¿Cuántos discos fuera de serie ha dado el rock que se hace en México,
desde que se grabó la primera canción de un grupo nacional en 1958? En
61 años transcurridos a partir de entonces, ¿cuántos discos producidos
por el rock nacional podrían catalogarse como prácticamente perfectos?
¿En cuántos puede decirse que todas y cada una de las canciones que
contienen son estupendas y que ni una sola está ahí de relleno? En muy
pocos. Tan pocos que podríamos contarlos con los dedos de una mano y
quizás el índice o el pulgar saldrían sobrando.
Pienso en el
Odio Fonqui (1994) de Jaime López y José Manuel Aguilera. En el
No me hallo (1988) de El Personal. En
La Tempestad (1997) o
Lo eterno (2018) de La Barranca. Tal vez en
Símbolos (1994) o
Babel (1996) de Santa Sabina… y paro de contar.
Los fanáticos de lo que desde hace cuando menos 30 años he llamado el rockcito dirán que cómo puedo dejar fuera a
El nervio del volcán (1994) de Caifanes,
El circo (1991) de La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio,
Re (1994) de Café Tacuba,
Hombre sintetizador (1999) de Zurdok o
¿Dónde jugarán las niñas?
(1997) de Molotov, entre otros. Buenos discos, concedo, mas lejos de la
perfección. Todos ellos tienen cortes destacados pero también varios
que resultan francamente prescindibles.
El rock, en México y en
el mundo, hace tiempo que está desaparecido. La industria y los medios
(con la complicidad pasiva de los músicos) se han encargado de aislarlo,
de mantenerlo en algún lugar que se ha dado en calificar como
“alternativo”. En aras de la sobreproducción y la artificialidad, se ha
sacrificado a todo un género para favorecer una música pop cada vez más
vacía e intrascendente, cada vez más consumible y desechable. Música
hecha bajo receta, con fórmulas preestablecidas que garanticen la rápida
difusión y, por ende, las ventas cuantiosas.
Musak.
Ya
ni siquiera se da importancia a los discos de larga duración. Los
álbumes que, décadas atrás (hablo sobre todo de los años sesenta y
setenta del siglo pasado, con un cierto renacer en los noventa), eran el
sumum del arte rockero, hoy son piezas de museo o de nostalgia y
los grupos y solistas privilegian al “sencillo”, es decir, la canción
sola y aislada, fuera de cualquier contexto, de cualquier idea
conceptual. Las cosas han llegado a tal grado que se organizan
conferencias de prensa para presentar no el disco de determinado grupo o
cantante, sino su sencillo más reciente. Eso sí, con el video que lo
acompaña.
Frente a ello, se pierden la ilusión y el entusiasmo de quienes amamos
al rock. En lo personal, aunque de pronto encuentro propuestas que me
gustan, de tiempo atrás ninguna lo ha hecho de manera tal que me haga
vibrar o me produzca alguna ligera emoción. Creo que desde “Stairway to
Heaven” o “The Great Gig in the Sky” no he vuelto a escuchar una pieza
que me cause escalofríos o me ponga chinita la piel, si se me permite la
ñoña pero ilustrativa expresión.
El hecho es que hace algunas
semanas, para ser más preciso en junio de este 2019, me apareció, no sé
cómo ni por qué, una sugerencia en YouTube. Un grupo llamado The
Warning, conformado por tres jovencitas de la ciudad de Monterrey y su
canción “Dust to Dust”. Pude haberlas ignorado. ¿Una agrupación mexicana
que además canta en inglés, algo que he cuestionado en múltiples
ocasiones? En condiciones normales, las habría dejado pasar. Pero por
alguna razón misteriosa no lo hice y le di
play al video, grabado
durante una presentación en El Lunario de la Ciudad de México en
noviembre de 2018. El impacto fue inmediato. El golpazo de poder y
electricidad me dejó atónito. No podía creerlo. ¿Qué demonios era
aquello? ¿Cómo era posible que tres lindas niñas que podrían estar
haciendo músiquita pop fueran capaces de transformarse en un arrasante
power
trío y brindar no sólo un sonido que yo no había escuchado en decenios,
sino un desempeño escénico espectacular y vibrante, de una autenticidad
que ya parecía imposible de encontrar?
Vi el video varias
veces y busqué otros, en especial de ese mismo concierto en El Lunario.
Vaya cosa. Todos eran fantásticos. Tenía que saber quiénes eran esas
jovencitas tan talentosas y tan genuinamente rocanroleras. Así me enteré
de que eran las hermanas Daniela, Paulina y Alejandra Villarreal, las
mismas que hace cinco años sacaron un video, también en YouTube, en el
que interpretaban un
cover de “Enter Sandman” de Metallica. De
inmediato até cabos. Aquella actuación casera, desde el sótano de su
casa, era muy buena y asombrosa (y viral: hoy cuenta con casi 20
millones de vistas). Pero quién iba a imaginar, un lustro después, que
The Warning evolucionaría de tal manera y que en 2019 estaría en un
nivel artístico y musical muy superior al del 99.99 por ciento de las
“bandas” nacionales.
No entraré en detalles sobre el historial
del trío de 2014 a la fecha. Quiero concentrarme (después de esta larga
introducción) en su disco más reciente,
Queen of the Murder Scene (2018), su segundo larga duración, grabado en forma independiente, después del excelente
XXI Century Blood (2017) y del EP
Escape the Mind (2015).
The Warning rescata la idea del álbum conceptual, al grabar trece
composiciones propias en las que se narra una historia, la de una mujer
que va del enamoramiento al amor y de ahí a la posesión, el acecho, el
crimen y el suicidio. Un tema muy fuerte, violento y oscuro para tres
compositoras jóvenes que –dirían algunas mentes asustadizas– podrían
estar escribiendo acerca de amores rosas e ilusiones románticas y no de
temas propios de una novela negra. Sin embargo, es eso lo que hace aún
más efectivo el disco, más idónea la música y más certeras las letras.
Queen of the Murder Scene
arranca precisamente con “Dust to Dust”, la canción con la que tuve la
fortuna de descubrir a The Warning. Se trata del prólogo de este relato
que sigue a una mujer desde la frustración que no puede evitar hasta una
creciente obsesión que desemboca en la locura criminal. Como apuntó
alguien por ahí: es la historia de una joven atrapada por el amor
obsesivo y la compulsión criminal.
Musicalmente, “Dust to Dust”
es perfecta, con una construcción llena de sabiduría y matices precisos y
estrujantes. Desde la hipnotizante figura del bajo inicial (por ahí leí
que la canción fue compuesta por la bajista, Alejandra, la más joven
del grupo, quien tenía escasos trece años de edad cuando apareció el
disco –hoy tiene 14–, lo cual aumenta mi admirado asombro) y la súbita
irrupción de una batería poderosa y un
riff de guitarra con aires
al mismo tiempo metaleros y arábigos, sabemos que se anuncia algo
verdaderamente extraordinario. La breve introducción da lugar al canto
de Paulina, baterista y una de las dos voces principales, quien con su
timbre grave y potente da todo el sentido a la interpretación, apoyada
por las armonías vocales de sus hermanas hasta llegar al infeccioso
coro: “Polvo a polvo, nuestros huesos se oxidarán / y volveremos a
empezar” y el estallido que prosigue: “Oye, ¿a dónde vas? / No confíes
en todo lo que escuchas. / ¿No estás harto de correr? / Es mejor
quedarse aquí”. El
crescendo rumbo al final estremece al escucha y lo prepara para todo lo que viene.
“Crimson Queen” abre el primer capítulo de la historia. Se trata de una
muy bella y desgarrada balada acústica que lo mismo remite a Led
Zeppelin (alguna remota reminiscencia hay ahí de “Going to California”)
que al grupo Heart de las hermanas Ann y Nancy Wilson. Daniela hace suya
esta pieza con voz al mismo tiempo dulce y retadora y sus sutiles
guitarras de corte folk y medieval. Es el canto de un personaje femenino
desconcertado y enamorado, de una mujer confundida por sus
contradictorios sentimientos amorosos.
Viene entonces la
vertiginosa explosión de “Ugh”. Nuevo arranque de bajo y otra vez una
guitarra filosa que recuerda a System of a Down. Es una canción de
obsesión enfermiza y de peligrosa enajenación expresada sin dudas o
titubeos por la voz, áspera aquí, de Daniela. La parte con el piano
final casi parecería un brevísimo homenaje a Faith No More.
“The
One” es otra composición sublime. Luego de un inicio que se acerca a la
balada rock, va escalando en intensidad hasta restallar como una lluvia
de fuegos de artificio y dar pie a otro piano que marca la parte media
para desembocar en una nueva ola ascendente en la que el personaje, la
personaja,
de la narración se ilusiona con ser la única que exista para la persona
amada. Es una plegaria inútil, un ruego exigente que se quedará en eso:
“Mi corazón es sincero, late por ti” o “Me verás a mí y sólo a mí”.
Todo para llegar a una conclusión angustiosa, reflejada en una música
emocionalmente conmovedora: “¿Está todo en mi cabeza? / ¿Fue algo que
dijiste que dejó mi corazón expuesto? / Sé que no soy la que está en tu
mente / pero aún así, yo seré la única”.

El segundo capítulo comienza con “Stalker” que, como su nombre lo dice,
es un tema que habla de ese acoso que suele derivar de la obsesión y
que puede hacernos perder la cabeza hasta niveles infernales. Todo
inicia con un piano nostálgico y un canto suplicante y entregado, ese
que se da cuando se abre el pecho y se muestra el corazón sin reservas.
Daniela canta con giros casi blueseros para derivar en una súplica rota
que acepta el amor loco, en una de las canciones más deliciosamente
siniestras y desesperadas del disco. “Soy una maniaca cuando se trata de
ti / Estoy obsesionada con lo que podríamos ser los dos”, “Te tendré
algún día / Te tendré por siempre”. El clamor del clímax es
escalofriante, con la música llegando a extremos inesperados: “Te quiero
para que me ames / Tócame / Déjame estar en tu corazón”. La nostalgia
pianística retorna al final, pero con una ternura retorcida que anuncia
cosas poco propicias y muy espeluznantes.
“Red Hands Never Fade”
es otra incursión en el rock más rápido y pesado. Sin embargo, es una
pieza que habla de súplica y perdón, ese perdón que no se encuentra y
que vuelve más exasperante la situación (“Lo sé, eso fue un error / Pero
tú no perdonas y no olvidas.”). La mujer de la historia ha cometido ese
error imperdonable que no puede borrar ante el hombre que anhela,
“porque las manos rojas nunca se desvanecen”.
El relato sigue su
tortuoso camino (aunque en la parte musical es brillantemente
ejecutado) con “The Sacrifice”. De la súplica del perdón a la
advertencia (
the warning). Es como el aviso final: o se arregla
esto o se va todo al carajo y hasta las últimas consecuencias. Una gran
canción con el trío de poder que llega hasta alturas insospechadas.
Sin embargo, las alturas a alcanzar todavía serán mayores. “Sinister
Smiles” lo demuestra. Vaya composición. Se trata del tema que inicia el
tercer capítulo y su letra revela que la mujer de la narración ha
asesinado al ser amado por negarse a estar con ella (“mis manos / tu
sangre”). Desde la batería, Paulina canta con una fuerza comparable a la
de los tambores y los platillos que golpea con una precisión que sin
exagerar hace pensar en la reencarnación de John Bonham. Al igual que
sucede con “Dust to Dust”, es una pieza en la que la virtuosa baterista
brilla con luz propia. El coro es inolvidable con su “Break, break, just
break apart” y la segunda voz de Daniela deriva en primera voz durante
la parte final, para una culminación apoteósica con secos acordes de
guitarra que confirman que fueron los Kinks el primer antecedente del
heavy metal.
“Dull Knives (Cut Better)” es el tema más thrash del álbum (Metallica podría hacer un
cover
en retribución a The Warning). Es la canción de la culpa después del
crimen. Otro vértigo musical con una más que sólida y precisa sección
rítmica (ese bajo de Alejandra, esa batería de Paulina) que funciona a
la perfección para la guitarra y el canto (más las armonías vocales de
sus dos hermanas) de Daniela: “Agujas que perforan mi cerebro /
Lentamente aumentan el dolor. / Estoy arrancando rosas pero guardo las
espinas”. Poesía pura.
Tal vez la parte cumbre del LP sea la composición que da nombre al
mismo. “Queen of the Murder Scene” posee una perfección musical
asombrosa. Los
riffs, los cambios, la intensidad, el increíble y expresivo
solo
de guitarra que nos lleva al recuerdo del mejor Jimmy Page, la solidez
rítmica, la intencionalidad en el canto de Daniela, todo para contarnos
que la mujer ha superado el complejo de culpa y se asume como una fría
asesina (“Soy una máquina sin emociones”), casi vanagloriándose de su
acción, una verdadera reina de la escena del crimen.
No menos
bueno es “P.S.Y.C.H.O.T.I.C.”, una especie de punk metal lleno de
sabrosa ironía, con el que inicia el cuarto y concluyente capítulo de
esta novela negra musical que es también una especie de rock ópera. Tal
vez sea la mejor letra de todas y acontece cuando ella ha sido ya
atrapada y llevada ante las autoridades (“Porque la sangre que sangro ya
no es roja. / Es negra como las palabras que se repiten en mi cabeza. /
Mi cordura se ha ido y mi moral está equivocada. / Y sé lo que ellos
dicen: / Que estoy loca, que debo irme al infierno. / ¿Crees que soy
ciega? / ¿Crees que no puedo decirlo? / Sé a dónde voy, sé a dónde iré /
Y cuando descienda, me sentaré en mi trono. / Hay algo dentro de mí /
de lo cual no me puedo esconder / Se ríen en mi presencia / se ríen
cuando lloro / Mis ojos se han vuelto salvajes / su luz no es humana /
puedo sentir que sonrío”). Musicalmente, es como si los Ramones se
toparan con Iron Maiden. Los coros que deletrean el título (con una
especie de porra de
cheer leaders) son otra delicia y el redoble
de tarola con las voces que ascienden para terminar en un grito de niña
desaforada (cortesía de Paulina) es una de las partes más
estremecedoramente divertidas de todo el plato. Otro otro punto
culminante, otro
high light.
El álbum se acerca a su
terminación, pero aún quedan dos cortes tremendamente disfrutables.
“Hunter” es otro rock duro que inicia con un fenomenal
riff metalero muy de la escuela clásica del género. El tema todo es en sí muy clasicista y poderosamente imponente.
“No me arrepiento, desearía poder olvidar. / Porque todas las cosas que
he hecho y todas las cosas que he dicho se quedan conmigo”, canta
Paulina en el majestuoso
track final, llamado precisamente “The
End”. Es otra joya. La voz plena de pasión de la baterista conmueve
hasta las entrañas, desde las vibraciones de un alma que a pesar de todo
asume el crimen que cometió y acepta su inevitable andar por la
carretera que conduce al infierno. Un nuevo, espectacular y lleno de
alma
solo de guitarra de Daniela, el piano inicial, una combinación suntuosa de las tres voces en armonía y un
crescendo exultante para culminar un trabajo discográfico impresionante, una de las pocas obras maestras del rock en México.
¿Cómo hicieron estas tres jovencitas regiomontanas, de 18, 16 y 13 años
en 2018, para escribir, arreglar e interpretar ellas solas esta
maravilla? Sin apoyo de disqueras (el único apoyo que reciben es el de
su propio público, por medio del sitio Patreon), sin más publicidad que
la de las redes sociales y la del boca en boca, han logrado situarse muy
por encima de todo lo que se hace hoy en México. Son rocanroleras
auténticas, instrumentistas virtuosas, músicas y letristas completas que
por sus edades aún tienen muchísimo que dar. Pero sobre todas las cosas
son auténticas y apasionadas o, para mejor decirlo, pasionales: sienten
su música y saben transmitir ese sentimiento en las entrañas del
escucha. ¿Hasta dónde llegarán? Sólo el tiempo lo dirá, pero estoy
cierto de que lograrán lo que ninguna otra agrupación de rock de
nuestro país y que no falta mucho para que sean reconocidas a nivel
global.
Por lo pronto, este agosto entran al estudio de
grabación y para finales de año aparecerá su tercer disco. Esperémoslo
con gusto y expectación.
This is not the end.
(Artículo publicado el día de ayer en el sitio Juguete Rabioso que dirige Mixar López)