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lunes, 14 de febrero de 2022

Eddie Vedder, ese terrícola entrañable


Difícil resulta separar la voz de Eddie Vedder del sonido de Pearl Jam. Después de poco más de treinta años de bregar juntos, los cinco miembros del grupo de Seattle (aunque el vocalista llegó de la californiana San Diego) son una leyenda viviente del grunge noventero y Vedder una de las voces señeras de esa apasionante época.

  Tomando en cuenta todo lo anterior, la escucha de Earthling, el flamante segundo disco como solista del cantante (apareció este viernes 11 de febrero), luego del poco recordado aunque agradable Ukulele Songs de 2011, resulta una luminosa sorpresa.

  A lo largo de las trece canciones que conforman el álbum (homónimo del LP de David Bowie grabado en 1997), Eddie Vedder se aleja un tanto del estilo pearljamiano y se sumerge en un rock menos áspero, menos arrebatado, menos dramático. De alguna manera, es como si olvidará estas últimas tres décadas y recurriera a la música que lo alimentó antes de llegar a la lluviosa ciudad del noroeste estadounidense que lo lanzó a la fama.

  Salvo en un par de piezas en las cuales se siente a plenitud la sombra de Pearl Jam, las once restantes recorren otros clases de rock, incluidas algunas preciosas baladas.

  Producido por Andrew Watt (quien lo mismo ha trabajado con la cantante de pop Miley Cyrus y el rapero Post Malone que con Ozzy Osbourne), el disco fue inicialmente grabado con un grupo base (llamado The Earthlings) constituido por Vedder, el guitarrista Josh Klinghoffer (quien estuvo con los Red Hot Chili Peppers en sus inicios), el baterista Chad Smith (de los mismos RHCP, claro), el cantautor, guitarrista y pianista irlandés Glen Hansard y el propio Watt en el bajo. Luego se sumaron varios notables y hasta impensados invitados como Ringo Starr, Elton John, Stevie Wonder y el tecladista original de los Heartbreakers de Tom Petty, Benmont Tench. 

  El álbum inicia con la conmovedora y declarativa “Invincible”, con ecos de Peter Gabriel y una letra idealista en la que el buen Eddie clama que todos somos invencibles y luminosos cuando amamos (“You got a light?”, pregunta amablemente al final de la canción. 

  “Power of Right” es una pieza vibrante y llena de poderío rocanrolero, mientras que “Long Way” es un evidente homenaje a Tom Petty –con Tench en el órgano, por supuesto– (el coro que clama “He took the long way / on the freeway” suena clarísimo a los Heartbreakers).

  “Brother the Cloud” es una bellísima y muy conmovedora tonada para un amigo muerto (hay quienes sugieren que se refiere al ya legendario Chris Cornell, con quien Eddie tuvo una estrecha amistad). La letra es realmente sentida y se percibe en ella la sinceridad que emana de la voz de Vedder. Espléndida.

  Por su parte, “Fallout Today” es otra hermosa balada-rock acerca de las segundas oportunidades y de cómo debemos aprender de nuestros propios errores sin hundirnos en el dolor (“Share the pain / shake the pain”). 

  Evidente tributo a Bruce Springsteen, “The Dark” es una canción de hermandad y solidaridad en estos tiempos oscuros, un canto de esperanza altamente emotivo. La música à la E Street Band no deja lugar a dudas sobre la intención de homenajear a “The Boss”.

  Una espléndida joya que aparece como escondida a la mitad de Earthling es “The Haves”, preciosa y sencilla canción de amor que a quien esto escribe remite al mejor Donovan, por la progresión de las armonías instrumentales y las acariciantes guitarras acústicas. Debo confesar que es mi favorita del plato.

  “Good and Evil” resulta totalmente Pearl Jam (pudo haber aparecido sin problemas en el Vs. de 1993 o en el Gigaton de 2020). Explosiva, frenética, un vértigo absoluto. Le sigue la igualmente dura “Rose of Jericho”, una crítica severa a la destrucción ambiental (“Forests fall / by hands of man like dominoes”). 

  “Try” es una divertida y vigorosa curiosidad en la que luce juguetona la armónica del mítico Stevie Wonder. Un tema que provoca sonrisas y alegría tan sólo por su sonido. Algo similar ocurre con “Picture”, con un delicioso piano a cargo de Elton John, quien canta a dueto con Eddie Vedder en esta composición esperanzadora y optimista (“Si dejamos que la oscuridad de estos tiempos nos destroce / Eso sería realmente un crimen / ¿Provoqué yo la tristeza en tus ojos? / Permíteme, por favor, que alivie tu mente atribulada”). Hay algo de country-pop muy en el estilo del propio Elton John.

  Con “Mrs. Mills” llega un abierto homenaje a los Beatles (o más precisamente a Paul McCartney –y un poco también a Cat Stevens), en un bello tema que parece arreglado por el mismísimo George Martin desde el cielo de diamantes. Ringo Starr hace acto de presencia en la batería.

  El álbum culmina con “On My Way”, una peculiar pieza difícil de describir (suena lo mismo a Faith No More que a Frank Sinatra) en la que Eddie canta al lado de su padre biológico, Edward Severson, de quien estuvo distanciado la mayor parte de su vida. Un final ciertamente singular e inesperado.

  Earthling es un trabajo en verdad estupendo. Un disco que deberá estar entre los mejores de 2022, aunque apenas estemos en febrero y el pronóstico parezca arriesgado. Hay que darse la oportunidad de escucharlo.


(Publicada el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

sábado, 25 de septiembre de 2021

The Doors: L.A. Woman

 
 

L.A. Woman tiene su mayor importancia por ser el último álbum de los Doors con Jim Morrison al frente. Aparecido apenas tres meses antes de la muerte del vocalista, el disco no sólo continúa la tendencia bluesera y dura del anterior Morrison Hotel, sino que la profundiza y la hace más evidente. Sin embargo, a diferencia de su antecesor, hay aquí una tercia de temas que se convirtieron en éxitos radiofónicos. El disco presenta a un Morrison con la garganta un poco gastada, pero a cambio su sensibilidad está a tope y la forma de cantar –desgarrada, profunda-  es un absoluto homenaje a los grandes intérpretes de blues. Las dos máximas joyas del álbum son “Riders on the Storm” y “L.A. Woman”. La primera es una larga e inquietante composición con un dejo de jazz y un sentido melódico esplendoroso que contrasta con una letra ominosa sobre amores desesperanzados y asesinos en la carretera. Por su parte, “L.A. Woman” es un desenfadado canto a la ciudad de Los Ángeles y a sus mujeres. El tercer éxito de radio fue “Love Her Madly”, otro gran tema, una amarga aunque irónica y rítmica canción de amor. L.A. Woman es un disco de involuntaria despedida que dejó muy en alto el nombre de los Doors.

martes, 10 de agosto de 2021

Sólo he venido a decirte adiós (Homenaje a Bob Dylan)

 
Aquí el décimo sencillo de mi disco Nunca es tarde. Se trata de mi composición "Sólo he venido a decirte adiós" que escribí en 2011. Musicalmente, se trata de un homenaje al Dylan folky de principios de los años sesenta y la progresión armónica del tema está basada en la canción "Don't Think Twice It's Alright" del propio Dylan, quien a su vez se basó en la vieja canción tradicional de dominio público "Who's Gonna Buy Your Chickens When I'm Gone". En cuanto a la letra, habla del fin de una relación y de la despedida inevitable que se da cuando todo llega a su fin. Sé a quién se la compuse, pero no lo voy a decir.
   El arreglo que hice está inspirado en el muy olvidado trío de folk sesentero Peter, Paul & Mary y por eso invité a Nancy Zamher y a Mauricio "El Hueso" Díaz, para combinar sus voces junto con la mía (en ese sentido, también es un homenaje a aquel trío mexicano de rock folk que conformaron Jaime López, Emilia Almazán y Roberto González en 1980). El precioso arreglo de guitarras acústicas es del querido Hueso. El bajo (un genial pocket bass) lo toca el gran Aarón Cruz, Mauricio González se hace cargo del solo de armónica (muy dylaniano) y el pandero lo hace sonar Iris Bringas.
   El lyric video lo hizo la propia Iris Bringas.

viernes, 9 de julio de 2021

Los cinco álbumes fundamentales de Metallica

 


La trayectoria de Metallica ha sido muy diferente a la de la mayor parte de los grupos, no sólo del heavy metal sino del rock en general. Con un origen auténticamente garagero y de fuertes tintes punkeros, el cuarteto californiano pasó al rock de metal con una energía, una vitalidad y una capacidad creativa tan notables que en muy poco tiempo logró situarse como virtual progenitor del trash.
  Sus primeros discos no daban concesión alguna y sus seguidores, como en pocos casos, podían llevar con orgullo el título de fanáticos. Frente a muchas agrupaciones supuestamente metaleras de los años ochenta que hacían una música cada vez más comercial y  complaciente, cada vez más ambigua y afectada, casi hermafrodita, Metallica se erguía como un conjunto de tipos agresivos y políticamente incorrectos, provocadores, valemadristas. Su música estruendosa, de riffs espeluznantes, ritmos vertiginosos y letras llenas de mensajes oscuros les ganó una feligresía de cuya fidelidad a ultranza muy pocos grupos, de cualquier género, podían presumir. Cliff Burton, su legendario y malogrado bajista primigenio, era el emblema del cuarteto y su muerte, en 1986, no hizo sino afirmar su halo mítico.
  Cuando al iniciarse la siguiente década James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammet y Jason Newsted –influidos por numerosos factores, entre los cuales el surgimiento del grunge fue fundamental– decidieron dar un viraje radical con el disco Metallica (mejor conocido como el álbum negro), sus más conspicuos y ortodoxos seguidores se sintieron traicionados y el viejo romance con sus ídolos se hizo pedazos. Para bien o para mal, Metallica no volvería a ser el mismo y sus fanáticos tampoco. Nuevos discos llegarían y un nuevo público, influido por MTV y los medios masivos, se acercaría a la agrupación.
  Con todo, a casi 40 años de su surgimiento y a 30 del polémico álbum negro, la influencia del pasado permanece poderosa. Metallica conserva aún su aura de leyenda viva y eso le alcanza para seguir trascendiendo, como lo hace ahora, en este 2021, con el anuncio de una espectacular caja para celebrar las tres décadas del Metallica y su regreso a los escenarios en noviembre próximo, dentro del festival Rockville, en Daytona Beach, Florida, donde compartirá escenario, entre otros, con Nine Inch Nails, Deftones, Stone Temple Pilots, Cypress Hill, Rob Zombie, Social Distortion, Mudvayne, Mastodon, Anthrax, Lynyrd Skykyrd y el power trío mexicano The Warning.
  He aquí los cinco discos básicos de Metallica; de hecho, sus cinco primeros.


Kill ‘Em All (Polygram, 1983)

Para muchos, este disco marcó el nacimiento del thrash metal. Desde sus inicios, Metallica logró fusionar las influencias de lo que en ese entonces se conocía como la nueva ola del heavy metal británico (movimiento encabezado por agrupaciones como Iron Maiden, Judas Priest y Diamond Head) con el vertiginoso speed metal de sus padres putativos, Motörhead, y la rabia sin pausas del punk más duro. Con James Hetfield y Dave Mustaine en las guitarras, Kill ‘Em All hace honor a su nombre con un rock asesino de alto octanaje. Los temas están estructurados de una manera muy compleja, con tal cantidad de secciones que recuerdan la forma de composición del rock progresivo, si bien el estilo furioso y agresivo de cada corte nada tiene que ver con el mencionado género. Cuando apareció en 1983, hace 38 años, el álbum causó una conmoción que hoy persiste entre los seguidores del thrash. Y no es para menos: apoyado en una sección rítmica verdaderamente demencial (Cliff Burton en el bajo, Lars Ulrich en la batería), el cuarteto dio rienda suelta a sus demonios internos y logró abrir una caja de Pandora cuyos espíritus malévolos aún siguen vagando por el mundo. Visto a distancia, tal vez Kill ‘Em All no sea un disco tan grande como se consideró en su momento. Sin embargo, su gran virtud es haber sido el detonador de un estilo que tendría una enorme cantidad de seguidores –grupos y fanáticos–- y al que el propio Metallica no podría seguir el paso por mucho tiempo. Álbum fundacional, obra pionera, su música conserva la suficiente actualidad como para estremecer a quien escucha temas tan salvajes como “Motorbreath”, “Whiplash”, “Hit the Lights”, “Jump in the Fire” y “Seek & Destroy”. Estremecedor e impactante, se trata de un disco básico para comprender la posterior carrera de Metallica.

Ride the Lightning (Polygram, 1984)
Posiblemente el disco más influyente de Metallica en los terrenos del heavy metal subterráneo. Ride The Lightning no sólo superó los planteamientos y las propuestas que se esbozaron en Kill ‘Em All, sino que mostró un claro adelanto en lo musical y lo letrístico. Si su antecesor fue el álbum fundacional del thrash, éste es la piedra de toque que mostraría la dirección a seguir por el metal durante la década de los ochenta y aun más allá. En tan sólo un año, Metallica mostró un avance artístico impresionante. Cada uno de los temas de este su segundo álbum tiene una razón de ser y se interrelaciona con el resto de los cortes, sin que se trate necesariamente de una obra conceptual. Con inusitada agresividad y sin contemplación alguna, el cuarteto apostó por el desbordamiento creativo, mediante una fuerza que puede escucharse sin pausa a lo largo del disco. Se trata de un trabajo experimental en muchos sentidos, un álbum que sacude los prejuicios y conformismos de un género que se había atorado en cierta complacencia y que necesitaba urgentes inyecciones de adrenalina. En el plano estrictamente musical, Ride the Lightning es un imaginativo tour de force de principio a fin. Lo es desde la explosión (luego de un breve juego introductorio de guitarras acústicas) de la inicial “Fight Fire with Fire”, ejemplo de poderío guitarrístico y percusivo. Metallica no rehuye las influencias de otros géneros, en especial el rock progresivo, pero lo hace a su manera, fusionándolas con su muy particular estilo. Eso le permite ir y venir, entrar y salir, por pasajes instrumentales tan admirables como los de “The Call of Ktulu”. Tampoco se asusta con el uso de la melodía y la armonía, en franco desafío a quienes piensan que el metal es ante todo ritmo y estruendo. “Fade to Black” es en ese sentido una composición ejemplar, una de las más completas del disco, de alguna manera el equivalente a lo que “Stairway to Heaven” fue para Led Zeppelin. Con Ride the Lightning, Metallica no sólo se mostró como una agrupación omnipotente, sino que revolucionó el paisaje todo del heavy metal a nivel universal.

Master of Puppets (Polygram, 1986)
Un clásico de Metallica. A pesar de que no significó un paso adelante con respecto a su antecesor y aunque de hecho repite casi como una calca la estructura de éste, Master of Puppets ha sido considerado por más de un especialista como “el mejor álbum de heavy metal jamás grabado”, lo cual suena como una franca exageración. Es cierto que en lo comercial superó con creces a los dos álbumes anteriores (con tres millones de copias vendidas) y que irrumpió con fuerza en las listas de popularidad. Sin embargo, su calidad artística, aunque innegable, no supera a la de Ride the Lightning; si acaso, sólo la pule un poco. ¿Tuvo miedo el grupo de tomar un riesgo tan grande como con su predecesor? ¿Eligió conformarse con lo ya probado y no aventurarse tan pronto? El caso es que Metallica jugó a lo seguro y volvió a atinar, por más que a algunos esto les haya parecido un signo de conservadurismo. La mayor virtud de Master of Puppets es sin duda su solidez, el ser una especie de bloque sin fisuras, si bien contiene también una mayor variedad estilística, siempre dentro de los límites del metal pesado. Las composiciones aquí son en su mayoría de mayor duración y las letras resultan aún más socialmente críticas que en Ride The Lightning. El thrash continúa presente en temas como “Damage, Inc.” y “Battery” y los arreglos son muy elaborados en “Master of Puppets”, “Dispossable Heroes”, “The Thing that Should Not Be” y la instrumental “Orion”. Master of Puppets significó la consolidación de Metallica como líder del movimiento metalero de los ochenta y un reto enorme para los años por venir.

…And Justice for All (Polygram, 1988)
Primer disco de Metallica sin el trágicamente desaparecido Cliff Burton y primero también con el nuevo bajista Jason Newsted, …And Justice for All es una de los obras menos comprendidas de Metallica. Recuperando el impulso creativo y experimental mostrado en Ride the Lightning, el potente cuarteto se lanzó a la aventura de crear un álbum mucho más sofisticado y elaborado que cualquiera de sus trabajos previos. Con un sentido cercano a lo conceptual, con una temática letrística que hablaba sobre una sociedad en plena decadencia, con sonidos inusuales logrados en el estudio de grabación, con una producción bizarra y estruendosa, Metallica alcanzó y rebasó límites que confundieron a más de uno. Es debido a este pandemonium musical que …And Justice for All no es un disco perfecto y, por el contrario, muestra errores de ecualización que en ocasiones borran literalmente el sonido del bajo del debutante Newsted. No obstante, con todos sus relativos defectos, el cuarto opus en la discografía del grupo propone una complejidad estilística y estructural que convierte a cada canción en una suite llena de cambios y movimientos tan desconcertantes como fascinantes. Difícil de captar, de aprehender en las primeras escuchas, el álbum se va haciendo más y más disfrutable conforme se penetra en sus intrincados y remotos rincones. No deja de ser paradójico que un disco tan poco accesible haya proveído a Metallica de su primer éxito sencillo: la canción “One”, una balada-thrash que llegó al famoso y discutible Top 40 de las listas de popularidad estadounidenses, a pesar de su prolongada duración de más de siete minutos. Sobrevalorado por algunos, subvaluado por otros, …And Justice for All puede ser acusado de resultar en extremo pretencioso (algunos de sus temas son casi imposibles de reproducir en concierto), pero su importancia artística será mejor evaluada en el futuro.

Metallica (Polygram, 1991)
El mayor golpe de timón en la historia de Metallica. El disco que les significó perder a miles de seguidores a cambio de ganar millones de fanáticos… y de dólares. Metallica es el álbum más polémico de la agrupación, su entrada a las grandes ligas del superestrellato y su salida (por expulsión y autoexpulsión) de las oscuras sendas del metal subterráneo. Intoxicado quizá por los excesos experimentales de …And Justice for All, el cuarteto optó por dar un giro radical y dirigirse a lo básico. Había que simplificar su música, escribir canciones más cortas; si eso les redituaba una mayor comercialidad, no hallaron razón para rehusarse. Así, Hetfield, Ulrich, Hammett y Newsted volvieron a correr otro riesgo, pero esta vez en sentido contrario al que corrieron con Ride the Lightning. De pronto, el factor melódico cobró una mayor importancia y así surgieron composiciones más accesibles para el gran público. Sin perder su esencia metalera, conservando parte de su fuerza thrashera pero dando evidentes concesiones, surgieron temas como “Enter Sandman”, “Sad But True”, “Wherever I May Roam” y sobre todo “Nothing Else Matters”, con las cuales escandalizaron a las buenas-malas conciencias de sus viejos seguidores, quienes los acusaron de traición de lesa metalidad. A la comercialidad de Metallica contribuyó el productor Bob Rock, quien dio al disco un sonido pulido, muy alejado de las “sucias” grabaciones de las cuatro obras anteriores del grupo. A pesar de la condena del sector más ortodoxo de los fanáticos de Metallica o tal vez por ello, este disco significó, hace ya 30 años, una nueva provocación que influyó en el heavy metal y cambió la dirección del mismo –¿para bien, para mal?– de manera irreversible.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

lunes, 5 de julio de 2021

Amanecer( lyric video)

 

Aquí "Amanecer", el noveno sencillo de mi álbum Nunca es tarde. La canción la compuse originalmente en 2016, para una amiga que estaba pasando por un mal momento en su vida y quise darle ánimos y esperanza por medio de la música. El mensaje, sin embargo, puede trasladarse para toda la gente en estos largos meses de oscura pandemia, una noche de la cual tarde o temprano habremos de salir para encontrar un nuevo amanecer. 

Guitarras acústicas (en especial la de Jehová Villa Monroy), flautas (de María Emilia Martínez), cuerdas (a cargo de Jazmín Rivera), piano (Ernesto Guerrero), voces (mucha atención a la bellísima participación vocal de mi querida y admirada Iris Bringas) y el juego de dos bajos Aura Ortiz y Aarón Cruz). La masterización corrió a cargo de Arcadio Hernandez Duarte y el lyric video es obra de mi hijo Jan Hellion). Ojalá la puedan escuchar y ojalá que les guste. Toda opinión será bienvenida.

jueves, 27 de mayo de 2021

12 discos esenciales de Bob Dylan ahora que ya es ochentero


Robert Zimmerman, mejor conocido en los bajos fondos del rock y el folk estadounidenses como Bob Dylan, cumplió 80 años el pasado lunes 24 de mayo. A manera de sentido homenaje, presentamos aquí una docena de sus mejores trabajos discográficos en estudio. No están todos los que son, pero sí son todos los que están.

Bob Dylan (1962)
No deja de ser curioso que un artista tan universal como Bob Dylan haya sido contratado originalmente como un cantautor para minorías. En efecto, su disquera, Columbia Records, decidió tomarlo con el único objetivo de encasillarlo en el género folk, sin imaginar la enorme potencialidad de su artista. De hecho, como a principios de los sesenta los cantantes de folk eran tan sólo intérpretes y no compositores, a Dylan se le permitió incluir únicamente dos temas propios, mismos que a la postre resultaron los mejores de su álbum debut. Bob Dylan es un trabajo disparejo pero digno, irregular pero emocionante, sobre todo si se le mira desde el tiempo y la nostálgica distancia. Guitarra acústica, armónica y la voz chillona y gangosa que caracterizaría al músico a lo largo de (casi) toda su carrera. Lo más destacable son, pues, sus dos composiciones (“Talkin’ New York” y “Song to Woody”), así como sus versiones a “In My Time of Dyin’”, “Baby Let Me Follow You Down” y “The House of the Rising Sun”.

The Freewheelin’ Bob Dylan (1963)
El paso gigantesco que dio Dylan en tan sólo un año sigue siendo sorprendente. Difícil resulta comprender cómo alguien puede pasar de un disco aceptable pero modesto a una obra de gran nivel en tan poco tiempo y sin que se conocieran bien a bien, al menos masivamente, todas las aptitudes del músico. The Freewheelin’ es una pequeña obra maestra, con composiciones excelentes, un disco de folk que iba más allá del folk sin abandonar al folk. El Bob Dylan rocanrolero aún no estaba presente, no era del todo explícito, pero por debajo del agua prometía (o quizás amenazaba) con surgir en cualquier momento. He aquí a un joven creador de escasos veintidós años, capaz de crear melodías sencillas, enmarcadas por armonías repetitivas pero absolutamente novedosas. Sin embargo, eso no era tan importante como la calidad y profundidad de sus letras, imbuidas, sí, por las inquietudes sociales de la época, pero construidas por medio de una vena poética hasta entonces inédita. De ahí temas esplendorosos como los inmortales “Blowin’ in the Wind” y “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” o bellezas como “Girl from the North Country” y “Don’t Think Twice Is Alright” o canciones impactantes como “Masters of War”. Once piezas originales y sólo dos covers para un segundo disco pasmoso.

Bringing It All Back Home (1965)
Es este el primer gran disco, la primera obra maestra de Bob Dylan. Se trata de un paso hacia una mayor amplitud de miras, un paso que lo acercaba cada vez más al rock y lo alejaba del folk ortodoxo. De hecho, es el álbum que, como dijo alguien por ahí, replanteó las reglas para escribir el rock. El plato se divide con toda claridad en dos partes perfectamente delimitadas (en el vinil original esta división era todavía más obvia, dado que existían los lados A y B). La primera es rocanrolera y con instrumentos eléctricos y contiene temas explosivos como las sensacionales “Subterranean Homesick Blues” y “Maggie’s Farm” y canciones de amor de gran hermosura como “She Belongs to Me” y “Love Minus Zero/No Limit”. La segunda parte en cambio es muy folk, pero las letras ya no eran las mismas de la época militante del cantautor. Las cuatro canciones de ese lado B son extraordinarias, verdaderos clásicos; sin embargo, el formato y el contenido muy poco tenían que ver con la influencia de Woodie Guthrie. Piezas como “Mr. Tambourine Man” (antes grabada por los Byrds), “Gates of Eden”, “It's Alright, Ma (I'm Only Bleeding)” e “It's All Over Now, Baby Blue” demostraban que, en efecto, los tiempos para Dylan estaban cambiando… y en la mejor de las formas.

Highway 61 Revisited (1965)
Bringing It All Back Home forma parte de la trilogía de álbumes más trascendentes de la discografía dylaniana, trilogía que continúa con este Highway 61 Revisited, trabajo que terminó de consolidar el movimiento hacia el rock que el músico había emprendido sin posibilidades de dar marcha atrás y lo hace con una perfección asombrosa. Para muchos la obra cumbre del músico, esta “revisita” a la autopista 61 es un disco extraordinario de principio a fin. Nueve cortes a cuál más de bueno. Desde el deliciosamente enloquecido, surrealista e híper iconoclasta “Tombstone Blues” hasta esa reelaboración del folk rock que es “Desolation Row”, pasando por el mood bluesero de “It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry” –el cual presagia al blues acústico de los Rolling Stones de la época del Let It Bleed– y “From a Buick 6” –magníficamente crudo y rasposo–, el misterio de la esplendida tonada “Ballad of a Thin Man” –“Something is happening here / and you don’t know what it is / Do you, Mr. Jones?”–, la delicadeza irónica de “Queen Jane Approximately”, el garage rock bíblico de “Highway 61 Revisited” y el muy bizarro relato de “Just Like Tom Thumb’s Blues”, situado en una Ciudad Juárez corrupta, peligrosa y escalofriantemente premonitoria, y un corte que revolucionó la manera de escribir canciones en la música popular, la absoluta y absolutistamente genial “Like a Rolling Stone”, todo un himno generacional que perdura 56 años después de haber sido grabada.

Blonde on Blonde (1966)
Tercera y última parte de la gran trilogía dylaniana, Blonde on Blonde fue el primer álbum doble de la historia del rock. Las opiniones se dividen y hay muchos que piensan que este trabajo y no el Highway 61 Revisited es la verdadera obra maestra del maestro. Cuestión de enfoques y en realidad una discusión bizantina. Lo importante es que estamos frente a una cumbre del arte musical del siglo veinte. Tal vez lo que hace diferente a Blonde on Blonde sea más que nada la finura de su sonido. Si Michael Bloomfield había dado al disco anterior su estilo secamente bluesero de tocar la guitarra, ahora Robbie Robertson (del grupo The Hawks, dos años después transformado en The Band) ponía todo su talento guitarrístico al servicio de una grabación perfectamente producida, con enormes temas y un sorprendente sentido de la totalidad. Blues, folk, country, rock se fusionan de manera exacta y perfecta a lo largo de las catorce composiciones que conforman el doble vinil (en compacto todo se fusionó en un solo disco). No hay una sola pieza floja. Blonde on Blonde empieza triunfalmente con “Rainy Day Women #12 & 35” y prosigue por la misma senda, con temas fenomenales como “Pledging My Time” (vaya blues), “Visions of Johanna”, “Leopard-Skin Pill-Box Hat” (otro bluesazo, con Bloomfield a la guitarra), “Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again”, “Most Likely You Go Your Way (And I'll Go Mine)” y esas maravillas que son “Absolutely Sweet Marie”, “I Want You” y “Just Like a Woman”. Un trabajo superior. Simplemente.

Nashville Skyline (1969)
Producido en Nashville, se trata de un disco de música country, grabado con instrumentistas de esa señera ciudad del estado de Tennessee. Aparte de su calidez y lo grato de las canciones que lo recorren (como la renovada versión de “Girl from the North Country”, cantada al lado del gran Johnny Cash), lo más notable de Nashville Skyline es la “nueva” voz de Dylan, una voz casi de crooner que nada tenía que ver con su habitual y mundialmente conocido timbre gangoso. Sin embargo, esa voz de pronto hasta melodiosa cuadra muy bien con el tipo de canciones que Bob compuso para el álbum, canciones directas y sin complicaciones pero muy bellas, como las muy conocidas “Lay Lady Lay” y “To Be Alone with You”, aparte de otras joyitas como “I Threw It All Away”, “Tonight I’ll Be Staying Here With You” y la preciosa “Peggy Day”. Una obra muy disfrutable.

Blood on the Tracks (1975)
El disco del divorcio. El disco del dolor que provoca una separación amorosa. El disco en el cual Bob Dylan se enredó en la tristeza. El músico respira por la herida en este álbum lleno de pasión, entraña, dulzura, nostalgia, melancolía. Blood on the Tracks es un trabajo fuera de serie, uno de los cinco discos fundamentales de este músico, quien para 1975, con tres lustros de carrera y dos relaciones sentimentales muy fuertes sobre sus espaldas, alcanzaba un primer grado de madurez como creador y como ser humano. Musicalmente se trata de una obra más bien tranquila, semiacústica, paradójicamente llena de paz. Son las letras las que nos hablan de un corazón herido, lastimado, aunque finalmente esperanzado. Pero no lo hacen de manera abierta y explícita. La poesía de Dylan, sus metáforas muchas veces alegóricas e incluso herméticas están presentes para que el dolor no sea tan evidente y lo descubramos entre líneas… o entre los desangrados tracks del disco. Todas las canciones del plato son hermosas y conmovedoras, pero hay algunas que brillan aún más, como la maravillosa “Tangled Up in Blue” que abre el álbum o las irresistibles “Simple Twist of Fate”, “Idiot Wind”, “Meet Me in the Morning” y, por supuesto, la inconmensurable“Shelter from the Storm”. Como dijo un reseñista norteamericano acerca de Blood on the Tracks: “Dylan hizo álbumes más influyentes que éste, pero nunca hizo uno mejor”.

Infidels (1983)
Después de su paso por la fe cristiana, Bob Dylan la abandonó y lo hizo con estruendo, al sacar un álbum al que bautizó (of all names) como Infidels. Disco bendito, no precisamente por sus mensajes sino porque recuperó una sana secularidad y retornó a la senda de lo laico y lo mundano. Tan renunció al cristianismo sectario que la pieza que abre el plato, una especie de reggae intitulado “Jockerman”, contiene una fuerte crítica a los falsos mesías que manipulan a las masas. Infidels es una obra de reflexiones filosóficas y ajustes de cuentas consigo mismo. En el aspecto musical, se trata de un trabajo lleno de frescura y colores. El descubrimiento del reggae durante un viaje al Caribe abrió nuevas ventanas para el músico y ese entrada de aire limpio y puro hizo que se renovara y produjera otro de sus grandes discos. Canciones de fina elegancia amorosa como la balada soulera “Sweetheart Like You” y la muy bella “Don’t Fall Apart on Me Tonight” o de ácida perspicacia como “License to Kill” son muestras claras de dicha renovación, como lo son la cuasi rollingstoniana (¿o loureediana?) “Neighborhood Bully” y la estrujante “I and I”. Un discazo.

Oh Mercy (1989)
Un gran disco poco reconocido de Bob Dylan (aunque críticos como el escritor José Agustín se han referido a él con gran veneración). Oh Mercy es una obra impecable. Producido por Daniel Lanois, el álbum es poseedor de una gran unidad estilística, sin que esto signifique que sea en absoluto monótono. Para lograr la cohesión que caracteriza al plato, mucho contó la labor del productor, claro, pero éste nada hubiera podido hacer de no tener en sus manos un conjunto de composiciones sobresalientes. Hay aquí un gran sentido de la belleza. La química existente entre Dylan y Lanois (que se repetiría con tan buenos o aun mejores resultados en el Time Out of Mind de 1997) fue la que hizo que temas como “Ring Them Bells”, “Most of the Time”, “Disease of Conceit”, “Shooting Star” o “Man in the Long Black Coat” resultaran tan entrañablemente perfectos. Un disco exultante. Una obra maestra. El Blonde on Blonde de los años ochenta.

Time Out of Mind (1997)
Desde el primer corte, el impactante semi reggae “Love Sick”, sabemos que estamos frente a un disco del más alto nivel artístico. Time Out of Mind, el último álbum en estudio de Bob Dylan en el siglo veinte, representa una cumbre más, un alto pico en la carrera del gran cantautor. Siete años llevaba sin grabar un disco con material propio (el último había sido el discutible Under the Red Sky de 1990) y al parecer ese largo periodo sabático no le cayó nada mal. Cómo, si el plato prosigue con el sensacionalmente rasposo “Dirt Road Blues” (uno puede sentir el polvo de la desierta carretera), la extraordinariamente melancólica “Standing in the Doorway” (una balada que es el colmo de la sutileza), la sensualmente bluesera “Million Miles” (con ese órgano Hammond todo el tiempo detrás de las armonías), la clásicamente dylaniana “Tryin’ to Get to Heaven” (que nos hace rememorar los viejos tiempos sesenteros del autor), la poderosamente austera “’Til I Fell in Love With You” (otro bluesazo de primera), la serenamente pesimista “Not Dark Yet” (con un Dylan que parece rendirse ante los golpes de la vida), la rabiosamente decepcionada “Cold Irons Bound” (más desencantada pero más indignada que el corte inmediato anterior), la súbitamente luminosa “Make You Fell My Love” (el típico cambio de ánimo dylaniano), la súbitamente oscura pero vital “Can’t Wait” (ya que hablábamos de cambios de ánimo) y la evocativamente rural “Highlands” (una extraordinaria manera de culminar un extraordinario álbum y de paso culminar el siglo).

Love and Theft (2002)
Vaya manera de comenzar la década, el siglo y el milenio. Si Bob Dylan no hubiese podido grabar un disco más en su vida (cosa que no sucedió, ya que por fortuna todavía nos ha brindado varias obras maestras más), este habría alcanzado para cubrir la centuria toda y más allá. Love and Theft es equiparable a Time Out of Mind (para algunos es mejor) y como éste, se vuelve artísticamente comparable a Bringing It All Back Home o Blood on the Tracks. Jack Frost es esta vez el productor y funciona como un eficaz respaldo que permite a Dylan arriesgarse y entregarnos temas muy variados y plenos de calidez, ironía y hasta de un cierto optimismo que prácticamente no existía en su álbum anterior. Se trata ahora de un trabajo gozoso, lúdico, lleno de vitalidad, en el que el maestro Zimmerman suena divertido y feliz, mientras aborda con enjundia y un recuperado ánimo rocanrolero una docena de composiciones propias. “Mississippi”, “Lonesome Day Blues”, “Summer Days”, la bluemoonesca “Bye and Bye”, “Floater (Too Much to Ask)” (que recuerda ¡a Cri Cri!), “High Water” (gran homenaje a Charlie Patton, a quien el músico llama “Charley), todas en conjunto son como un resumen de los diferentes estilos que Dylan ha usado a lo largo de casi sesenta años.

Together Through Life (2009)
Luego de esas maravillas que fueron Time Out of Mind y Love and Theft, Dylan completó su trilogía fantástica con el Modern Times de 2006, otro disco lleno de influencias blueseras, folkies y campiranas, pero esta vez más denso y profundo, casi conceptual. Tres años después vino este Together Through Life, muy emparentado con sus tres antecesores y más aún con el inmediato anterior, pero con un espíritu más ligero y bromista y con letras más clavadas en el tema del amor y su permanencia y de cómo sin amor, para decirlo josealfreadianamente, la vida vale nada. Se trata de otro album con un humor old fashioned y tan lleno de encanto que parecería que el autor estuviera en sus veinte años. Otra característica del disco es que de los diez temas que lo conforman, nueve fueron escritos a dúo con Robert Hunter, el letrista de cabecera de Jerry García. Baladas, blueses, tonadas country conforman a este Juntos a lo largo de la vida de intenciones pre rocanroleras e imbuido de una vitalidad que se refleja en temas tan buenos como “Beyond Here Lies Nothin’”, “My Wife’s Home Town”, “If You Ever Goes to Houston”, “I Feel a Change Comin’ On” y el genial y sardónico “It’s All Good”.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

lunes, 14 de diciembre de 2020

Annie Flores, pintora y dibujante mexicana


Nacida en Ciudad de México en 1993, la joven pintora y dibujante Annie Flores es egresada de la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México. Con la figura humana como eje central de su obra y campo inagotable de investigación, ha participado en numerosas exposiciones colectivas y proyectos de pintura mural, tanto en México como en Europa, donde sus cuadros han tenido presencia en la Feria de Arte de Bruselas (2018) y en la Galería Gaudí de Madrid (2018).
  Su obra analiza el fenómeno degenerativo del recuerdo, la recuperación de antiguas memorias y la forma de retardar el proceso del olvido. La descomposición, el análisis y la recreación del cuerpo humano y su entorno son los parámetros de reflexión que ejerce sobre la materia, las memorias y los sueños, en torno a la materialización de un pasado que ya no existe pero que sirve para comprender el presente, no sólo como las huellas de una presencia o la exaltación de la ausencia, sino también como una construcción de la identidad personal.
  La artista intenta establecer una conexión entre el acto de recordar, la acción de pintar y dibujar y el proceso de creación, todo por medio de una mirada poética.
  Melómana por naturaleza y crianza, Annie Flores nos cuenta cuáles son sus preferencias discográficas y musicales.

¿Cuál fue el primer disco que escuchaste?
Afortunadamente, desde pequeña escuché buena música en casa y lo que fuera que sonara me gustaba mucho. El disco que más recuerdo y cantaba completito era el Chronicle vol. 1 de Creedence Clearwater Revival. John Fogerty me parece uno de los más grandes en la música.

¿Cuál es el primer disco que compraste?
Fue a los siete años de edad, el Urban Hymns de The Verve, porque me encantaba la canción “Bitter Sweet Symphony”. También El Cascanueces de Tchaikovsky, porque iba al ballet y me obsesionaba con practicar todo el día.

¿Cuál fue el primer disco que le envidiaste a alguien por no poderlo tener?
A mi mejor amiga le envidié un disco que le trajeron de Inglaterra, cuando íbamos en la universidad. Era una antología de presentaciones en vivo y documentales de Björk que se llamaba The Television Archive. Tenía una presentación rosita súper bonita.

¿Cuál es tu disco favorito para manejar?
 Yo no manejo, pero para viajar me encanta escuchar el Great Ladies of Song, de Peggy Lee, y el Frank, de mi adorada Amy Winehouse.

¿Cuál es el disco que mejores recuerdos te trae?
Obvio mi infancia está marcada por la princesa del pop: Oops!.. I Did It Again, de Britney Spears. Recuerdo tardes completas con mi prima bailando sin parar ese disco completo, peinadas de “diadema”, ¡ja ja ja!

¿Cuál es el disco que más te avergüenza tener?
Me divierto mucho con mis “pecados musicales”. La verdad no me avergüenzan, pero el disco que no encaja entre mi playlist habitual es Colores de J Balvin.

¿Cuál es el disco que más  lamentas haber perdido?
El L.A Woman de The Doors. Lo perdí en un paseo de la secundaria, junto con mi discman. Fue fatal.

¿Cuál es el disco que adquiriste más recientemente?
Me fascina el género latin y mi última adquisición me tiene muy agarrada del oído: Dance Manía, de Tito Puente.

¿Cuál es el disco que más te ha influido en la vida?
Qué difícil. Hay tantos que me han tocado en lo profundo. Los primeros que se me vienen a la mente ahora son The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de David Bowie, y Ekstasis, de Julia Holter.

¿Cuál es el disco que prefieres para hacer el amor?
Sweet & Sour, Hot y Spicy, de Ely Guerra. Sin duda.

¿Cuál es el disco que quisieras que tocaran en tu funeral?
Rush, de Eric Clapton, y la canción “I Love You More Than You’ll Ever Know” de Al Kooper, en la versión de Amy Winehouse.

¿Cuáles son los cinco discos que te llevarías a una isla desierta?
Anima, de Thom Yorke.
The Album Collection, de Amy Winehouse.
The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de David Bowie.
The Best of DJ Shadow.
Benny Goodman Concert Carnegie Hall 1938.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 9 de octubre de 2020

10 temas para recordar a Eddie van Halen


La semana nos sorprendió con la triste noticia de la muerte del gran guitarrista neerlandés-estadounidense Eddie van Halen, líder sempiterno de una de las agrupaciones más importantes del hard rock de todos los tiempos: Van Halen.
  Nacido en Amsterdam, Holanda, en enero de 1955, al fallecer el músico tenía 65 años. Criado en Pasadena, California, a donde llegó a vivir a las siete años de edad, fundó el grupo en 1972, junto con su hermano mayor, el baterista Alex van Halen (1953), el vocalista David Lee Roth (1954) y el bajista Michael Anthony (1954).
  Su nombre era Edward Lodewijk (Eduardo Ludovico), pero siempre fue conocido como Eddie. Curiosamente, en un principio él quiso ser baterista y Alex guitarrista, hasta que se dieron cuenta de que cada uno era mejor en el instrumento de su consanguíneo y optaron por intercambiar puestos. Admirador desde la adolescencia de Eric Clapton y Jimmy Page, decidió seguir sus pasos y no tardó en convertirse en un virtuoso a la altura de sus dos ídolos.
  Fue en 1978 que el cuarteto lanzó su primer disco, el homónimo Van Halen, y ahí comenzó todo. El único cambio que se daría en la alineación original sucedió en 1992, cuando Sammy Hagar (1947) sustituyó a Lee Roth. En total, Van Halen grabó doce álbumes en estudio, el último de los cuales fue A Different Kind of Truth de 2012.
  El estilo único de Eddie lo llevó a participar con un solo de guitarra en la composición “Beat It”, de Michael Jackson, aunque su solo más célebre es el de “Eruption”, del primer disco de Van Halen. Por cierto, Eddie creó su propia guitarra, la Frankenstrat, esa guitarra roja con franjas blancas que casi siempre lo acompañaba.
  Eddie van Halen murió el pasado martes en un hospital de Santa Mónica, California, víctima de un cáncer en la garganta, contra el que luchaba desde hacía un lustro. Fumador y bebedor empedernido desde los doce años de edad (también tuvo problemas con las drogas en alguna etapa de su vida), achacaba su enfermedad, sin embargo, a que solía colocar una púa de guitarra metálica en sus labios cuando tocaba las partes de tapping, tan característicamente suyas, en las que no requería de ese adminículo. Explicación dudosa que quizá no era más que una humorada suya.
  Eddie ya descansa en paz, según reza el lugar común, y como un modesto homenaje, presentamos aquí, en forma cronológica, una decena de los temas más memorables en que destacó con su guitarra virtuosa y su sempiterna sonrisa entre irónica y bonachona.

1.- “Eruption” (del álbum Van Halen, 1978). Más que una canción, es un solo de guitarra de 1:42 minutos con el que Eddie Van Halen hizo su asombrosa y vertiginosa presentación en sociedad. Un solo legendario que ha sido mil veces imitado y jamás igualado (en concierto, solía prolongarlo por varios minutos, como una especie de acto de malabarismo extremo).

2.- “Running with the Devil” (del álbum Van Halen, 1978). El primer sencillo del álbum debut de Van Halen, con la guitarra de Eddie que brilla tanto en los sólidos acordes del riff como en las mil florituras y el breve solo. Una de las primeras muestras de las habilidades del guitarrista.

3.- “I’m the One” (del álbum Van Halen, 1978). En esta especie de boogie metalero, Eddie van Halen nos da un verdadero muestrario de todas sus habilidades. El solo transcurre a una velocidad sobrenatural, lo mismo que su rico repertorio de riffs, feels, bends y taps. Una cosa fuera de este mundo.

4.- “You’re Not Good” (del álbum Van Halen II, 1979). Van Halen tomó este éxito de Linda Ronstadt para darle la vuelta, sujetarlo por la garganta y transformarlo en un acompasado y sólido tema de rock duro. Lo más notable es el solo de Eddie, en el que mostró que su evolución como guitarrista iba en un ascenso tan rápido como su digitación en las cuerdas.

5.- “Everybody Wants Some!!” (del álbum Women and Children First, 1980). En la oscura atmósfera de esta densa y sexosa canción de su tercer disco, la guitarra del de Amsterdam vuelve a dominar con una enorme cantidad de recursos, firmemente apoyada por la sección rítmica del cuarteto. Un tema mórbido y con cierto grado de deliciosa insanidad.

6.- “Beat It” (del álbum Thriller, 1982). Eddie van Halen fue invitado por Michael Jackson para hacerse cargo del solo en este tema ya clásico del pop y el guitarrista lo hizo de maravilla. Quizás el mayor mérito de Eddie es que su guitarra suena a él mismo y no trató de darle un sonido más comercial y “accesible”. ¿El resultado? Posiblemente uno de los mejores solos de su vida.

7.- “Jump” (del álbum 1984, 1984). Si bien lo que caracteriza principalmente a este tema es el sonido del ochenterísimo sintetizador (tocado, por cierto, por el propio Eddie van Halen), su guitarra en contrapunto con la voz de David Lee Roth, anterior al coro, y su felicísimo solo previo a otra gran parte de teclado hacen que esta sea una de las mejores canciones de Van Halen, más allá de la merecida popularidad que consiguió y de su estatus de clásico.

8.- “Panama” (del álbum 1984, 1984). Laberínticas formas guitarrísticas, fuertemente atadas a un ritmo seco y constante, dan su principal sello a esta pieza, además del puente irresistiblemente hipnótico y con ciertas reminiscencias a Jimmy Page que aparece antes del estallido final. Otro tema imprescindible de la agrupación californiana y otra muestra del expertise de Eddie van Halen.

9.- “Hot for the Teacher” (del album 1984, 1984). ¿Qué se puede decir de la guitarra multitudinaria y en pleno vértigo de esta explosiva pieza llena de sexo, humor irónico y rocanrol? Un frenético frenesí de canción, si se me permite la bárbara y pleonástica expresión. Aquí, Eddie van Halen batió todas las marcas de velocidad de dedos. Eso para no hablar del divertidísimo y delirante video, tan saludablemente incorrecto.

10.- “Poundcake” (del álbum For Unlawful Carnal Knowledge –o F.U.C.K.– de 1991). Con Sammy Haggar como cantante, esta composición de Eddie van Halen fue interpretada con dos guitarras de doce cuerdas ¡y un taladro! El enorme corte abridor del noveno álbum de Van Halen nos sirve para cerrar este homenaje a uno de los más grandes e inventivos guitarristas en la historia del rock.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 28 de agosto de 2020

10 temas clásicos de Deep Purple (+ 1)


Aunque pasó prácticamente inadvertido y suscitó muy pocos comentarios en los medios especializados del orbe, Deep Purple acaba de publicar un nuevo álbum en estudio: Whoosh! (Ear Music, 2020). Se trata de un buen trabajo. Nada comparable con los grandes discos clásicos del quinteto, bajo sus diversas y cambiantes formaciones a lo largo de más de medio siglo, pero es una obra que se deja escuchar con agrado, con buenos temas y una producción impecable, debida a Bob Ezrin.
  Conformado esta vez por Ian Gillan en la voz, Steve Morse en la guitarra, Roger Glover en el bajo, Ian Paice en la batería y el tecladista Don Airey –el mismo a quien el legendario Jon Lord llamó en 2002 para sustituirlo cuando se retiró del grupo–, Deep Purple refrenda de todos modos su grandeza como uno de los mejores grupos de rock de todos los tiempos.
  En homenaje a esta mítica agrupación británica, tan querida en nuestro país desde los años sesenta del siglo pasado, he aquí, por orden cronológico, una decena de sus composiciones más emblemáticas.
  Que las disfruten.

1.- “Hush” (del álbum Shades of Deep Purple, 1968). Ritchie Blackmore había trabajado como guitarrista de sesión desde mediados de los años sesenta, además de ser miembro del grupo instrumental The Outlaws. En 1968 formó a Deep Purple, al cual llamó al tecladista Jon Lord,  el bajista Nick Simper, el baterista Ian Paice y el vocalista Rod Evans, formación conocida como “Mark I”. En un principio siguieron los pasos de Vanilla Fudge, al tomar canciones de otras agrupaciones y transformarlas en versiones muy suyas. La mejor muestra de ello es su cover de “Hush”, composición original del cantante estadounidense de country Joe South. Blackmore y compañía convirtieron el tema en una explosión rocanrolera de tres minutos y lograron su primer éxito internacional. Una joya absoluta.

2.- “Black Night” (Sencillo, 1970). Si bien fue lanzada originalmente como single, esta pieza de famoso riff sería incluida en la edición conmemorativa de los 25 años del álbum Deep Purple in Rock. Ya con la mejor formación que jamás tuvo el grupo en su historia, la llamada Mark II, con Blackmore, Lord y Paice en sus lugares originales, más Roger Glover en el bajo y Ian Gillan en la voz principal, el tema representó una erupción aún mayor que “Hush” y el grupo se convirtió en  uno de los más importantes del planeta.
3.- “Child in Time” (del álbum Deep Purple in Rock, 1970). Tema épico por excelencia. Un tour de force que a 50 años de haber sido grabado, sigue sonando profundo, hipnotizante y poderoso. La voz de Gillan se escucha impresionante y las figuras del órgano de Lord son hoy un clásico, mientras que la guitarra de Blackmore es, como siempre, monstruosamente potente.

4.- “Speed King” (del álbum Deep Purple in Rock, 1970). El corte que inicia este álbum extraordinario con un caótico muro de sonido, antes de reventar con lo que algunos han visto como un tributo al rock and roll clásico. Una interpretación vertiginosa, rock a máxima velocidad, una aceleración a fondo que no se detiene durante los cinco minutos en que transcurre como una exhalación.

5.- “Fireball” (del álbum Fireball, 1971). Un tren fuera de control, otro tema híper rocanrolero impulsado por la velocidad en su máxima expresión. Aquí, la batería de Paice y el bajo de Glover alcanzan alturas insospechadas y nos conducen a lo largo de un viaje alucinante.

6.- “Highway Star” (del álbum Machine Head, 1972). La pista que abre el emblemático quinto LP de Deep Purple resume muchas de las mejores características y virtudes del grupo. Una canción que es como un auto desbocado, en la que cada uno de los cinco músicos demuestra estar en la cima de sus posibilidades instrumentales.

7.- “Smoke on the Water” (del álbum Machine Head, 1972). ¿Qué más se puede decir de este indiscutible clásico de la historia del rock? ¿Qué más se puede agregar para hablar de uno de los riffs más icónicos de todos los tiempos? La pieza central del Machine Head, con toda la historia que narra su letra, sobre el incendió que se produjo en el escenario del festival de Montreux, Francia, durante una actuación de Frank Zappa, es muy posiblemente el tema más emblemático del Purple, su mayor joya, su canción por antonomasia.

8.- “Woman From Tokyo” (del álbum Who Do We Think We Are?, 1973). Deep Purple ofreció ciertos atisbos de rock progresivo en esta composición inspirada por una japonesa a la que algunos de sus integrantes conocieron durante la gira que el grupo realizó por el País del Sol Naciente en 1970. Aunque la agrupación había alcanzado la cima con el Machine Head del año anterior, para 1973 empezaba a desmoronarse. De hecho, la grabación de este álbum fue muy conflictiva y eso se refleja hasta en el título del mismo: “¿quiénes creemos que somos?”. La formación “clásica” del quinteto desaparecería durante diez años y de algún modo “Woman From Tokyo” representó su temporal despedida.

9.- “Burn” (del álbum Burn, 1974). Debut de la tercera formación de Deep Purple, la Mark III. Ian Gillan y Roger Glover se habían ido y quedaban los tres integrantes primigenios del grupo: Jon Lord, Ritchie Blackmore e Ian Paice. A ellos se integraron David Coverdale (voz) y Glenn Hughes (bajo) y así la ruta púrpura prosiguió su camino. Otro gran riff de Blackmore para un tema impecable que se convirtió en un clásico instantáneo.

10.- “Perfect Strangers” (del álbum Perfect Strangers, 1984). Once años después de su desaparición, la formación Mark II volvió a unirse, así fuese de manera efímera, para producir un gran álbum, encabezado por esta enorme canción con todo el estilo purple. Otro estupendo tema de este disco es “Knocking at Your Back Door”.

10 + 1.- “Throw My Bones” (del álbum Whoosh!, 2020). No podía quedar afuera un corte del más reciente disco de Deep Purple. Sexagenarios y septuagenarios, tres integrantes del Mark II, más otros dos que en algún momento estuvieron en el grupo, hicieron este buen tema con letra de mensaje ambientalista. Después de 52 años, el sonido del grupo se conserva intacto. Aunque, hay que decirlo, hacen falta Jon Lord (quien falleciera en julio de 2012) y el fantástico Ritchie Blackmore, fundador primerísimo del histórico quinteto británico.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", la sección de música de la revista Nexos)

viernes, 26 de junio de 2020

El nuevo disco de Bob Dylan, a sus 79


Estos tiempos inciertos de pandemia y encierro, de incertidumbre y pasmo colectivos, no parecerían los más propicios para que los músicos lancen nuevas obras. O sí. Después de todo, el hecho de que tanta gente en el mundo permanezca confinada en sus casas (aunque mucha otra no pueda darse ese dudoso lujo) hace que trate de aprovechar sus momentos de ocio con las más diversas opciones. Una de ellas, la música.
  A fines de marzo, cuando la locura del coronavirus empezaba a convertirse en la peor pesadilla de esta y varias generaciones, Bob Dylan nos sorprendió con el lanzamiento de una nueva canción: “Murder Most Foul”. Se trata de un tema larguísimo, de más de 16 minutos de duración, en el que el cantante y compositor revisa y recorre diversos aspectos de la cultura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, con el magnicidio de John F. Kennedy como punto de partida: “Fue un día oscuro en Dallas, en noviembre del 63 / Un día que perdurará en la infamia / El presidente Kennedy lo estaba haciendo bien / Un buen día para estar vivo y un buen día para morir / Ser llevado al matadero como un cordero para sacrificar”.
  Sorpresivamente, la pieza se convirtió en gran éxito mundial. En un principio, muchos pensamos que se trataba de una composición aislada, quizás una golpe de inspiración de Dylan mientras permanecía metido en su hogar. No fue así. En realidad era el primer sencillo (nada sencillo, por cierto) de lo que sería su primer disco en ocho años, luego del espléndido Tempest de 2012.
  Todavía aparecieron un par de sencillos más: “False Prophet” y “I Contain Multitudes” y con ellos el anuncio de la aparición del nuevo álbum. Rough and Rowdy Ways se llama la flamante obra discográfica del nacido en Duluth, Minnesota y permítaseme decir que estamos ante uno de los trabajos más importantes de toda la discografía dylaniana. Una obra maestra.
  La afirmación no es gratuita. Pocas veces un disco coincide de tal manera con la situación del mundo en general y de los Estados Unidos en particular. Esos Estados Unidos afectados no sólo por el Covid-19, sino por la polarización extrema y la violencia latente producida a lo largo y a lo ancho de ese país, luego del asesinato del afroamericano George Floyd por parte de un policía anglosajón, el 25 de mayo pasado, en el vecindario de Powderhorn, en la ciudad de Minneapolis, precisamente en el estado natal de Bob Dylan. Y si a eso añadimos que están a punto de iniciar las campañas para las elecciones presidenciales de noviembre, con el inefable e inenarrable republicano Donald Trump en busca de la reelección, el explosivo coctel está listo para lo imprevisible.
  Digo que es una enorme y asombrosa coincidencia que el álbum apareciera en este conflictivo contexto, porque las letras de los diez canciones que lo conforman hablan de muchas cosas que hoy se viven: desde la crisis política, económica y social, hasta la presencia de la enfermedad y de la muerte como algo tangible, palpable, presente. Aunque también la poesía del Premio Nobel de Literatura 2016 trata, en este disco, de amor y desamor, de alegría y dolor, de filosofía y de arte. De la vida, contemplada desde los 79 años de edad de este joven sempiterno que es Robert Zimmerman.
  Rough and Rowdy Ways inicia con la bellísima “I Contain Multitudes”, cuyo título está tomado de un verso de ese extenso y fascinante poema que es el “Canto a mí mismo” de Walt Whitman (“La mitad de mi alma, cariño, te pertenece / Me enrollo y retozo con todos los jóvenes / Contengo multitudes”). Los siguientes siete cortes no tienen desperdicio, desde el irónico y desafiante “False Prophet”, con sus toques blueseros (“Otro día que no termina / Otro barco que parte / Otro día de ira, amargura y duda / Sé cómo sucedió / Lo vi comenzar / Abrí mi corazón al mundo y el mundo entró en mí”) y el divertidamente escalofriante “My Own Version of You” (lleno de referencias literarias, históricas y musicales y con ecos de Mary Shelley y su Frankenstein), pasando por composiciones como la valseada y muy a la Leonard Cohen “I’ve Made Up My Mind to Give Myself to You” (“He viajado desde las montañas hasta el mar / Espero que los dioses sean accesibles conmigo / Sabía que dirías que sí, yo también lo digo / He decidido entregarme a ti” –¿a una mujer, a la vida, a la muerte?) y la misteriosa “Black Rider” (“Jinete negro, jinete negro, todo vestido de negro / Me alejo, intentas hacerme mirar hacia atrás / Mi corazón está en reposo, me gustaría mantenerlo así / No quiero pelear, al menos no hoy / Ve a casa con tu esposa, deja de visitar a la mía / Uno de estos días me olvidaré de ser amable”) o el delicioso blues que es “Goodbye Jimmy Reed”, en honor de ese grande y mítico bluesero, y la conmovedora y de aires celtas “Mother of Muses” (“Madre de las musas… / llévame al río, suelta tus encantos / Déjame acostarme un rato en tus dulces y amorosos brazos / Despiértame, sacúdeme, libérame del pecado / Hazme invisible como el viento / Tengo una mente que divaga, tengo una mente que deambula / Viajo ligero y estoy tardando en llegar a casa”), hasta llegar a la rugosa y (otra vez) bluesera (con aires de Tom Waits) “Crossing the Rubicon” (“Tres millas al norte del purgatorio / Un paso desde el más allá / Rezo a la cruz / Beso a las muchachas / y cruzo el Rubicón”).
  El penúltimo track (¿blood on the tracks?) lo ocupa la larga y viajera (y viajada) “Key West (Philosopher Pirate)”, un homenaje a Key West, Florida, ese lugar donde algunas vez vivieron personajes como Ernest Hemingway, Tennessee Williams, Jimmy Buffett, Judy Blume y Shel Silverstein, y a la vez un tributo de nueve minutos al movimiento beat, a Buddy Holly y a Jimi Hendrix. Todo para culminar con ese clásico automático que es la ya mencionada y extensa “Murder Most Foul”.
  La jovialidad de Dylan a lo largo del álbum resulta tan ejemplar como envidiable. A sus 79 años sigue siendo el mismo muchacho de 19, casi 20, que llegó a Greenwich Village en 1961. Su creatividad permanece intacta y su joie de vivre parece eterna. No sólo eso. Rough and Rowdy Ways es una obra llena de fuerza y poderío, con la voz rasposa pero clara aún de un rebelde que no ceja, de un artista que no se rinde, de un rocanrolero que no deja de rocanrolear. Porque este disco es eso: rocanrol en su más pura, en su más absoluta esencia.
 
(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 20 de marzo de 2020

Después de la fiebre del oro, medio siglo ha


Crosby, Stills, Nash & Young acababan de grabar su obra maestra, Déjà  Vu, cuando Neil Young los dejó y decidió producir su tercer álbum como solista. Quince meses habían pasado desde la salida de su disco anterior, el excelente Everybody Knows This Is Nowhere (1969), y el canadiense pasaba por una de sus recurrentes crisis existenciales. Escribir las canciones que constituirían After the Gold Rush (Reprise, 1970), arreglarlas y grabarlas fue para él una especie de terapia, una catarsis que hizo que pudiera seguir adelante en su carrera musical.
  Para realizar esta obra, Young se rodeó de varios amigos y de algunos músicos muy jóvenes. En el primer caso estaba su entrañable compadre Stephen Stills, con quien siempre, desde los tiempos de Buffalo Springfield, mantuvo una relación de amistad signada por el binomio amor-odio que los hacia distanciarse y volver a juntarse de manera bastante visceral e indiscriminada. También participaron sus compañeros de Crazy Horse –Danny Whitten, Billy Talbot y Ralph Molina–, además del bajista Greg Reeves (de C.S.N. & Y.) y un virtuoso pianista casi adolescente, de escasos diecisiete años, el debutante Nils Lofgren.
  After the Gold Rush es un álbum plácido e introspectivo, agridulce y de atmósferas campiranas. Neil Young siempre ha tenido dos vertientes musicales claramente marcadas y de algún modo esquizofrénicas: la folk, de tintes calmos y melancólicos, con instrumentaciones acústicas y vocalizaciones sutiles, y la –digamos– ruda o pesada, de tonalidades fuertes, agresivas, con arreglos electrificados y un uso en ocasiones inclusive exagerado del feedback (es esta segunda vertiente la que lo hizo tan aceptado entre los músicos que a principios de los noventa iniciaron el movimiento grunge y adoptaron a Young prácticamente como su padrino). After the Gold Rush pertenece claramente a la primera tendencia, la de aires folclóricos que a la larga influiría también en otra corriente actual: la del alt-country.
  El disco abre su lado A con “Tell Me Why”, una balada fina que tiene en su sencillez su mayor virtud y en la guitarra punteada y la voz de Young la calidez de una plegaria. La sigue el tema que da título al álbum, una pieza llena de melancolía y desesperación, con una letra extraña, un canto tristísimo con ecos apocalípticos acompañado tan sólo por el piano de Young, aunque al final aparece lo que parece ser el sonido de un corno francés. “Only Love Can Break Your Heart” es una delicada obra de orfebrería musical, una absoluta belleza con una melodía que recuerda un poco a Burt Bacharach y una letra sobre el amor en la juventud temprana. “Southern Man”, en cambio, representa un rompimiento por su relativa dureza (es una canción de protesta contra el racismo sureño en los Estados Unidos que tuvo una singular contrarréplica en “Sweet Home Alabama” de Lynyrd Skynyrd, cuya letra decía “Espero que Neil Young recuerde / que el hombre del sur no lo quiere ver por aquí nunca más”). El piano del joven Lofgren destaca sobremanera en este clásico neilyoungiano. La calma regresa con “Till the Morning Comes”, una brevísima melodía que más parece una coda, con un arreglo que vuelve a recordar a Bacharach.
  El segundo lado da comienzo con la hermosa “Oh, Lonesome Me”, el único corte del disco que no compuso Neil Young (lo escribió el intérprete de música country Don Gibson). Continúa con la extraordinaria “Don’t Let It Bring You Down”, para mi gusto la mejor canción de After the Gold Rush y una de las mejores jamás escritas por el de Toronto, una joya absoluta que da pie a “Birds”, una preciosa y simple canción sobre un amor que llega a su fin; a “When You Dance You Can Really Love”, una de las piezas musicalmente “fuertes” del álbum; a “I Believe in You”, conmovedora, sentida y llena de elegancia; a “Cripple Creek Ferry”, la composición final, con ecos de The Band y de la “Proud Mary” de Creedence Clearwater Revival”.
  After the Gold Rush es un álbum esencial dentro de la discografía de Neil Young. Lo seguiría Harvest (1972), otra obra enorme. Ambos trabajos muestran la grandeza de este cantautor que hoy sigue en activo y quien jamás ha dejado de ser congruente consigo mismo.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Smashing Pumpkins: 25 años de melón-colía


¿El álbum blanco de los noventa, como se le llegó a decir? Definirlo de esa manera sería una injusta comparación. Injusta para los Beatles e injusta para los Smashing Pumpkins. Porque quizá lo único que hermana a ambos trabajos es que se trata de álbumes dobles en los cuales se incluye una gran cantidad de canciones que siendo disímbolas entre sí, dan como resultado un conjunto contradictorio pero a la vez congruente y equilibrado. No obstante, Mellon Collie and the Infinite Sadness (Virgin Records, 1995) es una obra que posee características propias y singulares.
  De las bandas llamadas alternativas de principios de los noventa, Smashing Pumpkins se distinguió desde un principio por seguir su propio camino. Su música pronto se alejó del rudo y violento grunge surgido en Seattle, para dirigirse a terrenos en los cuales corrientes como el dream-pop, el dark, el heavy metal, el progresivo y la sicodelia tenían mucho que decir. Y es precisamente en su tercer álbum –luego de Gish (1990) y Siamese Dream (1993)– donde estas influencias confluyen y se sintetizan de un modo más claro. Billy Corgan, líder, cabeza y alma de la agrupación, un verdadero enfant terrible del rock noventero, demostró en Mellon Collie... su genio creativo, al producir una amalgama de composiciones llenas de riqueza armónica y melódica, en medio de un sentido rítmico que iba de los sólidos beats del rock duro a la acompasada suavidad de baladas cargadas de perversa dulzura.

Del amanecer al crepúsculo
Producido por Flood, Alan Moulder y Billy Corgan, el álbum se encuentra dividido en dos partes, cada una contenida en un disco y con la medida proporcional de catorce composiciones por mitad. El disco uno (Dawn to Dusk) es el menos oscuro y más accesible, lo cual no significa que se trate de un segmento fácil de asimilar. Aquí, a los finos arreglos instrumentales de cuerdas y teclados corresponden dosis de guitarras distorsionadas (debidas sobre todo a James Iha), mientras la voz de Corgan puede ir de una ternura un tanto enfermiza a una dureza angustiada y angustiante que arroja al rostro del escucha sus sardónicas letras llenas de desencanto, malestar y agónica congoja. Hay aquí temas tan soberbios como la introducción pianística del corte que da nombre al disco, la belleza orquestal (con ejecutantes pertenecientes a la Sinfónica de Chicago) de “Tonight, Tonight”, las explosiones grungeras de “Jellybelly”, “An Ode to No One” y “Zero” (con un riff que ya es un clásico), la headbangera “Bullet with Butterfly Wings”, la tensa y a la vez relajada (valga la paradoja) “To Forgive”, la luminosa “Galapogos” (sic), la portentosa “Porcelina of the Vast Oceans” y la concluyente “Take me Down”.

Del crepúsculo a la luz estelar
Twilight to Starlight, es decir el segundo disco del álbum, es ciertamente más denso y hermético que la primera parte de Mellon Collie.... Eso no significa que nos encontremos frente a la contraparte de Dawn to Dusk, más bien se trata de un complemento un tanto más nebuloso que abre con “Where Boys Fear to Tread” y culmina con “Farewell and Tonight”. Entre las doce piezas restantes hay temas muy populares como “Thirty-three” y “1979” más otros no por menos conocidos menos buenos, como el cuasi blacksabbathiano “X.Y.U.”, “In the Arms of Sleep”, el pesadísimo “Tales of a Scorched Earth”, el melancólico “Stumbleine”, el graciosamente vampiresco “We Only Come Out at Night” y esa belleza que es “Lily (My One and Only)”.
  Mellon Collie and the Infinite Sadness, el ambicioso proyecto artístico de Billy Corgan grabado en Chicago y Los Angeles, con la mitad de las canciones compuesta con guitarra y la otra mitad con piano, es de algún modo el testamento musical de la primera época de Smashing Pumpkins con su formación original (el propio Corgan, James Iha, la bajista D’Arcy Wretzky y el baterista Jimmy Chamberlin). Un testamento que perdura un cuarto de siglo después y que trascenderá a lo largo del tiempo.


(Publicado hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

domingo, 2 de febrero de 2020

El "Odelay" de Beck


Si con su disco debut (Mellow Gold, 1994) Beck consiguió crear una sorprendente y afortunada, aunque un tanto dispersa, mezcla de diversos géneros musicales (folk, hip-hop, rock puro, country, blues, bluegrass, pop y cierto art noise a la Sonic Youth), con su segundo álbum para Geffen, el genial Odelay (1996) –entre ambos hay dos trabajos discográficos independientes, ambos de 1994: Stereopathetic Soul Manure y One Foot in the Grave– logró dar una cohesión a la variedad temática y estilística de la que el Mellow Gold en cierto modo carecía.
  Odelay es una de las obras maestras del rock de los años noventa. Profundo y al mismo tiempo juguetón, divertidamente denso y oscuramenmte ligero, el disco es un juego de paradojas y yuxtaposiones, una colección de melodías con cambios bruscos e inesperados, una muestra de lo que el arte de la edición musical y la técnica del sampleo lograron durante aquella década, como si siguieran las propuestas literarias –el cut up– de William Burroughs. En Odelay no sólo están presentes los géneros que aparecen en su antecesor, sino que Beck abordó también el jazz, el surf, el lo-fi, el lounge y hasta la música norteña mexicana, en un elaborado collage de brillantísima factura y un sentido del humor que campea del primero al último cortes.
  ¿Se puede encasillar el estilo de Beck Hansen como compositor? ¿Es posible clasificar su música y colocarla en un estanco definido? La respuesta es no. Si una virtud tiene este joven músico nacido en Los Angeles, California, en1970, es su afortunado eclecticismo. Las catorce canciones que constituyen este álbum son muy diferentes entre sí y las variaciones rítmicas y armónicas permiten que cada escucha de la grabación nos depare sorpresas y hallazgos novedosos. Es como una caja de sorpresas que no se agota luego de muchas veces de oírla.
  Los temas están sin embargo basados en formas musicales sencillas y hasta elementales. Y este es uno de los principales méritos de Beck: su capacidad para derivar múltiples variantes a estructuras simples. Así, Odelay va del garage rock sesentero de "Devil's Haircut" al soul-funk de "Hotwax" y del country-blues muy a la Ray Davies de "Lord Only Knows" a la balada irónica de "Jack-ass", pasando por el folk de "Ramshackle", el rap de "High 5 (Rock the Catskills)", el punk de "Minus", las experimentaciones art noise de "Novocane" y las incursiones beatleras (de una y mil maneras nos recuerda a "Taxman" de George Harrison) en la extraordinaria "Where It's At" (una pieza que en sí misma y por sí sola resume todo el sentido heterodoxo del álbum).
  Resulta claro que para lograr que toda esa combinación de ingredientes concluyera en un platillo de alta repostería sonora se necesitaba de la mano maestra de cocineros especializados, de productores de primer orden. De ahí que junto con Beck mismo trabajaran en la producción del disco los espléndidos Dust Brothers, además de la participación en algunos cortes de Mario Caldato, Brian Paulson, Tom Rothrock, Rob Schnapf y Jon Spencer. La labor de los Dust Brothers fue fundamental para darle al disco ese aire a la vez inquietante y lleno de gracia, ese fluido movimiento perpetuo que parece proseguir después de finalizado el compacto.
  En Odelay, Beck interpretó prácticamente todos los instrumentos: guitarras acústicas y eléctricas; órgano, piano y teclados en general; bajo, armónica, percusiones y, por supuesto, voces. No obstante, algunos músicos también pusieron su granito de arena, empezando por el gran jazzista Charlie Haden (bajo), Mike Botio (órgano y trompeta), Greg Leisz (guitarra de acero), Joey Waronker (batería), Dave Brown (saxofón) y hasta Mike Millius (gritos).
  Por lo que toca a la temática literaria, las letras de las canciones poseen un sentido poético muy dylaniano, con textos acerca de la alienación social, la necesidad (¿la urgencia?) de evadirse de la gris realidad imperante e historias de personajes inadaptados. En una palabra, temas clásicos que muchos compositores han tocado a lo largo de la historia del rock.
  Odelay fue la demostración palpable de que Beck no era el clásico creador de un éxito y que después de "Loser" existían muchas cosas por llegar. Sus álbumes posteriores –Mutations (1998) y sobre todo Midnite Vultures (1999)– no hicieron más que confirmar la especie y enseñar que el talentoso californiano es un feliz y polifacético subvertidor de toda clase de géneros musicales, con la inventiva, la inteligencia, la temeridad y el talento suficientes para sorprendernos con las obras que emprenda en el futuro.

(Reseña que publiqué originalmente en la sección "La nueva música clásica" de La Mosca en la Pared No. 44, en febrero de 2001)

martes, 28 de enero de 2020

Black Sabbath: una paranoia de medio siglo


“Sin Black Sabbath no creo que hubiese existido Metallica”, declaró alguna vez el guitarrista Lars Ulrich, mientras que Kurt Cobain dijo que Nirvana era “el punto intermedio entre los Beatles y Black Sabbath”. La influencia del cuarteto fundado en Birmingham, Inglaterra, por Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward es fundamental en la historia del heavy metal y Paranoid (Vertigo, 1970), su segundo trabajo discográfico, es muy posiblemente su obra de mayor trascendencia.
  A principios de 1970, el cuarteto había grabado Black Sabbath, una combinación de canciones que iban de los temas blueseros que solía tocar cuando el grupo aún se llamaba Earth, a sus primeras composiciones de tinte pesado que emparentaban a Osbourne y compañía con agrupaciones como Blue Cheer, Steppenwolf y Deep Purple. Ese primer intento fue realizado en apenas doce horas, en un par de consolas de cuatro tracks de los estudios Regent Sound de Londres. Seis meses después, Black Sabbath regresó a las cabinas de grabación para producir Paranoid, un disco en el cual ya estaban plenamente desarrolladas las características de su inconfundible y hoy legendario sonido.
  Por aquellos días, el cuarteto solía presentarse en el Star Club de la ciudad de Hamburgo, Alemania, donde tocaba hasta seis sets de cuarenta y cinco minutos por noche, en un verdadero tour de force que hizo a los cuatro músicos perfeccionar su estilo. Cuenta el bajista Geezer Butler que, por ejemplo, “War Pigs” originalmente duraba 40 minutos y así la interpretaban en aquel club germano.   Tony Iommi efectuaba larguísimos solos, con las cuerdas de su guitarra aflojadas a propósito.
  Para quienes no conozcan esta parte de la historia, Iommi tuvo un accidente a los diecisiete años de edad, en la fábrica donde laboraba, percance que le hizo perder las yemas de los dedos medio e índice de su mano derecha. Aunque los médicos le auguraron que jamás volvería a tocar, se las ingenió para fabricarse unas prótesis que cubrieron las partes afectadas y con enorme fuerza de voluntad se convirtió en el guitarrista que llegó a ser. Sin embargo, para amainar el dolor, tuvo que aflojar las cuerdas del instrumento, otorgándole al mismo un timbre más grave de lo habitual y creando así, de manera un tanto fortuita, el inconfundible sonido que haría célebres a sus riffs.
  Paranoid tuvo un impacto inmediato en Europa y el continente americano. En México, Black Sabbath logró conformar una inmediata cofradía de seguidores y lo mismo sucedió en diversas partes del planeta.
  Musicalmente, el álbum muestra una atmósfera dramática, opresiva, deprimente y oscura, debida sobre todo a sus tonalidades menores y al compacto y casi monolítico desempeño de cada integrante del grupo. En cuanto a la temática del disco, las letras hablan lo mismo de asuntos traumáticos de la vida real como la muerte, la guerra, la enfermedad y las drogas, que de alucinadas narraciones que rondan lo sobrenatural y el horror gore.
  El disco abre con la ya clásica “Paranoid”, un hito del rock pesado, con su ya clásico riff y la voz aguda de Osbourne a toda su potencia. Se trata de la composición que abrió a Black Sabbath las puertas del mundo y los catapultó a las alturas que no abandonarían durante prácticamente toda la década de los setenta.
  “War Pigs” es otra pieza emblemática del cuarteto. Claro alegato contra la guerra de Vietnam (“En el campo los cuerpos quemados / Mientras la maquina de la guerra avanza / Muerte y odio contra la humanidad / Envenenando sus cerebros lavados…”), fue prohibida en varias partes de los Estados Unidos por su mensaje y adoptada a su vez como himno por muchos de los jóvenes norteamericanos que se negaban a ir a combatir a Indochina. De hecho, el álbum iba a llamarse originalmente War Pigs, pero justo por sus implicaciones políticas la disquera les pidió cambiarlo y, dado el éxito radial de la canción “Paranoid”, el nombre del acetato quedó como hoy se conoce.
  El tercer corte del lado A del disco es un tema atípico dentro de la producción de Black Sabbath. “Planet Caravan”, con su lento compás percusivo y la voz filtrada de Ozzy, tiende más a la sensualidad y el misterio, una melodía oscura con un solo de guitarra acústica que mostraba la influencia de Jimmy Page y su Led Zeppelin.
  Concluye la primera parte del álbum con la poderosísima y también clásica “Iron Man”, caracterizada por el memorable y pesadísimo riff de la guitarra de Iommi y el cambio de ritmo a mitad del camino para regresar a la densa atmósfera inicial.
  El segundo lado abre con “Electric Funeral”, otra muestra de las lentas y sombrías figuras de Iommi, combinadas con el bajo de Butler –un bajo que lejos de contrapuntear, suele seguir con puntualidad los riffs de la guitarra (“un truco que le aprendí a Jack Bruce”, según llegó a confesar alguna vez el propio Butler)– y la batería casi jazzística de Ward.
  “Hand of Doom” es quizá la mejor composición del disco. Desde su ominoso inicio, con ese bajo lúgubre que va siguiendo la voz de Osbourne, para desembocar más adelante en un estallido de la guitarra que se traduce en una aceleración plenamente metalera, antecedente claro de la rítmica para headbangers. El tema va y viene, sube y baja, se aleja y retorna con fuerza brutal, mientras su parte instrumental recuerda a los largos jam sessions de grupos sesenteros de la costa oeste estadounidense como Quicksilver Messenger Service o Big Brother and the Holding Company.
  El instrumental “Rat Salad” permite el lucimiento de Iommi, Butler y Ward (este último se permite un buen solo de batería) y el álbum concluye con la estupenda “Fairies Wear Boots”, con una elegante guitarra por parte de Iommi (en la introducción conocida como “Jack the Stripper”) y algunas variantes a lo largo de los poco más de explosivos seis minutos que dura el tema.
  Paranoid es un clásico del heavy metal, un disco primigenio, una obra fundacional y definitiva.

(Publicado el día de ayer en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)