miércoles, 1 de febrero de 2017
Los densos Flaming Lips
Con su nuevo y espeso álbum, Oczy Mlody (Warner Music, 2017), The Flaming Lips regresa a la música densa y elaborada de sus álbumes Embryonic (2009) y The Terror (2013). Oczy Mlody (que en polaco significa “los ojos de los jóvenes”) ciertamente es más melódico que sus dos mencionados antecesores, mas no se aparta de esa música que avanza con pesada lentitud, con instrumentaciones eclécticas que remiten lo mismo al rock progresivo que al hip-hop con arreglos orquestales que por fortuna nunca resultan pomposos.
Estamos frente a un estupendo disco, en el que Wayne Coyne y compañía dan rienda suelta a su inagotable inventiva cuasi psicodélica (hay momentos muy al estilo del Pink Floyd de Syd Barrett), con esas voces agudas que suavizan un poco las atmósferas siniestras y acercan la música a un pop rock experimental de altísima calidad.
Más electrónico que acústico, con muchas bases de sintetizadores, Oczy Melody vive sus mejores momentos con temas como “There Should Be Unicorns”, “Nigdy Nie (Never No)”, “How??”, “One Night While Hunting for Faeries and Witches and Wizards to Kill”, “Listening to the Frogs with Demon Ayes”, “We a Family” (en la que los Flaming Lips vuelven a colaborar con la cantante pop Miley Cyrus, tal como lo hicieron en el peculiar homenaje beatlesco With a Little Help from My Fwends de 2014) y la homónima pieza inicial. Sin embargo, no hay desperdicio alguno en el resto de las doce piezas que constituyen el plato.
Un denso regreso el de los Labios Flameantes, pero de una densidad más que atrayente y paradójicamente luminosa.
(Publicado en "Acordes y desacordes", el sitio de música que coordino para la revista Nexos)
domingo, 29 de enero de 2017
Hunky Dory
Después de las densas atmósferas de The Man Who Sold the World, David Bowie retornó a los terrenos en los cuales había incursionado en Space Oddity, es decir, aquellos de las canciones más sencillas, con mayor sentido armónico y melódico.
Hunky Dory (1970) es una obra más apegada al pop, sin que ello signifique un sentido negativo. Por el contrario, se trata de una magnífica colección de temas sólo en apariencia sencillos. Si en su segundo disco había caído en ciertas tentaciones metaleras, quizá debido a la presencia de Mick Ronson, esta vez la guitarra del peculiar instrumentista pasó a un plano más discreto y son los teclados de Rick Wakeman los que van marcando la pauta a lo largo de los once cortes del álbum.
Hay aquí composiciones soberbias, empezando por la contagiosa “Changes” y siguiendo con pequeñas joyas como “Oh! You Pretty Things”, “Song for Bob Dylan”, “Kooks”, “Quicksand” (lejanamente neilyoungiana), “Queen Bitch” (claro homenaje a Lou Reed y The Velvet Underground) y la maravillosa “Life On Mars”.
Un trabajo lleno de frescura e inventiva, de variedad y colorido, Honky Dory es un gran disco de Bowie.
(Reseña que escribí para el Especial No. 10 de La Mosca en la Pared, dedicado a David Bowie y aparecido en abril de 2004)
jueves, 26 de enero de 2017
Déjà Vu: cuando lo que mal empieza bien acaba
Cuando uno escucha un álbum tan espléndido como este, lejos está de imaginar las condiciones en las cuales fue grabado. La impresión que da Déjà Vu (Atlantic, 1970) es la de ser una obra diáfana, hecha con amoroso cuidado y en plena armonía. Craso error. Porque si vemos las circunstancias en las cuales fue producido, descubrimos que tenía todo para ser un fracaso.
Luego del magnífico y muy exitoso Crosby, Stills & Nash de 1969, el segundo trabajo discográfico de aquel grupo de solistas era esperado con ansiedad, más aun cuando se sabía que Neil Young se había incorporado a ellos. Young era un músico muy respetado desde sus épocas con Buffalo Springfield, en el cual había sido compañero de Stephen Stills, pero sobre todo como solista. Ya tenía un par de álbumes en su haber, ambos de 1969 –Neil Young y Everybody Knows This Is Nowhere–, y su actitud siempre circunspecta e incluso hosca lo revestía de un halo misterioso y fascinante. No dejaba de extrañar que hubiese aceptado entrar a la agrupación, ya que precisamente desde Buffalo Springfield había tenido serias rencillas con Stills. Sin embargo, ahí estaba, listo para contribuir con un par de composiciones para el nuevo disco.
Desde el principio las cosas caminaron mal. Apenas unos meses antes de entrar a grabar a los estudios Wally Heider de San Francisco, la novia de David Crosby, Christine Hinton, la mujer que lo inspiró a escribir la bellísima “Guinnevere” del primer álbum, se estrelló de frente contra un autobús escolar, mientras conducía el Volkswagen de su pareja. Murió instantáneamente. Era el 30 de septiembre de 1969 y la gira que estaba efectuando la agrupación se suspendió de inmediato. Las cenizas de Christine fueron arrojadas al agua desde el Golden Gate y Crosby entró en una profunda depresión que lo llevó a consumir alcohol y heroína en cantidades industriales. Temiendo que tratara de suicidarse, Graham Nash no se separó de él un solo instante.
Cuando algunas semanas después al fin se iniciaron las sesiones, las cosas estaban tensas y complicadas. David Crosby debió hacer un enorme esfuerzo para recobrar cierta serenidad, algo a lo cual no ayudaba demasiado la actitud poco sociable y hasta áspera de Neil Young. Nash, por su parte, había asumido el papel de pacificador y trataba de crear, sin mucho éxito, un ambiente de trabajo agradable, mientras que Stills desesperaba a los ingenieros de sonido con sus obsesiones perfeccionistas.
Había cocaína por todas partes: en la cabina, en las salas de descanso, en la consola. John Sebastian, uno de los pocos músicos invitados al disco cuenta que “la cocaína me daba miedo. Era una droga que apenas se conocía y que lejos de relajar ponía a todos tensos y agitados. Ciertamente no era una droga que ayudara a socializar”.
Rara vez hubo más de dos integrantes del grupo al mismo tiempo en la cabina de grabación y prácticamente cada uno grabó sus partes por separado. En ello tuvieron que ver también sus problemas sentimentales. Si Crosby había perdido irreparablemente a su novia y buscaba consolarse llegando cada día al estudio con dos jovencitas diferentes, Nash tenía diferencias con su pareja (la cantautora Joni Mitchell), Stills no lograba conciliar su relación con la suya (la también cantautora Judy Collins) y hasta Young veía tambalear su matrimonio con Susan Acevedo.
Dallas Taylor, el baterista de Crosby, Stills, Nash & Young, recuerda que “la grabación de Déjà Vu fue como una pesadilla. Tardamos cerca de un año en concluirlo y fue desgastante. Los conflictos entre ellos eran tantos que Neil prefirió llevarse las cintas de sus canciones a otro estudio para trabajarlas solo. Greg Reeves (bajo) y yo teníamos que andar de un lado a otro, según las exigencias de cada uno de ellos. Veía aquel sueño derrumbarse ante mis propios ojos”. Y Nash rememora: “Nos odiábamos. Estábamos todos listos para saltar a la garganta del otro”.
Neil Young se encontraba grabando al mismo tiempo su álbum After the Gold Rush y no ocultaba la prisa por terminar con su parte en Déjà Vu y largarse cuanto antes. Fue por ello que produjo sus dos canciones (“Helpless” y “Country Girl”) en muy breve tiempo y no volvieron a saber de él. Casi no participó en los temas de sus compañeros (es un decir). El resto del disco puede considerarse como de Crosby, Stills y Nash. Al final, las sesiones de Déjà Vu alcanzaron las setecientas horas de grabación.
No obstante todo lo aquí mencionado, el álbum es una completa maravilla y refleja una paradójica armonía no sólo musical sino emocional. ¿Cómo fue posible que se alcanzara un resultado tan asombroso? Sólo hay una explicación y la ofrece Dallas Taylor: “No importaba lo que estuviera sucediendo. A final de cuentas éramos una banda. Cuando tienes la combinación correcta de músicos, la magia surge a pesar de los pesares”. Le faltó decir algo más: que las cuatro cabezas del grupo eran (y siguen siendo) verdaderos talentos cercanos al genio.
Musicalmente, Déjà Vu no presenta una sola fisura, un solo momento de debilidad. Desde la inicial “Carry On” de Stephen Stills, nos topamos con algo diferente. Las guitarras acústicas iniciales, tocadas con un beat hechizante; los celestiales coros (sólo los Beatles y los Beach Boys alcanzaron tan perfectas combinaciones vocales), todo se conjuga para crear un tema aplastante. Y lo que sigue es una serie de joyas que hoy son ya clásicas. Las otras dos composiciones de Stills (la austera “4 + 20” y la final “Everybody I Love You”, a la que muchos consideran como la mejor canción de Buffalo Springfield que este grupo jamás grabó), las dos bellezas melódicas de Graham Nash (la muy inglesa y beatlesca tonada "Our House" –no olvidemos que Nash nació en Gran Bretaña y fue miembro del grupo de Manchester The Hollies– y la preciosa balada de optimista ideología hippie “Teach Your Children”), las intrincadas composiciones del ex-Byrd David Crosby (la increíble “Déjà Vu” –que se llevó cien horas de grabación y revolucionó muchos aspectos de la armonía y el ritmo, debido al manejo muy poco convencional de los mismos– y la dura, potente y paranoica “Almost Cut My Hair”, con sus secos guitarreos eléctricos) más la solitaria pieza ajena “Woodstock”, escrita por Joni Mitchell y el único corte, tal vez junto con “Carry On”, en que Crosby, Stills, Nash & Young realmente suena como un grupo compacto. Claro, sin olvidar los dos temas de Neil Young ya referidos atrás.
Déjà Vu es no sólo una obra cumbre del rock sesentero de la costa oeste estadounidense, sino un símbolo y un testimonio de lo que fueron capaces de hacer cuatro sensibilidades tan distintas que al chocar con violencia, como aerolitos en el espacio, provocaron una explosión de música que sigue resultando asombrosa y conmovedora a casi cincuenta años de distancia.
(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)
jueves, 19 de enero de 2017
La oscura calma de The xx
La música de The xx podría parecer demasiado millenial. En especial la de sus dos primeros discos, los excelentes The xx (2009) y Coexist (2012). El grupo británico liderado por Jamie xx y en el que siempre han destacado las voces de Romy Madley Croft y Oliver Sim abre el nuevo año con su tercer larga duración, el sorprendente I See You (Young Turks, 2017). Digo sorprendente porque en este su opus No. 3, la agrupación se arriesga a ser más experimental e incluso más rítmica, con guiños musicales que nos recuerdan a proyectos como Lamb, Autour de Lucie e incluso Morcheeba. Por supuesto, sin olvidar su clásico estilo sosegado, sensual y pleno de angst.
I See You es una obra sosegadamente apasionada y calladamente intensa. Sólo que a diferencia de los dos álbumes anteriores, la producción ha dejado de ser austera y juega más con la producción y las instrumentaciones; tanto así que se atreven incluso a introducir impensables referencias a Hall & Oats en el tema “On Hold”.
Esta vez no todas las canciones apuestan por la melancolía y las atmósferas neblinosas. Hay, sí, canciones alegres. Tan alegres como pueden ser proviniendo de The xx, claro. Pero ahí están preciosos cortes como “Say Something Loving” o “I Dare You” para demostrarlo, como hay composiciones en las que la voz de Croft luce en toda su plenitud (escúchense “Lips” y “Performance”). Otras piezas imperdibles son “A Violent Noise”, “Replica” y “Brave for You”.
I See You no será dentro de doce meses el disco del año, pero no cabe duda de que es una muy buena forma de iniciarlo.
(Reseña que escribí hoy para "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)
lunes, 16 de enero de 2017
Magical Mystery Tour
Más que un álbum en sí, este Viaje Mágico y Misterioso (1967) es en realidad, en su primera parte –o lado A del vinil original–, la banda sonora de la película homónima para la televisión, mientras que en su segunda mitad –o lado B– es una recopilación de los tres más recientes y exitosos sencillos, con dos nuevos temas añadidos.
Lo que salva a este disco es la gran calidad de la mayoría de sus cortes, algunos de ellos sin duda entre los mejores de los Beatles, sobre todo –entre los que conforman el soundtrack– la lennoniana “I Am the Walrus” y la mccartiana “The Fool on the Hill”. La primera es una de las composiciones más bizarras de John Lennon, cumbre del surrealismo letrístico y con uno de los más arriesgados arreglos instrumentales que haya tenido cualquier canción del cuarteto. Sin las pretenciones avant garde que pudiera tener por ejemplo “Revolution 9” del Álbum Blanco, “Soy la morsa” posee la cualidad de inquietar al escucha con su sardónico y provocativo sonido y sus casi lewiscarrollescos juegos de palabras, extraordinariamente logrados (empezando por su ya clásica frase “I am he/ As you are he / As you are me / And we are all together”). En contraparte, “The Fool on the Hill” es una canción dulcísima, típica del estilo melódico de Paul McCartney, aunque con una letra más propositiva que las de algunas composiciones anteriores del propio Paul.
Los otros temas del lado A del Magical Mystery Tour son interesantes si bien menores, como el que da nombre al disco (pieza introductoria que sirve para presentar el periplo supuestamente lleno de magia y misterio), la nostálgica “Your Mother Should Know”, la vaporosa “Blue Jay Way” de George Harrison y la curiosa instrumental “Flying”, única canción de los Beatles firmada por sus cuatro integrantes.
En cuanto al segundo lado del disco, al menos en la versión estadounidense que luego se extendió por el mundo, contiene una tercia de temas fuera de serie aparecidos anteriormente en EP: “Strawberry Fields Forever”, “Penny Lane” y “All You Need Is Love”, así como las novedosas y encantadoras “Hello Goodbye” y “Baby You’re a Rich Man”.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 8 de La Mosca en la Pared, publicado en febrero de 2004)
domingo, 15 de enero de 2017
¡Aguas con las cucarachas!
Con obvias influencias de los Red Hot Chili Peppers (en ocasiones demasiado obvias), el cuarteto tapatío Cuca acaba de publicar su primera grabación, una obra irreverente y divertida que sorprende desde la primera impresión por su frescura y antisolemnidad rampantes.
Con un sonido compacto y más que aceptable, Jorge Fors (excelente vocalista; sobre todo en un medio donde los buenos cantantes brillan por su ausencia), Galileo Ochoa (guitarra), Carlos Avilez (bajo) y Nacho González (batería) presentan un disco con pocos altibajos, con un nivel musical que combina ritmos desaforados en una mezcla de funk, punk y rock pesado con algunos ligeros elementos mexicanistas (esto resulta particularmente claro en piezas como “El son del dolor” y “Qué chingaos”). Si bien sus melodías son elementales y sus armonías poco cambiantes, la fuerza del grupo estriba en su manera de interpretar y en sus letras jocosamente léperas e ingeniosamente provocadoras.
Lejos de pretender dar "mensajes", los integrantes de la Cuca se burlan de todo y de todos, incluso de ellos mismos, en una actitud antisolemne altamente saludable y agradecible.
Sus letras sin duda pondrían de punta los cabellos de la senadora Gore, esposa del vicepresidente electo de los Estados Unidos, y quien se ha distinguido por su persecución implacable de los rocanroleros gringos a los que ha tratado de censurar y callar sin demasiado éxito. Tan sólo los títulos son más que explícitos: “El mamón de la pistola”, “Me vale madre”, “Hijo del lechero”, la sensacional “La pucha asesina” ("se te ve divina / pero quién adivina / si tú tienes la pucha asesina") y otras.
Entre las canciones más destacables se encuentran “Don Goyo", la ya mencionada “El mamón de la pistola” (ambas muy redhotchilipepperas o como se diga), la demencial “Necesito cirugía”, la muy chistosa “Hijo del lechero” ("Ay mamá, ¿qué es lo que pasa? / ¿Por qué me siento como un invitado en esta casa / Ay mamá, papá me maltrata / Dime por qué me trata como rata / Ay mamá, no siento el parentesco / en esta casa a nadie me parezco / Ay mamá, soy el único güero / ¿Por qué es tan bueno conmigo el lechero?”) y la divertidísima “Cara de pizza”. Quizá la pieza menos afortunada sea “El moralizador”, con una letra demasiado plana y superficialmente crítica y una música que desmerece al lado de otras mucho mejores.
La Cuca tiene una mega ventaja frente a otros grupos nacionales: gracias a sus letras y su actitud, jamás va a ser invitada de Raúl Velasco, Paco Stanley y la Vero. Eso ya habla muy bien de la agrupación y la honra sobremanera.
Descendientes indirectos de Frank Zappa, estos guadalajareños suenan como hubiera sonado La Maldita Vecindad si se hubiese dedicado a tocar rock en lugar de música tropical y con eso queda dicho todo.
Cuca, La invasión de los blátidos. Discos Culebra, BMG, 1992.
(Reseña que publiqué en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural del diario El Financiero, el 10 de diciembre de 1992)
martes, 10 de enero de 2017
Bowie: de Ziggy a Lazarus
David Bowie fue ante todo un creador de ficciones, de realidades paralelas. Para los jóvenes que empezaron a seguirlo desde principios de los años setenta de la centuria pasada, sobre todo en la Gran Bretaña, significó una alternativa a la triste y gris existencia que llevaban y por ello lo convirtieron en una especie de semi dios, tal como lo refiere el escritor y pensador Simon Critchley en su libro Bowie (Sexto Piso, 2016).
Para crear esa realidad paralela, en la primera parte de su carrera el músico se valió de la invención de variados personajes, empezando por el propio David Bowie, ya que su nombre original, en la década de los sesenta, era David Jones, el cual tuvo que cambiar para diferenciarse de uno de los integrantes del entonces muy famoso (aunque falsísimo) grupo estadounidense The Monkees.
El apellido Bowie fue en sí mismo una identidad que le permitió moverse a sus anchas y crear otras identidades, como la del Major Tom de Space Oddity (1969) o el Ziggy Stardust del álbum homónimo de 1972. Luego vendrían personajes como Aladdin Sane, el Duque Blanco, Nathan Adler y los finales Button Eyes y Lazarus, ambos de su disco póstumo Blackstar (2016).
Me interesa recalcar a este último, porque se trata de una clara referencia a Lázaro, el personaje del Nuevo Testamento a quien Jesucristo logra resucitar (por cierto, sin que el propio Lázaro así lo pidiera).
Lázaro significa resurrección y quizá lo que Bowie nos quiso decir por medio de él y a sabiendas de que padecía un cáncer terminal es que a pesar de que moriría físicamente, tal como sucedió hoy hace justamente un año: el 10 de enero de 2016, a pesar de ello reviviría con su música que es inmortal y que continúa viviendo gracias a quienes la seguimos escuchando.
Quiero pensar que ese es el mensaje final de David Bowie: que el creador muere, mas su obra perdura. Y vaya que en su caso es cierto.
David Lazarus.
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)
martes, 3 de enero de 2017
Leon Bridges, un joven viejo soulman
Dicen que su música suena tal como él se ve. Porque Leon Bridges, a pesar de tener tan sólo 27 años, se viste con el elegante estilo que lo hacían legendarias estrellas del soul y el rhythm n’ blues de los pasados años sesenta, como Otis Redding y Sam Cooke y, sí, su música es muy parecida a la que interpretaban ellos.
No se trata sin embargo de algo impostado o de una burda imitación. Este compositor y cantante nacido en Fort Worth, Texas, en junio de 1989, suena auténtico y desde sus inicios no ha hecho sino escribir canciones con ese viejo sonido tan entrañable que tenían los intérpretes de casas disqueras como Stax y Atlantic (nada que ver en cambio con el pasteurizado sonido Motown). De hecho, su álbum debut y hasta ahora único (Coming Home, 2015), fue grabado de manera análoga en un viejo estudio de su terruño y al escucharlo, uno no puede sino remontarse a la época en que aparecieron discos como Night Beat de Sam Cooke, Otis Blue de Otis Redding y The Wicked Picket de Wilson Pickett, todos ellos de mediados de los sesenta.
Bridges posee una voz aterciopelada que no requiere de los múltiples trucos de estudio que utilizan quienes hoy dicen interpretar soul y r&b. Nada de vocoder, codificadores de voz y efectos de ese tipo que suelen disfrazar las deficiencias vocales. En Coming Home todo está grabado en crudo y suena de maravilla, como podemos escuchar en composiciones como “Better Man”, “Twistin’ and Groovin’”, “Lisa Sawyer”, “River” o su mayor éxito, la homónima “Coming Home”.
¿Es válido que los músicos jóvenes recurran al pasado en busca de inspiración? ¿No se trata acaso de un retroceso? Jack White, por ejemplo, ha demostrado con creces que no es así y que en la llamada roots music se puede encontrar la fuente de la renovación y conseguir algo tan necesario como lo es refrescar a la artificiosa música actual.
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)
sábado, 31 de diciembre de 2016
El rock del 2016
La curva descendente que viene dándose en el rock a partir de 2013 prosiguió en 2016 y dejó pocas (aunque muy honrosas) obras discográficas en verdad memorables. Tal como sucediera a lo largo de los tres años anteriores, la mediocridad continuó imperando y la carga del mainstream y de lo comercial parece resultar demasiado pesada para quienes persisten en hacer rock.
Vuelvo a hacer las mismas preguntas que me hice hace exactos doce meses: ¿se agotó la creatividad? ¿El rock se volvió tan promiscuo que al aceptar mezclarse con cualquier otro género está terminando por diluirse? ¿La subcultura del “sencillo” en detrimento del álbum, favorecida por la descarga individual de canciones, empobreció el panorama? ¿La oferta musical es ahora tan vasta y tan gratuita que ante la falta de control de calidad se ha depreciado la música hasta niveles miserables? ¿Estamos en un impasse, en un periodo de transición o de plano asistimos a la decadencia definitiva del rock a sus 60 y pico años de existencia?
Y para colmo, se nos fueron David Bowie, Leonard Cohen, Prince, George Martin, Keith Emerson, Greg Lake, Leon Russell, Paul Kantner, Glenn Frey, Sharon Jones y varios más.
Esta es mi propuesta, absolutamente subjetiva, para los doce mejores álbumes de rock del 2016:
1.- David Bowie. Blackstar. El álbum póstumo de Bowie, su testamento artístico y musical, un disco que duele por lo que significa y, sin embargo, un trabajo extraordinario, profundo, al mismo tiempo oscuro y luminoso, deprimente y esperanzador. David Bowie murió dos días después de la aparición de Blackstar. Una tragedia, pero con un dejo exultante.
2.- Leonard Cohen. You Want It Darker. Otro disco testamentario, aparecido cuando Cohen había cumplido 82 años y se encontraba muy enfermo. Tres semanas después falleció, pero se despidió con esa poética elegancia de la que siempre hizo gala. Grandísimo álbum que provoca sentimientos agridulces y conmueve desde la belleza y, sí, también, desde la ironía.
3.- Iggy Pop. Post Pop Depression. Pop insinuó que este sería su último disco en estudio, su obra de despedida. Francamente no lo creo. Sobre todo por la alta calidad que no sólo mantiene, sino que sigue en aumento con profundidad y finura. Un gran trabajo en homenaje a su amigo David Bowie (la presencia de Josh Homme es un plus).
4.- Nick Cave and the Bad Seeds. Skeleton Tree. Un disco duro, crudo, terrible, negro, desgarrador como la pérdida de un hijo, algo que le sucedió a Cave mientras grababa y su hijo Arthur, de escasos 15 años, fallecía en una caída al vacío. Austero y casi minimalista, Skeleton Tree resuma sangre, dolor y lágrimas.
5.- The Rolling Stones. Blue & Lonesome. El disco que nos debían los Stones. Un álbum de blues puro, grabado con crudeza y frescura. El mejor homenaje que pudieron hacer a sus raíces musicales primigenias.
6.- Brian Eno. The Ship. Una obra impresionante. No sé si llamarlo rock, pero Eno viene de ahí y otorga a los sonidos electrónicos un cuerpo y un alma como sólo él sabe hacerlo. Minimalismo a ultranza.
7.- Paul Simon. Stranger to Stranger. ¿Recuerdan Graceland (1986), el disco de Simon que dio a conocer urbi et orbe la música sudafricana? Treinta años después, Stranger to Stranger recupera esa etapa del neoyorquino con algunas canciones más en su vena tradicional.
8.- Angel Olsen. My Woman. Un gran disco de esta joven cantautora de San Luis, Misuri. Entre el folk y el grunge, diez canciones sin desperdicio para un álbum más que entrañable.
9.- Solange. A Seat at the Table. Finísima mezcla de soul, jazz, hip-hop y, sí, rock. Como si tomara la estafeta de Janelle Monáe, Solange (hermana de Beyonce, por cierto) es una gratísima sorpresa en este su álbum debut.
10.- Parquet Courts. Human Performance. Un grupo joven que recupera mucho de lo que fue el rock alternativo de los noventa con algo del la new wave setentera-ochentera. Inventiva, sentido del humor y notable espíritu rocanrolero en un disco muy divertido.
11.- Radiohead. A Moon Shaped Pool. Un magnífico regreso de los de Oxfordshire, con un trabajo que no se parece a ningún otro de su discografía. Más orgánico, menos electrónico, más cálido en lo que cabe de un grupo tradicionalmente frío y cerebral.
12.- Canshaker Pi. Canshaker Pi. Nadie los conoce. La información sobre ellos resulta mínima. Sólo sé que son muy jóvenes, que son holandeses, que se les puede escuchar en Spotify y que suenan de puta madre.
PD: ¿El rock en México? Creo que ya podemos ir expidiendo su certificado de defunción.
(Publicado hoy en "El ángel exterminador" de Milenio Diario)
martes, 27 de diciembre de 2016
2016: un recuento discográfico (por géneros)
Mejor disco: Blackstar de David Bowie.
Mejor canción: “Lazarus” de David Bowie.
Mejor disco de rock: Post Pop Depression de Iggy Pop.
Mejor disco de art rock: Hopelessness de Anohni.
Mejor disco de alt-rock: My Woman de Angel Olsen.
Mejor disco de alt-folk: Winter Wheat de John K. Sampson.
Mejor disco de rock clásico: You Want It Darker de Leonard Cohen.
Mejor disco experimental: The Ship de Brian Eno.
Mejor disco de hip-hop: We Got It from Here... Thank You 4 Your Service de A Tribe Called Quest.
Mejor disco de rock pop: A Seat at the Table de Solange.
Mejor disco de rock progresivo: Invention of Knowledge de Anderson/Stolt.
Mejor disco de metal: Hardwired... to Self-Destruct de Metallica.
Mejor disco de electrónica: 99.9% de Kaytranada.
Mejor disco de avant-garde: Centres de Ian William Craig.
Mejor disco de alt-country: The Ghosts of Highway 20 de Lucinda Williams.
Mejor disco de blues: Blue & Lonesome de The Rolling Stones.
Mejor disco de jazz: Arclight de Julian Lage.
Mejor disco de jazz fusión: Emily’s D+Evolution de Esperanza Spalding.
Mejor regreso: Paul Simon con Stranger to Stranger.
Mejor reedición discográfica: The Early Years 1965-1972 de Pink Floyd.
Peor disco: Victorious de Wolfmother.
Mejor disco mexicano de rock: Desierto
Peor disco mexicano ¿de rock?: Rio Salvaje de Little Jesus.
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)
lunes, 26 de diciembre de 2016
Diamond Dogs
Ziggy Stardust sin The Spiders from Mars. ¿Una mala combinación? No necesariamente. Cuando menos no se notó en este primer disco sin Mick Ronson et al. Diamond Dogs (1974) es como la continuación musical de Aladdin Sane (1973) y el proseguir conceptual de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972).
Basado en las visiones premonitorias de George Orwell en su novela 1984, este álbum contiene letras pesadillezcas y un espíritu teatral en medio de melodías estupendas y composiciones impecables. Desde la inicial “Diamond Dogs” (luego de la escalofriante introducción llamada “Future Legend” con su grito-proclama: “¡Esto no es rock and roll, esto es genocidio!”), con su stoniana guitarra ejecutada impecablemente por el propio Bowie, hasta la enorme y contagiante “Rebel Rebel”, pasando por las bellísimas “Sweet Thing” y “Rock ‘n’ Roll with Me”, la sorprendente “Candidate” (una joya injustamente poco conocida), las directamente orwellianas “Big Brother”, “We Are the Dead” y “1984” (extraordinariamente operístico-soulera) y la concluyente y bizarra “Chant of the Ever Circling Skeletal Family”, los temas de Diamond Dogs poseen una riqueza que merece ser reconsiderada.
(Reseña que escribí para el Especial No. 10 de La Mosca en la Pared, dedicado a David Bowie y aparecido en abril de 2004)
jueves, 22 de diciembre de 2016
Oasis
¿Sobrevalorado o subvalorado? Resulta difícil definir si Oasis es un grupo tan excelso o tan deleznable como afirman, respectivamente, sus fanáticos o sus detractores. Como muchas veces sucede –aunque no siempre- las cosas suelen situarse en su justo medio.
La música de este grupo de Manchester no es la maravilla que sus seguidores aseguran. Si uno escucha el conjunto de su obra discográfica, se topa con una buena cantidad de canciones repetitivas, monótonas, mediocres y, lo peor, con armonías y melodías no pocas veces inspiradas (para no decir plagiadas) de composiciones de otros autores. Incluso la banda llega a autoplagiarse en más de una ocasión. No obstante, también hay grandes temas, piezas que pueden considerarse desde ya como clásicas de la historis del rock y hablo de más de una. Esto significa que hay que ponderar en lo que vale, con la mayor justeza posible, lo que Oasis ha hecho desde que en 1994 grabara su álbum debut, el excelente Definitely Maybe.
Lo cierto es que un aspecto que ha opacado lo estrictamente artístico es ese afán por el escándalo que ha caracterizado a los integrantes de la agrupación, de muy especial manera a los dos principales, los hermanos Noel y Liam Gallagher. Es verdad que sus conflictos interpersonales o sus diferencias con otras bandas, en especial con Blur, les han servido como eficaz plataforma publicitaria y han causado que se hable de ellos en forma constante durante mucho tiempo, pero eso y ese afán por proclamarse “la mejor banda del mundo” (algo que jamás han sido ni por asomo) lo único que hace es estorbar cuando uno sólo quiere escuchar sus canciones para analizarlas o, sencillamente, disfrutarlas.
¿Inventores del brit pop? Cuando menos sus detonadores, aunque hoy esa etiqueta haya perdido real sustancia (si es que alguna vez la tuvo). Al final, lo que cuenta, lo que va a quedar para la posteridad, es la obra en sí y, hay que decirlo, en el balance y a pesar de todo, Oasis va a terminar por entregar buenas cuentas.
(Prólogo del Especial de La Mosca en la Pared No. 27, dedicado a Oasis y aparecido en 2005).
martes, 20 de diciembre de 2016
Al azar, Baltasar
El título de la columna de hoy no se refiere a la preciosa película homónima del gran realizador francés Robert Bresson (todo un clásico del cine del siglo pasado, filmado en 1966), sino a lo que hoy significa descubrir música gracias a las herramientas que proporcionan internet en general y plataformas como YouTube, Spotify, Soundcloud y muchas otras en particular.
Así, por ejemplo, el domingo pasado estaba revisando en mi computadora los discos que muy diversos medios impresos y digitales han designado como los mejores del 2016, cuando en el sitio de la revista británica Uncut vi que enlistaban a una cantautora desconocida para mí, de nombre Amber Arcades. La busqué en Spotify y me puse a escuchar su disco debut, Fading Lines. A decir verdad, no me pareció la gran cosa. Sin embargo, al ver a la derecha de la pantalla la lista “Artistas relacionados” vi que el primero era un grupo llamado Canshaker Pi. No sé por qué, algo me dijo que lo abriera y me topé con un disco homónimo, grabado este año. Darle clic a la primera canción fue lo mejor que pude hacer. De mis audífonos surgió un rock sólido, potente, enérgico y lleno de humor. No pude dejar de escuchar el álbum de principio a fin, sin saber de dónde provenía la sorprendente agrupación. Por supuesto, había que guglearlo, pero la información era escasísima. Sólo después de navegar por distintas páginas pude descubrir que se trata de un cuarteto de la ciudad de Amsterdam, Holanda, que graba para una disquera llamada Excelsior Recordings. Más tarde hallé algunos videos suyos en YouTube y me sorprendió la juventud de sus integrantes, casi adolescentes.
Por supuesto que lo recomiendo a los lectores, sobre todo aquellos que aún aprecien a los grupos que hacen rock de verdad, rock de guitarras, sin mezcolanzas promiscuas y desnaturalizantes.
Di con ellos al azar (random, dirían algunos en inglés). Las maravillas que permite la red.
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)
jueves, 15 de diciembre de 2016
Sharon Jones, la ante(ante)penúltima diva del soul
De las cuatro que quedaban, ya sólo nos quedan tres. Me refiero a las
cuatro grandes divas de la música soul que aún pervivían hasta el
pasado viernes 18 de noviembre, día triste en el que falleció la gran
cantante de soul Sharon Jones.
Hoy solamente quedan tres intérpretes de esa estatura: la inconmensurable Aretha Franklin (74 años), la grandiosa Tina Turner (77 años) y la gran Mavis Staples (77 años). Claro que aún sobreviven estupendas cantantes de esta música (ahí están Bettye LaVette, Lisa Fisher, Darlene Love, Merry Clayton o Claudia Linnear), pero creo que ninguna de ellas alcanza el calificativo de diva.
Jones murió a los 60 años de edad, vencida por un cáncer de páncreas que le fue detectado en 2013. Líder del grupo Sharon Jones & the Dap-Kinks, poseía una voz espléndida y siempre se mantuvo fiel al soul tradicional, sin caer en la tentación comercial de eso que hoy se denomina como soul y que está muy alejado de las raíces del género que hizo grandes a intérpretes como Etta James, Nina Simone o las mencionadas Franklin, Turner y Staples.
La cantante comenzó su carrera de manera tardía, pues debutó hasta la década de los noventa, cuando ya frisaba los 40 años de edad. Sin embargo, gracias a su poderosa garganta, a su fuerte presencia escénica y al feelin’ natural que poseía, fue rápidamente reconocida hasta convertirse en una de las grandes cantantes de la llamada música del alma.
Nacida en 1956 en Augusta, Georgia (donde también vio la primera luz el gran James Brown), su desarrollo musical fue como el de tantas otras estrellas de raza negra, quienes en su gran mayoría se iniciaron en coros de gospel, cantando en las iglesias de su terruño. Siendo una adolescente, su familia se mudó a Brooklyn, donde Sharon se involucró no tanto con el soul sino con el funk y la música disco de los años setenta. Gracias a su voz, logró relacionarse con diferentes músicos y productores y pronto comenzó a formar parte de diversos coros de acompañamiento en grupos de gospel, blues, disco y soul, con quienes llegó a grabar, aunque su nombre jamás apareció en los créditos.
Un tanto decepcionada, en los ochenta decidió regresar a los coros de iglesia y entró a trabajar en una oficina. Parecía que su carrera había llegado a su fin, hasta que en 1996, cuando acababa de cumplir los 40 años de edad, fue redescubierta por la disquera Desco y con la banda de base de ésta, los Soul Providers, grabó varios sencillos que obtuvieron bastante éxito. Tanto, que en 2002 se unió a un grupo de excelentes músicos souleros (Binky Griptite, Bugaloo Velez, Homer Steinweiss, Dave Guy), con quienes formó a The Dap-Kings, cuyo primer disco, Dap Dippin’ with Sharon Jones & the Dap-Kings, ya para otra casa discográfica (Daptone Records), apareció ese mismo año. Luego vendrían álbumes como Naturally, 2005; 100 Days, 100 Nights, 2007 y I Learned the Hard Way, 2010 que consolidaron su prestigio.
Durante diez años, Sharon Jones fue escalando peldaño tras peldaño y realizando largas giras nacionales e internacionales. Dada su fidelidad a la música soul más auténtica (cualquiera que la escuchara sin conocerla diría que sus grabaciones databan de la década de los sesenta), su propuesta no llegó al mainstream y siempre permaneció como una cantante de culto.
En 2013, Sharon fue diagnosticada de cáncer pancreático y a pesar de los tratamientos a que debió someterse, no dejó de cantar y presentarse en público, incluso con el cráneo rapado debido a las quimioterapias. En 2014 grabó el estupendo Give The People What You Want y en 2015 apareció el documental biográfico Miss Sharon Jones!, dirigido por la ganadora del Oscar Barbara Kopple. La cinta fue presentada en el Festival Internacional de Cine de Toronto. Aunque la enfermedad pareció remitir en algún momento, a fines de ese año reapareció con mayor vehemencia, pero ella no quiso rendirse (“Voy a seguir luchando, aún tenemos un largo camino por recorrer”, declaró en esos momentos). Todavía tuvo la fuerza y la entereza de grabar, al lado de sus queridos Dap-Kings, el disco It’s a Holiday Soul Party, con canciones navideñas, que apareció en diciembre del año pasado.
En agosto de este 2016, Daptone Records puso en circulación el álbum con la música de la película documental. El plato contiene diversas actuaciones en concierto y una nueva canción, de título no carente de dramático significado: “I’m Still Here”.
Sharon Jones fue derrotada por la enfermedad el pasado 18 de noviembre. Descanse en paz.
(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)
Hoy solamente quedan tres intérpretes de esa estatura: la inconmensurable Aretha Franklin (74 años), la grandiosa Tina Turner (77 años) y la gran Mavis Staples (77 años). Claro que aún sobreviven estupendas cantantes de esta música (ahí están Bettye LaVette, Lisa Fisher, Darlene Love, Merry Clayton o Claudia Linnear), pero creo que ninguna de ellas alcanza el calificativo de diva.
Jones murió a los 60 años de edad, vencida por un cáncer de páncreas que le fue detectado en 2013. Líder del grupo Sharon Jones & the Dap-Kinks, poseía una voz espléndida y siempre se mantuvo fiel al soul tradicional, sin caer en la tentación comercial de eso que hoy se denomina como soul y que está muy alejado de las raíces del género que hizo grandes a intérpretes como Etta James, Nina Simone o las mencionadas Franklin, Turner y Staples.
La cantante comenzó su carrera de manera tardía, pues debutó hasta la década de los noventa, cuando ya frisaba los 40 años de edad. Sin embargo, gracias a su poderosa garganta, a su fuerte presencia escénica y al feelin’ natural que poseía, fue rápidamente reconocida hasta convertirse en una de las grandes cantantes de la llamada música del alma.
Nacida en 1956 en Augusta, Georgia (donde también vio la primera luz el gran James Brown), su desarrollo musical fue como el de tantas otras estrellas de raza negra, quienes en su gran mayoría se iniciaron en coros de gospel, cantando en las iglesias de su terruño. Siendo una adolescente, su familia se mudó a Brooklyn, donde Sharon se involucró no tanto con el soul sino con el funk y la música disco de los años setenta. Gracias a su voz, logró relacionarse con diferentes músicos y productores y pronto comenzó a formar parte de diversos coros de acompañamiento en grupos de gospel, blues, disco y soul, con quienes llegó a grabar, aunque su nombre jamás apareció en los créditos.
Un tanto decepcionada, en los ochenta decidió regresar a los coros de iglesia y entró a trabajar en una oficina. Parecía que su carrera había llegado a su fin, hasta que en 1996, cuando acababa de cumplir los 40 años de edad, fue redescubierta por la disquera Desco y con la banda de base de ésta, los Soul Providers, grabó varios sencillos que obtuvieron bastante éxito. Tanto, que en 2002 se unió a un grupo de excelentes músicos souleros (Binky Griptite, Bugaloo Velez, Homer Steinweiss, Dave Guy), con quienes formó a The Dap-Kings, cuyo primer disco, Dap Dippin’ with Sharon Jones & the Dap-Kings, ya para otra casa discográfica (Daptone Records), apareció ese mismo año. Luego vendrían álbumes como Naturally, 2005; 100 Days, 100 Nights, 2007 y I Learned the Hard Way, 2010 que consolidaron su prestigio.
Durante diez años, Sharon Jones fue escalando peldaño tras peldaño y realizando largas giras nacionales e internacionales. Dada su fidelidad a la música soul más auténtica (cualquiera que la escuchara sin conocerla diría que sus grabaciones databan de la década de los sesenta), su propuesta no llegó al mainstream y siempre permaneció como una cantante de culto.
En 2013, Sharon fue diagnosticada de cáncer pancreático y a pesar de los tratamientos a que debió someterse, no dejó de cantar y presentarse en público, incluso con el cráneo rapado debido a las quimioterapias. En 2014 grabó el estupendo Give The People What You Want y en 2015 apareció el documental biográfico Miss Sharon Jones!, dirigido por la ganadora del Oscar Barbara Kopple. La cinta fue presentada en el Festival Internacional de Cine de Toronto. Aunque la enfermedad pareció remitir en algún momento, a fines de ese año reapareció con mayor vehemencia, pero ella no quiso rendirse (“Voy a seguir luchando, aún tenemos un largo camino por recorrer”, declaró en esos momentos). Todavía tuvo la fuerza y la entereza de grabar, al lado de sus queridos Dap-Kings, el disco It’s a Holiday Soul Party, con canciones navideñas, que apareció en diciembre del año pasado.
En agosto de este 2016, Daptone Records puso en circulación el álbum con la música de la película documental. El plato contiene diversas actuaciones en concierto y una nueva canción, de título no carente de dramático significado: “I’m Still Here”.
Sharon Jones fue derrotada por la enfermedad el pasado 18 de noviembre. Descanse en paz.
(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)
miércoles, 14 de diciembre de 2016
The Man Who Sold the World
Más sólido y conciso pero también más oscuro, denso y ominoso que su predecesor, The Man Who Sold the World (1970) es el primer disco de Bowie en el que participó plenamente el hoy legendario guitarrista Mick Ronson. También es la primera colaboración entre el músico y quien sería su productor de cabecera durante varios años, Tony Visconti.
Se trata de un giro total con respecto a Space Oddity. Lo que en éste era luminosidad y cierto encanto sesentero que mucho debía a que la mayor parte de sus canciones fueron compuestas en pleno 1967, en el segundo opus se había transformado en una visión mucho más ácida, pesimista, sardónica.
Con un tono pesado y un sonido protometalero, este Hombre que vendió al mundo refleja a un David Bowie más cínico y descreído. En ese sentido, las instrumentaciones, la producción en sí y las letras de los temas muestran la intención desencantada del disco. La voz de Bowie más de una vez suena distorsionada, alejada, deliberadamente afectada.
The Man Who Sold the World es también un álbum pionero del glam rock (junto con los de T. Rex) y al respecto, cortes como “All the Madmen”. “After All”, “Saviour Machine” y la escalofriante “She Shook me Cold” no dejan lugar a dudas. Sin embargo, son dos los temas estelares: la inicial “The Width of a Circle” (prácticamente una suite de poco más de ocho minutos) y la extraordinaria canción que da título al disco y que Nirvana se encargaría de revivir veintitantos años después.
(Reseña que escribí para el Especial No. 10 de La Mosca en la Pared, publicado en abril de 2004)
martes, 13 de diciembre de 2016
Greg Lake
En el rock, tener bonita voz no es requerimiento indispensable. De hecho, en muchos casos resulta exactamente lo contrario. Voces “feas” se han convertido en las más distintivas del género. Ahí están las de Bob Dylan, John Lennon, Janis Joplin, Tom Waits, Leonard Cohen, Iggy Pop, Thom Yorke y un larguísimo etcétera (para no hablar de México: de Alex Lora a Saúl Hernández y de Rocko a Rubén Albarrán, las voces horrendas abundan por estos lares). Eso para no hablar de tantos vocalistas de heavy metal que alcanzan agudos rompevidrios, pero cuyos timbres chirriantes no podrían considerarse precisamente como hermosos.
Quizá por eso de pronto habría que resaltar aquellas voces tersas, melódicas, aterciopeladas, capaces de transmitir eso tan subjetivo pero tan conmovedor que es la belleza.
Greg Lake era dueño de una de esas gargantas privilegiadas que sabían modular, matizar, cantar sin perder la melodía, sin fallar en la armonía, sin desafinar o molestar al oído más exigente.
La triste noticia es que este cantante (y guitarrista y bajista y compositor) excelso acaba de fallecer (un cáncer se lo llevó el miércoles pasado), cuando apenas tenía 69 años de edad. Quiso el destino que muriera el mismo año en que también se fue Keith Emerson, su compañero de tantas batallas con uno de los grupos más importantes del rock progresivo de todos los tiempos: Emerson, Lake and Palmer (Carl Palmer, baterista virtuoso, por fortuna continúa sano y activo).
En lo personal, me duele esta muerte porque la música de EL&P me acompañó desde la adolescencia y la voz de Lake (quien formara parte asimismo del primer King Crimson) perdura en mi memoria al interpretar maravillas como “Lucky Man”, “From the Beginning”, “A Time and a Place”, “C’est la Vie”, “Take a Pebble”, “Nobody Loves You Like I Do”, “Watching Over You” o “Show Me the Way to Go Home”, entre muchas otras.
Demasiados veteranos se han ido ya este 2016. Es la ley de la vida, pero igual duele.
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)
jueves, 8 de diciembre de 2016
La trilogía de Emerson, Lake & Palmer
A la memoria de Greg Lake y Keith Emerson, fallecidos este 2016
“You know the smile is only there to hide
What I’m really feeling deep inside
Just a face where I can hang my pride”.
“Trilogy”
El rock progresivo es una extraña clase de religión pagana. Sus seguidores son fieles como pocos y continúan siendo fieles por el resto de sus vidas. Son la antítesis rotunda de los punks, quienes en los años setenta atacaban con furia a los exponentes del progresivo precisamente por su mayor cualidad: el virtuosismo. No cualquier músico es capaz de tocar como un músico de este género. Se necesitan estudio, habilidad técnica, perseverancia, un gusto muy específico y una sensibilidad bastante particular y distintiva. Se trata de una élite cerrada en la que no cualquiera tiene la capacidad de ingresar, aunque muchos de sus exponentes corren el riesgo de caer (y muy a menudo lo hacen) en la aotocomplacencia, en una especie de masturbación musical que en más de una ocasión produce orgasmos que sólo los propios intérpretes disfrutan a plenitud. El prog rock puede ser exultante y hasta emocionante, pero también puede volverse rutinario y francamente aburrido.
Entre los grupos más trascendentes del progresivo originario está Emerson, Lake & Palmer (ELP), uno de aquellos míticos supergrupos de los años sesenta y setenta del siglo pasado, llamados así por incluir en sus alineaciones a grandes talentos provenientes de agrupaciones de por sí importantes. En el caso de ELP, el genial tecladista Keith Emerson provenía de Nice, el estupendo cantante, guitarrista y bajista Greg Lake venía nada menos que de King Crimson y el asombroso baterista Carl Palmer había sido integrante de Atomic Rooster. Al unir sus talentos, los tres conformaron uno de los proyectos más asombrosos en la historia no sólo del progresivo sino del rock todo.
Trilogy es el cuarto trabajo discográfico de ELP, luego de su magnífico álbum debut homónimo (1970), del conceptual y altamente progresivo Tarkus (1971) y del extravagante Pictures at an Exhibition (1971, en el cual interpretaron una muy particular versión de la célebre composición de Modesto Mussorgsky). Trilogy es un gran disco; a mi modo de ver, su opus magno. Obra de madurez, su mayor mérito es esa sabia combinación entre lo progresivo y electrónico (los sintetizadores de Emerson siguen siendo la parte fundamental del trío) con instrumentos más “orgánicos”, como la guitarra acústica y el piano. De igual forma, las composiciones son menos ásperas que en sus discos anteriores y hay en ellas una mayor finura, una notable sutileza, un acento en el factor melódico a pesar de que lo rítmico y lo armónico siguen siendo elementos importantísimos.
El disco abre con “The Endless Enigma”, tema en tres partes que inicia con sonidos misteriosos, mismos que remiten a la prehistoria y revientan en un estallido rítmico, con Carl Palmer a cargo de un beat jazzista y Keith Emerson que maneja el órgano Hammond a su antojo, hasta dar paso al primer rompimiento y entrar de lleno al tema central, cantado con esplendorosa emotividad por Greg Lake (“Please, please, please open their eyes / please, please, please don’t give me lies”). Viene entonces la segunda ruptura, misma que deriva en un solo de piano a manera de fuga cuasi bachiana y termina, en el gran final de la breve suite de diez minutos, con un regreso a la parte inicial, precedido por campanas tubulares (cortesía de Palmer) y una culminación tan suntuosa como deliciosamente disonante.
“From the Beggining” es una absoluta maravilla, una balada en la cual Lake maneja con pericia la guitarra acústica y le da un tono cercano al mood caribeño, bongós incluidos. Su solo de guitarra eléctrica es otro plus y el momento culminante, con el sintetizador de Emerson, es de una belleza perfecta. Le sigue “The Sheriff”, misma que recuerda a “Jeremy Bender” del álbum debut de ELP. Una especie de honky tonk progresivo, una humorística canción que podría ser el tema de una película del Oeste (el piano final es en definitiva para un saloon de Dodge City). Como dato anecdótico, justo al principio de la pieza Greg Lake profiere una obscenidad al equivocarse. La grosería fue dejada en el disco, para que los escuchas supieran que los integrantes de ELP eran capaces de cometer errores. El lado A del vinil finaliza con “Hoedown”, un fragmento de la conocida “Rodeo” del compositor clásico estadounidense Aarón Copland.
El lado dos abre con un delicioso hors d’œuvre, un entremés lleno de delicadeza instrumental, con un Keith Emerson convertido en sensible y emotivo pianista, cuya cadencia sirve como marco perfecto a la voz dulcificada de un Greg Lake apasionado y cálido. Es “Trilogy”, una pequeña maravilla de casi nueve minutos en cuya parte media irrumpe un segundo movimiento, un jam en ritmo de cinco cuartos que destroza la ternura inicial y es como un relámpago estruendoso y lleno de vértigo en el cual el teclado moog hace de las suyas, mientras Carl Palmer asombra con su capacidad percusiva. La pieza retorna en su tercera parte a cierta calma, pero vuelve a estallar intensa y rítmicamente (en seis octavos) hasta llegar a una coda plenamente bluesera.
“Living Sin” es un corte rudo, oscuro, seco. La voz de Lake es profunda (de pronto remite a Ian Gillan de Deep Purple), el órgano de Emerson es totalmente duro y pesado (heavy, pues). Una gran canción. Por su parte, “Abaddon's Bolero” es un intento no del todo logrado de Keith Emerson de aproximarse (¿o de parodiar) al famoso “Bolero” de Maurice Ravel. Quizá demasiado largo y pretencioso, se trata del tema menos logrado de Trilogy, un final que no alcanza a ser lo que quiso y termina por resultar largo y tedioso en sus más de ocho minutos de duración, a pesar de su constante crescendo. Un experimento fallido que quizás un álbum como este no merecía.
(Publicado originalmente en el sitio de la revista Nexos en septiembre de 2016)
martes, 6 de diciembre de 2016
Blues con los Rolling Stones
El lugar común diría que se trata de un regreso al origen. Yo diría que hay mucho más que eso. En definitiva es una declaración de principios. Es decir que el blues es y sigue siendo la base y la semilla. Es confirmar el dicho de Willie Dixon de que el blues tuvo un hijo y lo llamó rock n’ roll. Es tomar la sustancia y renovarla, pero sin alterarla, sin pasteurizarla, sin adulterarla.
Blue & Lonesome (Interscope, 2016), el nuevo disco de los Rolling Stones, grabado once años después de su anterior A Bigger Bang (2005), no tiene una sola composición de la mancuerna Jagger y Richards. Se trata de una colección de doce blueses, al mejor estilo Chicago, de músicos tan legendarios como el ya mencionado Dixon, Howlin’ Wolf, Lightnin’ Smith, Bukka White, Eddie Taylor, Magic Sam, Jimmy Reed o Little Walter. Los Rolling Stones los han hecho suyos con el mayor respeto y con la mayor lucidez, en una grabación que les llevó apenas tres días y que por ello mismo suena tan auténtica. Un sonido a la vez grasoso e impecable, sin fisuras, sin inventos, negro hasta la médula, con un Mick Jagger sorprendentemente destacado en la voz y la armónica, un Jagger intenso y seductoramente bluesero.
Uno habría pensado que en un disco como este quien más brillara sería un bluesman declarado como Keith Richards (y por supuesto que lo hace, como lo hacen Ron Wood y el siempre preciso Charlie Watts), pero esta vez es Jagger el que domina el panorama a lo largo de los 42 minutos que dura el álbum.
Otro mérito del disco es que no se buscó incluir un solo clásico del blues (salvo tal vez el concluyente “I Can’t Quit You Baby” de Willy Dixon), sino que se recurrió a piezas oscuras y poco conocidas como “Everybody Knows About My Good Thing” de Little Johnny Taylor (con solo de Eric Clapton incluido), “Just Your Fool” de Little Walter, “All of Your Love” de Magic Sam o esa delicada joya que es “Little Rain” de Jimmy Reed.
Un disco extraordinario.
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)
domingo, 4 de diciembre de 2016
Zappa para principiantes
La reciente aparición de los primeros 24 discos de Frank Zappa, grabados entre 1966 y 1979 y debidamente remasterizados, resulta todo un acontecimiento. Del Freak Out al Sheik Yerbouti, la familia de Zappa firmó un acuerdo con Universal Music para que estos grandes platos sean reeditados a lo largo de 2012 (los primeros doce salieron a finales de julio y los otros serán puestos a la venta de aquí a diciembre). Se espera que en 2013 aparezcan más, hasta llegar a un total de 60 álbumes.
A casi 19 años de la muerte de este enorme genio de la música del siglo veinte (falleció el 4 de diciembre de 1993), el legado de su obra sigue siendo tan impresionante como adelantado a su tiempo. Era un vanguardista, un hombre que trastocó diferentes géneros, desde el rock y el jazz, hasta el avant-garde y la música sinfónica. Si dicho legado permanece vigente a estas alturas de la nueva centuria es gracias a la inventiva, la complejidad, la creatividad, el sentido de la ironía, la versatilidad, el virtuosismo y la frescura de una obra siempre propositiva, siempre antisolemne, siempre deliciosamente provocadora.
Como creo que no hay mejor manera de homenajear al buen Frank que mediante la escucha de su música, presentó aquí algunos comentarios sucintos sobre los que considero sus 15 trabajos básicos e imprescindibles.
Zappa dinamitó al mundo del rock en particular y de la música en general con la grabación de su disco debut y segundo álbum doble en la historia del género: el inigualable Freak Out de julio de 1966 (el primer LP doble fue Blonde on Blonde de Bob Dylan, aparecido apenas dos meses antes). Al lado de su banda The Mothers of Invention, el músico nacido en Baltimore, en 1940, puso de cabeza a la reinante música pop de los sesenta, incluida la de los Beatles, gracias a su propuesta de canciones que se construían y deconstruían de manera osada y satírica, con un nivel artístico que hacía ver la superlativa preparación musical de un autor más que sui generis.
Absolutely Free, de 1967, vino a continuar, conformar y solidificar el estilo que Frank Zappa y sus Madres de la Invención habían sembrado en la obra anterior. Se trata de un trabajo igualmente asombroso e incluso más rico en elementos musicales que Freak Out.
Los dos discos mencionados hubiesen bastado para dar a Zappa un lugar en la historia de la música, pero aquello era sólo el principio de una larguísima y fructífera carrera que se traduciría en más de 60 álbumes aparecidos en vida del músico y una treintena editada luego de su muerte.
Otros platos tanto o más suculentos que los dos primeros fueron el antihippie We’re Only in It for the Money (1968); el instrumental Uncle Meat (1969); el impactante –y primer disco de Zappa sin The Mothers, además de su primera incursión en el jazz rock y su primera colaboración con Captain Beefheart– Hot Rats (1969); el complejísimo y último disco con Las Madres originales Weasels Ripped My Flesh (1970); el enloquecido –y soundtrack del filme homónimo, dirigido por el propio Zappa– 200 Motels (1971); el cuasi jazzístico Waka/Jawaka (1972); el sensacionalmente zappopero (es decir, Zappa entra al rock pop… a su manera) Over-Nite Sensation (1973); el estupendo Apostrophe (1974); el al mismo tiempo oscuro y luminoso One Size Fits All (1975); el archirreconocido (y que no sólo vale por “Watermelon in Eastern Hay”, por favor) Joe’s Garage: Acts I, II & III (1979); el desmadroso (hay que oír esa burla al modo de cantar de Bob Dylan en “Flakes”) pero impecable Sheik Yerbouti (1979); el divertidísimo y multifacético You Are What You Is (1981) y el subvalorado y a mi modo de ver excelente y delirante The Man from Utopia (1983), incomprendido por la crítica pero amado por muchos de sus más fieles seguidores.
He hablado de 15 discos en estudio de Frank Zappa, pero también hay algunas obras en concierto francamente grandiosas. Mencionaré sólo cinco: Just Another Band from L.A. (1972), Roxy and Elsewhere (1974), Zappa in New York (1978), Shut Up ‘n Play Your Guitar (1981) y el fuera de serie The Best Band You Never Heard in Your Life (1991). Por supuesto que existen otras muchas maravillas zappianas, mas resultaría imposible mencionarlas todas en este espacio. Valga conocer o reconocer, descubrir o redescubrir, la vena creativa de uno de los grandes genios de la música del siglo pasado. Casi 20 años han pasado desde su muerte. Se le extraña. Escuchémoslo.
(Publicado originalmente en la revista Nexos en noviembre de 2012)
jueves, 1 de diciembre de 2016
JJ Cale después de medianoche
La aparición en 2014 del disco The Breeze (An Appreciation of JJ Cale) de Eric Clapton & Friends fue un más que merecido homenaje a uno de los guitarristas y compositores más influyentes en la historia del rock. JJ Cale (1938-2013) se significó, desde una posición relativamente discreta, como el creador de una manera muy característica de escribir canciones y ejecutar la guitarra.
Nacido en Oklahoma City, John Weldon Cale fue un músicos de enorme finura. Su originalidad lo llevó a crear el llamado sonido Tulsa, basado en lo que se conoce como música de raíces (folk, country, blues, rockabilly), pero aderezado con un toque personalísimo y sutil en la forma de ejecutar su instrumento. Se trata de un estilo inconfundible que influyó a muchísimos guitarristas posteriores, muy en especial al propio Clapton y, sobre todo, al líder de los Dire Straits, Mark Knopfler.
Ignorado por el mainstream, Cale permaneció muchos años en un relativo ostracismo. Por eso, cuando a finales de los años ochenta del siglo pasado surgieron los Dire Straits, muchos se sorprendieron de la “originalidad” de su música, sin saber que era prácticamente una calca de lo que JJ Cale llevaba haciendo desde diez años atrás. No quiere decir que Knopfler haya sido un plagiario, aunque es verdad que tampoco fue muy expresivo a la hora de revelar cuál era su principal influencia.
Esto no pareció preocupar demasiado al maestro. A final de cuentas ahí estaba su obra, manifestada en una serie de álbumes espléndidos, como Naturally (1971), Troubadour (1976), Grasshopper (1982), To Tulsa and Back (2004), The Road to Escondido (2006, al lado de Eric Clapton) y Roll On (su último trabajo, de 2009).
Al contrario de Knopfler, Clapton siempre reconoció la importancia de la música de JJ Cale en su propia formación guitarrística. Pero esto sería retribuido, ya que fue gracias al británico que el nombre del de Tulsa se conoció mundialmente, cuando en 1970, en su homónimo disco debut, incluyó la composición “After Midnight” de Cale. Más tarde, en otro álbum de Clapton, el Slowhand de 1977, otro tema del mismo JJ, “Cocaine”, no hizo sino afirmar su calidad como gran hacedor de canciones, entre las que cabría destacar también joyas como “Call Me The Breeze”, “I Got the Same Old Blues”, “Don’t Wait”, “Someday” y la bellísima “Magnolia”, más un larguísimo etcétera. Cale y Clapton tenían una magnífica relación y su amistad duró más de 40 años.
JJ Cale falleció en julio de 2013 y The Breeze es un justo tributo a su obra y a su memoria. Para grabar los 16 cortes que lo conforman, Eric Clapton logró reunir a una pléyade de grandes músicos, como Tom Petty, Willie Nelson, John Mayer, Don White, Christine Lakeland y, por supuesto, Mark Knopfler. El ex Cream y ex Derek and the Dominos no trató de robar cámara y dio el suficiente espacio para que cada uno de sus colegas se luciera en una o más canciones, entre las cuales, por cierto, no estuvieron incluidas “After Midnight” y “Cocaine”.
(Mi columna "Gato encerrado" de este mes en el periódico El Vigía, de Ensenada, Baja California).
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