lo inesperado...
  Después de haber visto en otras ocasiones a vacas sagradas como La Maldita y Caifanes, llevándome sendas decepciones por la pobreza de sus actos, ver a Santa Sabina resultó una sorpresa agradabilísima. He aquí una propuesta artística original y rica en matices, con composiciones interesantes  y muy bien ejecutadas por cuatro músicos espléndidos. La banda crea atmósferas oníricas y estrambóticas que son aprovechadas a la perfección por la presencia más impactante y la mejor voz del rock nacional: Rita Guerrero. A pesar de su corta estatura, Rita crece en el escenario, se adueña de él y lo utiliza a su antojo. Su dominio del público es impresionante. De pronto (y no exagero), uno de ve metido en una experiencia mística de la que resulta imposible escapar. Rita posee un manejo de la mirada, el rostro y el cuerpo que la transforma en una hechicera. En ella hay, por fin (al igual que en sus compañeros), una manifestación musical realmente rocanrolera, de una finura excepcional y hasta insólita dentro del medio en que se mueve.
  Rita y Santa Sabina se han salvado hasta ahora (supongo que por sus convicciones y no por falta de ofertas) de caer en el mercantilismo fácil de otros. Ojalá sigan por ahí, caray.

(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 21 de mayo de 1993)

martes, 10 de abril de 2018

¿Elton John revampirizado?


No es el primer disco en homenaje a Elton John (en 1991 apareció el estupendo Two Rooms, con grandes intérpretes como Eric Clapton, The Who, Kate Bush, Sting y otros). Sin embargo, el reciente disco Revamp: Reimagining the Songs of Elton John & Bernie Taupin posee una muy especial característica: es un tributo en el que todas las canciones están a cargo de estrellas del mainstream actual, de lo más granado de la comercialidad musical de hoy, tanto en el pop como en el rock.
  ¿Significa esto que la grabación es una basura o un producto desechable? No del todo. En realidad, se trata de un álbum aceptable a secas, con una trecena de temas interpretados por un abanico de grupos y solistas que van de Lady Gaga a Queens of the Stone Age y de Miley Cyrus a Mumford & Sons.
  Elton John anunció que está a punto de retirarse y su inminente gira internacional servirá para decir adiós a los escenarios. Es en este contexto que aparece este Revamp (algo así como modernizar o rehacer; nada que ver con asuntos de vampiros).
  El título alude a la manera en que están producidos los trece cortes del larga duración, con los sonidos y trucos de estudio imperantes hoy, algo que resulta más que evidente en el track inicial, “Bennie and the Jets”, el único en el que participa el propio Elton John, acompañado por Pink y por el hip-hopero Logic, en un arreglo que incluye un desconcertante y no sé si inoportuno rapeo de éste a la mitad de la canción.
  Entre las versiones más destacadas están la de Florence + the Machine a “Tiny Dancer”, la de Mary J. Blige a “Sorry Seems to Be the Hardest Word”, la de Q-Tip y Demi Lovato a “Don’t Go Breaking My Heart”, la de Sam Smith a “Daniel”, la de Lady Gaga a “Your Song” y la de Queens of the Stone Age a “Goodbye Yellow Brick Road”.
  Coldplay y The Killers aburren con “We Fall in Love Sometimes” y “Mona Lisas and Mad Hatters”, mientras que Mumford & Sons cumplen medianamente con “Someone Saved My Life Tonight”.
  Un disco para seguidores de Elton John. Nada más.
(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 8 de abril de 2018

Caifanes bajo coacción


Ella me dijo: “Si escribes mal de este concierto, es que no posees objetividad periodística”. Y me advirtió amenazante: “Si escribes mal de este concierto, no te vuelvo a hablar en mi vida”.
  Conste lo anterior para aclarar que escribo el presente texto bajo presión moral, coaccionado claramente. Por lo tanto, no podré decir que el concierto del grupo Caifanes, del pasado viernes 30 de abril (Día del niño) en el Palacio de los Deportes, me dejó absolutamente impávido.
  Tampoco podré decir que la música de este quinteto nada más no me llega, me resulta terriblemente monótona y no me hace mover un solo músculo.
  No mencionaré que las letras de sus canciones, más que crípticas o herméticas, me parecen pretensiosas, sin sentido, falsamente profundas o francamente burdas (verbigracia: “Me dirás que soy un perro / que en el cerebro tengo moquillo” o aquel atentado contra el idioma  que es la palabreja “metamorféame”. ¡Horror!).
  Ni anotaré que su presencia escénica es pobre y estática, que la voz de Saúl Hernández carece de matices (¡de acuerdo, maestro Monsalvo!) y los instrumentistas son apenas un poco mejores que los de La Maldita Vecindad.
  No escribiré que el hecho de que 20 mil personas hayan brincado y cantado como una sola, durante más de de dos horas, no significa necesariamente que Caifanes sea un buen grupo. Igual cantan y brincotean 50 mil ante Garibaldi, Yuri, Ricky Martin o Los Temerarios.
  No diré (¡no!) que esas jaladas de sacar a grupos de concheros son arranques chauvinistas innecesarios y falsísimos, con todo y los gritos de “¡México, México!” del respetable o que los exhortos de Saúl contra el malinchismo suenan más provincianos que la arenga de un presidente municipal un 15 de septiembre cualquiera.
  Tampoco comentaré que lo mejor de todo (al menos para uno, como periodista) fueron los tacos al pastor y las cervezas (así como las buenísimas edecanes) del convivio  posterior al concierto; lo mismo que la presencia de la maravillosa Daisy Fuentes, locutora de MTV ahí presente. cuyo rostro y cuerpo resultan muy difíciles de olvidar.
  Por último, me abstendré de señalar que después de verlos en vivo, los Caifanes me siguen pareciendo tan planos y faltos de vitalidad como cuando los escuché en disco.
  Perdone el estimado lector que esta vez no diga cosa alguna y me reserve mis opiniones, pero la verdad es que a ella la quiero mucho y no quisiera que me considerara falto de objetividad periodística ni (mucho menos) que dejara de hablarme para siempre.
  Así pues, por esta vez, guardo El silencio.
  Ni hablar.

(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 7 de mayo de 1993)

martes, 3 de abril de 2018

Las sensacionales Swing Singers


Una de las preguntas que me hago cuando cuestiono al rockcito es por qué, si en México existen tan buenos músicos, el pequeño rock que se hace en México es en su mayor parte tan malo. En el jazz por ejemplo, sucede otra cosa muy distinta: en nuestro país se hace gran jazz en todas sus vertientes y la del jazz vintage no es la excepción.
  A fines de los años cuarenta y principios de los cincuenta, surgieron en los Estados Unidos agrupaciones vocales femeninas con muy especiales armonizaciones y con una base jazzística apoyada sobre todo en el swing. Las Andrew Sisters y las Chordettes destacaban entre ellas.
  En México surgió hace relativamente poco tiempo un trío vocal (apoyado por un trío instrumental) conformado por las cantantes Aly Orizaga, Mariana Teutli y María José Ruiz (a quien acaba de reemplazar Luisela López). Las acompañan Sabik Chaparro (guitarra), Gary Anzures (tuba) y Guillermo Sandoval (batería).
  Con un repertorio que incluye lo mismo clásicos del swing que boleros adaptados a este ritmo, Las Swing Sisters acaban de sacar el álbum Dulce Swing (Fonarte Latino, 2018). Con una perfecta amalgama vocal, el trío consigue dotar a sus interpretaciones de una frescura y una gracia verdaderamente sorprendentes. Es claro que no se trata de cantantes improvisadas y que detrás de sus vocalizaciones hay un trabajo intenso y profundo, aparte de un gusto evidente por lo que hacen.
  El álbum contiene piezas conocidas, pero con un tratamiento muy particular y lleno de vida. Así, el contenido va desde clásicos como “Sing, Sing, Sing”, “Moon River”, “Mr. Sandman” y “Alexander’s Ragtime Band” hasta boleros como “Cuando vuelva a tu lado”, “Piel canela” y “Bésame mucho” o incluso temas de películas de Walt Disney como El libro de la selva (“Quiero ser como tú”) y Los Aristogatos (“Todos quieren ser un gato jazz”).
  A pesar de ser un trabajo de tintes nostálgico, estas muy jóvenes vocalistas lo han dotado de una actualidad inusitada y, sobre todo, de una calidad musical a toda prueba. Un gran hallazgo que no dudo en recomendar.

(Mi columna "Gajes del orificio" de hoy en la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 1 de abril de 2018

10 “rockeros” mexicanos que no tocan rock


Se hacen pasar por rockeros, se atavían y se conducen como si lo fueran, se presentan en festivales que supuestamente son de rock, pero su música los desmiente. He aquí una decena de ejemplos de grupos y solistas que simulan lo que en realidad no son…, aunque se sienten rockstars.

1.- Carla Morrison. Mucho más identificada con la balada ñoña y hasta con el bolero lloriqueante o la música de mariachi más cursi, esta peculiar compositora e intérprete hace todo menos rock y hasta ella así lo dice. Pero su marketing la desmiente e incluso nos la presenta como una diva rockera.

2.- Enjambre. Un grupo que quedaría perfectamente situado en el contexto de la música grupera o de viejas agrupaciones tipo Los Ángeles Negros o Los Solitarios. Pero hay quienes insisten en que son rockeros. Bueno, ellos mismos lo hacen. Ajá.

3.- Juan Cirerol. Mala combinación entre Cornelio Reyna y Johnny Cash. Con letras pedestres y una actitud camp, Cirerol fue descubierto por una disquera hipster de la colonia Condesa, la cual se encargó de convencer a los incautos de que estaban frente a un enorme artista. Una simpática tomadura de pelo.

4.- Natalia Lafourcade. Del pop al rockcito ñoño y de ahí a la música pretendidamente alternativa, para derivar en Agustín Lara y la música andina Tigresa del Oriente style. Un híbrido que puede ser todo, menos rock.

5.- Moderatto. ¿Poner arreglos falsamente metaleros a baladas pop es hacer rock? Lo que comenzó como una humorada, terminó por convertirse en uno de los chistes más malos. Pero es redituable y ahí sigue. Creo.

6.- Moenia. ¿Los representantes mexicanos del rock electrónico? ¿Los equivalentes nopaleros de New Order y The Pet Shop Boys? Parecería broma, pero hay quienes responderán de manera afirmativa. En serio.

7.- Los Daniels. Émulos de Sandro de América, Los Terrícolas y Los Pasteles Verdes, pero navegan con bandera de rockers. Que el espíritu de Chuck Berry los perdone.

8.- Los Románticos de Zacatecas. Léase palabra por palabra lo que escribí líneas atrás acerca de Enjambre.

9.- Caloncho. Una cosa inenarrable. Dejémoslo ahí.

10.- Little Jesus. De lo más reciente en el mundo del rockcito, empezaron como una obvia imitación de Vampire Weekend para derivar en un rock pop informe. El grupo parece más un capricho relajiento de hipsters-mirreyes que otra cosa. Pero ahí andan.

martes, 27 de marzo de 2018

Otro Jack White


Desconcertante. Es la primera palabra que me viene a la mente luego de escuchar el más reciente disco de Jack White, aparecido apenas este viernes 23 de marzo.
  Pero desconcertante no quiere decir malo ni mucho menos. Es cierto que Boarding House Reach (Third Man Records, 2018) nada tiene que ver con sus dos anteriores esfuerzos como solista, los sensacionales Blunderbuss (2012) y Lazaretto (2014). Mientras estos dos álbumes se alimentaban en general del blues, el folk y la roots music, el nuevo plato apuesta por la experimentación más ecléctica. Hay aquí elementos del avant-garde y la electrónica, del hip-hop y el jazz-funk psicodélico. Escúchense piezas como “Corporation”, “Abulia and Akrasia”, “Hypermisophoniac” o “Ice Station Zebra” para comprobarlo.
  Esta vez, los sintetizadores y las múltiples posibilidades que brinda el estudio de grabación han sustituido casi por completo a las guitarras de White, a sus pianos retro o a sus baterías clásicas.
  Tomemos como ejemplo un corte: “Over and Over and Over”. Hay ahí una mezcla de elementos instrumentales y una serie de cambios rítmicos tan drásticos que recuerdan a Frank Zappa. Los coros, los teclados, los sonidos electrónicos, las enloquecidas percusiones son totalmente zappianas, aunque no dejan de sonar a Jack White.
  ¿Estamos frente a un trabajo meramente experimental o ante un cambio radical en la ruta musical del fundador de los White Stripes y los Raconteurs? Habrá que esperar a su siguiente disco para saberlo. Por lo pronto, a pesar de que algunos de los seguidores más heterodoxos de White ya empezaron a repudiar este álbum, calificándolo como basura, me parece que hay que escucharlo con atención y descubrir una propuesta no sólo osada sino muy interesante y propositiva. Composiciones como “Connected by Love”, “Why Walk a Dog”, “Everything You’ve Ever Learned”, “Respect Commander”, “Humoresque” o “What’s Done Is Done” (la pieza más tradicional del disco) merecen que nos fijemos en ellas.
  Lo invito a adentrarse en Boarding House Reach. Vale la pena.

(Mi columna "Gajes del orificio" de hoy en la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 25 de marzo de 2018

Shades of Deep Purple


A pesar de que se trata de un álbum muy variado y que en su momento hacía complicado adivinar hacia dónde se dirigía la música del grupo, estamos ante un gran disco. Estas sombras del púrpura profundo están conformadas por ocho temas estupendos que coquetean mucho más con el pop sesentero, la psicodelia y el apenas en ciernes rock progresivo de aquellos años que con el rock duro y casi metalero que caracterizaría a Deep Purple a partir de la siguientre década.
  Con su primera formación (la Mark I), el quinteto arrancaba una larguísima carrera que rendiría frutos musicales extraordinarios. Shades of Deep Purple (1968) –grabado en escasos tres días– inicia con “And the Address” una interesante pieza instrumental muy cercana al progresivo que da paso al primer gran golpe del grupo, su versión a “Hush”, una canción country de la autoría de Joe South y que en manos de Jon Lord, Ritchie Blackmore y compañía recibió un fenomenal arreglo y se convirtió en uno de las grandes y más memorables temas del rock de los sesenta. Por su parte “One More Rainy Days” es una clásica canción pop de aquellos días, con la voz de Rod Evans en su plenitud melódica. El primer lado del larga duración original concluye con otro cover que en manos de esta agrupación se convirtió en clásico. Me refiero a ese gran blues de Skip James que es “I’m So Glad” y del cual Cream también hizo una versión excelente. Deep Purple, sin embargo, lo hizo crecer a niveles astrales, sobre todo con la fastuosa introducción (“Prelude: Hapiness”), inolvidable.
  El lado B comienza con el corte más premetalero del disco. “Mandrake Root” seduce desde que inicia, aunque el riff de Blackmore no deja de recordar a “Foxy Lady” de Jimi Hendrix. Un nuevo tema ajeno, en este caso “Help” de Lennon y McCartney, recibe un tratamiento magnífico hasta convertirlo en una canción de pausada psicodelia. Tal vez el corte menos brillante sea “Love Help Me”, composición propia que casi transcurre inadvertida.
  Shades of Deep Purple concluye con el postrer tema ajeno, el tradicional “Hey Joe” que aquí cobra aires un poco grandilocuentes al querer darle un toque pretenciosamente españolizado (como la “Spanish Caravan” de los Doors). Con todo, un álbum más que disfrutable en su esencia sesentera.

(Reseña que escribí para el Especial No. 34 de La Mosca en la Pared, dedicado a Deep Purple y publicado en octubre de 2006)

miércoles, 21 de marzo de 2018

The Breeders: puro nervio


Los noventa del siglo pasado fueron años en los cuales surgieron muchos grupos que con el tiempo se volvieron de culto. Neutral Milk Hotel o Blind Melon, por ejemplo. Throwing Muses y los Pixies también.
  Como una derivación de estas dos últimas agrupaciones, The Breeders fue otro proyecto que alcanzó ese estatus cultista y lo hizo básicamente con un par de discos sin los cuales no se podría entender la historia del llamado alt-rock de aquel decenio. Pod (1990) y Last Splash (1993) son dos álbumes que marcaron a toda una generación y crearon un sello propio, muy alejado del sonido de Pixies y Throwing Muses. Sus dos liderezas, Kim Deal y Tanya Donnely, pertenecían respectivamente a cada una de esas dos agrupaciones y lograron escribir la serie de canciones que conformaron el Pod y que gracias también al trabajo en el estudio del productor Steve Albini, derivó en aquel peculiar estilo que caracterizaría a los Breeders y que se consolidó tres años después con la aparición de Last Splash y el éxito tremebundo que logró su tema “Cannonball”.
  A 25 años de distancia de aquel disco, el grupo ha retornado a las grabaciones y acaba de poner en circulación el flamante All Nerve (4AD, 2018). Ya sin Tanya Donnely, pero sí con su hermana Kelley (quien también perteneció al The Breeders originario), más la bajista Josephine Wiggs y el baterista Jim McPherson, Kim Deal ha vuelto a unir fuerzas con Albini y el resultado es un álbum impecable, un trabajo que recoge todo el sonido primigenio de sus dos primeros discos (especialmente del Pod), pero actualizándolo a este tiempo de millenialls con una oncena de canciones en verdad alucinantes.
Quinto opus de su discografía en estudio (porque hay que mencionar también el Title TK de 2002 y el Mountain Battles de 2008), All Nerve tiene algo de conceptual en cuanto al tema de los nervios, con temas como el inicial “Nervous Mary” o el homónimo “All Nerve”. Las letras de esas y otras canciones transcurren por cuestiones que implican el nerviosismo del ser femenino (“Walking with a Killer” habla sobre el miedo a la violación y la muerte: “I’m walking with a killer and I’m gonna need that ride / We rolled through the night / Through the cornfields of East 35 / I didn’t know I should have / I didn’t know it was my night to die / But it really was”), aunque también hay humor en la forma como Kim  Deal se burla de esos temores y terrores (sobre todo en la ya mencionada “Nervous Mary”).
  En lo estrictamente musical, el disco es una joya. Sin perder el estilo (me refiero al estilo musical del grupo, pero también a la elegancia y la prestancia de sus interpretaciones), el grupo suena preciso, con esos acordes de guitarra secos y grungeros que lo caracterizan, pero se da el espacio suficiente para intercalar cortes de ritmo lento y acompasado (incluso de belleza plena, como “Dawn: Making an Effort” y “Spacewoman” o de intención más hipnótica, como “MetaGoth” y “Blues at the Acropolis”) con otros más machacantes y afilados (“Skinhead #2”, “Wait in the Car”, “Howl at the Summit”) .
  Un álbum a la vez rudo y vulnerable, sensible y poderoso. Gran regreso de las entrañables Breeders.

(Reseña que escribí para el sitio Sugar & Spice y que acaba de ser publicado en el mismo)

martes, 20 de marzo de 2018

La entrañable música de The Decemberists


Hay sonidos entrañables. Música tan cálida y hermosa que es capaz de tocar nuestra sensibilidad de una manera especial. No todos los compositores poseen el envidiable don de crearla. Sea en el género que sea.
  Colin Meloy es uno de ellos. Desde Portland, Oregon, y al frente del quinteto The Decemberists, lleva más de tres lustros de escribir e interpretar canciones llenas de calidez, alma, inteligencia y ese extra que no se puede explicar con palabras y que sólo es posible captar con el sentimiento y las entrañas.
  Desde su disco Castaways and Cutouts de 2002, pasando por joyas como Her Majesty (2003), Picaresque (2005), The Crane Wife (2006), The Hazards of Love (2009), The King Is Dead (2011) y What a Terrible World, What a Beautiful World (2015), su sofisticado y fino sonido, dentro del alt-rock y el alt-folk, ha logrado trascender artísticamente, a pesar de no ser la suya una agrupación mainstream o dedicada a complacer los gustos masivos.
  Este mes de marzo ve llegar el octavo larga duración en estudio de los Decemberists: I’ll Be Your Girl (Capitol, 2018). Se trata de un álbum ligeramente distinto a sus siete predecesores, en el sentido de que por primera vez han añadido a su música, únicamente en algunas canciones, algo tan poco usual en ella como los sintetizadores. Podría parecer una locura, dado el estilo digamos tradicional del grupo, pero la verdad es que gracias a los buenos oficios de su nuevo productor, John Congleton, todo el disco suena espléndidamente bien.
  Son once las canciones que conforman I’ll Be Your Girl y no hay una sola que sobre. Todo lo contrario. Sin ser un disco conceptual como The Crane Wife o The King Is Dead, los temas se funden de manera perfecta, a pesar de ser tan diferentes unos de otros. El talento autoral de Meloy no deja de sorprender (qué capacidad la suya para crear melodías memorables). Cada composición es una joya llena de belleza y también –otra virtud– de buen humor.
  Uno de los mejores discos en lo que va del año.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 18 de marzo de 2018

The Lamb Lies Down on Broadway


Séptimo disco de Genesis y el primero plenamente conceptual, The Lamb Lies Down on Broadway (1974) es una obra monumental, bombástica, monstruosa, grandilocuente, prácticamente una ópera rock, pero –eso sí– una ópera rock progresiva.
  En la misma, se cuenta la historia de un puertorriqueño de nombre Rael, quien se dedica a la prostitución masculina en la ciudad de Nueva York, Si bien la narración es confusa e inconexa y en ocasiones absurda (en el sentido del teatro del absurdo), la música resulta excelente.
  Se trata de un álbum doble, con cada disco perfectamente definido: el primero con diez canciones y el segundo con piezas instrumentales atmosféricas. A destacar, cortes como “Back in NYC”, “In the Cage”, “The Carpet Crawlers” y la homónima “The Lamb Lies Down on Broadway”.
  Este es posiblemente el Genesis favorito de sus seguidores, con Peter Gabriel como líder y cantante principal, Steve Hackett y Mike Rutherford en las guitarras, Brian Eno y Tony Banks en los teclados y Phil Collins en la batería. Un absoluto dream team para un álbum de excepción, el último de Gabriel con el grupo.

(Reseña publicada originalmente en el especial de La Mosca en la Pared No. 46, editado en febrero de 2008 y dedicado al rock progresivo; fue el último número de la serie –¡snif!– en aparecer)

miércoles, 14 de marzo de 2018

Something Else


De algún modo, Somethin Else (1967), el quinto disco de los Kinks, es como la continuación estilística de Face to Face, pero una continuación en la cual la música y las letras se hacen más finas y sofisticadas, como en la magnífica “David Watts” y su clásico “Fa fa fa fa”, con una estructura armónica nunca antes escuchada en un tema del cuarteto y un arreglo impecable, con el piano del gran Nicky Hopkins siempre presente. Lo mismo puede decirse de esa otra belleza que es la triste y poética “Death of a Clown”, de Dave Davies, con la voz etérea de Rosa Davies, la esposa de Ray, y su misterioso “la la la”, más el piano –otra vez– de Hopkins. Todo en Something Else resulta extrañamente elegante y atemporal, como la nostálgica “Two Sisters”, la sensual y bossanovesca“No Return” (hay quien dice que en la voz de Astrud Gilberto hubiese sido una maravilla), la muy simpática y como de music hall “Tin Soldier Man”, la inesperadamente soulera “Situation Vacant” (órgano Hammond incluido, cortesía –claro– de Nicky Hopkins), el aparente homenaje a los Beach Boys que es “Funny Face”, la vaudevillesca “End of the Season” y ese otro gran tema clásico de los Kinks que es la entrañable “Waterloo Sunset”.
  Un gran disco.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 43, publicado en octubre de 2007)

martes, 13 de marzo de 2018

Los 40 años de Ritmo Peligroso


Ritmo Peligroso, el grupo liderado desde sus orígenes por el cantante y compositor cubano-mexicano Piro Pendas, está cumpliendo 40 años (se formó en agosto de 1978, con el nombre de Dangerous Ryhthm, y en 1985, con la aparición del disco En la mira, castellanizó su nombre tal como lo conocemos hoy).
  Recuerdo bien sus primeros tiempos como grupo de punk, cuando se presentaba en el legendario Hip 70 de Insurgentes Sur, cerca del extinto Núcleo Radio Mil (sede de estaciones radiofónicas como La Pantera 590 y Rock 101), por allá de 1979 y hasta 1982. Ya como Ritmo Peligroso, la agrupación se inclinó más hacia un rock con toques afrocaribeños (mal llamados latinos) que le dio un sabor muy contagioso y especial a sus canciones, entre las cuales destacaron “Déjala tranquila”, “Contaminado”, “Pa qué violencia” y la controvertida, valiente y espléndida “Marielito” (rechazada por algunos sectores de izquierda que simpatizaban con Fidel Castro y la revolución cubana).
  Conozco a Piro desde hace unos veinte años y tengo la mejor opinión de él como persona generosa y músico profesional y honesto (su grupo noventero, Los Humanos, también me gustó mucho). Por ello me alegra que su proyecto cumpla cuatro décadas, acontecimiento que celebra con la aparición del álbum conmemorativo Pa’lante hasta que tu body aguante (Dragora Records).
  Se trata de una recopilación de sus canciones más célebres, en nuevas versiones con músicos invitados, entre los que podemos mencionar a Héctor Infanzón, Alex Lora, Sergio Arau, Rubén Albarrán, Rafael Salgado, Sabo Romo, Leonardo de Lozanne, Dr. Shenka, Paco Familiar y el Colectivo Nahuatl, con el que Piro interpreta la única pieza nueva del disco: “Las calles de mi continente”, una especie de huapango-rock muy bien fusionado (nunca deja de sonar a rock) cuya letra habla acerca de la pobreza y la corrupción en los países de Iberoamérica. En una entrevista, Pendas la define como una canción de protesta y anuncia que la presentará en concierto (“en estreno universal”) durante la presentación de Ritmo Peligroso en el próximo Vive Latino.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 12 de marzo de 2018

Atom Heart Mother


En esta grabación de 1970, muchas veces menospreciada y subvalorada, Pink Floyd comenzó a adentrarse en una música de tendencias sinfónicas, con orquestaciones (arregladas por Ron Greesin) que, ciertamente, de pronto pueden sonar pomposas y llenas de pretenciones grandilocuentes, pero que tomando en cuenta el momento en que se grabó –es decir, el contexto particular del disco– adquieren otra dimensión.
  El famoso álbum de las vacas (cuya portada sería parodiada por KLF en su disco Chill Out) contiene composiciones larguísimas (la suite orquestal “Atom Heart Mother”, con sus seis movimientos, ocupa todo el lado A en la versión en vinil) y ambiciosas que daban al rock una característica "seria" que se alejaba del espontaneísmo que le era (y le sigue siendo, por supuesto) característico.
  Sin embargo, hay aquí también hallazgos notables, como la célebre “Allan’s Psychedelic Breakfast”, composición colectiva que sigue guardando un gran interés a casi cincuenta años de distancia, además de tres temas individuales: “If” de Roger Waters (bella melodía nostálgica en arreglo semiacústico), “Summer 68” de Rick Wright (suave tonada con algunos interesantes cambios armónicos) y “Fat Old Sun” de David Gilmour (otra pieza tranquila aunque un tanto intrascendente).
  Atom Heart Mother es una obra que prefigura y anuncia lo que el cuarteto habría de ser durante la siguiente e importantísima década: la de los setenta.

(Reseña que escribí para el Especial No. 7 de La Mosca en la Pared, dedicado a Pink Floyd y publicado en enero de 2004)

domingo, 4 de marzo de 2018

El banquete de limosneros de los Rolling Stones


Las cosas no iban bien en el seno de la agrupación. El ambiente resultaba pesado y las relaciones entre algunos de sus integrantes no eran las mejores. El espíritu de grupo se había deteriorado. En especial, Brian Jones se presentaba como el negrito en el arroz, como la parte más conflictiva del quinteto, sobre todo por sus desavenencias musicales y personales con Mick Jagger y Keith Richards, en ese entonces un dueto extraordinario y muy unido de compositores.
  Jones se alejaba cada vez más de los Stones y su complicada personalidad no era su mejor aliada. Su dependencia de las drogas y sus problemas con la policía (circunstancias ambas que compartía con Jagger y Richards) lo mantenían en un ostracismo cada vez más notorio. Para colmo, 1967 había sido un mal año para el conjunto y la grabación de su disco Their Satanic Majesty’s Request había resultado lenta y accidentada. Tanto que los resultados artísticos del álbum no fueron precisamente los mejores. A esto habría que sumarle la ruptura del grupo con su manager, Andrew Loog Oldham, con quien los Stones tenían ya muy serias diferencias, situación que terminó con el despido del representante.
  ¿Qué iba a suceder con la agrupación? ¿Estaba condenada a desaparecer? ¿De dónde sacaría fuerza y talento para reinventarse? Los sacó de un personaje impensado: el productor Jimmy Miller.
  Miller había producido los magníficos dos primeros discos del grupo Traffic y Mick Jagger le pidió que trabajara con los Rolling Stones en su siguiente sencillo. Lo que sobrevino fue una bomba y se llamó “Jumpin’ Jack Flash”. Aquella explosiva canción de 1968, tan sensacional como había sido “I Can’t Get No (Satisfaction)” tres años antes, devolvió a la agrupación a sus orígenes más rocanroleros y la alejó de la falsa y pretensiosa seudo psicodelía del Sus satánicas majestadas.
  Jimmy Miller era sin duda el indicado para producir el siguiente larga duración del quinteto. Propuso hacer un disco más apegado a los raíces del blues y Keith Richards aceptó encantado de la vida, sobre todo porque durante su anterior gira por los Estados Unidos había aprendido algo altamente revelador: la afinación abierta de la guitarra en sol mayor, lo que le abrió todo un mundo de posibilidades para componer nueva música y dotar al grupo de lo que hoy conocemos como el clásico sonido stone.
  Beggars Banquet (1968) se llamó el nuevo álbum, séptimo del grupo en el Reino Unido. Sería la última obra discográfica en la que participaría Brian Jones y eso es un decir, ya que tocó en muy pocas canciones y se involucró escasamente en la grabación del acetato. Si somos estrictos, podríamos decir que el disco lo grabó un cuarteto conformado por Mick Jagger, Keith Richards, Bill Wyman y Charlie Watts, más algunos músicos invitados, entre ellos Nicky Hopkins, Ric Grech, Dave Mason... y el propio Brian Jones, quien parecía un fantasma en el estudio.
  Este Banquete de limosneros representa el inicio de una nueva era en la música de los Rolling Stones, una era que se extendería a lo largo de varios años y que incluiría los tres álbumes siguientes: Let It Bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y Exile on Main Street (1972, aunque yo añadiría el Goat’s Head Soup de 1973 y el It’s Only Rock ’n’ Roll de 1974).
  El disco de 1968 es un trabajo de muy limpia producción y canciones tan sencillas como extraordinarias. El rock sólido se hizo presente, en especial con un par de controvertidas piezas que hoy son verdaderos clásicos: la épica “Sympathy for the Devil” (mal traducida como “Simpatía por el diablo”, cuando el sentido real de la palabra inglesa sympathy es el de compasión) y la desafiante “Street Fighting Man”, ambas con una fuerte carga de crítica política y social. Sin embargo, el resto del material es igualmente notable, sobre todo en los cortes más sensibles y delicados. Ahí están composiciones tan bellas como la emotiva y (con)movedora “Salt of the Earth”, todo un himno a la humanidad (“Bebamos por la gente que trabaja duro / Bebamos por los humildes de nacimiento / Levanten su copa por el bueno y el malo / Bebamos por la sal de la Tierra”); la maravillosamente melancólica “No Expectations” (con la guitarra slide de Brian Jones en plenitud y el piano de Nicky Hopkins en toda su sutileza) y la preciosa y grácil “Factory Girl”, las cuales alcanzan momentos sublimes, mientras la ironía campea en la extrañamente bluesera “Parachute Woman”, la provocadora y mordaz “Stray Cat Blues” (sin duda la letra más osada del disco y quizá de toda la obra de los Stones, una letra que causaría escándalo en estos tiempos de exacerbada corrección política y sexual) y la sardónica “Dear Doctor”. Incluso temas “menores” como el blues campirano “Prodigal Son” o el peculiar “Jigsaw Puzzle” son grandes pequeñas obras y completan la perfecta redondez letrística y musical de este álbum fundamental que en 2018 está cumpliendo 50 años de vida.
(Texto que me publicó el día de hoy la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

jueves, 1 de marzo de 2018

Kinda Kinks


Con sólo dos títulos que no son originales de Ray Davies (entre ellos una versión poco afortunada de “Dancing in the Street”), Kinda Kinks (1965) es uno de los álbumes menos conocidos y menos apreciados de los Kinks, sobre todo porque ese mismo año de 1965 aparecería su tercer opus y el mismo se encargaría de opacar a su inmediato predecesor.
  Con todo, este segundo disco de los londinenses iba mostrando el estilo que los caracterizaría, con canciones tan notables como la archiconocida balada “Tired of Waiting for You” (todo un hito en el historial kink), la melodiosa “Something Better Beginning”, las rocanroleras “Wonder Where My Baby Is Tonight” y “Come On Now”, la bluesera “Naggin’ Girl” y una de las primeras incursiones del grupo en el rock acustico, la tranquila “So Long”. Sin embargo, a mi modo de ver la mejor composición de Kinda Kinks es la maravillosa “Nothin’ in the World Can Stop Me Worrying’ Bout That Girl”, un tema semiacústico de gran ternura y sensibilidad.
  Un buen disco, aunque ciertamente nada extraordinario.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 43, publicado en octubre de 2007)

martes, 27 de febrero de 2018

La luminosa edad oscura de MGMT


Aunque hay quienes la identifican como una de esas típicas agrupaciones creadoras de un solo éxito (su canción “Kids” fue un hit absoluto en 2007), MGMT (al parecer las siglas significan Management) es todo lo contrario, ya que lleva más de una década trabajando y haciendo música. Estupenda música.
  El proyecto de Ben Goldwasser y Andrew Van Wyngarden –ambos nativos de Brooklyn, Nueva York– no ha dejado de grabar desde que puso en circulación su álbum debut, el espléndido Oracular Spectacular (Columbia, 2008). Diez años después, MGMT regresa con su sexto trabajo discográfico, Little Dark Age (Columbia, 2018), en el que su propuesta musical, basada en el electro pop de los años ochenta, más ciertos elementos de neopsicodelia y letras plenas de humor e inteligencia, vuelve a brillar a plenitud.
  Quinto opus dentro de su discografía, este Pequeña edad oscura nos entrega diez composiciones de alta calidad musical. Desde la sardónica y crítica “She Works Out Too Much” (un alegato abierto contra la oligofrenia del Tinder) y la hipnótica y un tanto robótica “Little Dark Age” hasta la vibrante y siniestramente deliciosa (ojo a su tétrica letra) “When You Die”, pasando por la ochenterísima “Me and Michael”, la irónica “TSLAMP” (ácida crítica a la adicción a los teléfonos celulares), la sutil y amistosa “James”, la instrumental y atmosférica “Days That Got Away”, la experimental y muy MGMT “One Thing Left to Try”, la emotiva y melódicamente preciosa “When You’re Small” y la tranquila y concluyente “Hand It Over” (con ciertos aires que recuerdan a la música de Brian Wilson, incluidas las armonías vocales tipo Beach Boys).
  Si sus álbumes anteriores –el ya mencionado Oracular Spectacular, más Congratulations (2010),  LateNightTales (2011) y MGMT (2015)– fueron todos de excelencia, este Little Dark Age viene a refrendar la calidad artística de Goldwasser y Wyngarden, quienes han hecho un disco esplendoroso y lleno de motivos para disfrutar (en especial si se escucha a todo volumen).

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 25 de febrero de 2018

11 grandes discos (no tan conocidos) de 1968


1967 fue uno de los grandes años en la historia del rock, como lo fue 1969. En medio queda 1968, al que recordamos más por sus acontecimientos políticos, aunque a lo largo de sus doce meses también se produjeron estupendos discos. Veamos aquí once de ellos, algunos quizá no tan famosos pero sí de enorme trascendencia artística y musical.

1.- The Band. Music from Big Pink. El álbum debut del legendario quinteto canadiense que adquirió su inicial fama como grupo acompañante de Bob Dylan y que poco a poco logró brillar debido a sus propias luces, al gran talento de sus integrantes y a sus espléndidas composiciones. Una joya de finura y gran rock.

2.- Van Morrison. Astral Weeks. Luego de sus grandes éxitos con el grupo Them, Morrison sorprendió con este disco etéreo e inasible, mágico y misterioso, todo un viaje astral, una especie de sinfonía pastoral en la que se entremezclan el rock, el pop, el folk y el jazz de manera alucinante.

3.- Simon & Garfunkel. Bookends. El primer álbum conceptual de este dueto, con canciones que se refieren a la amistad, a la vida cotidiana, pero sobre todo a las dificultades del crecimiento y la maduración de los seres humanos. Grandes canciones de Simon, como “America”, “At the Zoo”, “Old Friends” y la emblemática “Mrs. Robinson”.

4.- The Kinks. The Kinks Are the Village Green Preservation Society. Luego de pasar por la etapa de sus canciones secas, duras y pre-punks (“You Really Got Me”, “All Day and All of the Night”, etcétera), Ray Davies y los suyos entraron a una segunda etapa creativa, con composiciones más elaboradas y letras críticas que retrataban a la conservadora sociedad británica de su tiempo, aún marcada por la época victoriana. Una belleza llena de humor e inteligencia.

5.- Neil Young. Neil Young. El debut del trovador canadiense, poco después de abandonar a Buffalo Springfield, es una obra que ya apuntaba hacia dónde se dirigiría su carrera en el futuro. No es ni por mucho su mejor trabajo discográfico, pero vale por lo que representa dentro del rock folk que se hacía en aquel momento.

6.- Creedence Clearwater Revival. Creedence Clearwater Revival. Otro álbum debut, este por parte de esta original banda californiana que sonaba a música del deep south y el Mississippi, sin que sus integrantes y principalmente su líder, compositor, guitarrista y cantante, John Fogerty, hubiesen puesto jamás un pie en aquellas regiones. Sus versiones de “Susie Q” y “I Put a Spell on You”, sencillamente sensacionales.

7.- Blood, Sweat and Tears. Child Is Father to the Man. Fundada por el gran músico Al Kooper, esta banda fue más allá de las vertientes blueseras de sus similares Electric Flag y Paul Butterfield Blues Band, para adentrarse en territorios más sofisticados, en especial el jazz. Primer disco y único en el que participaría el propio Kooper antes de dejar a la agrupación.

8.- Traffic. Traffic. El segundo álbum del cuarteto inglés es otra maravilla a la altura del Mr. Fantasy del año anterior, con Steve Winwood y Dave Mason a plenitud como músicos y compositores. Más variado y mejor producido, con un mayor juego de estilos y canciones tan buenas como “You Can All Join In”, “Pearly Queen” y la más que clásica “Feelin’ Alright?”.

9.- Jeff Beck. Truth. El primer disco de Beck como solista luego de salir de los Yardbirds. Un disco de sólido y potente rock, con invitados de lujo que van de los inminentes zeppelines Jimmy Page y John Paul Jones a Keith Moon, Rod Stewart y Ronnie Wood. El característico estilo guitarrístico del buen Jeff ya está aquí a plenitud.

10.- The Doors. Waiting for the Sun. Sin la brillantez de sus dos primeros álbumes, Waiting for the Sun es sin embargo un gran disco. El sonido oscuro y la poesía de sus letras siguió desarrollándose y Jim Morrison se consolidó como un mito del rock de los sesenta. Incluso se dio el lujo de lanzar el simpático tema pop “Hello I Love You”.

11.- Aretha Franklin. Lady Soul. El álbum que consagró a Aretha como la reina de la música soul, un trono que no ha perdido 50 años después. Tercer opus para la disquera Atlantic, contiene canciones tan esplendorosas como “You Make Me Feel (Like a Natural Woman)” y “People Get Ready”, apoyada por un grupo de notables músicos que incluye al saxofonista King Kurtis, el organista Spooner Oldham y el guitarrista Joe South.

(Lista que me publicó el día de hoy la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

miércoles, 21 de febrero de 2018

Mr. Tambourine Man


En 1965, los Estados Unidos vivieron dos hechos musicales de enorme trascendencia. Por un lado, la llamada invasión inglesa que inundaba los oídos del público norteamericano lo mismo con material de excelencia (The Beatles, The Rolling Stones, The Animals, The Who, The Kinks, The Zombies, Them) que con una enorme cantidad de cancioncitas intrascendentes. Por otra parte, en la Costa Oeste, principalmente en California y más específicamente en las ciudades de San Francisco y Los Angeles, se vivía el surgimiento de la psicodelia, influida de manera clara por el consumo de drogas químicas y naturales. Agrupaciones como The Grateful Dead, Jefferson Airplane, Quicksilver Messenger Service, Big Brother and the Holding Company y otras comenzaban a surgir por todas partes con lo que se bautizó como rock ácido.
  Aunque con un estilo musical un tanto diferente, otro de esos grupos californianos de los inicios de la era del flower power era The Byrds. Lo que distinguió a este quinteto desde un principio es que lejos de tocar acid rock, lo que hicieron fue una impecable combinación del folk a la Bob Dylan (de hecho adaptaron varias composiciones de éste) con el rock británico de aquellos días, lo que dio como resultado una música llena de melodicidad y de armonías vocales muy similares a las de los Beatles o los Hollies, más el sello de una guitarra de doce cuerdas, la Rickenbaker de Roger McGuinn, que los hizo inconfundibles.
  Curiosamente, si bien The Byrds fueron influidos por Dylan y los Beatles, a su vez influyeron a éstos y fueron determinantes en su música inmediatamente posterior. Su relación con el primero surgió a partir de la grabación que hicieron de una canción hasta entonces inédita de éste,”Mr Tambournine Man”, de la cual eliminaron algunas estrofas e hicieron un arreglo memorable, precisamente con una figura de guitarra hoy clásica y las mencionadas armonías de voz a la beatle. Puede decirse que la versión de “Mr Tambourine Man” de los Byrds fue el primer folk rock de la historia.

El señor de la pandereta
En cuanto a Mr. Tambourine Man, el álbum de 1965, se trata de un gran debut. La grabación original en vinil estaba conformada por doce cortes, la mitad de ellos originales y la otra mitad de compositores como Pete Seeger, Jackie DeShannon y el propio Dylan. La importancia del disco estriba en que demostraba que podían combinarse letras intrincadas, inteligentes y sobre todo poéticas con un rock sólido y a la vez armónico y melodioso. Obra fundacional de un nuevo género que daría origen a muchas otras agrupaciones a lo largo del tiempo (desde Buffalo Springfield hasta Gin Blossoms, pasando por The Beau Brummels, The Band, Crosby Stills, Nash & Young, Eagles, Tom Petty y muchos más), Mr. Tambourine Man inicia con la ya comentada canción homónima y prosigue con la primera composición propia del disco: “I’ll Feel a Whole Lot Better” de Gene Clark (quien en ese entonces tenía apenas diecinueve años de edad), una pieza que lleva en sí todas las características del estilo de los Byrds. La letra habla sobre el rompimiento con una mujer que no ha sido amorosamente honesta y tiene un dejo a la vez triste e irónico (“Probablemente me sentiré mucho mejor cuando te vayas”, canta Clark, apoyado por las voces de Roger McGuinn, David Crosby y Chris Hillman).
  Otros cortes notables del lado A del álbum son la preciosa “You Won’t Have to Cry”, “Here Without You” (otra joyita del muy joven Gene Clark que retrata a la ciudad de Los Angeles a mediados de los sesenta) y la clásica y tradicional “The Bells of Rhymney” de Pete Seeger, en un arreglo que sin ser de lo mejor del grupo da una nueva dimensión a un tema interpretado durante décadas por toda clase de músicos.

Todo lo que realmente quiero hacer

Otra versión a un tema de Bob Dylan abre el lado B de Mr. Tambourine Man. Se trata de la magnífica “All I Really Want To Do”, elaborada por los Byrds en un tempo más rápido y rítmico que el de la original dylaniana y con una emoción muy particular. La sigue otra belleza: la muy dulce y melancólica “I Knew I’d Want You”, por cierto también de Gene Clark. “It’s No Use” es quizá la pieza más atípica del disco y a la vez la que iba más con el estilo de música de aquel tiempo. Se trata sin duda de la única canción realmente psicodélica del álbum, la única que se aleja del folk y se entrega plenamente al acid rock.
  Mr. Tambourine Man culmina con tres covers: “Don't Doubt Yourself, Babe” de Jackie DeShannon, con su beat a la Bo Diddley, la maravillosa “Chimes of Freedom” de Dylan y la tradicional “We’ll Meet Again”. En apenas poco más de treinta y cinco minutos, The Byrds habían dado nacimiento, nada más y nada menos, al folk rock.

lunes, 19 de febrero de 2018

Low Budget


Una de los grandes obras discográficas de los Kinks. Compuesta y grabada en plena era del punk y la música disco, esta colección de canciones toma elementos musicales de ambos géneros, los emplea con sabia ironía y los mezcla con un rock seco, duro, desnudo, de bajo presupuesto.
  En tiempos en los cuales la crisis energética azotaba al mundo, Ray Davies hizo un retrato puntual y sardónico de las angustias existenciales de esos días, cuando el dinero no alcanzaba, cuando la gasolina escaseaba, cuando el desempleo azotaba al primer mundo y la gente suspiraba por la aparición de un Superman o un Capitán América (cualquier semejanza con la actualidad no es mera coincidencia).
  Low Budget (1979) es un trabajo sin fisuras, once composiciones en las que Davies retoma su vena satírica para fustigar a unos Estados Unidos que se hundían en un periodo de recesión y que ante el fracaso de la presidencia de Jimmy Carter, se disponían a entrar (apenas dos años después) a la era reaganiana. El disco arranca con la genial “Attitude”, mediante un riff de guitarra extraordinario (obra, claro, de Dave Davies) y de fuerza brutal. Lo que sigue no es menos brillante y continúa con la irresistible “Catch Me Now I’m Falling” (con su acorde alentado a la “Jumpin’ Jack Flash” y un sax sensacional), la sicótica e hiperquinética“Pressure” (grabada en una sola toma), ese alegato contra la sobremedicación (“Nervous tention, man invention”) que es la acompasada y cuasi reggae “National Health”, el sardónico disco-rock “(Wish I Could Fly Like) Superman” (“Quiero volar y ni siquiera puedo nadar”), la homónima y espléndidamente crítica “Low Budget” (un canto al hombre económicamente quebrado: “Excuse my shoes/ they don’t quite fit/ They’re a special offer/ and they hurt me a bit”), la curiosa historia contra la sobrepoblación que es“In a Space”, la preciosa “Little Bit of Emotion” (en la cual Davies cuestiona a la gente que no es capaz de mostrar sus emociones y sentimientos: “We’re afraid to see a bit of emotion/ So we walk away”), el increíble rock blues de “A Gallon of Gas” (una de las cumbres del disco, con su sólida guitarra, sus cambios armónicos y su genial letra sobre la escasez de combustible y el hecho de que “las carreteras están desiertas y el aire huele desnaturalmente a limpio”), la movidísima y muy divertida “Misery” (“You are such a misery/ why don’t you learn to laugh?”) y la concluyente y hasta relajada “Moving Pictures” (“Vivimos, morimos, nadie sabe por qué/ la vida es sólo una película en movimiento”).
  Un disco que es un testimonio pero también una obra de arte.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 43, dedicado a The Kinks y publicado en octubre de 2007)