lunes, 21 de marzo de 2022

Sympathy for the Devil


Antes de empezar, aclaremos una cosa: sympathy for the devil no significa “simpatía por el diablo”. Es una traducción literal que confunde y da un sentido no sólo diferente sino incluso contrario al de la traducción correcta, es decir: “compasión por el diablo”. 

  Esta composición clásica de Mick Jagger y Keith Richards, satánica dualidad que desde hace 60 años lidera a esa agrupación al parecer sempiterna que desde 1962 se hace llamar The Rolling Stones, es un tema al que distinguen varias y muy notorias peculiaridades.

  La primera: se trata de una de las pocas canciones de rock que cuenta con su propia película de making of..., dirigida por un cineasta de clase mundial, una verdadera leyenda aún viva y vigente, uno de los más revolucionarios enfants terribles de la llamada Nouvelle Vague (nueva ola) del cine francés, al lado de realizadores de leyenda como François Truffaut, Jacques Rivette y Claude Chabrol o de actrices y actores míticos como Jean Paul Belmondo, Briggite Bardot, Jeanne Moreau y Jean-Pierre Léaud, entre muchos más. Me refiero a Jean-Luc Godard.

  En 1968 (año mítico en sí mismo), Godard viajó a Londres, la capital inglesa y uno de los centros más importantes en ese entonces de lo que hoy llamaríamos el hype mundial. El director de À bout de souffle y Masculin féminin llegó a esa ciudad con la intención de filmar una película sobre el aborto, aparentemente sin saber que la Ley del Aborto de 1967 acababa de legalizarlo en Gran Bretaña. Cuando se dio cuenta de que este ya no era un tema candente, decretó que haría otra película en su lugar, pero con la condición de que en ella participaran los Beatles o los Rolling Stones. 

  Los Beatles lo rechazaron, pero los Stones dijeron que sí.

  Godard y su equipo acudieron a los Olympic Studios a principios de junio de 1968, donde Jagger, Richards y compañía estaban grabando su gran disco Beggars Banquet. Instalaron las cámaras y comenzaron a filmar.

Lo que Godard capturó durante los siguientes días fue a los Rolling Stones en las últimas etapas de componer y grabar el tema “Sympathy for the Devil”. El resultado, junto con una buena cantidad de otras cosas que filmó en sus tiempos libres, se convirtió en la película One Plus One.

  ¿Qué es One Plus One? Se trata de un filme extraño, sobre todo para los estándares actuales. Sin embargo, resulta muy adecuado al tipo de cine caótico que Godard proponía a finales de los años sesenta. Las secuencias de los músicos en el estudio se intercalan con escenas de militantes del Partido de las Panteras Negras en un depósito de autos, ejecutando a mujeres blancas, o con un vendedor de libros que lee Mein Kampf de Adolf Hitler a los clientes de su tienda o con imágenes de la entonces esposa del cineasta galo, Anne Wiazemsky, mientras es seguida por un periodista de televisión y su equipo que le hace preguntas a las que ella sólo responde “sí” o “no”.

  Los Stones montaron la canción bastante rápido, a decir verdad. No obstante, la cinta da la impresión de que les llevó mucho más tiempo. Esto se explica por el hábito de Godard de rodar tomas muy largas, lo que da la sensación de que las horas transcurren sin que sucedan muchas cosas.

  De ese modo, vemos cómo “Sympathy for the Devil” en un principio era muy distinta a lo que conocemos. De hecho –y Jagger muchas veces lo ha contado–, la pieza comenzó como una balada folk de estructura un tanto vaga que el cantante mostró a Keith Richards y a Brian Jones para que lo ayudaran a concretarla. Estos lo seguían con sus guitarras acústicas, mientras Bill Wyman trataba de hacer lo mismo desde su bajo. No era un tema que musicalmente pudiera entusiasmar a nadie, a pesar de su buena letra. De hecho, sonaba un tanto monótona y apagada.

  En la película podemos ver en cierta forma cómo Jones se iba alejando de sus compañeros. En las imágenes, suele aparecer casi siempre mientras rasguea su guitarra, aislado en una de las divisiones que había en el estudio, y a los demás parece no importarles en absoluto. Todo lo contrario sucede con el grandioso tecladista y músico de sesión Nicky Hopkins, elegante y silencioso, sentado frente a un pequeño órgano, mientras Jagger se preocupa por su canción –que no acaba de cuajar– y Richards medita en quién sabe qué asuntos. Sin embargo, siguen haciendo intentos por salvar a “Compasión por el diablo”. Keith lo intenta con algunos licks de blues, en una hermosa guitarra eléctrica Gibson Les Paul.

  Las cámaras de Godard lo van registrando todo. En otra secuencia, el grupo aparece con Richards en el bajo, Charlie Watts detrás de sus tambores y platillos y Wyman a su lado tocando una percusión. Es en ese momento que la canción se va convirtiendo en otra cosa, en un número más rítmico, más digamos latino. Pero todavía no les satisface. Cuando Mick le dice con cierta molestia a Charlie que traté de darle “un poco más de chispa” a su manera de tocar la batería, Watts mira fijamente a la cámara y, sin hacer caso de Jagger, vuelve a tocarla como se le pega la gana.

  Y sin embargo, todo se iba moviendo.

  En una escena posterior, vemos a un nuevo personaje: el percusionista ganés Kwasi “Rocky” Dzidzornu. El africano había sido contratado de emergencia por el productor del disco, Jimmy Miller, y este no se equivocó. Vemos a Dzidzornu dar un beat sensacional a sus congas y al grupo que lo sigue en un cambio radical de lo que era la composición en sus inicios. Hopkins toca ahora el piano y las notas del instrumento se acoplan a la perfección a lo que está sucediendo. Es como un milagro. El milagro de la transformación musical. Todos se muestran confiados y convencidos. Mick Jagger interpreta su letra con gran fuerza, Richards sigue en el bajo que ha usurpado claramente de las manos de Wyman, quien se conforma con tocar el güiro a un lado de Dzidzornu. 

  Lo que vemos no es el registro cinematográfico de la toma definitiva, es decir, aquella que quedó registrada en el disco, pero se le parece mucho. No obstante, podemos constatar algo definitivo: “Sympathy for the Devil” al fin suena como debe sonar.

  De algún modo, estamos viendo un antecedente (o un anti antecedente) de lo que habrá de ser la película Let It Be, de los Beatles, dirigida por Michael Lindsay-Hogg, dos años más tarde.

  Digamos por último que si bien One Plus One es un documento fílmico que registra el génesis, el desarrollo y el resultado final de una de las mayores composiciones en la historia de los Rolling Stones (y en la historia del rock), es antes que nada un filme de Jean Luc-Godard. El francés no se limitó a registrar fríamente lo que sucedía en el estudio durante el proceso de creación, sino que lo hizo con todo su sello de cineasta rebelde y caprichoso. Por eso de pronto la cinta parece tan caótica, tan absurda y hasta tan deshilachada. 

  Cierto: los Stones usaron a Godard para revestir de prestigio a su marca, pero el terrible Jean-Luc hizo lo propio con sus satánicas majestades.


(Publicado el día de hoy en la sección "Historia de una canción" de "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 18 de marzo de 2022

El "Odelay" de Beck, a poco más de un cuarto de siglo de distancia


“Cualquier música, bajo el control de Beck, se vuelve infinitamente divisible”. 

                                                                                                                                                       Ed Hewitt. 


Si con su disco debut (Mellow Gold, 1994) Beck consiguió crear una sorprendente y afortunada, aunque un tanto dispersa, mezcla de diversos géneros musicales (folk, hip-hop, rock puro, country, blues, bluegrass, pop y cierto art noise a la Sonic Youth), con su segundo álbum para Geffen, el espléndido Odelay –entre ambos hay dos trabajos discográficos independientes del mismo 1994: Stereopathetic Soulmanure y One Foot in the Grave– logró dar una cohesión a la variedad temática y estilística de la que el Mellow Gold en cierto modo carecía.

  Odelay (Geffen Records, 1996) es una de las obras maestras del rock de los años noventa. Profundo y al mismo tiempo juguetón, divertidamente denso y oscuramente ligero, el disco es un juego de paradojas y yuxtaposiones, una colección de melodías con cambios bruscos e inesperados, una muestra de lo que el arte de la edición musical y la técnica del sampleo lograron durante aquella década noventera, como si se siguieran las propuestas literarias –el cut up– de William Burroughs. En Odelay no sólo están presentes los géneros y subgéneros que aparecen en su antecesor, sino que Beck abordó también el jazz, el a go-go, el surf, el lo-fi, el lounge y hasta la música norteña mexicana, en un elaborado collage de brillantísima factura y un sentido del humor que campea del primero al último cortes.

  ¿Se puede encasillar el estilo de Beck Hansen como compositor? ¿Es posible clasificar su música y colocarla en un estanco definido? La respuesta es no. Si una virtud ha tenido siempre este músico nacido en Los Angeles, California, en 1970, es su afortunado eclecticismo. Las catorce canciones que constituyen este álbum son muy diferentes entre sí y las variaciones rítmicas y armónicas permiten que cada escucha de la grabación nos depare sorpresas y hallazgos novedosos. Es como una caja de sorpresas que no se agota luego de muchas veces de oírla.

  Los temas están sin embargo basados en formas musicales sencillas y hasta elementales. Y este es uno de los principales méritos de Beck: su capacidad para derivar múltiples variantes a estructuras simples. Así, Odelay va del garage rock sesentero de “Devil’s Haircut” al soul de “Hotwax” y del country-blues muy à la Ray Davies o Keith Richards de “Lord Only Knows” a la balada irónica de “Jack-Ass”, pasando por el folk de “Ramshackle”, el rap de “High 5 (Rock the Catskills)”, el punk de “Minus”, las experimentaciones art noise de “Novocaine” y las incursiones beatleras (de una y mil maneras recuerda a “Taxman” de George Harrison) en la extraordinaria “Where It’s At” (una pieza que en sí misma y por sí sola resume todo el sentido heterodoxo del álbum).

  Resulta claro que para lograr que toda esa combinación de ingredientes concluyera en un platillo de alta repostería sonora se necesitaba de la mano maestra de cocineros especializados, de productores de primer orden. De ahí que junto con Beck mismo trabajaran en la producción del disco los espléndidos Dust Brothers, además de la participación en algunos cortes de Mario Caldato, Brian Paulson, Tom Rothrock, Rob Schnapf y Jon Spencer. La labor de los Dust Brothers fue fundamental para darle al disco ese aire a la vez inquietante y lleno de gracia, ese fluido movimiento perpetuo que parece proseguir después de finalizado el álbum.

  En Odelay, Beck interpretó prácticamente todos los instrumentos: guitarras acústicas y eléctricas; órgano, piano y teclados en general; bajo, armónica, percusiones y, por supuesto, voces. No obstante, algunos músicos también pusieron su granito de arena, empezando por el gran jazzista Charlie Haden (bajo), Mike Botio (órgano y trompeta), Greg Leisz (steel guitar), Joey Waronker (batería), Dave Brown (saxofón) y hasta Mike Millius (gritos).

  Por lo que toca a la temática literaria, las letras de las canciones poseen un sentido poético muy dylaniano, con textos acerca de la alienación social, la necesidad (¿la urgencia?) de evadirse de la gris realidad imperante e historias de personajes inadaptados. En una palabra, temas clásicos que muchos compositores han abordado a lo largo de la historia del rock.

  A poco más de 25 años de distancia, podemos decir que Odelay fue la demostración palpable de que Beck no era el clásico creador de un éxito y que después de su famosa canción “Loser” existían muchas cosas por llegar. Sus álbumes inmediatamente posteriores –Mutations (1998) y sobre todo Midnite Vultures (1999)– no hicieron más que confirmar la especie –para no hablar de joyas del nuevo milenio como Sea Change (2002), Güero (2005), Modern Guilt (2008), Morning Phase (2014) o el más reciente Hyperspace (2019) entre otras– y enseñar que el talentoso californiano era y sigue siendo un feliz y polifacético subvertidor de toda clase de géneros musicales, con la inventiva, la inteligencia, la temeridad y el talento suficientes para sorprendernos con sus obras.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", la sección de música de la revista Nexos) 

viernes, 11 de marzo de 2022

10 + 1 canciones esenciales de Mark Lanegan


El legendario Mark Lanegan, fundador de los no menos legendarios y grungeros Screaming Trees, falleció el pasado 22 de febrero, a la edad de 57 años. Nacido el 25 de noviembre de 1964, en la pequeña ciudad de Ellensburg, en el noroccidental estado de Washington, Estados Unidos, Lanegan nunca abandonó la carrera musical y como solista grabó una docena de discos, además de colaborar con un sinfín de personalidades del género. Con su muy característica voz grave y rasposa que en algo lo asemejaba a gente como Tom Waits o Nick Cave, el cantante, compositor, guitarrista y tecladista siempre tuvo problemas de adicción (empezó a beber a los doce años y entró al mundo de las drogas a los dieciocho), además de sufrir problemas de depresión.

Luego de Screaming Trees, grupo en el que permaneció de 1985 a 1994, formó parte de proyectos como el efímero Mad Season (al lado del mítico cantante de Alice in Chains, Layne Staley), The Gutter Twins, The Twilight Singers y Queens of the Stone Age (participó en los álbumes Rated R, de 2000, y Songs for the Deaf, de 2002), entre otros. También estuvo como invitado en discos de PJ Harvey, Nick Cave, Moby, Slash e Isobel Campbell.

Oscuro y apasionado, descanse en paz el gran Mark Lanegan. He aquí una oncena de canciones entresacadas de su vasta discografía.


1.- Screaming Trees: “Nearly Lost You” (del álbum Sweet Oblivion, 1992).  Posiblemente el tema más conocido de los Screaming Trees, sobre todo por su inclusión en la banda sonora de la muy popular película Singles de Cameron Crowe (1992). Como parte del sexto álbum del cuarteto, fue la canción que lo sacó del más profundo underground, en el que el grupo había permanecido durante casi siete años. 


2.- Mad Season: “Long Gone Day” (del álbum Above, 1995). Con una alineación que incluía entre otros al ya mencionado Layne Staley, el enorme guitarrista Mike McCready de Pearl Jam y el baterista de los Screaming Trees Barrett Martin, Mad Season fue un supergrupo de Seattle que sólo grabó este álbum. Del mismo es este gran tema de minimalista delicia y con tintes repentinamente jazzeros, escrito por Staley y Lanegan, en el que las voces de ambos contrastan dulce y dramáticamente. Una absoluta joya.


3.- Mark Lanegan Band: “Hit the City” (del álbum Bubblegum, 2004). Aunque Lanegan comenzó a actuar de manera esporádica como solista aún estando con Screaming Trees, en realidad sería hasta ya entrado el siglo actual cuando grabó oficialmente el primer álbum con su nombre. En Butterfly, se vio acompañado por invitados que pertenecían a agrupaciones como Guns N’ Roses y Queens of the Stone Age, además de la gran PJ Harvey, con quien realizó el dueto de esta canción de temática desoladoramente apocalíptica. 


4.- Queens of the Stone Age: “Burn the Witch” (del álbum Lullabies to Paralyze, 2005). Lanegan se unió al grupo de Josh Homme en su momento de ascenso y contribuyó a este impulso con grandes composiciones de las que fue co-autor. Esta es una de ella, con toda su atmósfera divertidamente siniestra y ominosa. Un stomp rock con tintes de roadhouse blues en el que el buen Mark hace segunda voz con partes que son como un murmullo espeluznante.


5.- The Gutter Twins: “Idle Hands” (del álbum Saturnalia, 2008). Greg Dulli, líder de Afghan Whigs, fue un constante colaborador de Lanegan durante los primeros años del nuevo milenio. Juntos conformaron proyectos como The Twilight Singers y The Gutter Twins (el nombre de estos últimos es una alusión a The Glimmer Twins, como se hacían llamar Mick Jagger y Keith Richards en los años sesenta, cuando querían aparecer anónimamente). Los Gemelos del Desagüe sólo grabaron un disco, pero el resultado valió mucho la pena. Ello queda demostrado con este tema, una canción acerca de lo que sucede cuando alguien finalmente se rinde ante las fuerzas de la oscuridad y arrastra consigo a alguien más: “Nada hay que pueda hacer / excepto ser el juguete del diablo / y saber que he sido utilizado”.


6.- Isobel Campbell & Mark Lanegan: “Snake Song” (del álbum Hawk, 2010). Ex integrante del grupo escocés Bell and Sebastian, Isobel Campbell posee una voz tan versátil que le permite abordar muchos géneros, desde el rock pop hasta el country o el blues. En este caso, Lanegan y ella se unieron para grabar una triada de excelentes álbumes, de entre los cuales quizá Hawk sea el más notable. “Snake Song” es una canción de pantano, escrita por Townes van Zandt, acerca de una relación tóxica y perversa en la cual ambas partes pueden ser al mismo tiempo la víctima y el victimario (“Tengo veneno / podría morderte”). Deep south en su estado más puro e insalubre.


7.- UNKLE & Mark Lanegan: “Another Night Out” (del álbum Where Did the Night Fall (Another Night Out), 2010). Después de su salida de Queens of the Stone Age, Lanegan colaboró con proyectos cercanos a los beats de la electrónica, como Soulsavers y UNKLE (que es decir, James Lavelle). Este último llamó a Mark para hacerse cargo de la parte vocal del último corte de su disco de 2010 y el estadounidense logró una interpretación que hace recordar un tanto a David Bowie. La canción habla sobre la mortalidad y la inevitabilidad del final de la vida.


8.- Mark Lanegan Band: “Ode to Sad Disco” (del álbum Blues Funeral, 2012). Para muchos, el mejor álbum de Mark Lanegan como solista. Blues Funeral es una obra de arte, con temas memorables como la delirante y surreal “The Gravedigger’s Song” o esta “Ode to Sad Disco” en la que el de Washington incursiona en el synthpop y la música dance, aunque manteniendo esa oscuridad tan peculiar en su música y sus letras.


9.- Martina Topley-Bird, Mark Lanegan and Warpaint: “Crystalised” (sencillo, 2013). Se dice que si bien Lanegan fue dueño de una de las voces más distintivas en la historia del rock, esta era tan maleable que podía adaptarse a los estilos de quienes lo invitaban a participar en sus discos. Esto sucedió en el caso de Martina Topley-Bird, la musa de Tricky, con quien participó en 2013 para realizar juntos este cover de la popular composición de The xx, a lo que también se unió el grupo femenino californiano Warpaint, para lograr una gran versión.


10.- Mark Lanegan & Duke Garwood: “My Shadow Life” (del álbum With Animals, 2018). Lanegan nunca se detuvo y para 2018 seguía en plena actividad, a pesar de sus problemas de salud y sus adicciones. En esta colaboración con el multi-instrumentista londinense Duke Garwood su voz suena al mismo tiempo frágil y profunda, vulnerable y expresiva. Esto resalta especialmente en temas del disco como la homónima “With Animals” y la estupenda “My Shadow Life”, con su ambientación de oscuro y siniestro minimalismo amoroso que culmina repitiendo la frase “I love you, baby” de la forma más romántica posible, si entendemos por romanticismo el de una Mary Shelley o un John Polidori.


11.- Mark Lanegan: “Bleed All Over” (del álbum Straight Songs of Sorrow, 2020). “Canciones francas de dolor” es el título en español del décimo segundo y último disco de Mark Lanegan, grabado hace un par de años y que apareció casi al mismo tiempo que su doloroso libro de memorias Sing Backwards and Weep. Aunque no hay una relación intencionadamente directa entre libro y disco, al final ambos hablan de lo mismo: la tormentosa vida de su autor, quien fallecería poco más de veinte meses después. Esta “Sangrar por todas partes” es una composición más que elocuente al respecto y la más significativa manera de dar por terminada esta lista en honor a este artista atormentado y genial.


(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

lunes, 28 de febrero de 2022

Un recuerdo personal de Maru Enríquez (In memoriam)


La conocí en 1976, poco después de afiliarme al Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT). Como fui votado Secretario de Relaciones Culturales del Comité Delegacional Tlalpan, una de mis obligaciones era acudir a las asambleas ordinarias del Comité Nacional del PMT que presidía el ingeniero Heberto Castillo y del Comité del Distrito Federal que encabezaba Eduardo Valle “El Búho”. Las asambleas tenían lugar en la sede del partido, un vetusto edificio en la calle de Bucareli que quedaría inservible nueve años después, por el terremoto de 1985.

  En las juntas (las del Comité Nacional eran los sábados a mediodía) pude conocer de cerca no sólo al gran Heberto (tenía un sentido del humor divertidísimo, por cierto) sino a otros personajes de aquella izquierda mexicana de los años setenta, como el legendario ex líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo o ex líderes del movimiento estudiantil del 68, como el propio “Buho” o Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, entre otros. A aquellas reuniones acudían representantes de los comités estatales de todo el país (obreros, campesinos, líderes de colonos, empleados, estudiantes) y había fuertes y apasionadas discusiones políticas en las que el ingeniero Castillo solía ser casi siempre el fiel de la balanza. Desde mi izquierdismo absoluto de aquellos días (tenía 21 años y era fiel creyente del socialismo, admirador total de Fidel Castro y el Che Guevara, fan de la URSS y odiador del imperialismo yanqui: un chairo hecho y derecho, aunque en esos tiempos no se nos llamaba así). 

  El caso es que además de las discusiones y las órdenes del día, en las asambleas también había música y casi siempre la hacía un cuarteto llamado La Nopalera, el cual normalmente abría sus presentaciones con una canción llamada “Comité”, un tema musical cubano que glorificaba a los Comités de Defensa de la Revolución y que decía: “En cada cuadra un comité / En cada barrio revolución / cuadra por cuadra / barrio por barrio / país en lucha / revolución” (en esos días muchos pensábamos que los C.D.R. eran algo positivo y desconocíamos que se trataba del más eficaz y siniestro instrumento de espionaje interno del gobierno castrista). 

  La Nopalera fue fundada en 1975 y estaba conformada por Arturo Cipriano (flauta, sax y voz), Marcial Alejandro (guitarra acústica y voz), Arturo Izquierdo (guitarra acústica y voz) y una joven cantante de voz muy bonita y presencia muy atractiva, llamada Maru Enríquez. De escasos 19 años, a todo mundo le encantaba Maru, quien si no me equivoco era la pareja de Arturo Cipriano (aunque terminaría al lado de Marcial Alejandro, con quien tendría una hija varios años después).

  Como para entonces yo ya tocaba la guitarra y componía canciones, me hice amigo de los nopaleros, sobre todo de Cipriano. El extraordinario flautista me animó a presentar en público las piezas de temática política y social que yo escribía en esa época y así fue como di a conocer algunas frente a mis compañeros de partido (recuerdo lo emocionado que estuve cuando canté dos o tres de ellas enfrente de Heberto Castillo, a quien admiraba sobremanera, acompañado por la flauta del buen Arturo). 

  La verdad es que a Maru sólo la saludaba y la veía de lejecitos. Me encantaba, pero era la chava de Cipriano y además yo iba siempre acompañado de mi entonces pareja y futura madre de mis hijos. Fueron dos o tres años de actividad intensa en el PMT, del que luego me fui alejando por diversas circunstancias y al que terminé por abandonar en definitiva cuando en 1987 se fusionó con el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) para conformar al Partido Mexicano Socialista (PMS). Dejé de ver también a los miembros de La Nopalera y mi vida tomó otros rumbos (desde 1979 había yo entrado a laborar en Editorial Posada, muy ligada por cierto al PMT).

  Una de las últimas veces que me encontré con los nopaleros fue cuando me invitaron a verlos ensayar en una casa de Coyoacán. Al llegar, me enteré de que Maru ya no estaba en el grupo y que en su lugar había entrado una prima suya. Cipriano me la presentó. Era una jovencita muy linda que me saludó con una gran sonrisa y me dijo: “Hola, soy Cecilia”. Después me enteraría de que se apellidaba Toussaint.

  A Maru Enriquez volvería a verla unos diez años después, de la manera más impensada. Fue en 1987, en la ciudad de Xalapa. Yo estaba trabajando en el que sería mi primer libro, Más allá de Laguna Verde (Editorial Posada, 1988), una investigación periodística sobre la polémica planta nuclear situada en el estado de Veracruz. Había ido a Xalapa para entrevistar a algunos militantes del movimiento antinuclear. El último día de mi visita, me encontraba en la estación de autobuses de la ciudad, a punto de tomar la unidad del A.D.O. que me traería de regreso al DF. De pronto, entre las personas que aguardaban para abordar el camión, vi a una mujer muy bella y la reconocí de inmediato. Dudé si acercarme o no a ella. ¿Se acordaría de mí? Finalmente me aproximé, me presenté y aunque le costó algo de trabajo, terminó por recordar quién era yo. Debo decir que las siguientes cuatro o cinco horas fueron estupendas, ya que viajamos juntos sin dejar de charlar hasta nuestro arribo a la Terminal de Autobuses de Oriente (la TAPO). Ahí nos despedimos, quedamos en vernos “algún día” y cada quien tomó el transporte a su casa. No volvería a verla en persona, si bien por allá de 2010 nos toparíamos en Facebook y nos admitiríamos como amigos virtuales. Pero salvo uno que otro breve y amable saludo por el chat, nunca pudimos desarrollar una amistad presencial.

  En 2012 me enteré de que estaba muy enferma, pero en ese momento no supe de qué se trataba (padeció dos infartos cerebrales que afectaron gravemente su visión y la movilidad de sus piernas). Los meses pasaron. En 2013, conocí a un muy buen grupo mexicano de rock llamado Belafonte Sensacional, me hice amigo de sus dos principales integrantes (Israel Ramírez e Israel Pompa Alcalá) y en uno de sus conciertos, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, vi que con ellos cantaba una jovencita de excelente voz, llamada Luz, y supe que era la hija de Maru Enriquez y Marcial Alejandro (quien falleciera en 2009, a los 54 años). La saludé y le conté que conocía a su mamá. 

  Maru Enríquez falleció el pasado 2 de febrero. Aunque conservó intactas su lucidez mental y su memoria, nunca pudo recuperarse físicamente de los infartos cerebrales sufridos hace diez años y que la obligaron a usar una silla de ruedas. No obstante, tuvo la entereza y la fuerza de voluntad para sobreponerse y seguir trabajando como conductora en programas de radio e incluso continuó cantando. 

  Nacida en 1957, tenía 65 años al partir. Gran quinqué, su tercer y último disco, ya como solista, data de 2003. Antes había grabado ¡Ah qué la canción! (1999) e Y mi voz que madura (2002). También colaboró con otros músicos, como Jaime López, y tuvo su propio grupo: Salida de Emergencia. 

  La recuerdo con admiración, afecto y nostalgia. Descanse (y siga cantando) en paz.


(Publicado hoy en mi columna "Memorias de un melómano sarnoso" de "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 18 de febrero de 2022

10 temas de 10 hijos del rock… y otros géneros


Con más de 60 años y medio de historia a cuestas, el rock ha sido la banda sonora de varias generaciones de amantes de la música. Así, los pioneros más antiguos –algunos de los cuales aún sobreviven– dieron su lugar a hijos y hasta nietos que en algunos casos continuaron su camino, aunque casi nunca –hay que decirlo– con la misma fortuna. Veamos aquí una decena de canciones de una decena de hijos de grandes leyendas del rock y otros géneros afines.

1.- “Over Me”. Lisa Marie Presley (Del álbum Storm & Grace, 2012). La hija del más que mítico Elvis Presley grabó su primer disco (To Whom It May Concern) en 2003, a la ya no tan joven edad de 35 años. Aunque es cantante y compositora, en realidad nunca ha mostrado demasiado interés por la carrera musical y por ello sólo ha grabado tres álbumes en su vida, siendo el segundo Now What, en 2005, y el tercero Storm & Grace, al cual pertenece esta canción entre country, blues y rock. Un buen tema, una aceptable interpretación… y nada más.

2.- “One Headlight”. Jakob Dylan (Del álbum Bringing Down the Horse, 1996). El  menor de los cuatro hijos de Bob Dylan y Sara Lownds ha llevado una carrera musical muy respetable y medianamente exitosa. Ya sea como solista o al frente de su grupo The Wallflowers, Dylan chico es un buen compositor y lo demuestra con canciones como la estupenda pieza que aquí presentamos. 

3.- “Born Slippy”. Albert Hammond Jr. (Del álbum Momentary Masters, 2015). Más conocido como segundo guitarrista y ocasional tecladista de los Strokes, este nacido en Los Angeles hace 40 años es hijo del cantautor del mismo nombre, quien logró cierta fama a fines de los años sesenta y principios de los setenta de la centuria pasada. Como solista, tiene cuatro discos que no han trascendido demasiado


4.- “Little Fishes”. Sean Lennon (Del álbum South of Reality, 2019). El hijo de John Lennon y Yoko Ono resultó un músico interesante, aunque no muy constante. Desde sus trabajos solistas hasta sus colaboraciones con el fantástico bajista Les Claypool (Primus), el vástago del desaparecido beatle ha dado muestras de un talento singular, aunque un tanto indefinido en sus propuestas. He aquí el tema abridor del segundo álbum del proyecto psicodélico Claypool Lennon Delirium.

5.- “Cheer Up Baby”. Elijah Hewson (Del álbum It Won’t Always Be Like This, 2021). Vástago nada menos que de Bono (U2), Elijah Hewson es el líder del grupo irlandés Inhaler y aunque su voz recuerda mucho (¿demasiado?) a la de su progenitor, hay que decir que su propuesta es bastante buena. A sus 22 años, el joven músico parece tener un buen futuro propio.


6.- “Tomorrow People”. Ziggy Marley (Del álbum Conscious Party, 2009). Nacido en Jamaica hace 53 años, el heredero musical del legendario Bob Marley debe su nombre a que su padre era un gran admirador de David Bowie y del álbum The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. Con un estilo de hacer reggae muy similar al de su papá, Ziggy ha seguido sus pasos y continúa en activo haciendo muy buena música.


7.- “Let’s Talk About It”. Dweezil Zappa (Del álbum Havin’ a Bad Day, 1986). El apellido lo dice todo. Dweezil es el segundo de los cuatro hijos del absolutamente genial Frank Zappa y aunque se ha dado a conocer sobre todo como un excelente guitarrista y gran difusor de la obra de su padre, también ha grabado algunos discos como solista, más un par con su hermano menor, el también guitarrista Ahmet Zappa. El video que aquí presentamos es muy curioso, pues se trata de una composición de Dweezil (quien tenía escasos 17 años), cantado por su hermana mayor, Moon Unit, y con las actuaciones del propio Frank, de su madre Gail y de un Ahmet aún niño, además del actor Roger Moore y otros personajes conocidos. El solo de guitarra es asombroso (no en vano tuvo como maestros a Steve Vai y a su propio papá). 


8.- “Heaven Can Wait”. Charlotte Gainsbourg (Del álbum IRM, 2010). Aunque es más conocida como actriz, la hija del controvertido músico francés Serge Gainsbourg y la también actriz Jane Birkin es también una excelente intérprete, de voz discreta y sensual. “Heaven Can Wait” forma parte del exitoso disco que le produjo Beck hace una docena de años.

9.- “We Go Home”. Adam Cohen (Del álbum We Go Home, 2014). Exacto: el hijo del gran Leonard Cohen. Un hijo del cual el gran poeta y cantautor canadiense se sentía plenamente orgulloso. Adam es un estupendo vocalista y un muy buen compositor, con un estilo distinto al de su progenitor, aunque en sus presentaciones suele incluir canciones de éste. Esta canción es una joya.


10.- “Hurts to Be Alone”. Norah Jones (Del álbum Pick Me Up Off the Floor, 2020). No mucha gente sabe que esta excelente pianista y cantante es hija del mítico sitarista hindú Ravi Shankar. El maestro que introdujo a George Harrison en la música de La India no sólo trasmitió su legado al ex beatle, sino que dio al mundo a una gran intérprete de jazz que ha logrado dotar a este género con algunos ganchos de fino pop, algo de soul y algo de rhythm and blues. Aquí una buena muestra de ello.


(Lista publicada el día de hoy en "Acordes y desacordes", la sección de música de la revista Nexos)

lunes, 14 de febrero de 2022

Eddie Vedder, ese terrícola entrañable


Difícil resulta separar la voz de Eddie Vedder del sonido de Pearl Jam. Después de poco más de treinta años de bregar juntos, los cinco miembros del grupo de Seattle (aunque el vocalista llegó de la californiana San Diego) son una leyenda viviente del grunge noventero y Vedder una de las voces señeras de esa apasionante época.

  Tomando en cuenta todo lo anterior, la escucha de Earthling, el flamante segundo disco como solista del cantante (apareció este viernes 11 de febrero), luego del poco recordado aunque agradable Ukulele Songs de 2011, resulta una luminosa sorpresa.

  A lo largo de las trece canciones que conforman el álbum (homónimo del LP de David Bowie grabado en 1997), Eddie Vedder se aleja un tanto del estilo pearljamiano y se sumerge en un rock menos áspero, menos arrebatado, menos dramático. De alguna manera, es como si olvidará estas últimas tres décadas y recurriera a la música que lo alimentó antes de llegar a la lluviosa ciudad del noroeste estadounidense que lo lanzó a la fama.

  Salvo en un par de piezas en las cuales se siente a plenitud la sombra de Pearl Jam, las once restantes recorren otros clases de rock, incluidas algunas preciosas baladas.

  Producido por Andrew Watt (quien lo mismo ha trabajado con la cantante de pop Miley Cyrus y el rapero Post Malone que con Ozzy Osbourne), el disco fue inicialmente grabado con un grupo base (llamado The Earthlings) constituido por Vedder, el guitarrista Josh Klinghoffer (quien estuvo con los Red Hot Chili Peppers en sus inicios), el baterista Chad Smith (de los mismos RHCP, claro), el cantautor, guitarrista y pianista irlandés Glen Hansard y el propio Watt en el bajo. Luego se sumaron varios notables y hasta impensados invitados como Ringo Starr, Elton John, Stevie Wonder y el tecladista original de los Heartbreakers de Tom Petty, Benmont Tench. 

  El álbum inicia con la conmovedora y declarativa “Invincible”, con ecos de Peter Gabriel y una letra idealista en la que el buen Eddie clama que todos somos invencibles y luminosos cuando amamos (“You got a light?”, pregunta amablemente al final de la canción. 

  “Power of Right” es una pieza vibrante y llena de poderío rocanrolero, mientras que “Long Way” es un evidente homenaje a Tom Petty –con Tench en el órgano, por supuesto– (el coro que clama “He took the long way / on the freeway” suena clarísimo a los Heartbreakers).

  “Brother the Cloud” es una bellísima y muy conmovedora tonada para un amigo muerto (hay quienes sugieren que se refiere al ya legendario Chris Cornell, con quien Eddie tuvo una estrecha amistad). La letra es realmente sentida y se percibe en ella la sinceridad que emana de la voz de Vedder. Espléndida.

  Por su parte, “Fallout Today” es otra hermosa balada-rock acerca de las segundas oportunidades y de cómo debemos aprender de nuestros propios errores sin hundirnos en el dolor (“Share the pain / shake the pain”). 

  Evidente tributo a Bruce Springsteen, “The Dark” es una canción de hermandad y solidaridad en estos tiempos oscuros, un canto de esperanza altamente emotivo. La música à la E Street Band no deja lugar a dudas sobre la intención de homenajear a “The Boss”.

  Una espléndida joya que aparece como escondida a la mitad de Earthling es “The Haves”, preciosa y sencilla canción de amor que a quien esto escribe remite al mejor Donovan, por la progresión de las armonías instrumentales y las acariciantes guitarras acústicas. Debo confesar que es mi favorita del plato.

  “Good and Evil” resulta totalmente Pearl Jam (pudo haber aparecido sin problemas en el Vs. de 1993 o en el Gigaton de 2020). Explosiva, frenética, un vértigo absoluto. Le sigue la igualmente dura “Rose of Jericho”, una crítica severa a la destrucción ambiental (“Forests fall / by hands of man like dominoes”). 

  “Try” es una divertida y vigorosa curiosidad en la que luce juguetona la armónica del mítico Stevie Wonder. Un tema que provoca sonrisas y alegría tan sólo por su sonido. Algo similar ocurre con “Picture”, con un delicioso piano a cargo de Elton John, quien canta a dueto con Eddie Vedder en esta composición esperanzadora y optimista (“Si dejamos que la oscuridad de estos tiempos nos destroce / Eso sería realmente un crimen / ¿Provoqué yo la tristeza en tus ojos? / Permíteme, por favor, que alivie tu mente atribulada”). Hay algo de country-pop muy en el estilo del propio Elton John.

  Con “Mrs. Mills” llega un abierto homenaje a los Beatles (o más precisamente a Paul McCartney –y un poco también a Cat Stevens), en un bello tema que parece arreglado por el mismísimo George Martin desde el cielo de diamantes. Ringo Starr hace acto de presencia en la batería.

  El álbum culmina con “On My Way”, una peculiar pieza difícil de describir (suena lo mismo a Faith No More que a Frank Sinatra) en la que Eddie canta al lado de su padre biológico, Edward Severson, de quien estuvo distanciado la mayor parte de su vida. Un final ciertamente singular e inesperado.

  Earthling es un trabajo en verdad estupendo. Un disco que deberá estar entre los mejores de 2022, aunque apenas estemos en febrero y el pronóstico parezca arriesgado. Hay que darse la oportunidad de escucharlo.


(Publicada el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 4 de febrero de 2022

10 canciones sobre el “maldito” dinero

 

“¡Maldito dinero”, dice la vieja canción ranchera. Y es que ese estiércol del diablo (Giovanni Papini dixit) ha sido fuente de polarización para la humanidad prácticamente desde que las monedas fueron inventadas para reemplazar al trueque y facilitar el intercambio de productos. 

  “No pienses que el dinero lo hace todo o acabarás haciéndolo todo por dinero”, decía Voltaire, mientras que Mark Twain, por el contrario, afirmaba que “la falta de dinero es la raíz de todo mal”. Más recientemente, alguien por ahí ha venido sosteniendo que se puede vivir con 200 pesos y un solo par de zapatos. 

  El caso es que, más allá de consideraciones moralistas, el dinero es el motor de la economía y aunque pueda cambiar muy pronto de lo real a lo virtual (de hecho, una tarjeta de crédito o de débito es dinero virtual) o se impongan las criptomonedas, l’argent sigue siendo fundamental para que nuestras vidas marchen.

  El tema del dinero ha sido fuente de inspiración para muchos compositores, ya sea para condenarlo o para bendecirlo. Veamos una docena de ejemplos de esto y deseemos que nunca nos falten (como dice otra vieja canción popular) las tres cosas que hay en la vida: salud, dinero y amor.


1.- “Money (That’s What I Want)”. Barrett Strong. Del álbum Money” (That’s What I Want) Oh I Apologize (1959). Aunque esta canción se volvió mundialmente famosa por el cover que hicieron los Beatles en 1963 (en su álbum With The Beatles), la versión original se debe al cantante de soul Barrett Strong. Escrita por Berry Gordy Jr y Smokey Robinson Jr, pilares de discos Motown, se trata de una pieza más rocanrolera que soulera, aunque con un tipo de rock diferente al que estaban haciendo Chuck Berry o Jerry Lee Lewis en aquel momento. ¿Una loa al dinero? Si leemos la letra entre líneas tal vez descubramos otras intenciones más sarcásticas.

2.- “You Never Give Me Your Money”. The Beatles. Del álbum Abbey Road (1969). Parte fundamental del célebre popurrí del último disco que grabaron los cuatro de Liverpool, esta composición de Paul McCartney ironizaba sobre los problemas económicos por los que pasaba la corporación Apple, propiedad de los propios Beatles (“Salir del colegio y gastar el dinero / No veo futuro ni pago el alquiler / Todo el dinero se fue, no hay a dónde ir”). Inolvidable y muy divertida.

3.- “Money”. Pink Floyd. Del álbum The Dark Side of the Moon (1973). Un clásico absoluto. “Money” fue escrita por Roger Waters y es una crítica severa a la manera como el dinero gobierna a la humanidad desde siglos atrás. Con sensacionales aires de blues, el tema es una joya musical, con un solo de David Gilmour que sigue estremeciendo al escucha después de casi 50 años de haber sido grabado y un extraordinario sax tocado por el músico de sesión Dick Parry. Quien no haya escuchado jamás esta pieza que se ponga de pie o calle para siempre. 

4.- “For the Love of Money”. The O’Jays. Del álbum Ship Ahoy (1973). Funk y soul a plenitud en este tema cuya frase principal (la admonitoria “Don’t let, don’t let, don’t let money rule you”) no evita sin embargo caer en cierto cinismo al admitir que el dinero es el principal mandamás en el mundo (“Got to have it, I really need it”). Musicalmente, una larga y sabrosa travesía de más de siete minutos.

5.- “Money Talks”. The Kinks. Del álbum Preservation 2 (1974). Preservation Act 2 es un álbum poco considerado dentro de la discografía de los Kinks. Se trata de una especie de rock ópera al estilo de Arthur (1966), pero quizás aún más salvajemente satírica. “El dinero no puede respirar y el dinero no puede ver, / pero cuando saco un billete de cinco libras, la gente me escucha. / El dinero no puede correr y el dinero no puede caminar, / pero cuando extiendo un cheque, juro por Dios que oigo al dinero hablar”, canta uno de los personajes principales del álbum en esta gran canción de Ray Davies.

6.- “Take the Money and Run”. Crosby & Nash. Del álbum Wind on the Water (1975). Con el mismo título de la película homónima con la cual debutó Woody Allen como director en 1969, Graham Nash compuso esta pieza para señalar la codicia de algunos managers que había padecido durante su carrera. También se refiere a las personas a las que no les importa nada más que el dinero, esas personas que piensan que la plata es más un fin que un medio. Acompañado por el gran David Crosby (otra víctima de los managers) y con esas armonías vocales tan características que provenían de la época de Crosby, Stills & Nash, la pieza resulta espléndida.

7.- “Take the Money and Run”. Steve Miller Band. Del álbum Fly Like an Eagle (1976). En esta divertida canción, cuyo nombre es idéntico al del tema de Crosby & Nash, se narra la historia de dos amantes bandidos adolescentes y el detective que los persigue. Con el característico estilo desenfadado de Miller, la pieza transcurre como agua refrescante a lo largo de escasos dos minutos con un beat entre roquero y country que contagia sin remedio.

8.- “Money for Nothing”. Dire Straits. Del álbum Brothers in Arms (1985). Otra clásica absoluta: “Money for nothin’ and your chicks for free” es una de las líneas más célebres de la historia del rock. La composición de Mark Knopfler y Sting, con su letra tan deliciosa y políticamente incorrecta, es una absoluta maravilla que hoy sigue sonando fresca y propositiva (cameo vocal del entonces bajista de The Police incluido). A pesar de su burla a MTV (la canción narra la historia del empleado de una tienda de electrodomésticos, quien mira con envidia a las estrellas de rock que aparecen en los televisores del establecimiento que emiten la señal de MTV y siente furia porque él se jode en el trabajo, mientras que aquellos músicos ganan “dinero por nada y tienen chicas a su disposición”), la emisora transmitía el video gustosa. 

9.- “Money (In God We Trust)”. Extreme. Del álbum Extreme II: Pornograffitti (1990). Extreme fue un gran grupo noventero que navegaba con fortuna entre el grunge y el metal (más algo de buen pop rock). Con el enorme guitarrista portugués Nuno Bettencourt y el eficaz vocalista Gary Cherone al frente, el cuarteto originario de Massachusetts logró una trascendencia que sin embargo no perduró del todo. Este estupendo tema representa una crítica al poder del gran dinero y a su codicia, a la vez que muestra el sonido de Extreme en pleno. 

10.- “In Money We Trust”. Van Morrison. Del disco Born to Sing: No Plan B (2012). El fantástico y mítico cantante irlandés cierra esta relación de canciones sobre la plata, la lana, la guita, la pasta, la marmaja, con esta irresistible maravilla de hipnotizante ritmo oscuramente jazzero, cuya letra tiene una temática muy semejante a la de la canción de Extreme, en cuanto a la crítica que lanza a quienes convierten al dinero en una deidad (“If in money we trust, where’s God?”). El arreglo es francamente lujurioso. No encontramos mejor manera de finalizar nuestro monetizado listado.

viernes, 28 de enero de 2022

Faith No More y los 30 años de Angel Dust


Si bien Faith No More había alcanzado un punto muy alto con The Real Thing (1989) –para muchos el álbum que fundó el nü metal (gracias sobre todo a su asombroso tema “Epic”)–, en realidad se trataba de un trabajo irregular y con un cierto grado de inmadurez musical. Incluso la voz de Mike Patton sonaba un tanto incontrolada y en momentos demasiado aguda. En cambio, con Angel Dust (Slash Records, 1992) las cosas se asentaron y el quinteto de San Francisco logró su obra más acabada e impresionante, un disco casi perfecto.

  Angel Dust es de hecho una especie de contrarréplica a lo que Faith No More había hecho en el mencionado álbum de tres años antes. Si The Real Thing había dado paso a una serie de agrupaciones que quisieron imitar su sonido de funk-metal-rap (muy en la vena de lo que también hacían ya los Red Hot Chili Peppers), Angel Dust es en cambio una apuesta más creativa, más variada, más asentada, más artística y profunda. Incluso la voz de Patton suena de otra manera (su rango vocal es tan amplio como asombroso), como si el trabajo con su proyecto alterno, Mr. Bungle, hubiera cambiado sus puntos de vista y sus intereses musicales y letrísticos. Señalado como “el Frank Zappa de los noventa” (en una evidente exageración), este singular músico era capaz de crear atmósferas muy interesantes, contando siempre con la ayuda de sus cuatro extraordinarios y virtuosos compañeros: Jim Martin en la guitarra, Roddy Bottum en los teclados, Billy Gould en el bajo y Mike Bordin en la batería.

  Angel Dust abre de la mejor manera con “Land of Sunshine”, un tema duro, intenso y diabólicamente juguetón (muy zappiano si se quiere), con un ritmo contagioso, un órgano lleno de matices y vocalizaciones meta operísticas. Lo sigue la magnífica “Caffeine”, en un tono más metalero, una pieza llena de variantes y cambios de ritmo con un riff de guitarra que es como un anzuelo que no suelta al escucha. El tercer corte es muy posiblemente el mejor del álbum. “Midlife Crisis”, con su compás funk, sus partes rapeadas, sus variaciones, el uso del scratch, su letra (el que canta es un tipo que vive, claro, la crisis de la edad), los teclados que crean un ambiente enrarecido, las combinaciones de voces, en fin, una pequeña obra maestra de cuatro minutos y pico. El contraste –un buen contraste por cierto–- sobreviene con la curiosa y narrada “RV”, armonizada por una musiquita irónica y una letra interpretada como en un susurro gangoso, desde su tráiler estacionado, por un supuesto chofer. El quinto track es “Smaller and Smaller”, un heavy metal con aires arábigos, un tema poderoso, con partes que suenan a rock industrial para luego romper en una especie de canto tribal con armonías tenues de los teclados y la sorpresa de una guitarra que es como una sierra eléctrica que todo lo hace pedazos. Una gran composición. Por su parte, “Everything’s Ruined” empieza como una canción pop pero se corrige casi en seguida con una guitarra plenamente metalera. Sin embargo, su melodía mantiene siempre ese toque de pop oscuro un poco en la vena de Depeche Mode. El bajeo de Billy Gould es sencillamente fastuoso. El primer lado cierra con la extraña “Malpractice”, caótica y desconcertante y con un sampleo del Kronos Quartet incluido.

  La segunda parte de Angel Dust abre, igualmente, con enorme poderío. “Kindergarten” es un corte de rock duro aunque pausado (un upbeat), cuya letra ironiza sobre las preocupaciones existenciales de un adolescente. Un gran tema en el cual la guitarra de Jim Martin luce tanto como la voz de Patton. La continúa otra joyita, “Be Agressive”, que bien podría ser el tema de una película de terror de bajo presupuesto –¡ese órgano como del Fantasma de la ópera!– y cuyos coros femeninos, interpretados como si de un conjunto de porristas se tratara, le dan un toque de humor sensacional. “A Small Victory” es una canción muy bella, con un acorde de guitarra estupendo y un entusiasmo casi conmovedor, hermosa, lo que por supuesto no puede decirse de la escalofriante y rarísima “Crack Hitler”, en la que se narra la historia real de un traficante de drogas. 

  Angel Dust culmina con dos cortes contrastantes: el elaborado, intensísimo, denso hasta morir y cuasi sinfónico “Jizzlobber” y el cover instrumental de la nostálgica “Midnight Cowboy”, para un final absolutamente demencial y lleno de sarcasmo.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos

viernes, 21 de enero de 2022

10 canciones que siguen sonando actuales (y que aparecieron hace 50 años)


Hay creaciones musicales que jamás pierden su frescura y actualidad. Esto sucede en todos los géneros, desde la mal llamada música clásica hasta el jazz y, por supuesto, en el caso del rock y del pop acontece lo mismo. He aquí diez temas que surgieron en el lejano 1972, hace exactamente medio siglo, y que se mantienen vigentes, tanto para las generaciones que las escucharon en su momento, como para las que vinieron más tarde. Son canciones que han pervivido durante cinco décadas sin perder un ápice de su calidad y encanto. Al contrario: como los buenos vinos, han mejorado con el tiempo. 


1.- “Walk on the Wild Side”. Lou Reed. Del álbum Transformer. Un himno urbano minimalista contenido en el segundo álbum solista de Lou Reed. Producida por David Bowie, “Walk on the Wild Side” es en su letra un variado recorrido sexual por las calles de Nueva York y a la vez un retrato de quienes se reunían en The Factory de Andy Warhol. Irónica y salvaje, su música sin embargo es tranquila –una balada de mínimos acordes– y su acompasado beat constituye una marca en sí mismo. Una delicia de media centuria.


2.- “Heart of Gold”. Neil Young. Del álbum Harvest. Esta canción significó el primer (y hasta la fecha mayor) éxito de popularidad del sempiterno canadiense, quien a sus 76 años de edad hoy sigue afortunadamente ctivo, inagotable y produciendo nuevos discos y composiciones. Una pieza muy bella, en la vertiente acústica del gran Young (por cierto, James Taylor y Linda Ronstadt aparecen como coristas).


3.- “Ziggy Stardust”. David Bowie. Del álbum The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. La pieza central de este álbum mítico de Bowie con el que nació este personaje (una estrella de rock alienígena bisexual que actúa como un mensajero de seres extraterrestres) al que durante dos años representaría en el escenario. La guitarra de Mick Ronson resulta esencial. Grandiosa canción para un grandioso disco.


4.- “Smoke on the Water”. Deep Purple. Del álbum Machine Head. Con uno de los mejores y más célebres riffs de la historia del rock, la pieza narra el incendio que se produjo en un casino de Montreux, Francia, en 1971, durante una presentación de Frank Zappa and the Mothers of Invention. El riff fue creado por Ritchie Blackmore (según el guitarrista, se trata del motivo principal de la Quinta Sinfonía de Beethoven tocado en sentido inverso; a saber) y se ha convertido en un standard clásico para todo guitarrista de heavy rock y metal.


5.- “Rocket Man (I Think It’s Going to Be a Long, Long Time)”. Elton John. Del álbum Honky Château. Al igual que la canción de David Bowie aquí incluida, “Rocket Man” también tiene que ver con el espacio exterior. La canción narra la historia de un astronauta que viaja en una misión interplanetaria y de cuánto extraña a los suyos mientras se encuentra en la inmensa soledad extraterrestre. Toda una belleza.


6.- “Superstition”. Stevie Wonder Del álbum Talking Book. Un claro ejemplo de lo fructífera que puede resultar la colaboración entre dos enormes talentos musicales, en este caso Jeff Beck y Stevie Wonder. El multiinstrumentista estadounidense invitó al guitarrista inglés para colaborar en las sesiones de su décimo quinto álbum y “Superstition” surgió como fruto de las improvisaciones entre ambos. Fue así como lo que en un inicio fue un jam terminó por convertirse en uno de los temas clásicos de Wonder… y de Beck.


7.- “Tumbling Dice”. The Rolling Stones. Del álbum Exile on Main Street. Un gran tema para uno de los más importantes álbumes de los Stones (para algunos críticos incluso el mejor). “Dados lanzados” es un irresistible  shuffle con toques de blues, un tema imperecedero que sigue formando parte del repertorio de las inagotables Piedras Rodantes. 


8.- “Do It Again”. Steely Dan. Del álbum Can’t Buy a Thrill. Un tema finísimo, con sabrosos ecos de jazz. Steely Dan, encabezado por la dupla de Donald Fagen y Walter Becker, poseía un estilo musical único que iría desarrollando con los años y que en esta pieza precursora tuvo uno de sus mejores antecedentes. Realmente espléndida y en muchos sentidos adelantada a su época.


9.- “Papa Was a Rolling Stone”. The Temptations. Del álbum All Directions. Una maravilla del soul y el funk de todos los tiempos. Aunque los compositores de Motown Records, Norman Whitfield y Barrett Strong, la escribieron originalmente en 1971 para el grupo The Undisputed Truth, al año siguiente realizaron una nueva versión, de más de once minutos, para los Temptations y fue esta la que se convirtió en un clásico instantáneo. A 50 años de distancia sigue sonando arriesgada y vanguardista.


10.- “Saturday in the Park”. Chicago. Del álbum Chicago V. Compuesta por el tecladista Robert Lamm, “Sábado en el parque” es una de las más conocidas canciones de la que en sus primeros discos fue una gran banda (entendida como banda aquella agrupación que incluye instrumentos de viento, principalmente metales) y poco a poco –sobre todo a partir de la muerte de su guitarrista original, el extraordinario Terry Kath– fue cayendo en una triste y vacua comercialidad. Aunque esta balada es plenamente comercial, conserva aún el espíritu y la sinceridad del primer Chicago y quizá por ello ha perdurado durante 50 años. 


(Lista publicada el día de hoy en la sección "Acordes y desacordes" de la revista Nexos)