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domingo, 5 de enero de 2020

Doce de mis álbumes de rock del 2019


El penúltimo año de la segunda década del siglo XXI deja una herencia discográfica irregular e inconstante, con grandes discos, sí, pero no necesariamente con grandes esperanzas… o casi.
  He elegido una docena de discos de rock y sus géneros afines como los más notables de este 2019 que se va, un año que muchos consideran como el último de la década aunque en realidad esta termina hasta el 31 de diciembre de 2020. Es tanta la producción disquera que me fue inevitable dejar afuera varios buenos álbumes, pero dentro de lo que pude escuchar a lo largo de los más recientes doce meses, esto es lo que me parece más destacable.

1.- The Who. Who (Polydor). Una joya para estos tiempos de sobreproducción en estudio y mercadotecnia salvaje. Tal vez sin alcanzar las alturas de sus discos clásicos de los años sesenta y setenta del siglo pasado, Who es una obra notable, con toda la fuerza que como compositor aún tiene Pete Townshend y todo el poder que éste y el vocalista Roger Daltrey conservan a sus setenta y tantos años de edad. Una espléndida colección de grandes temas. Para mi gusto, el mejor disco de este año.

2.- Steve Mason. About the Light (Domino Records). Nos encontramos ante una obra que reivindica a plenitud el rock pop en la mejor de sus expresiones. El escocés Steve Mason fue vocalista y guitarrista principal del grupo de culto The Beta Band. En este, su quinto opus discográfico como solista, la música es viva y orgánica, llena de frescura y vitalidad. Rock inteligente y al mismo tiempo pleno de entraña. Espléndido.

3.- Purple Mountains. Purple Mountains (Drag City). Disco trágico si los hay. No sólo por la tristeza de sus canciones, sino por el hecho de que literalmente fue la obra con la que el músico, poeta y dibujante estadounidense David Berman se despidió del mundo bajo el nombre de Purple Mountains. El álbum apareció en julio pasado y Berman se quito la existencia un mes más tarde, luego de una vida terriblemente depresiva. Nos dejó como legado este hermoso trabajo de rock con raíces folkies. “All my happiness is gone”, decía en el segundo corte de este larga duración lleno de nostalgia y desamor.

4.- Weyes Blood. Titanic Rising (Rough Trade). Una belleza. Natalie Mering presenta su cuarto disco como Wayes Blood, una obra que abreva del rock de los años setenta pero con elementos de producción del presente y, ¿por qué no?, del futuro. La joven intérprete y compositora nacida en Santa Mónica, California, hace 31 años, posee una voz al mismo tiempo dulce, sensual y expresiva que liga a la perfección con su estilo como autora de canciones. Un gran trabajo que lo mismo remite a Joni Mitchell que a K.D. Lang.

5.- The Raconteurs. Help Us Stranger (Third Man Records). El primer disco de este, uno más de los múltiples proyectos de Jack White, después de once años y apenas su tercero en trece. Al lado de Brendan Benson y dos integrantes de los Greenhorns, White consiguió una obra espléndida, en la que las guitarras juegan ese papel estelar que jugaron en el rock durante décadas. Rock real, auténtico, sin sonidos retro, rock verdadero y actual.

6.- Neil Young and Crazy Horse. Colorado (Reprise). Un enésimo disco de Young, quien acude de nuevo a sus fieles de Crazy Horse, aunque esta vez sin su escudero guitarrístico mayor, Frank “Poncho” Sampedro, sino con Nils Lofgren (del grupo de Bruce Springsteen) en su lugar. Esto da un sonido menos salvaje y más melancólico al que es usual cada vez que el buen Neil se junta con el Caballo Loco, pero la calidad está ahí y hace recordar a álbumes clásicos como el Everybody Knows This Is Nowhere (1969) o el Harvest (1972). Con eso basta para recomendarlo.

7.- Tool. Fear Inoculum (Volcano). Otro regreso después de una larga ausencia. Poco ha cambiado sin embargo en el reconocible estilo de progresivo sofisticado con toques de metal y música oscura de Tool; prog metal, le dicen. La angustia sigue ahí también. Maynard James Keenan y compañía nos meten en un viaje largo y denso, una travesía intrincada por iluminantes parajes sin luz y saludables atmósferas enrarecidas. Al final, un recorrido que vale mucho la pena. 

8.- The Black Keys. Let’s Rock (Nonesuch). Dan Auerbach y Patrick Carney vuelven a rocanrolear. Luego de algunos discos en los cuales incursionaron en sonidos que coqueteaban con el soul y hasta con el rock pop, el dueto de Akron, Ohio, retorna a sus inicios con un larga duración pleno de seca potencia y gran inventiva. El blues, el garage y el rock duro vuelven a alimentarlos, acompañados por sucios guitarreos, fantásticos riffs, voces saturadas y la precisa batería de Carney. Bienvenido sea este regreso al origen.

9.- Robbie Robertson. Sinematic (UME). Una belleza. El ex líder de la legendaria agrupación canadiense The Band realizó este álbum lleno de imágenes y parajes cinéticos e incluso cinematográficos (no en balde el tema que abre el disco, “I Hear You Paint Houses”, forma parte de la banda sonora del más reciente y extraordinario filme de Martin Scorsese, The Irishman). Canciones precisas, pulidas, pero a la vez sustanciosas y entrañables. Gran disco de Robertson, perfecto para celebrar sus 76 años de edad.

10.- Sharon Van Etten. Remind Me Tomorrow (Rough Trade). De sus orígenes folkies a sus posteriores incursiones en un rock más indie, Sharon Van Etten ha pasado ahora a un más amplio abanico estilístico que toca lo mismo géneros como el soul o la electrónica. Remind Me Tomorrow es una obra varia y quizás el disco más completo de esta cantautora neojerseíta (es decir, de New Jersey) desde un punto de vista musical y artístico.

11.- Jeff Lynne’s ELO. From Out of Nowhere (Columbia). ¿Un nuevo disco de la Electric Light Orchestra? Pues sí y suena muy bien, con todo el toque rockpopero y proto beatlesco del gran Jeff Lynne. No hay mayores novedades de estilo, pero sí en cuanto a que esta vez la orquesta se reduce a un solo hombre, ya que el buen Lynne se encargó de tocar prácticamente todos los instrumentos y hacer todas las voces, incluidas las clásicas armonías vocales à la ELO.

12.- Fontaines D.C. Dogrel (PTKF). Art punk Dublin style. Esa podría ser una buena definición de la música de este estupendo quinteto irlandés, una de las grandes sorpresas del 2019. Pero sería una definición incompleta porque en sus canciones hay dosis de noise, shoegaze y post punk, por lo que se dejan sentir influencias lo mismo  de The Cure y Joy Division que de My Bloody Valentine, The Clash y The Velvet Underground. Un grupo de la clase obrera irlandesa que en sus letras no olvida la tradición poética de su país. Gran disco.

Doce menciones honoríficas

–Nick Cave and the Bad Seeds. Ghosteen (Ghosteen Records)
–Jenny Lewis. On the Line. (Warmer Bros)
–Claypool Lennon Delirium. South of Reality (ATO)
–Bruce Springsteen. Western Stars (Columbia)
–Lana del Rey. Norman Fucking Roswell (Interscope)
–Beck. Hyperspace (Capitol)
–Kim Gordon. No Home Record (Matador)
–Tedeschi Trucks Band. Signs (Fantasy)
–Big Thief. Two Hands (4AD)
–Belafonte Sensacional. Soy piedra (Independiente)
–Wilco. Ode to Joy (dBpm)
–Weezer. Weezer (Black Album) (Atlantic)

Lista de Spotify: 22 temas de 2019 (dar clic en el título)

viernes, 2 de agosto de 2019

The Warning: el crimen y el disco perfectos


¿Cuántos discos fuera de serie ha dado el rock que se hace en México, desde que se grabó la primera canción de un grupo nacional en 1958? En 61 años transcurridos a partir de entonces, ¿cuántos discos producidos por el rock nacional podrían catalogarse como prácticamente perfectos? ¿En cuántos puede decirse que todas y cada una de las canciones que contienen son estupendas y que ni una sola está ahí de relleno? En muy pocos. Tan pocos que podríamos contarlos con los dedos de una mano y quizás el índice o el pulgar saldrían sobrando.
  Pienso en el Odio Fonqui (1994) de Jaime López y José Manuel Aguilera. En el No me hallo (1988) de El Personal. En La Tempestad (1997) o Lo eterno (2018) de La Barranca. Tal vez en Símbolos (1994) o Babel (1996) de Santa Sabina… y paro de contar.
  Los fanáticos de lo que desde hace cuando menos 30 años he llamado el rockcito dirán que cómo puedo dejar fuera a El nervio del volcán (1994) de Caifanes, El circo (1991) de La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Re (1994) de Café Tacuba, Hombre sintetizador (1999) de Zurdok o ¿Dónde jugarán las niñas? (1997) de Molotov, entre otros. Buenos discos, concedo, mas lejos de la perfección. Todos ellos tienen cortes destacados pero también varios que resultan francamente prescindibles.
  El rock, en México y en el mundo, hace tiempo que está desaparecido. La industria y los medios (con la complicidad pasiva de los músicos) se han encargado de aislarlo, de mantenerlo en algún lugar que se ha dado en calificar como “alternativo”. En aras de la sobreproducción y la artificialidad, se ha sacrificado a todo un género para favorecer una música pop cada vez más vacía e intrascendente, cada vez más consumible y desechable. Música hecha bajo receta, con fórmulas preestablecidas que garanticen la rápida difusión y, por ende, las ventas cuantiosas. Musak.
  Ya ni siquiera se da importancia a los discos de larga duración. Los álbumes que, décadas atrás (hablo sobre todo de los años sesenta y setenta del siglo pasado, con un cierto renacer en los noventa), eran el sumum del arte rockero, hoy son piezas de museo o de nostalgia y los grupos y solistas privilegian al “sencillo”, es decir, la canción sola y aislada, fuera de cualquier contexto, de cualquier idea conceptual. Las cosas han llegado a tal grado que se organizan conferencias de prensa para presentar no el disco de determinado grupo o cantante, sino su sencillo más reciente. Eso sí, con el video que lo acompaña.

  Frente a ello, se pierden la ilusión y el entusiasmo de quienes amamos al rock. En lo personal, aunque de pronto encuentro propuestas que me gustan, de tiempo atrás ninguna lo ha hecho de manera tal que me haga vibrar o me produzca alguna ligera emoción. Creo que desde “Stairway to Heaven” o “The Great Gig in the Sky” no he vuelto a escuchar una pieza que me cause escalofríos o me ponga chinita la piel, si se me permite la ñoña pero ilustrativa expresión.
  El hecho es que hace algunas semanas, para ser más preciso en junio de este 2019, me apareció, no sé cómo ni por qué, una sugerencia en YouTube. Un grupo llamado The Warning, conformado por tres jovencitas de la ciudad de Monterrey y su canción “Dust to Dust”. Pude haberlas ignorado. ¿Una agrupación mexicana que además canta en inglés, algo que he cuestionado en múltiples ocasiones? En condiciones normales, las habría dejado pasar. Pero por alguna razón misteriosa no lo hice y le di play al video, grabado durante una presentación en El Lunario de la Ciudad de México en noviembre de 2018. El impacto fue inmediato. El golpazo de poder y electricidad me dejó atónito. No podía creerlo. ¿Qué demonios era aquello? ¿Cómo era posible que tres lindas niñas que podrían estar haciendo músiquita pop fueran capaces de transformarse en un arrasante power trío y brindar no sólo un sonido que yo no había escuchado en decenios, sino un desempeño escénico espectacular y vibrante, de una autenticidad que ya parecía imposible de encontrar?
  Vi el video varias veces y busqué otros, en especial de ese mismo concierto en El Lunario. Vaya cosa. Todos eran fantásticos. Tenía que saber quiénes eran esas jovencitas tan talentosas y tan genuinamente rocanroleras. Así me enteré de que eran las hermanas Daniela, Paulina y Alejandra Villarreal, las mismas que hace cinco años sacaron un video, también en YouTube, en el que interpretaban un cover de “Enter Sandman” de Metallica. De inmediato até cabos. Aquella actuación casera, desde el sótano de su casa, era muy buena y asombrosa (y viral: hoy cuenta con casi 20 millones de vistas). Pero quién iba a imaginar, un lustro después, que The Warning evolucionaría de tal manera y que en 2019 estaría en un nivel artístico y musical muy superior al del 99.99 por ciento de las “bandas” nacionales.
  No entraré en detalles sobre el historial del trío de 2014 a la fecha. Quiero concentrarme (después de esta larga introducción) en su disco más reciente, Queen of the Murder Scene (2018), su segundo larga duración, grabado en forma independiente, después del excelente XXI Century Blood (2017) y del EP Escape the Mind (2015).
  The Warning rescata la idea del álbum conceptual, al grabar trece composiciones propias en las que se narra una historia, la de una mujer que va del enamoramiento al amor y de ahí a la posesión, el acecho, el crimen y el suicidio. Un tema muy fuerte, violento y oscuro para tres compositoras jóvenes que –dirían algunas mentes asustadizas– podrían estar escribiendo acerca de amores rosas e ilusiones románticas y no de temas propios de una novela negra. Sin embargo, es eso lo que hace aún más efectivo el disco, más idónea la música y más certeras las letras.

  Queen of the Murder Scene arranca precisamente con “Dust to Dust”, la canción con la que tuve la fortuna de descubrir a The Warning. Se trata del prólogo de este relato que sigue a una mujer desde la frustración que no puede evitar hasta una creciente obsesión que desemboca en la locura criminal. Como apuntó alguien por ahí: es la historia de una joven atrapada por el amor obsesivo y la compulsión criminal.
  Musicalmente, “Dust to Dust” es perfecta, con una construcción llena de sabiduría y matices precisos y estrujantes. Desde la hipnotizante figura del bajo inicial (por ahí leí que la canción fue compuesta por la bajista, Alejandra, la más joven del grupo, quien tenía escasos trece años de edad cuando apareció el disco –hoy tiene 14–, lo cual aumenta mi admirado asombro) y la súbita irrupción de una batería poderosa y un riff de guitarra con aires al mismo tiempo metaleros y arábigos, sabemos que se anuncia algo verdaderamente extraordinario. La breve introducción da lugar al canto de Paulina, baterista y una de las dos voces principales, quien con su timbre grave y potente da todo el sentido a la interpretación, apoyada por las armonías vocales de sus hermanas hasta llegar al infeccioso coro: “Polvo a polvo, nuestros huesos se oxidarán / y volveremos a empezar” y el estallido que prosigue: “Oye, ¿a dónde vas? / No confíes en todo lo que escuchas. / ¿No estás harto de correr? / Es mejor quedarse aquí”. El crescendo rumbo al final estremece al escucha y lo prepara para todo lo que viene.
  “Crimson Queen” abre el primer capítulo de la historia. Se trata de una muy bella y desgarrada balada acústica que lo mismo remite a Led Zeppelin (alguna remota reminiscencia hay ahí de “Going to California”) que al grupo Heart de las hermanas Ann y Nancy Wilson. Daniela hace suya esta pieza con voz al mismo tiempo dulce y retadora y sus sutiles guitarras de corte folk y medieval. Es el canto de un personaje femenino desconcertado y enamorado, de una mujer confundida por sus contradictorios sentimientos amorosos.
  Viene entonces la vertiginosa explosión de “Ugh”. Nuevo arranque de bajo y otra vez una guitarra filosa que recuerda a System of a Down. Es una canción de obsesión enfermiza y de peligrosa enajenación expresada sin dudas o titubeos por la voz, áspera aquí, de Daniela. La parte  con el piano final casi parecería un brevísimo homenaje a Faith No More.
  “The One” es otra composición sublime. Luego de un inicio que se acerca a la balada rock, va escalando en intensidad hasta restallar como una lluvia de fuegos de artificio y dar pie a otro piano que marca la parte media para desembocar en una nueva ola ascendente en la que el personaje, la personaja, de la narración se ilusiona con ser la única que exista para la persona amada. Es una plegaria inútil, un ruego exigente que se quedará en eso: “Mi corazón es sincero, late por ti” o “Me verás a mí y sólo a mí”. Todo para llegar a una conclusión angustiosa, reflejada en una música emocionalmente conmovedora: “¿Está todo en mi cabeza? / ¿Fue algo que dijiste que dejó mi corazón expuesto? / Sé que no soy la que está en tu mente / pero aún así, yo seré la única”.

  El segundo capítulo comienza con “Stalker” que, como su nombre lo dice, es un tema que habla de ese acoso que suele derivar de la obsesión y que puede hacernos perder la cabeza hasta niveles infernales. Todo inicia con un piano nostálgico y un canto suplicante y entregado, ese que se da cuando se abre el pecho y se muestra el corazón sin reservas. Daniela canta con giros casi blueseros para derivar en una súplica rota que acepta el amor loco, en una de las canciones más deliciosamente siniestras y desesperadas del disco. “Soy una maniaca cuando se trata de ti / Estoy obsesionada con lo que podríamos ser los dos”, “Te tendré algún día / Te tendré por siempre”. El clamor del clímax es escalofriante, con la música llegando a extremos inesperados: “Te quiero para que me ames / Tócame / Déjame estar en tu corazón”. La nostalgia pianística retorna al final, pero con una ternura retorcida que anuncia cosas poco propicias y muy espeluznantes.
  “Red Hands Never Fade” es otra incursión en el rock más rápido y pesado. Sin embargo, es una pieza que habla de súplica y perdón, ese perdón que no se encuentra y que vuelve más exasperante la situación (“Lo sé, eso fue un error / Pero tú no perdonas y no olvidas.”). La mujer de la historia ha cometido ese error imperdonable que no puede borrar ante el hombre que anhela, “porque las manos rojas nunca se desvanecen”.
  El relato sigue su tortuoso camino (aunque en la parte musical es brillantemente ejecutado) con “The Sacrifice”. De la súplica del perdón a la advertencia (the warning). Es como el aviso final: o se arregla esto o se va todo al carajo y hasta las últimas consecuencias. Una gran canción con el trío de poder que llega hasta alturas insospechadas.
  Sin embargo, las alturas a alcanzar todavía serán mayores. “Sinister Smiles” lo demuestra. Vaya composición. Se trata del tema que inicia el tercer capítulo y su letra revela que la mujer de la narración ha asesinado al ser amado por negarse a estar con ella (“mis manos / tu sangre”). Desde la batería, Paulina canta con una fuerza comparable a la de los tambores y los platillos que golpea con una precisión que sin exagerar hace pensar en la reencarnación de John Bonham. Al igual que sucede con “Dust to Dust”, es una pieza en la que la virtuosa baterista brilla con luz propia. El coro es inolvidable con su “Break, break, just break apart” y la segunda voz de Daniela deriva en primera voz durante la parte final, para una culminación apoteósica con secos acordes de guitarra que confirman que fueron los Kinks el primer antecedente del heavy metal.
  “Dull Knives (Cut Better)” es el tema más thrash del álbum (Metallica podría hacer un cover en retribución a The Warning). Es la canción de la culpa después del crimen. Otro vértigo musical con una más que sólida y precisa sección rítmica (ese bajo de Alejandra, esa batería de Paulina) que funciona a la perfección para la guitarra y el canto (más las armonías vocales de sus dos hermanas) de Daniela: “Agujas que perforan mi cerebro / Lentamente aumentan el dolor. / Estoy arrancando rosas pero guardo las espinas”. Poesía pura.

  Tal vez la parte cumbre del LP sea la composición que da nombre al mismo. “Queen of the Murder Scene” posee una perfección musical asombrosa. Los riffs, los cambios, la intensidad, el increíble y expresivo solo de guitarra que nos lleva al recuerdo del mejor Jimmy Page, la solidez rítmica, la intencionalidad en el canto de Daniela, todo para contarnos que la mujer ha superado el complejo de culpa y se asume como una fría asesina (“Soy una máquina sin emociones”), casi vanagloriándose de su acción, una verdadera reina de la escena del crimen.
  No menos bueno es “P.S.Y.C.H.O.T.I.C.”, una especie de punk metal lleno de sabrosa ironía, con el que inicia el cuarto y concluyente capítulo de esta novela negra musical que es también una especie de rock ópera. Tal vez sea la mejor letra de todas y acontece cuando ella ha sido ya atrapada y llevada ante las autoridades (“Porque la sangre que sangro ya no es roja. / Es negra como las palabras que se repiten en mi cabeza. / Mi cordura se ha ido y mi moral está equivocada. / Y sé lo que ellos dicen: / Que estoy loca, que debo irme al infierno. / ¿Crees que soy ciega? / ¿Crees que no puedo decirlo? / Sé a dónde voy, sé a dónde iré / Y cuando descienda, me sentaré en mi trono. / Hay algo dentro de mí / de lo cual no me puedo esconder / Se ríen en mi presencia / se ríen cuando lloro / Mis ojos se han vuelto salvajes / su luz no es humana / puedo sentir que sonrío”). Musicalmente,  es como si los Ramones se toparan con Iron Maiden. Los coros que deletrean el título (con una especie de porra de cheer leaders) son otra delicia y el redoble de tarola con las voces que ascienden para terminar en un grito de niña desaforada (cortesía de Paulina) es una de las partes más estremecedoramente divertidas de todo el plato. Otro otro punto culminante, otro high light.
  El álbum se acerca a su terminación, pero aún quedan dos cortes tremendamente disfrutables. “Hunter” es otro rock duro que inicia con un fenomenal riff metalero muy de la escuela clásica del género. El tema todo es en sí muy clasicista y poderosamente imponente.
  “No me arrepiento, desearía poder olvidar. / Porque todas las cosas que he hecho y todas las cosas que he dicho se quedan conmigo”, canta Paulina en el majestuoso track final, llamado precisamente “The End”. Es otra joya. La voz plena de pasión de la baterista conmueve hasta las entrañas, desde las vibraciones de un alma que a pesar de todo asume el crimen que cometió y acepta su inevitable andar por la carretera que conduce al infierno. Un nuevo, espectacular y lleno de alma solo de guitarra de Daniela, el piano inicial, una combinación suntuosa de las tres voces en armonía y un crescendo exultante para culminar un trabajo discográfico impresionante, una de las pocas obras maestras del rock en México.
  ¿Cómo hicieron estas tres jovencitas regiomontanas, de 18, 16 y 13 años en 2018, para escribir, arreglar e interpretar ellas solas esta maravilla? Sin apoyo de disqueras (el único apoyo que reciben es el de su propio público, por medio del sitio Patreon), sin más publicidad que la de las redes sociales y la del boca en boca, han logrado situarse muy por encima de todo lo que se hace hoy en México. Son rocanroleras auténticas, instrumentistas virtuosas, músicas y letristas completas que por sus edades aún tienen muchísimo que dar. Pero sobre todas las cosas son auténticas y apasionadas o, para mejor decirlo, pasionales: sienten su música y saben transmitir ese sentimiento en las entrañas del escucha. ¿Hasta dónde llegarán? Sólo el tiempo lo dirá, pero estoy cierto de que lograrán lo que ninguna otra  agrupación de rock de nuestro país y que no falta mucho para que sean reconocidas a nivel global.
  Por lo pronto, este agosto entran al estudio de grabación y para finales de año aparecerá su tercer disco. Esperémoslo con gusto y expectación.
  This is not the end.

(Artículo publicado el día de ayer en el sitio Juguete Rabioso que dirige Mixar López)

martes, 8 de enero de 2019

Apuntes para una historia crítica del rockcito (V)


1967 fue un año fundamental en la historia del rock mundial. En la república mexicana, sin embargo, prácticamente pasó de noche. Salvo una minoría de jóvenes que tuvo acceso a los carísimos y prácticamente inconseguibles discos de los nuevos revolucionarios de la música o a uno que otro programa de la radio en amplitud modulada, en un principio el resto siguió en la absoluta ignorancia.
  Sin embargo, para 1968 las cosas fueron cambiando. A pesar de los controles y la censura gubernamentales, en los medios de comunicación escritos y electrónicos se sabía lo que estaba sucediendo en el resto del planeta. Movimientos estudiantiles en Francia y otras partes del mundo, incluidos los Estados Unidos. Una izquierda moderna que sabía seducir con propuestas liberales y democratizadoras. La sexualidad se abría. Las modas cambiaban. Los hombre se dejaban el cabello largo y las mujeres usaban la falda corta. La ideología hippie de la paz y el amor, de la armonía con la naturaleza, ganaba adeptos a pasos agigantados. Incluso en la república mexicana, cuya cerrada sociedad abría grietas por donde se colaban expresiones e ideas liberales que chocaban con lo establecido por papá gobierno.
  Entonces surgieron multitud de grupos de rock diferentes. Nada que ver con los de “los grandes años del rocanrol”. El movimiento era relativamente subterráneo y la gran televisión ni siquiera los miraba. Pero ahí estaban agrupaciones –algunas llegadas del norte, otras de origen chilango– como la de Javier Bátiz, los Dug Dugs, Love Army, Peace and Love, Toncho Pilatos, Nahuatl y Three Souls in My Mind, entre muchas otras. ¿Nos encontrábamos ya a la altura del los grandes roqueros del planeta? Lamentablemente no.
  Si los primeros rocanroleros nacionales imitaban a sus similares de Norteamérica, los roqueros mexicanos de la segunda mitad de la década de los sesenta hacían exactamente lo mismo: imitar, copiar, calcar… y en su mayoría lo hacían mal. Con su apariencia jipiteca, algunos llevaban el arte de la imitación a los terrenos de la excelsitud. Caso de los Dug Dugs. Uno podía ir a verlos a la Pista Hielo Insurgentes, al sur de la Ciudad de México, y quedarse boquiabierto ante sus exactas versiones de las canciones de los Beatles, como “El tonto de la colina”, flauta de Armando Nava incluida. Nadie los criticaba por ello. Al contrario, se les alababa. Yo mismo los miraba con ojos de admiración desde mis trece ingenuos años de edad, ahí, en la pista de hielo donde también estaba la tienda de discos importados Hip-70 y donde hoy se encuentra Plaza Inn, cerca de San Ángel. Los Dug Dugs eran capaces de tocar “Bouree”, de Johann Sebastian Bach, idéntico a como lo hacía Jethro Tull.
  Pero no hay que ser injustos. Algunos grupos comenzaron a componer sus propios temas. Con letras de enorme pobreza lingüística (¡y casi todas en inglés!) y música demasiado parecida a la de los grandes exponentes de la psicodelia de San Francisco y la costa oeste californiana o de Londres y Liverpool, pero al menos existía un empeño por dejar de fusilarse con descaro las canciones ajenas.

(Publicado originalmente en mi columna "Plumas de caballos" del sitio Juguete Rabioso)

domingo, 9 de diciembre de 2018

Apuntes para una historia crítica del rockcito (IV)


1963 y sobre todo 1964 fueron años muy importantes. A nivel internacional, por el surgimiento de los Beatles y la llamada Ola Inglesa. A nivel nacional, por el surgimiento de los grupos de la frontera norte, en especial de la ciudad de Tijuana, cuyo nivel musical superaba con amplitud al de los conjuntos defeños. Agrupaciones como Los Tijuana Five o la banda de Javier Bátiz realmente sabían tocar y lo demostraban sin problemas.
  Los gustos masivos cambiaban y la beatlemanía hizo que “los grandes años del rocanrol” nacional quedaran petrificados en la nostalgia, de golpe, por los siglos de los siglos. Los jóvenes de mediados de los sesenta ya no gustaban del rock primigenio nacido en Norteamérica. Se requería una mayor sofisticación, una mayor musicalidad (eso y no burdas y pésimas imitaciones de los Beatles con grupillos mexicanos como Los Liverpools o Los American Beatles (¡?).
  Claro que había nuevos conjuntos: Los Apson Boys (“Atrás de la raya”), Los Yaki (“Diablo con vestido azul”), Los Belmonts (“Amarrado”), Los Rocking Devils (“Hey Lupe”, “Perro lanudo”, “Chicharos dulces”), Los Hitters (“Un hombre respetable”) Los Johnny Jets (“La minifalda de Reynalda”) y un sinfín más, en su mayoría intelectualmente limitados, musicalmente patéticos y letrísticamente analfabetos. Desde entonces, los roqueritos mexicanos mostraban su infantilismo, su deseo de no abandonar la adolescencia (aunque algunos de ellos ya se acercaran a la treintena de años), su afán por permanecer “siempre jóvenes”, aunque por ser joven entendieran que debían pasársela jugando, echando relajo y declarando tonterías.
  Así fueron transcurriendo los años. 1964, 1965, 1966, 1967. Era el México de Gustavo Díaz Ordaz, un país que vivía la estabilidad económica del llamado desarrollo estabilizador (hoy rescatado por el nuevo presidente de México), un país aislado de los grandes cambios culturales que se daban en muchas otras partes del mundo. Éramos como una isla, ajena a las influencias “extranjerizantes” (Díaz Ordaz dixit) que podían afectar, contaminar, a las sagradas tradiciones de La Gran Familia Mexicana (así, con mayúsculas). El régimen de la Revolución Mexicana (así, también con mayúsculas) era uno de los más contrarrevolucionarios del orbe. Se vivía una paz ficticia, muy por el estilo de la paz porfiriana: la paz priista, basada en buena parte en la represión selectiva de todo aquel elemento que tratara de transformar al establishment. Esto se reflejó durante largo tiempo en el rock que padecíamos y que era socialmente aceptado.
  Sin embargo, muy por debajo del agua la corriente del cambio se filtraba y llegaba a muchos jóvenes. Por el lado político estaba la influencia de la revolución cubana, la guerra de Vietnam y los movimientos contraculturales y de protesta en los Estados Unidos. Por el lado de la cultura y el arte y más específicamente del rock, la gran revolución había llegado a nuestro continente desde Inglaterra, había germinado en nuestro vecino país del norte y sus influjos arribaban de una u otras manera a territorio azteca. Los Beatles, los Rolling Stones, los Kinks, los Who, los Doors, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jefferson Airplane, Bob Dylan, Frank Zappa. El rock mundial llegaba a una madurez inusitada que nada tenía que ver con los años inocuos del pasado reciente. ¿Cómo se reflejó esto en el rock que se hacía en México?
  Lo veremos en nuestra próxima entrega.

(Publicado el día de hoy en mi columna "Plumas de caballo" del sitio Juguete Rabioso)

lunes, 19 de noviembre de 2018

Apuntes para una historia crítica del rockcito (III)


Puede decirse que fue en 1960 cuando se inició en nuestro país lo que podríamos llamar el periodismo rocanrolero. El primer signo fue la aparición en la portada de la revista Notitas Musicales, como “estrellas del mes”, de Los Rebeldes del Rock. El segundo signo fue el nacimiento, en septiembre de ese año y en la misma publicación, de la columna especializada “Rock en español” del inefable, vacuo, oportunista, reaccionarísimo y pésimo redactor Víctor Blanco Labra, quien años después fundaría y dirigiría la revista Pop.
  Podemos decir que los tres grupos “grandes” del rock nacional a finales de los sesenta, aunque por supuesto no los únicos, fueron Los Teen Tops, Los Locos del Ritmo y Los Rebeldes del Rock. Canciones como “Buen rock esta noche”, “Quiero ser libre” y “Muchacho triste y solitario” (de Los Teen Tops”, en la voz de Enrique Guzmán); “Aviéntense todos”, “Haciéndote el amor” y “Pólvora” (de Los Locos del Ritmo, en la voz de Antonio de La Villa) o “Melodía de amor”, “Rock del angelito” y “Siluetas” (de Los Rebeldes del Rock, en la voz de Johnny Laboriel), entre otras, se volvieron no sólo famosas en su momento, sino que por extraños azares del destino trascendieron el tiempo y hoy, en pleno siglo veintiuno y a casi sesenta años de haber sido grabadas, siguen siendo clásicos del rock hecho en México, a pesar de tratarse de covers.
  Sin embargo, para 1961 la oleada de conjuntos rocanroleros se dejó venir en desbandada. Agrupaciones como Los Loud Jets, Los Hermanos Carrión, Los Rogers, Los Sparks o Los Hooligans, entre muchos otros, fueron contratados por las casas disqueras y programados en la radio. La industria musical descubrió que ahí había un negocio de enorme potencial y se dio a la tarea de explotarlo. Pero 1961 fue asimismo el año en el cual los frontmen de las bandas más importantes escucharon el canto de las sirenas, se dejaron seducir por éste y se convirtieron en cantantes solistas.
  Primero fue el tapatío Manolo Muñoz, quien abandonó a su grupo, Los Gibson Boys, para incursionar en el canto en solitario. Lo siguieron Enrique Guzmán de Los Teen Tops, César Costa de Los Camisas Negras, Paco Cañedo de Los Boppers, Luis “Vivi” Hernández de los Crazy Boys, Johnny Laboriel de Los Rebeldes del Rock y Ricardo Roca de Los Hooligans, entre varios más. Toño de la Villa, el magnífico vocalista de Los Locos del Ritmo, no pudo seguirlos –y quién sabe si lo hubiera hecho, aunque cantaba mejor que todos los demás–, porque falleció víctima de cáncer a la temprana edad de 21 años. Fue el primer mártir del rock nacional y de algún modo se convirtió en un mito.
  También surgieron varias cantantes rocanroleras (es un decir) del sexo femenino. Nada que ver con Etta James o Big Mamma Thornton, pero sí con Doris Day o Sue Thompson. Ahí estaban Julissa, María Eugenia Rubio, Mayté Gaos, Leda Moreno, Emily Cranz y Angélica María.
  Para 1962, los y las cantantes solistas empezaron a eclipsar a los grupos, cuando menos a nivel de los medios masivos de comunicación. Enrique Guzmán, César Costa y Angélica María eran los nuevos “ídolos de la juventud”, los que más aparecían en las portadas de las revistas musicales, los que más se escuchaban en la radio, los que más discos vendían, los que acaparaban los programas musicales de televisión, como al cada vez más visto e influyente Premier Orfeón (aunque quien esto escribe tenía apenas siete añitos de edad, recuerda perfectamente la noche en la cual César Costa debutó en la tele en blanco y negro para cantar “Mi pueblo”, enfundado en uno de sus famosos y coloridos suéteres llenos de grecas y garigoles). El rock vivía una crisis a nivel mundial (era la época de los baladistas también en los Estados Unidos y Europa) y eso se reflejaba en México.

(Continuará)

(Publicado el día de hoy en mi columna "Plumas de caballo" del sitio Juguete Rabioso)

lunes, 5 de noviembre de 2018

Apuntes para una historia crítica del rockcito (II)


Para fines de los años cincuenta del siglo pasado, estaba claro que el rock and roll en México era mucho más que un ritmo y no iba a desaparecer por más que una punta de viejitos y viejitas histéricos quisieran borrarlo del mapa.
  Lo mejor fue que el género comenzó a permear fuera de las grandes orquestas adultas y que algunos jóvenes, espontáneamente, empezaron a buscar la manera de conformar bandas rocanroleras para ejecutar aquella música con sus propios medios. Se trataba de jóvenes citadinos, principalmente de las ciudades grandes del país, aunque los casos más notorios surgieron inicialmente del Distrito Federal. Los casi adolescentes hicieron hasta lo imposible por adquirir algunos instrumentos, en especial guitarras y bajos eléctricos que, además de caros, eran escasos.
  Entre los primeros conjuntos (que así se les llamaba) que se formaron por allá de 1958 y 1959 estaban los que la mercadotecnia posterior denominaría como “Los pioneros del rocanrol” (del rocanrol hecho en México, se entiende)  y de quienes Federico Arana, “pionero” él mismo, afirma en Guaraches de ante azul que “si algo pudiera definir a los pioneros del roc –sic– nacional, es que la falta de instrucción y talento musical nos unificaría a casi todos”). 
  Grupos como los Teen Tops, Los Locos del Ritmo, Los Rebeldes del Rock, Los Camisas Negras, Los Crazy Boys o Los Sinners comenzaron a adoptar y adaptar los éxitos rocanroleros provenientes de los Estados Unidos, a los que les inventaban letras más o menos relacionadas con la realidad y la idiosincracia mexicanas.
  Así, por ejemplo, “Tallahassee Lassie” de Freddy Cannon se convirtió en “La chica alborotada” de Los Locos del Ritmo, quienes en su letra decían cosas como “Es mi chica alborotada, / es un poquito alocada / y si acaso tú la buscas, / te dirá que tú le gustas. / Es mi chica alborotada / y nunca cambiará”. “Good Golly Miss Molly” de Little Richard pasó por el ingenioso filtro traductor de Enrique Guzmán, el cantante de los Teen Tops, para transformarse en “La Plaga” y exclamar: “Mis jefes me dijeron: ‘Ya no bailes rocanrol, / si te vemos con La Plaga, tu domingo se acabó’”. Mientras tanto, “Jailhouse Rock” (que cantaba Elvis Presley) con los propios Teen Tops decía en mexicano: “Un día hubo una fiesta aquí en la prisión. / La orquesta de los presos empezó a tocar. / Tocaron rocanrol y todo se animó / y un cuate se paró y empezó a cantar el rock”. Por su parte, Los Crazy Boys (en voz de Luis “Vivi” Hernández), para seguir con el tema carcelario, decían en su versión hecha en México de “Leroy”: “Era una vez un muchacho así, / era un rebelde hecho de verdad. / Cuando la redada lo atacó, / él gritó: ‘caramba qué haré yo’”.
  Sin embargo, hubo algunas (pocas) canciones originales. Las más notables fueron “Yo no soy rebelde” de Chucho González y “Tus ojos” de Rafael Acosta, grabadas por Los Locos del Ritmo (aunque también eran originales “Morelia”, “Blues Tempo”, “El mongol” y “Un vasito de agua”); “Vuelve primavera” de Armando Trejo, interpretada por los efímeros Blue Caps; “Pecosita” de Oscar Cossío, cantada por los Silver Rockets; “No está aquí”, de Los Hooligans, “Acapulco rock”, de Eddie Medina, y algunas otras más.

La primera canción radiada
A decir del ya referido Federico Arana, la primera canción de un grupo mexicano de rock que se transmitió por la radio fue el cover de Los Rebeldes del Rock a “Poison Ivy” de los Coasters, llamada en español “La hiedra venenosa”. Ello sucedió en 1958. El tema fue un éxito inmediato y destapó la cañería que tenía detenida a una buena cantidad de grupos ansiosos de grabar rocanrolitos y sacarlos por medio de los ondas hertzianas.
  La oleada del rock en nuestro idioma era incontenible en México, a pesar de las resistencias que seguía habiendo, como la de un tal Enrique Reyes Spíndola, columnista musical que decía: “No cabe duda, amigos, la fiebre del rock and roll cantado en español está en plena efervescencia en nuestra capital, pero creemos que con la misma rapidez con que se popularizó, así se va a desplomar”.
  Incluso en la radio, no todas las estaciones estaban contentas con el arribo de esta nueva música y por ahí se afirmaba que “pronto desaparecerá la fiebre del rock and roll en español, según cómputos realizados por Radio 6.20”.
  ¿Desaparecería el rock, como vaticinaban aquellos malos y malintencionados augures?

(Continuará)

(Publicada en mi columna "Plumas de caballo", en el sitio Juguete Rabioso)

martes, 23 de octubre de 2018

Apuntes para una historia crítica del rockcito (I)


En el principio fue el cover. Es decir, la imitación. Es decir, la copia. Fue una marca, un sello de origen. Mientras en los Estados Unidos el rock and roll ponía a temblar a las buenas conciencias y a todo un mundo establecido sobre bases que tenían que ver con la decencia, la pureza, la virginidad, la lozanía, la pulcritud y el miedo al comunismo, en México algunos jóvenes urbanos de las clases alta y media se entusiasmaron no tanto con lo que representaba aquella música desde un punto de vista social y hasta político, sino simple y sencillamente por cómo sonaba y cómo provocaba mover los pies y bailar. ¿A quién le importaba, en el lado sur de la frontera que marcaba el río Bravo, que Chuck Berry o Little Richard escribieran letras provocativas, grasosas, de doble sentido, en las cuales las intenciones sexuales eran a veces bastante explícitas? No, no. Si allá se hacía eso, en un país como los Estados Unidos Mexicanos, tanto o más conservador y decente que el país blanco (en el sentido WASP: White Anglo-Saxon Protestant) de los Estados Unidos de Norteamérica, muchas de las adaptaciones de aquellas mismas canciones hablaban de “un helado de frambuesa, un helado de limón” (“Tutti Fruti”), “vamos por el cura que ya me quiero casar, no es que seas muy bonita sino que sabes bailar” (“La Plaga”) o “si tu confidente soy y en secundaria voy, soy tu confidente, voy en secundaria, vamos a bailar el rock” (”Confidente de secundaria”). Todo simple, todo bobalicón y sin malicia. Nada de leer entre líneas alguna sugerencia de tipo –¡horror!– sicalíptico. Ese sello inocentón, adolescente y hasta un tanto oligofrénico habría de convertirse en la marca de casi todo el rock que se haría en nuestro país a lo largo de las siguientes décadas… y hasta la fecha.
  De hecho, los primeros rocanroles que se hicieron en nuestro país no fueron producidos por jóvenes músicos en la edad de la punzada, sino por filarmónicos adultos ultra  convencionales, en especial por directores de orquesta que lo mismo le entraban a la guaracha y el chachachá que al swing y el bolero. La cosa era interpretar los siempre efímeros “ritmos” de moda, algunos con nombres tan excéntricos como el bolero-tango, el nuba-americano y el kaicongo (sic). Por eso, cuando el rocanrol irrumpió en la Norteamérica anglosajona, en la otra Norteamérica, la mexicana, el explosivo género fue tomado como un simple ritmillo más que, según se creía, no tardaría en llegar a su punto máximo de efervescencia para luego desinflarse, disolverse y quedar en el total olvido.

Mexican Rock and Roll
El primer rock (es un decir) que se grabó en México fue “Mexican Rock and Roll”, un tema instrumental compuesto por Pablo Beltrán Ruiz e interpretado por su orquesta. Por supuesto que de rocanrol tenía sólo el título, mas era la señal de que aquella música iba penetrando lenta pero firmemente en el sacrosanto territorio patrio. A decir de Federico Arana, en su imprescindible libro Guaraches de ante azul, el primer disco de rock cantado por un connacional apareció en septiembre de 1957. Se trataba del un EP con las canciones “Príncipe azul” y “Meciéndose todo el día”. La intérprete: la hoy universalmente olvidada Aurora Román. Pocas semanas después, otra cantante más conocida, la chicana Gloria Ríos –quien se presentaba como vedette en diversos antros del Distrito Federal– grabó su propio disquito seudorocanrolero con los temas “El relojito” y “La mecedora”.  El rocanrol empezaba a ser negocio en el país y pegó más fuerte cuando se exhibió en los cines nacionales la película Al compás del reloj, un churrazo gringo, sí, pero en el cual aparecían Bill Haley y sus Cometas, los Platters y otros exponentes del flamante género. Muchos jóvenes mexicanos vieron y escucharon al fin aquella música contagiosa y… se contagiaron. Los productores cinematográficos de este lado de la frontera olieron el dinero fácil que podían sacar con filmes similares y como en cascada se dejaron venir cintas infectas como Locos peligrosos, La locura del rock’n roll o Los chiflados del rock’n roll (esta última ¡con Agustín Lara, Pedro Vargas y Luis Aguilar!), entre otras.

Todos odiaban a Elvis
Cuando el rocanrol empezaba a ser más y más aceptado por los jóvenes mexicanos, sobrevino aquella infecta campaña contra Elvis Presley promovida por lo más oscuro e híper conservador de nuestra sociedad ultramontana. Un seudoperiodista de nombre Federico de León se sacó de la manga una supuesta declaración de Presley, según la cual el de Tupelo, Mississippi, habría dicho que prefería besar a tres negras antes que a una mexicana.
  Nadie se molestó en averiguar si Elvis había dicho aquello y se dio por hecho que sí, lo cual derivó en una de las campañas periodísticas más idiotas en la historia de este país. En diversos medios de comunicación, se atacó alegremente al cantante por haber osado mancillar el honor de la impoluta mujer mexicana. La hipocresía y el chauvinismo salieron a relucir con total impunidad a la hora de darle con todo al intérprete de “Jailhouse Rock”. Columnistas, editorialistas y demás “líderes de opinión” se rasgaron las vestiduras y clamaron llenos de indignación porque se vetara a Elvis Presley, se quemaran sus discos y se hiciera todo para que la juventud nacional no lo escuchara más y retornara a oír la tradicional y muy bonita música mexicana que tantos valores tenía, etcétera. Ya después se supo que lo de la famosa declaración había sido un invento del tal De León, pero nadie se ocupó de aclararlo.

(Continuará)

(Publicado el día de hoy en mi columna "Plumas de caballo" del sitio Juguete Rabioso)