martes, 25 de octubre de 2016
Un Nobel honorario para Leonard Cohen
Leonard Cohen ha culminado (¿o no?) su trilogía discográfica final –conformada previamente por los extraordinarios discos Old Ideas (2012) y Popular Problems (2014)– con la aparición, apenas este viernes 21, del impresionante You Want It Darker (2016).
A sus 82 años recién cumplidos (nació en Montreal, Canadá, el 21 de septiembre de 1934), Cohen declaró hace poco a The New Yorker que estaba preparado para morir, aunque al ver la reacción de alarma de sus seguidores, lo matizó más adelante con un “me propongo vivir hasta los 120 años”. Sin embargo, al escuchar las letras de las canciones de los tres álbumes mencionados y en especial del más reciente, es claro que el decirse preparado para la muerte es la frase central de su estado de ánimo actual.
You Want It Darker es un disco filosófico y profundo en su poesía, y austero y espléndido en su música (el sentido melódico de Cohen sigue siendo exultante). Las nueve composiciones que lo constituyen no tienen desperdicio: todas poseen algo trascendente que decir, todas brillan desde una oscuridad lírica y musical que conmueve y quita el aliento. No es sin embargo una obra pesimista o desencantada. Yo diría que es más un ajuste de cuentas con una vida fructífera pero difícil, tan llena de creatividad y de felicidad como de momentos duros y complicados en lo profesional, lo artístico, lo amoroso, lo religioso.
Por eso, temas como (nombrémoslos todos) “You Want It Darker”, “Treaty”, “On the Level”, “Leaving the Table”, “If I Didn’t Have Your Love”, “Traveling Light”, “It Seemed the Better Way”, “Steer Your Way” y “String Reprise/Treaty” poseen una riqueza espiritual y una crudeza humana que sólo Cohen podría expresar como lo expresa.
¿Disco testamento? ¿Trilogía discográfica de despedida? No lo sabemos. Leonard Cohen tiene problemas de salud (parte del disco lo grabó sentado, debido a sus dolores de columna), pero su mente y su espíritu al parecer se mantienen incólumes.
Merece un Nobel honorario.
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)
domingo, 23 de octubre de 2016
The Who Sell Out
La primera obra maestra de The Who y su primer disco con sentido conceptual (una de las obsesiones de Pete Townshend). The Who Sell Out (1967) es un álbum espléndido por donde quiera que se analice. Homenaje a las estaciones radiales piratas que tanto apoyaron al grupo en sus inicios y que fueron prohibidas en Inglaterra y precariamente sustituidas por la BBC 1, este trabajo no sólo contiene grandes composiciones –“I Can See for Miles”, “Mary Anne with the Shaky Hand” (todo un canto irónico a la masturbación al igual que sucede en “Pictures of Lily”), “I Can’t Reach You”, “Odorono”, “Tattoo”, “Relay”, “Armenia City in the Sky”, “Rael” (otra mini ópera, en dos partes)–, sino una hilación progresiva en la cual los cortes van unidos por falsos anuncios promocionales de Radio London, una de las emisoras piratas a las cuales se rinde tributo.
Inscrito en plena etapa psicodélica, Sell Out muestra que los Who eran mucho más que una bandita británica del montón, de esas que surgieron durante la llamada Ola Inglesa y que, por el contrario, se trataba de una agrupación que podría trascender y que se encontraba en un nivel paralelo al de los Beatles, los Rolling Stones y los Kinks. Poderoso y melódico, fuerte y armónico, entusiasta y dulce, The Who Sell Out permanece como uno de los grandes álbumes de los sesenta.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 11 de La Mosca en la Pared, dedicado a The Who y publicado en marzo de 2008)
jueves, 20 de octubre de 2016
Los 90 de Chuck Berry
Músico, poeta y loco, personaje delirante y genial, el gran pionero del rocanrol llega a sus nueve décadas de vida.
La escena es ya un clásico del cine. En Volver al futuro de Robert Zemeckis (1985), el personaje de Marty McFly (interpretado por Michael J. Fox) toca en la guitarra “Johnny B. Good”, con su famoso riff introductorio (“Voy a tocar un oldie..., bueno, es un oldie en el lugar de donde vengo”) y un joven de color (negro, dirían Les Luthiers) corre a un teléfono atrás del estrado para hacer una llamada (“¡Primo Chuck, soy Martin, Martin Berry! ¿Recuerdas el sonido que estabas buscando? ¡Pues escucha esto!”) y acto seguido pone el auricular en dirección a la música. McFly de pronto se aloca y, ante el azoro del público, termina por tocar al estilo de Jimi Hendrix y Pete Townshend. Se interrumpe y les dice: “Creo que aún no están ustedes listos para esto, pero a sus hijos les encantará”.
Es un divertido y emotivo homenaje al autor de esa y otras muchas canciones que dieron forma, sentido y sustancia a lo que el locutor radiofónico Alan Freed llamaría rock n’ roll, un tributo al creador de todo un estilo de escribir, tocar y cantar llamado Chuck Berry.
Berry cumplió 90 años de edad este 18 de octubre. Nació en 1926, en Saint Louis, Misuri, con el nombre de Charles Edward Anderson Berry y aunque ya se encuentra retirado, hasta hace relativamente poco tiempo seguía presentándose en concierto. De los pioneros del rocanrol es el más longevo (Fats Domino tiene 88 años, Little Richard 83 y Jerry Lee Lewis 81).
Tedioso sería repetir aquí la archiconocida biografía del creador de “Maybelline”, “Sweet Little Sixteen”, “Carol”, “Roll Over Beethoven” y tantos himnos generacionales o repetir frases hechas como que es el padre del rocanrol o que sin él la historia de la música popular habría sido muy otra, etcétera.
Habría que hacer énfasis, sí, en algo de lo que se habla menos, aunque John Lennon insistía mucho en ello: que las letras de las canciones de Chuck Berry son poesía pura, lírica brillante y rica en descripciones sobre la juventud estadounidense de finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Un retratista de su época (aunque no sé si le alcanzaría para el premio Nobel, como Bob Dylan).
También habría que referir sus raíces blueseras. Si bien Berry amalgamó muy bien el blues con el country & western y con ello hizo el mejor rock n’ roll (incluido su famoso paso de pato), hay grabaciones suyas en las que interpreta el blues de manera estupenda. Blueses propios que escribió también y tan bien.
De carácter difícil (baste ver ese documental llamado Heil Heil Rock n’ Roll!, de 1987, en el que mientras se prepara un concierto en homenaje suyo, promovido y organizado por Keith Richards, atestiguamos la arrogancia despótica de la que solía hacer gala y sus roces constantes con el guitarrista de los Rolling Stones, quien en varias ocasiones a lo largo del filme está a punto de mandarlo al diablo.
También es conocida la avaricia del músico, quien no tenía empacho en declarar que estaba en el negocio de la música por el dinero y a quien era necesario pagarle en efectivo y antes de cada presentación. De hecho, con frecuencia viajaba a las ciudades solo con su guitarra y pedía que músicos locales lo acompañaran. De ese modo, se ahorraba el sueldo de sus propios instrumentistas.
Mujeriego y apostador, piso la cárcel en 1959, cuando se le relacionó sexualmente con una joven apache de 14 años (aunque el músico juraba que ella le había dicho que tenía 21). Pasó dos años tras las rejas.
Chuck Berry vino a México a principios de los noventa, para presentarse en un concierto en el viejo Auditorio Nacional, en un programa triple nada menos que con B.B. King y Ray Charles. Me tocó estar ahí en esa ocasión. Fue una actuación discreta la de Berry. Austera. Con tres músicos mexicanos que lo acompañaron. Al menos eso es lo que registra mi memoria. Pero haber visto “en vivo” a esa leyenda del rock (al igual que a King y a Charles), no tiene precio.
Noventa años cumple ya Chuck Berry. Es un mito viviente. Celebrar sus nueve décadas de vida es lo menos que podemos hacer. Festejar con una sonrisa y un paso de baile al amo de la rock n’ roll music.
(Publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)
miércoles, 19 de octubre de 2016
El álbum debut de los Kinks
Aunque hay quienes aseguran que el álbum debut de los Kinks es un disco mediocre y prescindible, yo me permito discrepar de ello. The Kinks (1964) no sólo es un trabajo solidamente rocanrolero, sino que muestra con gran claridad lo que habría de ser este grupo con el transcurso de los años. Cierto que en el plato abundan los covers, pero cierto también que en el mismo hay algunas composiciones de Ray Davies que alcanzarían la inmortalidad, como “Stop Your Sobbing” y, sobre todo, la genial “You Really Got Me”, piedra de toque en la historia del rock y, para muchos, con el primer riff metalero de todos los tiempos. Sin embargo, hay otros temas que destacan, interpretados con gran desenfado y sentido irónico, algo que se convertiría en sello de la casa. Cortes como “So Mystifyng”, “Just Can’t Go to Sleep”, “I Took My Baby Home” o “Revenge” e incluso covers como “Beautiful Dalilah” y “Too Much Monkey Business’” de Chuck Berry o “Cadillac” de Bo Diddley responden a la música que se hacía en 1964 y aun cuando no redondean el sonido clásico de los Kinks que hoy conocemos, sí lo empiezan a configurar.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 43 de La Mosca en la Pared, publicado en octubre de 2007)
martes, 18 de octubre de 2016
Dylan para principiantes
No se preocupe usted, querido lector. No le voy a dar aquí los pormenores de la vida de Bob Dylan. Para conocer su biografía basta con acudir a Wikipedia, a AllMusic.com y a tantos sitios donde seguro hallará extensos datos al respecto.
El título de la columna se debe a que entre quienes han criticado la controvertida decisión de la Academia Sueca que otorga a Dylan el Premio Nobel de Literatura de este año, me he encontrado argumentos francamente asombrosos y que, en muchos casos, bordan el límite del ridículo y demuestran un verdadero desconocimiento sobre la obra del autor de “Desolation Row” y la trascendencia que ésta ha tenido, a lo largo de más de medio siglo, para la cultura del mundo.
Desde cosas tan burdas como “Le dieron el Nobel a un cantante para drogadictos” (juro que lo leí en las redes), hasta citas mal traducidas de las letras de las canciones más sencillas del compositor (incluidas algunas que él no escribió), a fin de demostrar “su baja calidad poética”, la metralla de los exquisitos en contra del buen Bob no ha parado desde que se dio a conocer la noticia.
Por supuesto, hay quienes han argumentado a favor. Cito al escritor mexicano Óscar Aparicio: “Ginsberg, Kerouac, Yeats, T.S Eliot, Pound, Tennyson, Coleridge, Wordsworth, Poe, Conrad, Carroll, Blake, Dante, Crane, Whitman, Rimbaud, Baudelaire, Joyce y muchos más habitan el orbe dylaniano. Hemos leído tanto sobre él que a veces lo obviamos y olvidamos. Dylan es lo más parecido que tenemos a Shakespeare y a Joyce. Sus canciones remiten lo mismo a una batalla de la guerra civil, una huelga de 1955, Vietnam, Nueva Orleans, Madrid, Mississippi, Nueva York. Una forma de atemporalidad fílmica en viñetas de tres u once minutos”.
O a Joaquín Sabina: “Llevo diciendo por lo menos veinte años que Dylan es el mejor poeta de América y de la lengua inglesa actual y también el que más ha influido en varias generaciones”.
Pero ni así se convencerán los cultos detractores.
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" en la sección ¡hey! de Milenio Diario)
viernes, 14 de octubre de 2016
101 años de Billie Holiday
Nació hace un siglo y un año; murió hace 56, poco antes de cumplir los 45. Las circunstancias de su deceso fueron muy tristes, pues falleció en el Metropolitan Hospital de Nueva York, debido (según el parte médico oficial) “a una congestión en los pulmones complicada con una falla en el corazón” (una falla en el corazón…; algo tiene de poético este diagnóstico tratándose de Billie Holiday, quien a lo largo de su vida tuvo muchas fallas de esas).
Tristemente, la que quizá sea la más grande cantante de jazz de todos los tiempos se encontraba bajo arresto en su cama de hospital, acusada de posesión ilegal de narcóticos, otro problema con el que Billie tuvo que lidiar durante largo tiempo (y sin embargo, hay que decirlo, su muerte fue un poco más “benigna” que la de quien fuera su principal influencia como intérprete y un gran ídolo para ella, la inconmensurable Bessie Smith, quien en 1937, muy grave después de haber sufrido un accidente automovilístico, no fue admitida en un hospital de la ciudad de Clarksdale, Mississippi, por tratarse de una mujer de raza negra, y falleció desangrada en el coche de alquiler que la había llevado hasta allí).
Pero escribo esto para festejar el nacimiento y no para lamentar la desaparición de Holiday.
Nacida en la primavera de 1915 en Baltimore, Maryland, fue bautizada como Eleanora Fagan Gough, hija de padres extremadamente jóvenes, ya que al darla a luz, su madre tenía apenas trece años de edad y su padre quince. Cuando quisieron casar a la precoz pareja, el casi adolescente progenitor (quien también resultó precoz como músico, ya que era el guitarrista de la banda de Fletcher Henderson), huyó despavorido, sin que le preocupara la suerte de su hija. La madre tampoco le haría mucho caso, por lo que la niña pasó de mano en mano con diferentes parientes hasta que a los diez años fue violada por uno de ellos e internada casi enseguida en un colegio católico de monjas.
Permaneció ahí hasta 1927. De regreso con su madre, ambas viajaron a Nueva York, donde ésta se empleó como sirvienta en diferentes casas. Como se trataba de un trabajo inestable, la pequeña Eleanora, de apenas trece años, debió dedicarse por un tiempo a la prostitución, “para completar el gasto”. Fue en esos días que escuchó por primera vez los discos de Bessie Smith y de Louis Armstrong, con lo que quedó atrapada por el blues y el jazz y decidió que quería ser cantante. Ya poseía para entonces una estupenda voz y un sentimiento muy particular al cantar, por lo que no tardó en llegarle una oportunidad, cuando en 1933 acudió a un bar de Harlem, el Log Cabin, y su dueño, el pianista Jerry Preston, le hizo una prueba. Cantó “Trav’lin’ All Alone” y “Body and Soul” y fue contratada de inmediato. Le pagarían dos dólares por noche.
A sus 18 años, la suerte empezó a cambiarle, sobre todo cuando el productor John Hammond, quien también empezaba su carrera, la escuchó y de inmediato la puso en contacto con Benny Goodman y le consiguió un contrato con Columbia Records. En noviembre de aquel mismo año, grabó su primera canción: “Your Mother’s Son-In-Law”.
Fue en los años treinta cuando logró su pleno desarrollo como artista, además de que conoció y colaboró con una lista impresionante de músicos que hoy son leyenda: Count Basie, Lester Young, Ben Webster, Artie Shaw. En 1938, mientras trabajaba en el Café Society de Nueva York, el músico Lewis Allen escribió para ella un tema especial, al ver los maltratos y discriminaciones que Billie sufría por su condición de mujer de raza negra. “Strange Fruit” fue el nombre de la pieza que la catapultaría a la fama inmediata, debido a su impresionante interpretación. Columbia no quiso grabarla, pero Commodore sí y aunque las estaciones de radio la vetaron por su letra de denuncia, no tardó en volverse muy popular.
No obstante, otras dos serían las canciones que la consagrarían en definitiva, en 1941: “God Bless the Child” y “Lover Man”, dos grandes melodías que Holiday se encargó de convertir en clásicas.
Con un prometedor futuro por delante, la cantante no supo aprovechar su momento y a lo largo de la siguiente década se hundió en un pantano de fracasos sentimentales, drogas y alcohol que inició su temprano declive. En 1947, dejó ir varias oportunidades de trabajo y además sufrió el terrible golpe de la muerte de su madre. Para colmo, fue arrestada por posesión de heroína y encarcelada.
Los cincuenta no fueron sus mejores años tampoco, aunque logró grabar sus discos más desgarrados, hermosos y entrañables. Una joya como Lady in Satin (1958), sólo puede explicarse como un producto de esa etapa de su vida, etapa que se truncaría un año más tarde, cuando la heroína volvió a derrotarla y la condujo a un nuevo arresto, esta vez en un hospital al que fue llevada de urgencia y donde falleció de un infarto en 1959.
La gran diva del jazz se fue en medio de la pobreza y el abandono más terribles. Este año se cumple un siglo de su llegada al mundo que tanto la maltrató y al que ella tanto le dio.
(Mi colaboración de este mes en la columna "Gato encerrado" que escribo para el periódico El Vigia, de Ensenada, Baja California)
miércoles, 12 de octubre de 2016
The Who en México (Crónica de un anhelo anunciado)
Para Paulina de la Vega, por estar ahí.
¿Soy yo o para que resultara un concierto perfecto les faltó subir un poquito más el volumen?
Bueno, tal vez sea yo y mi exceso de exigencia (o mi parcial sordera tempranamente sexagenaria). Lo cierto es que después de más de medio siglo, la noche de este miércoles 12 de octubre (día de “la raza”) se cumplió un sueño que muchos seguidores de The Who teníamos desde hace largo tiempo (y que pudo haberse cumplido en 2007, cuando el concierto del grupo en el Foro Sol se canceló por un supuesto malestar físico de Roger Daltrey): Pete Townshend y compañía se presentaron en México.
Con un Palacio de los Deportes retacado (se dice que éramos 17 mil espectadores) y luego de un set abridor un tanto largo y aburridillo de Simon Townshend, el hermano consentido de Pete, por ahí de las nueve y media de la noche dio inicio un concierto peculiar, cálido, emotivo, entrañable y lleno de nostálgicas vibraciones (para usar un término sesentero).
No sé si les sucedió a muchos más, pero después de haber visto a The Who infinidad de veces en videos en concierto (desde su legendarias presentaciones en el Monterey Pop Festival de 1967, el festival de Woodstock de 1969 o el de la Isla de Wight en 1970, hasta los más recientes, de su gira The Who 50!), el hecho de tenerlos ahí, en persona, en el escenario del coso de los rebotes, parecía de pronto algo irreal. ¿En serio esos ocho monitos que veíamos desde el palco de prensa donde nos acomodó Ocesa era The Who? ¿De verdad teníamos a dos leyendas vivientes como Townshend y Daltrey en persona, a sus respectivos 71 y 72 años de edad, para tocar lo mejor de su repertorio?
Pues sí, era real. Estaba siendo real. Fue algo real. Desde el primer acorde seco y contundente de “I Can’t Explain” hasta el encore final con “Eminence Front” y “Substitute”, luego de pasar por dos grandiosas horas que entre otras piezas nos hicieron escuchar a plenitud “My Generation”, “I Can See for Miles”, “Who Are You”, “You Better You Bet”, “Behind Blue Eyes”, “The Seeker”, “Bargain”, “Anyway, Anyhow, Anywhere”, “Pinball Wizard”, “The Acid Queen”, “5:15”, “I’m One”, “Love Reign O’er Me”, See Me, Feel Me” y, por supuesto”, las exuberantes y exultantes “Baba O’Riley” y “Won’t Get Fooled Again” (quizás extrañé “Young Man” y “The Song Is Over”), The Who vino a mostrar a las viejas y nuevas generaciones lo que es hacer el mejor rock.
Cierto que la voz de Roger Daltrey ya no es la misma, que en los agudos requiere el apoyo vocal de Simon Townshend y que algunos de sus pasos de baile parecen sacados de “La danza de los viejitos”. Cierto que Pete Townshend ya no puede pegar sus grandes saltos y que cuando quiso lanzarse para resbalar de rodillas en la duela, al final de “Won’t Get Fooled Again” (como hace en una escena de la película The Kids Are Alright), estas se le atoraron y literalmente se fue de bruces y estropeó su guitarra que debió cambiar de inmediato, luego de ponerse de pie con alguna pequeña ayuda de sus amigos. Cierto que aún se sienten las ausencias de Keith Moon y John Entwistle, a pesar de ser dignamente sustituidos por Zac Starkey (sí, el hijo de Ringo) y Pino Palladino. Cierto que no es lo mismo Los Cuatro Mosqueteros que Cincuenta años después.
Sin embargo, la esencia de The Who continúa intocada y es capaz de llevar al paroxismo a una variopinta multitud con gente de todas las edades que coreó entusiasta la mayor parte de las canciones.
Todo feliz en el concierto que estos míticos ingleses nos debían a sus seguidores mexicanos (aunque insisto en que un poco más de volumen lo habría hecho más explosivo aún). El disfrute colectivo fue evidente y el mío, en lo personal, lo fue en partida doble: por ver al fin a The Who “en vivo” y por mi gratísima compañía, quien a la salida se puso la playera emblemática del grupo.
Long live rock!
(Publicado originalmente en "Acordes y desacordes", el sitio de música que coordino para la revista Nexos)
jueves, 29 de septiembre de 2016
12 X 5
12 X 5 es el segundo disco de los Rolling Stones aparecido en los Estados Unidos y por ende, el segundo que se conoció en México (en el Reino Unido apareció The Rolling Stones Vol. 2 y ambos varían en algunos de los temas incluidos).
El álbum que aquí nos ocupa significó un cambio gradual en la evolución del grupo de la música negra al rock. Ciertamente hay aquí temas blueseros (“Confessin’ the Blues”) y souleros (“If You Need Me”, “It's All Over Now”, “Time Is on My Side”), pero la tendencia hacia el rock and roll es más notoria, no sólo por la sensacional versión de “Around and Around” de Chuck Berry sino incluso por los temas propios. La voz y la armónica de Jagger sonaban de manera estupenda y el juego de guitarras de Brian Jones y Keith Richards formaba una dupla perfectamente acoplada, mientras que la sección rítmica, con la precisión de Bill Wyman en el bajo y de Charlie Watts en la batería, daba la concisión necesaria para que el sonido del conjunto fuera tan compacto como excitante (para no hablar de la siempre magnífica contribución de quien podríamos considerar como la sexta piedra rodante, el pianista Ian Stewart).
Las joyas de 12 X 5 son la ya mencionada “Around and Around” (aún entusiasmante), el blues de Little Walter “Confessin’ the Blues”, esa tonada rítmicamente soulera que es “ It's All Over Now” de Bobby Womack, la célebre “Under the Boardwalk” (conocida en nuestro país como “Fue en un café”) y la sensual y exitosa “Time Is on My Side”. Respecto a las composiciones propias, son bastante aceptables, en especial “Congratulations” y “Good Times, Bad Times”.
Un estupendo segundo disco.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca No. 11, en mayo de 2004)
domingo, 18 de septiembre de 2016
Las buenas vibraciones de 1966
Hay años clave en la historia del rock y 1966 es uno de ellos (de hecho, podríamos hablar de un lustro clave que va de 1966 a 1971, pero esta vez prefiero centrarme en la anualidad que da título a este texto, ya que se cumple exacto medio siglo de la misma).
1966 se significó, dentro del mundo del rock internacional, como el año en que se consolidaron los cambios que empezaron a darse en 1964 y 1965. Fue el año en que la psicodelia surgió en pleno y los músicos comenzaron a tomar conciencia de que su música podía lograr grados de trascendencia que iban más allá del corsé de las canciones de tres minutos exigido por las radiodifusoras y las disqueras.
1966 fue también un año de grandes grabaciones, de discos extraordinarios, del surgimiento de los dos primeros álbumes dobles en la historia del género: el Blonde on Blonde de Bob Dylan (aparecido el 16 de mayo) y el Freak Out de Frank Zappa & the Mothers of Invention (su disco debut, publicado dos meses después).
Así, mientras en Vietnam la guerra proseguía, en Inglaterra se celebraba la Copa Mundial de futbol, en los cines triunfaban cintas como Alfie y Blow Up y los Beatles daban sus últimos conciertos, muchos músicos de rock producían discos fenomenales en la Gran Bretaña y los Estados Unidos.
1966 es el año de Revolver de los propios Beatles, Pet Sounds de los Beach Boys, The Piper at the Gates of Dawn de Pink Floyd, Aftermath de los Rolling Stones, Face to Face de los Kinks, A Quick One de The Who, Sunshine Superman de Donovan, Fresh Cream de Cream, Takes Off de Jefferson Airplane, If You Can Believe Your Eyes and Ears de The Mamas & the Papas, Over Under Sideways Down de los Yardbirds y Parsley, Sage, Rosemary and Thyme de Simon and Garfunkel, además del homónimo álbum debut de Buffalo Springfield, con Stephen Stills y Neil Young a la cabeza.
Fue también un año de grandes canciones en el pop y el rock. Los ejemplos sobran: “Paint in Black” de los Rolling Stones, “The Sounds of Silence” de Simon and Garfunkel, “Good Lovin’” de los Young Rascals, “Monday Monday” de The Mamas and the Papas, “When a Man Loves a Woman” de Percy Sledge, “Wild Thing” de los Troggs, “Summer in the City” de los Lovin’ Spoonful, “Sunshine Superman” de Donovan, “Last Train to Clarksville” de los Monkees, “Reach Out I’ll Be There” de los Four Tops, “Hanky Panky” de Tommy James y los Shondells, “96 Tears” de Question Mark and the Mysterians, “We Can Work It Out” y “Paperback Writer” de los Beatles y esa incomensurable composición de Brian Wilson que es “Good Vibrations”.
También hubo melodías muy curiosas, como la instrumental “Winchester Cathedral” de la New Vaudeville Band, la militarizada “Balada de los boinas verdes” de Barry Sadler y la famosa “These Boots Are Made for Walking”, de Nancy Sinatra, cuyo padre, Frank, popularizó ese mismo año “Strangers in the Night”.
¿Y en México? Bueno, se seguían haciendo covers a diestra y siniestra y, según anota Federico Arana en su libro Guaraches de ante azul, los Hooligans exigían públicamente a Manolo Muñoz que se buscara sus propios éxitos, mientras que en el viejo Auditorio Nacional se celebraba el festival “Ritmos 66” con Javier Bátiz, los Dug Dugs, Los Belmonts, Ela Laboriel, Hilda Aguirre, Los Yaki, Los Johnny Jets y el ballet de Chucho Zarzosa. Las canciones más populares del año fueron “El último beso”, con Polo, y “La banda borracha”, con Mike Laure.
Así las cosas hace exactos 50 años.
(Mi columna "Comunicación cortada" de este mes en el periódico cultural La Digna Metáfora)
jueves, 15 de septiembre de 2016
Led Zeppelin IV o el álbum de los cuatro signos
La piedra de toque de Led Zeppelin y uno de los discos más importantes en la historia del rock. Conocido popularmente como Led Zeppelin IV (1971), el álbum sin nombre es una obra maestra de principio a fin. Con una sabia mezcla de rock duro, blues, folk y hasta entrañable rock’n’roll a la Little Richard, este trabajo inauguró el estilo de lo que se llamaría heavy metal. No es sin embargo un trabajo que haya surgido de la nada, ya que continúa y perfecciona lo hecho en sus tres viniles anteriores, sobre todo en el injustamente despreciado opus III.
Épico, místico, majestuoso, solidamente perfecto, este cuarto disco va de la rítmica y contagiosa sencillez de la rocanrolera “Rock and Roll” a la dulzura de la sutil “Going to California”, de la pesada complejidad de la contundente “Black Dog” al potente sentido bluesero de la apocalíptica “When the Levee Breaks”, de la divertida y crítica ironía antihippie de “Misty Mountain Hop” a la magia folky de la epopéyica “The Battle of Evermore” (con la hermosa voz de Sandy Denny, primera persona invitada en un disco del grupo) y del sentido funk de la inventiva “Four Sticks” a la grandeza sin igual de la inigualable “Stairway to Heaven”, síntesis de todo un álbum de proporciones colosales.
Mención aparte merece la ya señalada “When the Levee Breaks”, impresionante recreación de un viejo blues de la compositora y cantante Memphis Minnie, al cual Led Zeppelin reviste de poderío con un arreglo escalofriante en el que las guitarras de Page, la batería de Bonham, el apoyo del bajo de Jones y la voz y la armónica de Plant se funden de manera prodigiosa para levantar una torre de sonido que crece indetenible y estalla en una lluvia de fuego musical que es digno final para este álbum sempiterno.
Un clásico si los hay.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 6 de La Mosca en la Pared, dedicado a Led Zeppelin y publicado en noviembre de 2003)
martes, 13 de septiembre de 2016
Jack White, ese conservador
Pocos músicos actuales con tal devoción a las raíces del rock que Jack White. Lo suyo es una pasión por el blues, el folk, el country, el rock clásico y ello ha quedado reflejado en toda su obra, ya sea con The White Stripes, The Racounteurs, The Death Weather o en su fructífera carrera como solista.
White reaparece discográficamente con un álbum doble recopilatorio, en el que recoge mucho de lo que ha hecho en todos sus proyectos con base en la guitarra acústica. De ese modo, en este Jack White Acoustic Recordings 1998-2016 (Three Man Records, 2016) se incluyen 26 composiciones sin desperdicio que nos dan una dimensión asombrosa del talento musical de este hombre.
El disco uno está dedicado de manera casi exclusiva a canciones de los White Stripes (de las catorce presentadas, trece son del entrañable dueto que el buen Jack conformaba con su ex esposa, Meg White). En ese conjunto de piezas podemos apreciar cómo este músico es capaz de escribir melodías muy diversas, sin perder jamás la esencia de los géneros. De este primer plato podemos destacar joyas de la discografía de las Rayas Blancas como “Sugar Never Tasted So Good”, “Apple Blossom”, “We’re Going to Be Friends”, la inédita “City Lights” y la sensacional “Well It’s True That We Love One Another”, a tres voces, con Holly Golightly y Meg White.
El segundo disco está conformado por una docena de cortes que incluye nuevas mezclas de canciones grabadas con los Raconteurs o en los álbumes solistas de White. Un ejemplo es “Top Yourself”, retrabajada a manera de espléndido bluegrass; otro, la intensa “Carolina Drama” en una reversión acústica. Otros tracks destacados son los muy conocidos “Love Interruption”, “Blunderbuss” y “Hip (Eponymous) Poor Boy” (este en una toma alterna), además de joyas como “Love Is the Truth” y “Want and Able”.
Un álbum fantástico que no hace sino confirmar la calidad de este purista, de este conservador de lo mejor de las raíces originarias del rock.
(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)
domingo, 4 de septiembre de 2016
Clapton
No es el mejor guitarrista de la historia del rock y mucho menos de la historia del blues. No posee las cualidades técnicas de un virtuoso y tampoco hace ostentación de su velocidad a la hora de atacar las cuerdas de su instrumento (casi siempre una Fender Stratocaster). Sin embargo, Eric Clapton posee ese don del cual muy pocos pueden pueden presumir: el de la expresividad musical.
La guitarra de Clapton habla, dice cosas, transmite sensaciones y sentimientos. Cuando alguien lo bautizó irónoicamente como “Mano lenta” (Slowhand), no hizo sino definir el estilo que a lo largo de los años iría depurando este músico británico, hasta convertirlo en un artista pleno y depurado. Porque uno lo ve y lo escucha tocar y parece que lo que él hace es la cosa más sencilla del mundo. Los dedos de su mano izquierda se deslizan por el brazo de la guitarra con una facilidad pasmosa, mientras los de la mano derecha sostienen la púa que da los toques melódicos, armónicos y rítmicos necesarios para convertir a una canción o al solo de la misma es un lenguaje que pareciera provenir del cielo. No en vano, al principio de su carrera, cuando aún tocaba con los Yardbirds, en los muros de Londres aparecían grafittis con la leyenda “Clapton es Dios”.
Sin embargo, tanta felicidad musical contrasta con la sufrida existencia de este hombre, quien a lo largo de su vida ha pasado por cualquier cantidad de desgracias. Sólo así se explica, quizá, que su sensibilidad esté tan cercana a la de los negros que hacen del blues un canto de dolor y, en ocasiones, también de melancólica alegría. Yardbirds, Bluesbreakers, Cream, Blind Faith, Derek and the Dominos: nombres de bandas que han visto a Clapton como su epicentro, como su núcleo, como su ombligo.
La carrera de este guitarrista único e incomparable es como una epopeya griega, pero también como un drama shakespeareano. Podrá haber mejores ejecutantes que él, pero muy pocos pueden presumir de la mayor virtud de Eric Clapton: es un blanco -y para colmo inglés- que tiene el blues.
(Publicado originalmente en el Especial de La Mosca en la Pared No. 38, de marzo de 2007. El texto lo escribí a manera de prólogo).
sábado, 27 de agosto de 2016
El estado del rock en 2016
Hemos ingresado a la segunda mitad de la segunda década del siglo actual y el rock se ha convertido en un género sexagenario. A sus poco más de 60 años de edad (depende del año que elijamos para determinar su génesis: ¿1952?, ¿1954? ¿1955?), lo que nació en los años cincuenta de la pasada centuria como una fusión del rhythm ‘ blues y el country n’ western se ha convertido en una música que se recicla a sí misma ad infinitum y en la que la invención de un sonido nuevo se ha vuelto algo prácticamente imposible.
¿Significa esto un anquilosamiento? ¿Implica que no vale la pena escuchar lo que se sigue creando y produciendo? Por supuesto que no.
Aunque de los más viejos pioneros del rocanrol sólo sobrevivan unos cuantos (Chuck Berry y Little Richard continúan con vida, aun cuando ya a sus ochenta y tantos años hayan dejado de tocar) y de la generación siguiente –la que floreció durante los años sesenta y principios de los setenta– sean pocos los que siguen en la brega, todavía es posible escuchar nuevos y buenos discos de ellos (pienso en gente como Leonard Cohen, Tom Waits, Keith Richards o Paul Simon), pero ya sin aquella chispa casi genial que los caracterizaba (bueno, en el caso de Cohen no estaría tan seguro: su álbum Popular Problems, de 2014, es una joya llena de poesía y excelente música).
Pero no hablemos del pasado más remoto del rock, saltémonos los decenios siguientes –los complacientes ochenta, los retumbantes noventa, los aceptables primeros diez años del nuevo milenio– y situémonos en el momento actual: la segunda década del siglo XXI.
¿Cuál es el estado del rock en este 2016? ¿Se trata de un muerto viviente, asesinado hace muchos años por la propia industria que lo absorbió y en buena medida lo neutralizó en aras de la lógica comercial, o los jóvenes que hoy lo siguen recreando en todo el mundo están siendo capaces de hacerlo de un modo fresco y con un mínimo de originalidad (si es que esta palabra todavía se le puede aplicar al género)?
Yo no sería tan pesimista, aunque parto de la premisa –e insisto en ella– de que ya no se puede inventar el hilo negro en el rock. Si bien no hay a la vista un flamante equivalente de los grandes exponentes de los años sesenta, setenta o noventa y si bien las nuevas plataformas de expresión y de difusión (desde las asombrosas herramientas digitales para grabar, hasta los grandes alcances de las redes sociales –o redes sociodigitales, como las llama con tino Raúl Trejo Delarbre– y de sitios virtuales como YouTube, iTunes y otros) promueven maneras distintas de abordar a la música, el espíritu primigenio que dio origen al rock permanece vivo, así sea muy escondido y en un porcentaje reducido de grupos y solistas.
Pero en gente como The Avett Brothers, Swans, Wilco, Weezer, TV on the Radio, Alabama Shakes, Palehound, Savages, Son Little, Andrew Bird y muchos otros persisten el alma, el placer, la inquietud, la creatividad para seguir haciendo música que no se ajusta a los patrones de eso que llaman el mainstream.
En una palabra: no todo está perdido. Al menos no todavía.
(Texto publicado este mes en mi columna "Comunicación interrumpida" del periódico cultural La digna metáfora que dirige Víctor Roura)
miércoles, 24 de agosto de 2016
Robert Johnson y el diablo
I went to the crossroad, fell down on my knees
Asked the Lord above: "Have mercy, now save poor Bob, if you please”.
Robert Johnson
“Crossroad Blues”
¿Vendería usted su alma al diablo a cambio de talento, fortuna, amor, salud, belleza, genio? ¿Por qué no? Después de todo, ya estamos viviendo en el infierno.
Posiblemente una reflexión muy parecida fue la que se hizo Robert Johnson cuando, siendo muy joven y muy torpe y muy desangelado y muy mediocre en lo que le gustaba –la música de blues–, decidió dirigirse a un solitario cruce de caminos, una encrucijada, con el fin de encontrarse con Satanás y negociar con él la venta de su alma de negro explotado, maltratado, despreciado... Cuando menos eso es lo que cuenta la leyenda de este hombre mítico, uno de los padres del blues rural y fuente de inspiración de personajes que van de Muddy Waters a Eric Clapton y de Keith Richards a Walter Hill.
Las historias sobre músicos de blues que se dirigían a ciertas encrucijadas en busca de Legba (uno de los nombres que recibe el diablo en los ritos vudúes), para intercambiar sus ánimas por una dote de capacidad como compositores e intérpretes, eran comunes en las primeras décadas del siglo pasado. Así, a nadie extrañó la idea de que Johnson, un desgarbado muchacho que anhelaba ser un gran bluesero, hubiese intentado realizar aquella demoniaca transacción. De hecho, era la única explicación que encontraron muchos de sus contemporáneos, quienes conocían sus notorias limitaciones como guitarrista y cantante y se encontraron de pronto con que el tipo se desvaneció materialmente durante algunos meses, para reaparecer convertido no sólo en un músico de primer orden sino en un genial escritor de canciones de blues que habrían de alcanzar la inmortalidad.
Nacido en la región del delta del Mississippi en 1911, Robert Dodds Johnson tuvo una infancia llena de pobreza y amargura, con el agravante de que siendo muy pequeño se quedó huérfano de padre y su padrastro lo maltrataba y lo obligaba a trabajar en los campos de algodón. Por eso huyó de casa y buscó ser lo que desde siempre soñó: un blues man. Sus primeros intentos fueron con la armónica, pero no era muy bueno en eso y se decidió por la guitarra, con la que era aún peor.
Pero he aquí que ocurrió el milagro y sea por la intervención de Lucifer o por alguna otra extraña razón seguramente mágica, por allá de 1930 el buen Robert se convirtió en un blusero de primer orden y comenzó a componer temas extraordinarios, llenos de nostalgia y tristeza, pero también de ironía y de un humor (por supuesto) negro.
Bluses como “Love in vain”, “Sweet Home Chicago”, “Terraplane Blues”, “Dust My Broom”, “Rambling on my Mind” y, claro, “Crossroad Blues” lograron trascender hasta llegar a oídos de algunos blancos buscadores de talento, quienes no tardaron en dar con Johnson y llevarlo a un estudio de la compañía ARC, en Texas, donde el hombre grabaría, en 1936 y 1937, 32 canciones (algunos aseguran que fueron sólo 29) que hoy son absolutamente legendarias.
Johnson era de naturaleza nómada. Su instinto viajero e itinerante hizo que tuviera una vida inestable, llena de aventuras amorosas, largas travesías, temporadas buenas y temporadas miserables. Con su guitarra y en compañía de algún músico que podía ser Willie Brown o Johnny Shines, recorrió buena parte del territorio estadounidense e incluso llegó hasta Canadá.
Esa vida aventurada y aventurera tendría un final trágico. Enamoradizo por naturaleza, se dice que se metió con una mujer casada y que el furioso marido lo asesinó envenenándolo. Era 1938, Robert tenía apenas 27 años, la misma edad a la cual murieron Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain.
Las composiciones de Robert Johnson quedarían olvidadas durante largo tiempo, hasta que en los años siguientes algunas fueron retomadas por gente como Eric Clapton y John Mayall (“Rambling on my Mind”), Cream (“Crossroad Blues”), los Rolling Stones (“Love in Vain”), Bob Dylan (“Milkcow's Calf Blues”) y los Blues Brothers (“Sweet Home Chicago”), entre varios otros. En 1984, el realizador Bertrand Tavernier filmó la excelente cinta Mississippi Blues y en 1986, el norteamericano Walter Hill dirigió la no menos buena Crossroads, cuya banda sonora corrió a cargo de Ry Cooder. Ambas homenajean merecida y respetuosamente a Johnson, el blusero que en una solitaria encrucijada rural hizo un pacto con el diablo para condenarse y, sin embargo, llevarnos con su música al paraíso.
(Texto que me publicó este mes el periódico El Vigía, de Ensenada, dentro de mi columna "Gato encerrado")
Stephen Stills: lo que vale la pena
Hay músicos que son recordados por una sola canción. Con Stephen Stills y su composición “For What It’s Worth (algo así como “por lo que importa” o “por lo que vale la pena”), todo un himno de la época sesentera más idealista y combativa, este podría ser el caso. Sin embargo, la obra de Stills va mucho más allá de ese tema grabado junto con su banda primigenia, Buffalo Springfield. Se trata de un músico a quien las nuevas generaciones prácticamente desconocen y cuyo trabajo merece ser rescatado y difundido.
Nacido en Dallas, Texas, en 1945, Stephen Stills ha estado presente en grandes momentos de la historia del rock. Lo estuvo en el legendario disco de blues Super Session (1968), junto con el mítico guitarrista Mike Bloomfield y el enorme tecladista Al Kooper (fundador más tarde de Blood, Sweat and Tears). Lo estuvo también en la conformación de uno de los tríos/cuartetos más importantes de todos los tiempos, Crosby, Stills & Nash y su variante aumentada Crosby Stills, Nash & Young, al lado de David Crosby, Graham Nash y Neil Young (con quien ya había estado en Buffalo Springfield). Lo estuvo, asimismo, con su memorable presentación con el cuarteto en el festival de Woodstock en 1969.
Su obra como solista es muy sólida, sobre todo en sus dos primeros discos: Stephen Stills (1970) y Stephen Stills 2 (1971), en los cuales contó con la colaboración de músicos como Jimi Hendrix y Eric Clapton, entre muchos otros. Del primer álbum es otra de sus grandes canciones-himno, “Love the One You’re With”. Más tarde conformaría a Manassas, una banda de enorme nivel artístico de la que hoy muy pocos se acuerdan y con la que grabó un disco fundamental: Manassas (1972), plato doble a la altura del Exile on Main Street de los Rolling Stones, editado ese mismo año.
De entre sus muchas composiciones, sobre todo con CSN&Y (como “Suite: Judy Blue Eyes”, “Helplessly Hoping”, “You Don’t Have to Cry”, “Carry On”), cabe señalar una pieza más o menos oscura y discreta que aparece en el Stephen Stills 2 y que lleva el título de “Sugar Babe”, escrita para su amor imposible de toda la vida, la cantante estadounidense Rita Coolidge, musa y amante de varios otros músicos, como el ya mencionado Graham Nash, Leon Russell (quien le escribiera “Delta Lady”) y Kris Kristofferson, con el cual finalmente contrajo nupcias.
Buena parte de la obra temprana de Stills giró alrededor de esa huidiza ninfa que lo ignoraba mientras él se obsesionaba con ella. Canciones como “To a Flame” o “Song of Love” están imbuidas por ese fatal enamoramiento, mismo que a final de cuentas lo hizo escribir excelentes melodías. La típica historia del artista atormentado que tiene que sufrir para crear.
Con una oncena de álbumes como solista y decenas al lado de las agrupaciones a las cuales ha pertenecido, Stephen Stills tiene en su haber una anécdota un tanto oscura: en 1965, acudió al casting para formar parte del grupo The Monkees. Quiso la suerte que no lo aceptaran y en seguida fundó a Buffalo Springfield y escribió “For What It’s Worth”. Eso sí que valió la pena.
(Publicado hoy en mi columna "Memorias de un melómano sarnoso" de "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)
domingo, 21 de agosto de 2016
London Calling
La obra maestra de The Clash y quizá del punk entero. London Calling (1979) es un álbum doble (algo inusual entre los grupos punks) y a pesar de su extensión y de sus diecinueve temas, se trata de una grabación que jamás decae en intensidad y calidad musical.
Luego de un disco relativamente flojo como Give ’Em Enough Rope (1978), resultaba en extremo difícil pronosticar que el grupo pudiera hacer no sólo un trabajo fuera de serie sino siquiera algo cuando menos bueno. Por fortuna, lo que Strummer y compañía lograron fue un gran plato, exquisito, amplio, lleno de frescura e inventiva. Esta vez los aciertos comenzaron desde la elección del productor. En efecto, a diferencia del metalero Sandy Pearlman, Guy Stevens (Mott the Hoople) era un tipo mucho más abierto y creativo y supo cómo llevar el sonido de The Clash a un punto de absoluta originalidad y lograr, como dijo alguien, que la estética del punk se incorporara de manera definitiva al rock. Hay en London Calling una enorme variedad de referencias a los más diversos géneros musicales, desde –por supuesto– el punk puro y el reggae, hasta el ska, el rock duro, el rockabilly, el blues, el jazz a la Nueva Orleans, el swing, el rhythm & blues e incluso el pop, todo unido por un muy saludable eclecticismo. En cuanto a las letras, la mayoría mantiene la posición crítica que lo mismo cuestiona a los políticos que al sistema económico generador de violencia, miseria, desempleo, racismo y toda clase de discriminaciones. Hay rabia, sí, pero también ironía y humor. Es como si de pronto, a fines de los años setenta, The Clash resumiera musical y letrísticamente toda la rebeldía contenida en el rock and roll desde sus orígenes cincuenteros. Veinticinco años de rocanrolear resumidos de manera genial en un solo álbum.
Vistos de manera individual, los diecinueve cortes son magníficos. Desde el inicial “London Calling” –con su inquietante y angustiosa atmósfera, su cortada guitarra en staccato, su ritmo hipnótico– hasta el concluyente y esplendoroso “Train in Vain” –con sus preciosas armonías cuasi poperas (existe un cover maravilloso de Annie Lennox, por cierto)–, pasando por el desafiante rocanrolerismo surfero de “Brand New Cadillac”, el blues acompasado de “Jimmy Jazz”, el encanto contradictorio de “Hateful”, la divertida celebración reggae de “Rudie Can’t Fail”, el sardónico jugueteo (partes “en español” incluidas) de “Spanish Bombs”, el ebrio festejo a la memoria de Montgomery Clift de “The Right Profile”, la fina delicia melódica de “Lost in the Supermarket”, el pop setentero a la british de “Clampdown”, el misterio sensual y rastafariano de “The Guns of Brixton” (con un sonido que muchos años más tarde tomaría “prestado” Gorillaz), la gracia al mismo skasera y nuevaorleandesa de “Wrong ’Em Boyo”, el entusiasta himno rocanrolero de “Death or Glory”, el burlón infantilismo de “Koka Kola”, los ecos a la Motown (pared de sonido incluida) y a la Beach Boys (en Pet Sounds) aunque también tijuaneros (pero por Herp Albert y sus Tijuana Brass) de “The Card Cheat”, la ternura stoniana de “Lover's Rock”, la alegría desmadrosa de “Four Horsemen”, los rastros kinkófilos de “I'm Not Down” y el retorno al reggae jamaiquino de “Revolution Rock”.
Un gran álbum y, como la cereza del pastel, una gran portada, con Paul Simonon en el trance de destruir su bajo contra el piso. Cuenta la leyenda, por cierto, que en la edición original, “Train in Vain” no venía anotada en la lista de canciones, debido a que los integrantes de The Clash la consideraban demasiado comercial y por lo mismo, indigna de figurar en el forro: con el tiempo se convertiría, literalmente, en la joya escondida de London Calling.
(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 20, dedicado a The Clash y publicado en mayo de 2005)
jueves, 11 de agosto de 2016
Un revólver de medio siglo
El tiempo pasa con sorprendente rapidez y este mes de agosto se celebran los primeros 50 años de la aparición de uno de los discos más importantes de los Beatles: el genial Revolver.
Pues así como los roqueros siguen cumpliendo años, también lo hacen los grandes álbumes clásicos que aquellos produjeron y uno de los ejemplos más preclaros es el de Revolver, el grandioso disco de los Beatles que vio la primera luz el 5 de agosto de 1966 y que acaba de cumplir medio siglo de feliz e inspiradora existencia.
Ese año, el cuarteto originario de Liverpool, Inglaterra, se encontraba en la cúspide de su popularidad, aunque todavía llegaría más alto. Un año antes había grabado el estupendo Rubber Soul y un año después haría lo propio con el que muchos consideran su mejor trabajo: el revolucionario Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.
Pero Revolver no fue menos trascendente y significo un gran cambio en la carrera de los Beatles, así como su ingreso pleno en la era de la psicodelia. No por nada, en ese mismo 1966 se grabaron discos grandiosos y hoy clásicos como Blonde on Blonde de Bob Dylan, Freak Out de Frank Zappa, The Piper at the Gates of Dawn de Pink Floyd, Aftermath de los Rolling Stones, Pet Sounds de los Beach Boys, Face to Face de los Kinks, A Quick One de The Who, Sunshine Superman de Donovan, Fresh Cream de Cream, Takes Off de Jefferson Airplane, If You Can Believe Your Eyes and Ears de The Mamas & the Papas, Over Under Sideways Down de los Yardbirds y el Sounds of Silence y el Parsley, Sage, Rosemary and Thyme de Simon y Garfunkel, además del homónimo álbum debut de Buffalo Springfield. Un año más que productivo y generoso en buena música.
Si bien Rubber Soul (1965) había apuntado un cambio en el desarrollo de los Beatles como compositores e intérpretes, fue con Revolver que dieron el paso definitivo hacia su transformación en un grupo eminentemente de estudio. Todavía no abandonaban las giras y los conciertos masivos, pero estaban a punto de hacerlo y este disco les dijo que tenían que pasar a un nuevo estadio cualitativo.
En pleno descubrimiento idealizado de las drogas psicodélicas, especialmente el LSD, el grupo se metió de lleno en la experimentación musical y letrística, sobre todo en canciones como la viajada “I’m Only Sleeping” y la extraordinaria “Tomorrow Never Knows” (ambas de John Lennon), pero también incursionó en la composición de temas que casi podríamos llamar académicos por su perfección melódica, armónica e instrumental. Desde el extraordinario arreglo de cuerdas de la maravillosamente pesimista y dramática “Eleanor Rigby” y la dulce sencillez melancólica de la bachiana “For No One”, hasta el delicado compás amoroso de “Here, There and Everywhere” y el entusiasta y restallante optimismo de “Good Day Sunshine” (las cuatro de Paul McCartney).
George Martin jugó un papel esencial como productor y arreglista en Revolver y mostró como siempre su apertura y disposición para materializar todas las ideas que surgían de las cabezas de los de Liverpool. Gracias a ello, el álbum muestra una notable variedad de estilos no sólo en la escritura de las canciones sino en la forma como fueron vestidas instrumentalmente. Así, el escucha pasa de un corte con cítaras y percusiones hindúes (“Love You To”) a uno en el cual los metales brillan en toda su potencia soulera (“Got to Get You into My Life”) o va de una tonada festiva y casi infantil (“Yellow Submarine”) a una ácida, ambigua y filosa referencia a los distribuidores de drogas (“Dr. Robert”). Pero hay otras piezas que resaltan por su singularidad. Ahí está la inicial “Taxman”, escrita por George Harrison, con su agria protesta contra los recaudadores de impuestos, o la preciosamente extraña y hermética “And Your Bird Can Sing” de la cual Lennon juraba no recordar cómo la compuso. Y qué decir de la psicodélica “She Said She Said” y la hipnóticamente harrisoniana “I Want to Tell You”, dos melodías sin mácula.
La perfección de Revolver resulta impresionante y no sorprende que para muchos críticos sea el mejor trabajo en la historia de los Beatles. Tal vez no estén del todo equivocados.
A manera de postdata: dos meses antes, en ese mismo año de 1966, en los Estados Unidos apareció el álbum Yesterday and Today (aquel con la portada de la carnicería de muñecas que tanto escándalo causó y que tuvo que ser rápidamente reemplazada). El disco contenía seis canciones tomadas de las versiones inglesas de Help! (“Act Naturally” y “Yesterday”) y Rubber Soul (“Drive My Car”, “Nowhere Man”, “If I Needed Someone”, “What Goes On”), así como los sencillos “Day Tripper” y “We Can Work It Out”. En forma de adelanto, se incluyeron tres temas del Revolver: “I’m Only Sleeping”, “Dr. Robert” y “And Your Bird Can Sing”.
(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)
¿Es rebelde el rock?
Uno de los grandes mitos generados por el rock es la idea de que en sus orígenes se trataba de una música rebelde y contestataria que iba contra lo establecido y peleaba contra “el sistema”. Sin embargo, si revisamos la historia del género, veremos que en realidad las cosas sucedieron de manera un tanto diferente.
Si convenimos en que el rock n’ roll nació a mediados de los años cincuenta de la pasada centuria, como una fusión entre el rhythm n’ blues negro y el country & western blanco, entonces sus primeros intérpretes no fueron precisamente unos combatientes sociales, mucho menos políticos. Chuck Berry, con todo y sus letras críticas y poéticas, no tenía en la mira transformar al capitalismo sino servirse de él lo más posible. Cierto que él, como Little Richard o Jerry Lee Lewis, llegaron a romper algunas normas del convencionalismo reinante (Ricardito con su obvia homosexualidad; Jerry Lee al casarse con su prima de 13 años), pero hasta ahí. El mismo Elvis sólo revolucionó la manera de moverse en el escenario, con sus gestos provocativos y sexosos, pero en el fondo era tan conservador como cualquier miembro del Partido Republicano.
Se dirá que en los sesenta las cosas cambiaron y sí. De hecho, pienso que la revolución más importante del siglo XX fue la de las mentalidades y los hábitos culturales que se dio entre 1965 y 1971, en la que el rock jugó un papel muy importante. Pero las causas reales de esa revolución cultural son mucho más profundas que un mero género musical. Cierto, ahí estuvieron Bob Dylan y los Beatles, los Rolling Stones y The Who, Frank Zappa y David Bowie. Todos ellos revolucionaron la música y diversos aspectos de la cultura. Mas a su lado había muchísimas figuras que se ajustaban a lo establecido y preferían conservarse en ello. El rock en general no mantenía una actitud rebelde más allá de las apariencias. Los mismos músicos mencionados, salvo Zappa, terminaron integrados al odiado “sistema”, algo que sucedería también, años después, con el anárquico punk, en un principio desafiante de todo y finalmente mediatizado por la industria. ¿Pero en México qué sucedió?
Rebeldes mexicanos con causa
A principios de los años sesenta, se utilizaba mucho la expresión “rebeldes sin causa”, para definir a jóvenes vagos y pandilleros, enchamarrados, enmezclillados, envaselinados, con cadenas y botas de charol que gustaban del rocanrol. Esto era por supuesto un estereotipo que el cine mexicano explotó hasta la náusea con películas moralistas y maniqueas, en las que los “rebeldes” eran siempre malos pero redimibles.
¿Era entonces el rock nacional primigenio una manifestación de rebeldía contra el sistema? Nada más lejos que eso. En México, el rock n’ roll nació en la segunda mitad de los años cincuenta, primero como una mera imitación de músicos adultos (como la orquesta de Pablo Beltrán Ruiz y similares) de lo que se hacía en los Estados Unidos y luego, cuando lo rescataron los jóvenes, fue más que nada interpretado por chavos de la clase media alta, con el poder adquisitivo suficiente como para comprar los caros instrumentos musicales que se necesitaban. Además, en su mayoría se dedicaron a adaptar los éxitos de gente como los ya mencionados Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Ricardito y Elvis Presley, con letras en español, y las composiciones propias fueron tan notables como escasas. El grito más rebelde y provocador de esos años fue del cantante de los Locos del Ritmo, Toño de la Villa, y decía: “yo no soy un rebelde sin causa, ni tampoco un desenfrenado, yo lo único que quiero es bailar rocanrol y que me dejen vacilar sin ton ni son”. Nada, pues, como para poner a temblar al sistema.
Tal sería el destino del rock que se haría en nuestro país a lo largo de las décadas siguientes. A fines de los sesenta y durante los setenta, por ejemplo, los rocanroleros y la izquierda estuvieron más que divorciados, ya que ésta tendía más hacia la llamada música latinoamericana y consideraba al rock como una manipulación perversa del “imperialismo yanqui” para enajenar a la juventud mexicana, etcétera.
Las cosas cambiarían diez años más tarde, mas sólo en apariencia.
Rebeldes de telenovela
Se me podrá argüir que a fines de los sesenta y principios de los setenta el rock que se hace en México adoptó una posición contracultural, como se vio en el festival de Avándaro en 1971, y aun concediendo que algunos grupos cantaban contra la represión y la guerra, en realidad sus posturas no eran sólidas y pecaban de una ingenuidad jipiteca que hoy más bien provoca ternura.
Tampoco el surgimiento del rock marginal y los tristemente famosos hoyos fonkis (Parménides García Saldaña dixit) eran precisamente manifestaciones de “la rebeldía originaria del rock”, rebeldía que como ya vimos es más un mito que una realidad.
Llegamos entonces al México de los años ochenta, cuando surgen fenómenos como el rock rupestre (que en muchos casos era rock pedestre) y el rock militante, los cuales pervivirían también en el siguiente decenio. En el primer caso, cuando menos existía una conmovedora sinceridad y un intento por escribir letras poéticas y “con mensaje”, pero nada más; en el segundo, los grupos que lanzaban consignas políticas en años como 1988 o 1994, eran los mismos que se acogieron alegremente a la oportunidad de aparecer en la tele, en programas tan revolucionarios como Siempre en domingo, las emisiones nocturnas de Verónica Castro o el show de Paco Stanley (y sí, hablo de Caifanes, La Maldita Vecindad, Café Tacuba, etcétera).
De lo que sobrevino a partir de eso y hasta el presente, mejor ni hablemos. Si el rock nacional, en su totalidad, jamás fue en verdad rebelde o contestatario, hoy sería un mal chiste pretender que lo sea. Nunca como ahora grupos y solistas se encuentran en una zona de confort de la que no se quieren mover, mientras puedan tocar en el Vive Latino y demás festivales patrocinados por empresas representantes –¡San Carlos Marx nos ampare!– del horrendo capitalismo.
Nuestros roqueros son rebeldes, sí, pero de telenovela.
(Ensayo publicado hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música que coordino para la revista Nexos)
lunes, 1 de agosto de 2016
Fiona Apple y la marea alta
Perteneció a la generación de cantatutoras que surgió a mediados de los años noventa del siglo pasado, en plena explosión del movimiento grunge. Una generación de grandes creadoras e intérpretes como Tori Amos, Ani Difranco, Alanis Morisette, Heather Nova, Tracy Chapman, Liz Phair, Aimee Mann, Jewel, Lisa Loeb, Cat Power, Paula Cole, Michelle Shocked, Natalie Merchant, Beth Orton, Sheryl Crow y aquella jovencita delgadísima y sensual, de mirada provocativa y voz más provocativa aún, quien con su disco debut detonó al rock de la época, a pesar de que al mismo tiempo varias de sus colegas produjeron álbumes tan buenos como el Dilate de Ani Difranco, el Boys for Pele de Tori Amos, el This Fire de Paula Cole, el Myra Lee de Cat Power, el Trailer Park de Beth Orton y el disco homónimo de Sheryl Crow. Todos de 1996.
Fiona Apple (Nueva York, 1978) grabó Tidal (Columbia Records) también en 1996, a los 18 años de edad, y no faltaron los críticos que la calificaron de inmadura y pretenciosa. Incluso hubo quienes pronosticaron una carrera efímera para la novel cantante, pianista y compositora.
A 20 años de haber visto la luz y con la perspectiva que da el tiempo, pienso que es hora de revalorar a éste, el álbum iniciático de una artista en todos los sentidos del término. Porque Tidal (“Marea”, en español) es una obra intensa y profunda, visceral y desafiante, un disco que muestra a una joven mujer vulnerable pero dura, tierna pero retadora, tan a la defensiva como a la ofensiva. “Soy una persona tan estúpida e increíblemente sensible que todo lo que me sucede lo experimento con demasiada intensidad”, decía Apple en aquellos días.
Al contrario de lo que afirmaban los críticos de hace dos décadas, lo que a mi modo de ver demuestra Fiona Apple en Tidal es una gran madurez como creadora y como persona. Las diez canciones que conforman el álbum poseen un poderío que con el tiempo se ha acrecentado y si bien hoy es una artista más hecha y sofisticada (como lo demuestran sus apenas tres álbumes posteriores a éste, los fabulosos When the Pawn Hits..., de 1999, Extraordinary Machine, de 2005, y The Idler Wheel, de 2012), lo que hace de Tidal un clásico es esa visceralidad, esa crudeza y ese austero minimalismo que lo recorren de principio a fin.
Desde “Sleep To Dream”, el estremecedor tema con el cual abre el disco, entendemos que no estamos ante una cantante más. Hay ahí una fuerza volcánica que hace que retiemble la tierra y nos obliga a no permanecer indiferentes ante esa música. La impresión se confirma, aunque en otro sentido, con el segundo corte. “Sullen Girl” es una canción tan bella como ominosa que, en medio de la hermosa melancolía de la música, narra con estremecedora poesía la terrible experiencia de Fiona cuando era adolescente y fue violada.
El álbum crece aún más con la extraordinaria “Shadowboxer”, uno de los momentos de mayor clímax en Tidal. Apple canta con una intensidad impresionante y su piano la acompaña con el beat exacto para expresar lo que ella quiere. Un gran tema, al igual que el sensacional “Criminal”, al cual algunos han definido como una de las canciones que mejor reflejan la angustia juvenil de los años noventa. Una absoluta maravilla que da paso al track con que virtualmente termina la primera parte del plato, “Slow Like Honey”, otro portento, una composición que coquetea cachondamente con un jazz blueseado. Sensualidad pura.
“The First Taste” es una canción que musicalmente se sale un poco del mood del disco, pero sólo en apariencia. Con un ritmo cercano al reggae, la melodía transcurre con una materialidad acuosa y un aire que hace recordar algunas interpretaciones de la nigeriana Sade. Por su lado, “Never Is a Promise” es otra de las joyas de Tidal, una pieza conmovedora de principio a fin que se habla de tú a tú con la belleza. La dialéctica que se produce entre la voz de la cantante, su piano, los coros y las cuerdas la convierten en una verdadera escalera al cielo.
Los tres cortes que cierran el disco mantienen el alto nivel del mismo. Desde la majestuosa atmósfera de “The Child Is Gone” al poético transcurrir minimal de “Pale September”, para culminar con la sorpresa de “Carrion” y su inesperado arreglo sin piano, en una melodía que Fiona Apple interpreta de un modo susurrante, acompañada por una guitarra, un bajo, cuerdas, xilófono y batería. Una manera tan extraña como suntuosa de terminar este espléndido trabajo.
(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)
lunes, 25 de julio de 2016
Let It Be
He aquí el último disco de los Beatles que salió a la venta, aun cuando había sido grabado muchos meses atrás, antes incluso que Abbey Road. Producto de un proceso complicado, conflictivo y de algún modo frustrado, Let It Be (que inicialmente iba a intitularse Get Back) no fue lo que originalmente iba a ser: un disco de rock sencillo y básico, con canciones sencillas y básicas, arreglos sencillos y básicos y producción sencilla y básica. La idea era de Paul McCartney, pero contó con muy poco entusiasmo y cooperación por parte de sus compañeros, quienes arrastraban el cansancio físico, mental y creativo de las sesiones del Álbum Blanco. Y ahí estaba otra vez Yoko Ono, con su presencia omnímoda, como siamesa de John Lennon, incomodando a los otros tres. Y ahí estaban las cámaras y los reflectores de la película que se estaba filmando mientras se desarrollaban los ensayos y la grabación de cada una de las tomas de las canciones. Era la crónica de un desastre anunciado que culminó con la decisión de enlatar el material por tiempo indefinido, hasta que apareció el legendario productor norteamericano Phil Spector y con la aprobación de John, George y Ringo (y el desconocimiento de Paul y de George Martin) remezcló doce canciones y dio un giro al concepto original del álbum que hasta de nombre cambió.
Aparecido en mayo de 1970, el disco no es todo lo brillante que se quiso, pero la calidad de la mayoría de los cortes hace que al final el todo se salve. Y es que en realidad la mano de Spector, con su famosa pared de sonido, sólo es notoria en “Across the Universe” de Lennon, “I Me Mine” de Harrison y “The Long and Winding Road”… de McCartney, quien protestó estentóreamente, pero no pudo evitar que el álbum saliera a la venta con su canción bonita pero melosamente orquestada.
Como temas destacados de este trabajo sobresalen la enorme “Let It Be” y la rocanrolera “Get Back”, ambas de Paul. Buenas pero no precisamente extraordinarias son “Two of Us”, “Dig a Pony”, “I've Got a Feeling” y “For You Blue”, mismas que si bien con el paso del tiempo se han vuelto entrañables, más por nostalgia de los escuchas que por la calidad intrínseca de las melodías, no estarían incluidas en una antología de las mejores canciones del cuarteto.
Let It Be, en ese sentido, tiene un mayor valor histórico que artístico.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca No. 9, segunda parte de la historia de los Beatles)
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