viernes, 11 de junio de 2021

Los seis discos fundamentales de Nirvana, revisitados y reseñados


Nirvana es uno de esos grupos emblemáticos de una época, una de esas entidades que marcan un cambio y una ruptura radicales. Parte de un movimiento no sólo musical sino social, cultural y hasta político, el trío lidereado por el compositor, vocalista y guitarrista Kurt Cobain pronto se convirtió –posiblemente de manera involuntaria– en cabeza de ese mismo movimiento al que pronto se le dio el nombre de grunge y que determinaría la historia del rock durante los últimos años de la década de los ochenta y, sobre todo, los primeros de los noventa. Con un sonido que combinaba la pesadez y la dureza del heavy metal con la aspereza y la austeridad del punk, con letras que mostraban el desencanto, la rabia, la tristeza, la impotencia, la apatía de toda una generación, el grunge –cuyo origen geográfico se situó para fines prácticos en la lluviosa ciudad de Seattle, al noroeste de los Estados Unidos– pronto cundió en todo el mundo y agrupaciones como Green River, Mudhoney, Mother Love Bone, Soundgarden, Alice in Chains, Tad, Screaming Trees, Pearl Jam, Temple of the Dog, Candlebox, Hole y muchas otras surgieron para revolucionar una música que siempre se ha negado a estancarse.
  Dentro de ese panorama, Nirvana fue quizá la banda más significativa, no sólo desde un plano artístico sino, sobre todo, por su actitud e inteligencia. Kurt Cobain, el bajista Chris Novoselic y el baterista Dave Grohl conformaron un proyecto cuya propuesta permeó las mentes y las conciencias de millones de jóvenes, mismos que, paradójicamente, terminaron por elevar al trío a un estrellato que, en especial Cobain, rechazaba y repudiaba. Esta súbita fama, aunada al uso y abuso de drogas y al vertiginoso ritmo de vida impuesto por el star system, hizo que las cosas se volvieran inmanejables y que el sueño se transformara en pesadilla, una pesadilla que culminaría en tragedia y muerte. La de Nirvana es, pues, una historia que de rosa nada tiene, pero que dejó un legado musical que ha trascendido y que permanecerá por siempre.
  Aquí, las seis obras discográficas imprescindibles del grupo, cuatro en estudio y dos en concierto.

Bleach (Sub Pop, 1989)
Cuando Nirvana grabó este disco para Sub Pop, nadie pudo imaginar el impacto que el grupo de la pequeña y lluviosa ciudad de Aberdeen, en el noroccidental estado de Washington, tendría un par de años después. Se trata de un trabajo poco consistente, realizado antes de la irrupción del movimiento grunge. Producido por Jack Endino y grabado en unos cuantos días, con un costo ridículo de seiscientos dólares, Bleach presenta algunas canciones interesantes y otras que sólo para los seguidores más aferrados del grupo no pasaron al olvido. Es lógico que así sea. Nirvana era un grupo en formación y ni siquiera se trataba del trío que dos años después irrumpiría para cambiar el curso de la historia del rock. Dave Grohl aún no estaba en la agrupación y otros dos bateristas –Dale Crover y Chad Channing- compartieron los diferentes cortes del álbum. En los créditos aparece el guitarrista Jason Everman; sin embargo, el tipo no tocó una sola nota en la grabación. ¿Por qué se le incluyó entonces? Porque fue él quien puso los seis billetes de cien dólares que costó hacer el disco. Bleach es una obra densa, agresiva, confusa; las letras de Kurt Cobain son a su vez oscuras y difíciles de descifrar. Musicalmente hay una gran influencia de Black Flag por un lado y de Black Sabbath y los Melvins por el otro, lo cual se nota en los pesados riffs de la guitarra y el bajo y en la rítmica post punk de varios temas. Sin embargo, hay aquí un par de canciones que habrían de trascender con los años: la muy conocida “About a Girl” –escrita por Cobain para Tracy Marander, su novia de aquellos días y con quien acababa de terminar, por lo que la letra es una mezcla de sentimientos encontrados de amor y desamor– y la potente y enigmática “Blew”. También destacan la pre grungera “Negative Creep”, la desesperada “Paper Cuts” y una curiosidad: el cover a “Love Buzz”, composición de Robbie Van Leeuween, integrante del sesentero grupo holandés de pop Shocking Blue. Lo demás no es precisamente un material imperecedero. O como diría el crítico norteamericano Stephen Thomas Erlewine: “Bleach es más que una curiosidad histórica, dado que contiene algunas grandes canciones, pero no se trata de un clásico perdido… Es el debut de una banda que muestra potencial, pero que no lo ha desarrollado todavía”.

Nevermind (DGC, 1991)
¿Sabían Kurt Cobain, Krist Novoselic y Dave Grohl que su segundo álbum habría de revolucionar al mundo de la música, al irrumpir con fuerza brutal y sacudir el anquilosamiento discográfico de principios de los noventa, provocando el surgimiento de lo que se conocería como rock alternativo? Lo más seguro es que no. Sin embargo, estos tres músicos propusieron todos los ingredientes para que así fuera. El arribo de Grohl a la batería resultó fundamental. Con su poderío sobrehumano y su precisión técnica, dio al grupo la base rítmica perfecta para que las composiciones de Nevermind –todas ellas, sin excepción– resultaran joyas musicalmente impecables. Pero no sólo fue eso. El disco es un reflejo exacto de la angustia existencial de la juventud de aquella época, sumergida en la desesperanza, el desempleo, la falta de oportunidades, el consumismo, el alcoholismo y la adicción a las drogas. Desde la inicial “Smells Like Teen Spirit” que a pesar de la ironía de su título se convirtió en un himno automático de los jóvenes de todo el planeta, Nevermind es una colección de doce composiciones de impecable estructura, con todos los elementos clásicos de la canción popular, pero sin una intención comercial preestablecida. Otro elemento básico está en la producción de Butch Vig, quien supo explotar los talentos del trío y construir un edificio sin fisuras aunque bien iluminado y aireado (y airado también, por supuesto). Difícil resulta destacar alguno de los cortes, dado el nivel de cada uno. ¿Cómo decir que “In Bloom” es mejor que “On a Plain”, que “Come As You Are” supera a “Breed” o que “Polly” deja atrás a “Something in the Way”. Imposible. Sería altamente injusto. Disco catártico y salvaje pero armónico y melodioso, sus contradicciones lejos de oponerse se complementan de manera magistral. Testimonio de un momento histórico, Nevermind es el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los noventa y no hay exageración al afirmarlo. Se trata de una obra maestra, revolucionaria, que combina los mejores componentes del rock y del pop y que posee una actitud rebelde y anticonvencional que ha trascendido con el tiempo hasta alcanzar una estatura mítica. Y aunque visto sin apasionamientos podría ser algo tan simple como un gran disco de punk, la verdad es que el arte implícito y explícito que hay en él lo convierte, a todas luces y a 30 años de haber aparecido, en un hito para la posteridad.

Incesticide (DGC, 1992)
Cuando muchos esperaban que después de Nevermind Nirvana reapareciera con otro álbum fuera de serie, Kurt Cobain y compañía lo hicieron…, pero a su modo. Incesticide, su tercer trabajo discográfico, no fue con toda probabilidad lo que su público y su casa disquera esperaban precisamente. Lejos de salir con una nueva serie de temas producidos por Butch Vig, el grupo prefirió sacar una colección de demos, lados B, covers, cortes guardados y grabaciones para la BBC. Se trata de un disco que compila rarezas y a 29 años de distancia eso es lo que le da su mayor encanto y valor. Si en su momento algunos criticaron a Incesticide por ser una obra oportunista que trató de aprovechar el éxito de su predecesor con piezas de relleno, la distancia permite evaluar las cosas y contemplarlas en su justa proporción. Es por ello que hoy podemos decir que se trata de un álbum interesantísimo justamente por su desproporción y falta de unidad conceptual. He aquí al Nirvana anterior a Nevermind, con un sonido más parecido al de Bleach, aunque menos oscuro y con mayor orientación al rock pop. En Incesticide pueden conocerse también las raíces setenteras del trío, su amor tanto por el metal de Alice Cooper como por el punk garage de los Stooges, el rock pop de The Vaselines y el indie rock de Sebadoh. He aquí el espíritu alternativo de Nirvana en su máxima expresión caótica y anticonvencional. Hay temas que pueden considerarse esenciales, como “Dive” –el único producido por Vig–, “Sliver” y la extraordinaria “Aneurysm”, pero también joyas desconocidas como “Beeswax”, “Downer”, “Mexican Seafood” (sic), la cruda “Aero Zeppelin”, la bizarrísima “Hairspray Queen” y su preciosa versión a “Molly’s Lips” de The Vaselines. Sin duda se trata de un disco que debe ser revalorado.

In Utero (DGC, 1993)
He aquí el que puede considerarse como el testamento musical de Nirvana. Producido por Steve Albini, de antecedentes que lo relacionaban con los Pixies, se dice que los tres integrantes del grupo pretendían realizar con su cuarto disco algo semejante al Surfer Rosa del grupo de Black Francis. Sin embargo, no sería por eso que In Utero alcanzaría la categoría de mito, sino porque en el mismo muchos vieron algo así como la carta de despedida de Cobain antes de suicidarse. Algunos incluso presumieron que el hecho ya se veía venir al escuchar las letras altamente nihilistas y depresivas de los temas que conformaron el disco. Se trata de un trabajo tosco, áspero, difícil y a ello contribuyó de gran manera Steve Albini, quien no sólo había producido a los Pixies, a Helmet, a The Jesus Lizard y a PJ Harvey, sino que también había sido un músico punk con los grupos Big Black y Rapeman, de los cuales Cobain fuera gran admirador. De ahí el sonido punk del disco, grabado prácticamente en directo, con muy pocas sobregrabaciones o trucos de estudio. El álbum se hizo en escasas dos semanas, sin intervención alguna de gente de la disquera. Todo parecía perfecto, hasta que el resultado final llegó a manos de los directivos de Geffen, quienes se negaron a aceptarlo y tras largas discusiones que enfrentaron a la compañía, el productor y el grupo –todos contra todos–, este último aceptó otorgar algunas concesiones, como volver a producir “Heart-Shaped Box” y “All Apologies” (el encargado de ello fue Scott Litt, quien había trabajado con REM) y regrabar partes del bajo y la voz a lo largo del disco. Albini quedó muy decepcionado con los cambios en In Utero, a pesar de su éxito inmediato. Con todo, el último álbum en estudio de Nirvana –que en un principio iba a llamarse I Hate Myself and Want to Die y luego Verse Chorus Verse, ambos títulos de composiciones que al final no fueron incluidas– contiene temas clásicos como los dos mencionados líneas atrás, además de la provocadora “Rape Me”, la iconoclasta “Milk It”  y la felizmente irónica “Dumb”.

MTV Unplugged in New York (DGC, 1994)
Si algo demuestra este disco es que detrás del estruendo, la sobreamplificación y la distorsión que solía emplear Nirvana en sus conciertos, había canciones perfectamente construidas, las cuales, al ser desprovistas de sus ruidosos arreglos eléctricos y arregladas con elementos acústicos, brillaban por lo que eran en esencia: melodías escritas con sutileza y sensibilidad. Esto parecía un contrasentido tratándose del grupo emblemático del grunge, pero no lo era. MTV Unplugged in New York es, por tanto, una sobria demostración del talento de Kurt Cobain como compositor y del de los integrantes del grupo como ejecutantes de sus respectivos instrumentos. Grabado en vivo para el célebre programa de la televisora MTV, este disco contiene una perfecta selección de temas, entre originales de la banda y algunos covers. Desnudo, desgarrado, sincero, en ocasiones escalofriante, el estilo de Nirvana en este álbum nos lleva por parajes musicales que van de la recreación de piezas propias como “All Apologies”, “About a Girl”, “Come as You Are” y “Polly” a versiones de temas de David Bowie (la genial “ The Man Who Sold the World”), el viejo bluesero folk Leadbelly (“Where Did You Sleep Last Night? ”), las Vaselines (“Jesus Doesn't Want Me for a Sunbeam ”) y tres temas de Meat Puppets, héroes musicales y amigos personales de Kurt Cobain.

From the Muddy Banks of the Wishkah (DGC, 1996)
Contraparte sonora del Unplugged in New York, From the Muddy Banks of the Wishkah muestra a Nirvana en todo su potencial rocanrolero. La intención de este segundo disco posterior a la muerte de Cobain y a la desaparición de Nirvana fue la de mostrar lo que era el trío en el escenario, cómo sonaba en vivo, cómo se comportaba, cómo variaba las versiones de los temas grabados originalmente en estudio. Con pocas composiciones famosas –si acaso “Smells Like Teen Spirit”, “Lithium”, “Sliver”, “Heart-Shaped Box” y “Polly”–, el álbum se inclina por cortes oscuros pero no menos buenos, como “School”, “Drain You”, “Been a Son”, “Spank Thru”, “Scentless Aprentice” y “tourette’s”, entre otros. No se trata de un solo concierto, sino de tomas realizadas en distintas presentaciones de Nirvana, algunas grabadas con medios limitados, pero que por lo mismo dan al disco un gran valor y lo convierten no sólo en un testimonio de lo que fue el grupo en escena sino en una obra absolutamente disfrutable.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes, el sitio de música de la revista Nexos)

jueves, 27 de mayo de 2021

12 discos esenciales de Bob Dylan ahora que ya es ochentero


Robert Zimmerman, mejor conocido en los bajos fondos del rock y el folk estadounidenses como Bob Dylan, cumplió 80 años el pasado lunes 24 de mayo. A manera de sentido homenaje, presentamos aquí una docena de sus mejores trabajos discográficos en estudio. No están todos los que son, pero sí son todos los que están.

Bob Dylan (1962)
No deja de ser curioso que un artista tan universal como Bob Dylan haya sido contratado originalmente como un cantautor para minorías. En efecto, su disquera, Columbia Records, decidió tomarlo con el único objetivo de encasillarlo en el género folk, sin imaginar la enorme potencialidad de su artista. De hecho, como a principios de los sesenta los cantantes de folk eran tan sólo intérpretes y no compositores, a Dylan se le permitió incluir únicamente dos temas propios, mismos que a la postre resultaron los mejores de su álbum debut. Bob Dylan es un trabajo disparejo pero digno, irregular pero emocionante, sobre todo si se le mira desde el tiempo y la nostálgica distancia. Guitarra acústica, armónica y la voz chillona y gangosa que caracterizaría al músico a lo largo de (casi) toda su carrera. Lo más destacable son, pues, sus dos composiciones (“Talkin’ New York” y “Song to Woody”), así como sus versiones a “In My Time of Dyin’”, “Baby Let Me Follow You Down” y “The House of the Rising Sun”.

The Freewheelin’ Bob Dylan (1963)
El paso gigantesco que dio Dylan en tan sólo un año sigue siendo sorprendente. Difícil resulta comprender cómo alguien puede pasar de un disco aceptable pero modesto a una obra de gran nivel en tan poco tiempo y sin que se conocieran bien a bien, al menos masivamente, todas las aptitudes del músico. The Freewheelin’ es una pequeña obra maestra, con composiciones excelentes, un disco de folk que iba más allá del folk sin abandonar al folk. El Bob Dylan rocanrolero aún no estaba presente, no era del todo explícito, pero por debajo del agua prometía (o quizás amenazaba) con surgir en cualquier momento. He aquí a un joven creador de escasos veintidós años, capaz de crear melodías sencillas, enmarcadas por armonías repetitivas pero absolutamente novedosas. Sin embargo, eso no era tan importante como la calidad y profundidad de sus letras, imbuidas, sí, por las inquietudes sociales de la época, pero construidas por medio de una vena poética hasta entonces inédita. De ahí temas esplendorosos como los inmortales “Blowin’ in the Wind” y “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” o bellezas como “Girl from the North Country” y “Don’t Think Twice Is Alright” o canciones impactantes como “Masters of War”. Once piezas originales y sólo dos covers para un segundo disco pasmoso.

Bringing It All Back Home (1965)
Es este el primer gran disco, la primera obra maestra de Bob Dylan. Se trata de un paso hacia una mayor amplitud de miras, un paso que lo acercaba cada vez más al rock y lo alejaba del folk ortodoxo. De hecho, es el álbum que, como dijo alguien por ahí, replanteó las reglas para escribir el rock. El plato se divide con toda claridad en dos partes perfectamente delimitadas (en el vinil original esta división era todavía más obvia, dado que existían los lados A y B). La primera es rocanrolera y con instrumentos eléctricos y contiene temas explosivos como las sensacionales “Subterranean Homesick Blues” y “Maggie’s Farm” y canciones de amor de gran hermosura como “She Belongs to Me” y “Love Minus Zero/No Limit”. La segunda parte en cambio es muy folk, pero las letras ya no eran las mismas de la época militante del cantautor. Las cuatro canciones de ese lado B son extraordinarias, verdaderos clásicos; sin embargo, el formato y el contenido muy poco tenían que ver con la influencia de Woodie Guthrie. Piezas como “Mr. Tambourine Man” (antes grabada por los Byrds), “Gates of Eden”, “It's Alright, Ma (I'm Only Bleeding)” e “It's All Over Now, Baby Blue” demostraban que, en efecto, los tiempos para Dylan estaban cambiando… y en la mejor de las formas.

Highway 61 Revisited (1965)
Bringing It All Back Home forma parte de la trilogía de álbumes más trascendentes de la discografía dylaniana, trilogía que continúa con este Highway 61 Revisited, trabajo que terminó de consolidar el movimiento hacia el rock que el músico había emprendido sin posibilidades de dar marcha atrás y lo hace con una perfección asombrosa. Para muchos la obra cumbre del músico, esta “revisita” a la autopista 61 es un disco extraordinario de principio a fin. Nueve cortes a cuál más de bueno. Desde el deliciosamente enloquecido, surrealista e híper iconoclasta “Tombstone Blues” hasta esa reelaboración del folk rock que es “Desolation Row”, pasando por el mood bluesero de “It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry” –el cual presagia al blues acústico de los Rolling Stones de la época del Let It Bleed– y “From a Buick 6” –magníficamente crudo y rasposo–, el misterio de la esplendida tonada “Ballad of a Thin Man” –“Something is happening here / and you don’t know what it is / Do you, Mr. Jones?”–, la delicadeza irónica de “Queen Jane Approximately”, el garage rock bíblico de “Highway 61 Revisited” y el muy bizarro relato de “Just Like Tom Thumb’s Blues”, situado en una Ciudad Juárez corrupta, peligrosa y escalofriantemente premonitoria, y un corte que revolucionó la manera de escribir canciones en la música popular, la absoluta y absolutistamente genial “Like a Rolling Stone”, todo un himno generacional que perdura 56 años después de haber sido grabada.

Blonde on Blonde (1966)
Tercera y última parte de la gran trilogía dylaniana, Blonde on Blonde fue el primer álbum doble de la historia del rock. Las opiniones se dividen y hay muchos que piensan que este trabajo y no el Highway 61 Revisited es la verdadera obra maestra del maestro. Cuestión de enfoques y en realidad una discusión bizantina. Lo importante es que estamos frente a una cumbre del arte musical del siglo veinte. Tal vez lo que hace diferente a Blonde on Blonde sea más que nada la finura de su sonido. Si Michael Bloomfield había dado al disco anterior su estilo secamente bluesero de tocar la guitarra, ahora Robbie Robertson (del grupo The Hawks, dos años después transformado en The Band) ponía todo su talento guitarrístico al servicio de una grabación perfectamente producida, con enormes temas y un sorprendente sentido de la totalidad. Blues, folk, country, rock se fusionan de manera exacta y perfecta a lo largo de las catorce composiciones que conforman el doble vinil (en compacto todo se fusionó en un solo disco). No hay una sola pieza floja. Blonde on Blonde empieza triunfalmente con “Rainy Day Women #12 & 35” y prosigue por la misma senda, con temas fenomenales como “Pledging My Time” (vaya blues), “Visions of Johanna”, “Leopard-Skin Pill-Box Hat” (otro bluesazo, con Bloomfield a la guitarra), “Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again”, “Most Likely You Go Your Way (And I'll Go Mine)” y esas maravillas que son “Absolutely Sweet Marie”, “I Want You” y “Just Like a Woman”. Un trabajo superior. Simplemente.

Nashville Skyline (1969)
Producido en Nashville, se trata de un disco de música country, grabado con instrumentistas de esa señera ciudad del estado de Tennessee. Aparte de su calidez y lo grato de las canciones que lo recorren (como la renovada versión de “Girl from the North Country”, cantada al lado del gran Johnny Cash), lo más notable de Nashville Skyline es la “nueva” voz de Dylan, una voz casi de crooner que nada tenía que ver con su habitual y mundialmente conocido timbre gangoso. Sin embargo, esa voz de pronto hasta melodiosa cuadra muy bien con el tipo de canciones que Bob compuso para el álbum, canciones directas y sin complicaciones pero muy bellas, como las muy conocidas “Lay Lady Lay” y “To Be Alone with You”, aparte de otras joyitas como “I Threw It All Away”, “Tonight I’ll Be Staying Here With You” y la preciosa “Peggy Day”. Una obra muy disfrutable.

Blood on the Tracks (1975)
El disco del divorcio. El disco del dolor que provoca una separación amorosa. El disco en el cual Bob Dylan se enredó en la tristeza. El músico respira por la herida en este álbum lleno de pasión, entraña, dulzura, nostalgia, melancolía. Blood on the Tracks es un trabajo fuera de serie, uno de los cinco discos fundamentales de este músico, quien para 1975, con tres lustros de carrera y dos relaciones sentimentales muy fuertes sobre sus espaldas, alcanzaba un primer grado de madurez como creador y como ser humano. Musicalmente se trata de una obra más bien tranquila, semiacústica, paradójicamente llena de paz. Son las letras las que nos hablan de un corazón herido, lastimado, aunque finalmente esperanzado. Pero no lo hacen de manera abierta y explícita. La poesía de Dylan, sus metáforas muchas veces alegóricas e incluso herméticas están presentes para que el dolor no sea tan evidente y lo descubramos entre líneas… o entre los desangrados tracks del disco. Todas las canciones del plato son hermosas y conmovedoras, pero hay algunas que brillan aún más, como la maravillosa “Tangled Up in Blue” que abre el álbum o las irresistibles “Simple Twist of Fate”, “Idiot Wind”, “Meet Me in the Morning” y, por supuesto, la inconmensurable“Shelter from the Storm”. Como dijo un reseñista norteamericano acerca de Blood on the Tracks: “Dylan hizo álbumes más influyentes que éste, pero nunca hizo uno mejor”.

Infidels (1983)
Después de su paso por la fe cristiana, Bob Dylan la abandonó y lo hizo con estruendo, al sacar un álbum al que bautizó (of all names) como Infidels. Disco bendito, no precisamente por sus mensajes sino porque recuperó una sana secularidad y retornó a la senda de lo laico y lo mundano. Tan renunció al cristianismo sectario que la pieza que abre el plato, una especie de reggae intitulado “Jockerman”, contiene una fuerte crítica a los falsos mesías que manipulan a las masas. Infidels es una obra de reflexiones filosóficas y ajustes de cuentas consigo mismo. En el aspecto musical, se trata de un trabajo lleno de frescura y colores. El descubrimiento del reggae durante un viaje al Caribe abrió nuevas ventanas para el músico y ese entrada de aire limpio y puro hizo que se renovara y produjera otro de sus grandes discos. Canciones de fina elegancia amorosa como la balada soulera “Sweetheart Like You” y la muy bella “Don’t Fall Apart on Me Tonight” o de ácida perspicacia como “License to Kill” son muestras claras de dicha renovación, como lo son la cuasi rollingstoniana (¿o loureediana?) “Neighborhood Bully” y la estrujante “I and I”. Un discazo.

Oh Mercy (1989)
Un gran disco poco reconocido de Bob Dylan (aunque críticos como el escritor José Agustín se han referido a él con gran veneración). Oh Mercy es una obra impecable. Producido por Daniel Lanois, el álbum es poseedor de una gran unidad estilística, sin que esto signifique que sea en absoluto monótono. Para lograr la cohesión que caracteriza al plato, mucho contó la labor del productor, claro, pero éste nada hubiera podido hacer de no tener en sus manos un conjunto de composiciones sobresalientes. Hay aquí un gran sentido de la belleza. La química existente entre Dylan y Lanois (que se repetiría con tan buenos o aun mejores resultados en el Time Out of Mind de 1997) fue la que hizo que temas como “Ring Them Bells”, “Most of the Time”, “Disease of Conceit”, “Shooting Star” o “Man in the Long Black Coat” resultaran tan entrañablemente perfectos. Un disco exultante. Una obra maestra. El Blonde on Blonde de los años ochenta.

Time Out of Mind (1997)
Desde el primer corte, el impactante semi reggae “Love Sick”, sabemos que estamos frente a un disco del más alto nivel artístico. Time Out of Mind, el último álbum en estudio de Bob Dylan en el siglo veinte, representa una cumbre más, un alto pico en la carrera del gran cantautor. Siete años llevaba sin grabar un disco con material propio (el último había sido el discutible Under the Red Sky de 1990) y al parecer ese largo periodo sabático no le cayó nada mal. Cómo, si el plato prosigue con el sensacionalmente rasposo “Dirt Road Blues” (uno puede sentir el polvo de la desierta carretera), la extraordinariamente melancólica “Standing in the Doorway” (una balada que es el colmo de la sutileza), la sensualmente bluesera “Million Miles” (con ese órgano Hammond todo el tiempo detrás de las armonías), la clásicamente dylaniana “Tryin’ to Get to Heaven” (que nos hace rememorar los viejos tiempos sesenteros del autor), la poderosamente austera “’Til I Fell in Love With You” (otro bluesazo de primera), la serenamente pesimista “Not Dark Yet” (con un Dylan que parece rendirse ante los golpes de la vida), la rabiosamente decepcionada “Cold Irons Bound” (más desencantada pero más indignada que el corte inmediato anterior), la súbitamente luminosa “Make You Fell My Love” (el típico cambio de ánimo dylaniano), la súbitamente oscura pero vital “Can’t Wait” (ya que hablábamos de cambios de ánimo) y la evocativamente rural “Highlands” (una extraordinaria manera de culminar un extraordinario álbum y de paso culminar el siglo).

Love and Theft (2002)
Vaya manera de comenzar la década, el siglo y el milenio. Si Bob Dylan no hubiese podido grabar un disco más en su vida (cosa que no sucedió, ya que por fortuna todavía nos ha brindado varias obras maestras más), este habría alcanzado para cubrir la centuria toda y más allá. Love and Theft es equiparable a Time Out of Mind (para algunos es mejor) y como éste, se vuelve artísticamente comparable a Bringing It All Back Home o Blood on the Tracks. Jack Frost es esta vez el productor y funciona como un eficaz respaldo que permite a Dylan arriesgarse y entregarnos temas muy variados y plenos de calidez, ironía y hasta de un cierto optimismo que prácticamente no existía en su álbum anterior. Se trata ahora de un trabajo gozoso, lúdico, lleno de vitalidad, en el que el maestro Zimmerman suena divertido y feliz, mientras aborda con enjundia y un recuperado ánimo rocanrolero una docena de composiciones propias. “Mississippi”, “Lonesome Day Blues”, “Summer Days”, la bluemoonesca “Bye and Bye”, “Floater (Too Much to Ask)” (que recuerda ¡a Cri Cri!), “High Water” (gran homenaje a Charlie Patton, a quien el músico llama “Charley), todas en conjunto son como un resumen de los diferentes estilos que Dylan ha usado a lo largo de casi sesenta años.

Together Through Life (2009)
Luego de esas maravillas que fueron Time Out of Mind y Love and Theft, Dylan completó su trilogía fantástica con el Modern Times de 2006, otro disco lleno de influencias blueseras, folkies y campiranas, pero esta vez más denso y profundo, casi conceptual. Tres años después vino este Together Through Life, muy emparentado con sus tres antecesores y más aún con el inmediato anterior, pero con un espíritu más ligero y bromista y con letras más clavadas en el tema del amor y su permanencia y de cómo sin amor, para decirlo josealfreadianamente, la vida vale nada. Se trata de otro album con un humor old fashioned y tan lleno de encanto que parecería que el autor estuviera en sus veinte años. Otra característica del disco es que de los diez temas que lo conforman, nueve fueron escritos a dúo con Robert Hunter, el letrista de cabecera de Jerry García. Baladas, blueses, tonadas country conforman a este Juntos a lo largo de la vida de intenciones pre rocanroleras e imbuido de una vitalidad que se refleja en temas tan buenos como “Beyond Here Lies Nothin’”, “My Wife’s Home Town”, “If You Ever Goes to Houston”, “I Feel a Change Comin’ On” y el genial y sardónico “It’s All Good”.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

martes, 13 de abril de 2021

Algo especial


En febrero de 1975, mi amigo y hermano de toda la vida, Adolfo Cantú (Bo Cydt) y yo nos presentamos en el programa dominical Algo especial de Canal 13, cuando este pertenecía al gobierno (creo que aún no se llamaba Imevisión) y sus instalaciones estaban en la calle de Mina, cerca del Teatro Blanquita. El dueto de dos guitarras y dos voces se llamaba Octubre y cantamos tres canciones mías ("Elevación", "Tiempo de revolución" y "Soy un director"). El programa, por cierto, lo dirigió Luis de Llano Macedo. Su padre, Luis de Llano Palmer, era el director del 13. Por ahí tengo medio perdido un cassette con la grabación en audio de aquella emisión. La imagen es la de una especie de invitación para la grabación del programa, con el elenco musical que participó. Hace 46 años (y poco más de un mes) de esto (yo iba a cumplir los 20 y Adolfo tenía 17).

miércoles, 17 de marzo de 2021

David Crosby, casi octogenario

 

Uno ve su pinta de abuelo afable y bondadoso, su suave y dulce sonrisa, y resulta difícil imaginar lo que se esconde detrás de ella, lo que hay más allá de su pachona apariencia. David Crosby, sin embargo, se encuentra muy lejos de ser el cuasi octogenario que disfruta sus días luego de una larga y apacible existencia. No digo que hoy no disfrute sus días, pero de que su vida ha sido todo menos apacible sobran las evidencias.

Nacido el 14 de agosto de 1941 (dentro de poco menos de cinco meses cumplirá 80 años), en la ciudad de Los Ángeles, California, Crosby es un sobreviviente, una figura señera de la historia del rock, tanto como integrante de dos agrupaciones fundamentales –The Byrds y Crosby, Stills & Nash (& Young en algunas ocasiones)–, como por su propia carrera solista (su esplendoroso álbum debut, If I Could Only Remember My Name, de 1971, podría considerarse dentro de los mejores cien discos de todos los tiempos en el género).

Pocos saben que fue Crosby quien convenció a Jimi Hendrix de incluir en su repertorio una canción folclórica que hablaba sobre un hombre que asesinaba de un tiro a su mujer por engañarlo (“Hey Joe”) o que cuando él mismo quiso incluir una composición acerca de un amoroso ménage a trois (“Triad”) en un disco de los Byrds, sus compañeros se negaron y él decidió abandonar al grupo o que mientras grababa el álbum Déjà Vu (1970) con Stephen Stills, Graham Nash y Neil Young, su novia (Christine Hinton, a quien le escribiera la bellísima “Guinnevere” del primer disco de CS&N) se mató en un accidente automovilístico y David entró en una profunda depresión que lo llevó a consumir alcohol y heroína en cantidades industriales, hasta el punto en que, por temor a que intentara suicidarse, durante semanas Graham Nash no se separó un instante de su lado.

Las drogas fueron un terrible problema a lo largo de la vida de Crosby. También el alcohol y asimismo su idea de andar armado (en más de una ocasión fue arrestado por poseer armas de fuego sin permiso). No obstante, a pesar de todo, fueron muchos los momentos luminosos en su vida. Uno de ellos (o más bien dos), cuando a fines de la década de los noventa donó su semen en un par de ocasiones a la pareja lésbica que conformaban la cantante Melissa Etheridge y su mujer, Julie Cypher, fruto de lo cual fueron los hijos gemelos de la singular pareja-trío. Los tres, junto con los pequeños, fueron en una ocasión sonriente portada de la revista Rolling Stone.

Después de su poco brillante álbum Thousand Roads (1993), el músico se ausentaría del mundo discográfico por más de veinte años y no regresaría sino hasta 2014, con un larga duración de absoluta belleza: Croz (Blue Castel Records).

El autor de maravillas sesenteras como “Eight Miles High”, “Almost Cut My Hair” y “Long Time Gone” tenía 72 años cuando retornó y lo hizo en plenitud de forma artística e interpretativa, mostrando una vitalidad a toda prueba y una creatividad sin límites como compositor y arreglista. Al escuchar hoy día esta joya, uno se da cuenta de que a esas alturas de su vida su voz continuaba intacta y seguía sonando tan aterciopelada y melódica como cuatro décadas atrás.

Croz es un disco elegante, sutil, muy grato, sin concesiones comerciales o acercamientos al pop. El estilo sempiterno de Crosby está ahí, intacto, con su característico juego de armonías intrincadas y sus arreglos vocales que de repente coquetean incluso con ciertos visos jazzísticos.

Once canciones conforman al plato. Desde la inicial “What’s Broken” (con Mark Knopfler como guitarrista invitado) sabemos que el buen David es el mismo de siempre y que su congruencia musical permanece inmaculada, como lo muestra en la etérea, reflexiva y a la vez desafiante “Time I Have” o en esa delicia acústica que es “Holding on to Nothing”, solo de trompeta de Wynton Marsalis incluido.

En Croz, David Crosby contó con la colaboración invaluable de su hijo James Raymond, cuyas aportaciones como productor y multiinstrumentista hacen maravillas con piezas como la intrincada “The Clearing”, la muy crosbystillsandnashiana y brillante “Radio”, la suntuosa “Slice of Time”, la poderosa “Set That Baggage Down”, la melancólica “If She Called”, la muy bella “Dangerous Night”, la radioheadiana (lo digo en serio) “Morning Falling” y la sofisticada “Find a Heart” con que culmina el disco.

El genio de este enorme y mítico músico prometía dar aún mucho más de sí y así fue: en 2016 saldría su álbum Lighthouse, en 2017 lo haría Sky Trails y en 2018 aparecería el finísimo Here If You Listen.

¿Nos tendrá David Crosby preparada una nueva sorpresa para festejar su octogésimo cumpleaños? No me extrañaría en absoluto. Después de todo, cumplir 80 años y seguir componiendo, tocando y grabando, muy pocos lo logran. Que así sea.


 

lunes, 14 de diciembre de 2020

Annie Flores, pintora y dibujante mexicana


Nacida en Ciudad de México en 1993, la joven pintora y dibujante Annie Flores es egresada de la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México. Con la figura humana como eje central de su obra y campo inagotable de investigación, ha participado en numerosas exposiciones colectivas y proyectos de pintura mural, tanto en México como en Europa, donde sus cuadros han tenido presencia en la Feria de Arte de Bruselas (2018) y en la Galería Gaudí de Madrid (2018).
  Su obra analiza el fenómeno degenerativo del recuerdo, la recuperación de antiguas memorias y la forma de retardar el proceso del olvido. La descomposición, el análisis y la recreación del cuerpo humano y su entorno son los parámetros de reflexión que ejerce sobre la materia, las memorias y los sueños, en torno a la materialización de un pasado que ya no existe pero que sirve para comprender el presente, no sólo como las huellas de una presencia o la exaltación de la ausencia, sino también como una construcción de la identidad personal.
  La artista intenta establecer una conexión entre el acto de recordar, la acción de pintar y dibujar y el proceso de creación, todo por medio de una mirada poética.
  Melómana por naturaleza y crianza, Annie Flores nos cuenta cuáles son sus preferencias discográficas y musicales.

¿Cuál fue el primer disco que escuchaste?
Afortunadamente, desde pequeña escuché buena música en casa y lo que fuera que sonara me gustaba mucho. El disco que más recuerdo y cantaba completito era el Chronicle vol. 1 de Creedence Clearwater Revival. John Fogerty me parece uno de los más grandes en la música.

¿Cuál es el primer disco que compraste?
Fue a los siete años de edad, el Urban Hymns de The Verve, porque me encantaba la canción “Bitter Sweet Symphony”. También El Cascanueces de Tchaikovsky, porque iba al ballet y me obsesionaba con practicar todo el día.

¿Cuál fue el primer disco que le envidiaste a alguien por no poderlo tener?
A mi mejor amiga le envidié un disco que le trajeron de Inglaterra, cuando íbamos en la universidad. Era una antología de presentaciones en vivo y documentales de Björk que se llamaba The Television Archive. Tenía una presentación rosita súper bonita.

¿Cuál es tu disco favorito para manejar?
 Yo no manejo, pero para viajar me encanta escuchar el Great Ladies of Song, de Peggy Lee, y el Frank, de mi adorada Amy Winehouse.

¿Cuál es el disco que mejores recuerdos te trae?
Obvio mi infancia está marcada por la princesa del pop: Oops!.. I Did It Again, de Britney Spears. Recuerdo tardes completas con mi prima bailando sin parar ese disco completo, peinadas de “diadema”, ¡ja ja ja!

¿Cuál es el disco que más te avergüenza tener?
Me divierto mucho con mis “pecados musicales”. La verdad no me avergüenzan, pero el disco que no encaja entre mi playlist habitual es Colores de J Balvin.

¿Cuál es el disco que más  lamentas haber perdido?
El L.A Woman de The Doors. Lo perdí en un paseo de la secundaria, junto con mi discman. Fue fatal.

¿Cuál es el disco que adquiriste más recientemente?
Me fascina el género latin y mi última adquisición me tiene muy agarrada del oído: Dance Manía, de Tito Puente.

¿Cuál es el disco que más te ha influido en la vida?
Qué difícil. Hay tantos que me han tocado en lo profundo. Los primeros que se me vienen a la mente ahora son The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de David Bowie, y Ekstasis, de Julia Holter.

¿Cuál es el disco que prefieres para hacer el amor?
Sweet & Sour, Hot y Spicy, de Ely Guerra. Sin duda.

¿Cuál es el disco que quisieras que tocaran en tu funeral?
Rush, de Eric Clapton, y la canción “I Love You More Than You’ll Ever Know” de Al Kooper, en la versión de Amy Winehouse.

¿Cuáles son los cinco discos que te llevarías a una isla desierta?
Anima, de Thom Yorke.
The Album Collection, de Amy Winehouse.
The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de David Bowie.
The Best of DJ Shadow.
Benny Goodman Concert Carnegie Hall 1938.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

martes, 8 de diciembre de 2020

Si Lennon no hubiera muerto: imagina… a 40 años de su partida


Cuando en 1967 los Beatles incluyeron en el álbum Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band la canción “When I’m Sixty Four”, seguramente no imaginaron que sólo un par de ellos habría de llegar a los 64 años. Uno, el propio autor del tema: Paul McCartney. Otro, el menos brillante del cuarteto, al menos desde un punto de vista artístico: Ringo Starr.
  Los otros dos no corrieron con la misma suerte. George Harrison murió de cáncer en 2001, a los 58 años, mientras que John Lennon falleció víctima de la bala de un asesino en 1980, cuando apenas había cumplido 40.
  Este 9 de octubre de 2020, el autor de “Imagine” y “Revolution”, de “Mother” y “Happiness Is a Warm Gun”, de “God” y “Across the Universe”, habría celebrado sus 80 años y hoy, martes 8 de diciembre, se cumplen 40 de su desaparición física.
  Pero, ¿qué habría pasado si John Lennon no hubiera muerto?

Lo mejor estaba por venir

La famosa sentencia radical de Pete Townshend en su composición “My Generation” (“Prefiero morir antes que envejecer”) no se aplicaba a lo que Lennon pensaba y sentía en 1980. Meses antes de su inesperada y trágica muerte –baleado frente al edificio Dakota, donde vivía con su mujer, Yoko Ono, en pleno Manhattan, Nueva York–, en el disco Double Fantasy John cantaba en “Beautiful Boy (Darling Boy)” a su pequeño hijo Sean, de escasos cinco años: “Apenas puedo esperar para verte crecer / pero supongo que ambos deberemos ser pacientes / Sí, es un largo camino por transitar” (de esa misma canción es la famosa frase lennoniana: “La vida es justo eso que te sucede mientras estás ocupado en hacer otros planes”). Asimismo, a Yoko Ono le cantaba en “Grow Old with Me”, escrita también en 1980 pero aparecida en el álbum póstumo de 1984 Milk and Honey: “Envejece conmigo / lo mejor está por venir”.
  “Es duro creer que hoy él tendría 70 años”, comentaba hace una década Elton John, al ser interrogado sobre quien fuera su gran amigo. “Es difícil pensar que John se perdió la computadora personal, el Twitter. Me pregunto qué habría hecho con todas esas cosas que ahora nos resultan tan habituales. Pero siento que él hubiese aprovechado muy bien esas herramientas y las usaría de un modo revolucionario. Él seguiría estando a la vanguardia de todo”.

Los últimos 40 años con Lennon
A cuatro decenios de distancia de la muerte del ex beatle, la perspectiva del tiempo nos permite apreciar la enorme cantidad de cambios que ha sufrido el mundo entre 1980 y 2020. A pesar de su fecunda imaginación, parece poco probable que Lennon hubiese vislumbrado la caída del muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y de casi todo el bloque socialista, el surgimiento de la Unión Europea y el nacimiento del euro como moneda única, la integración multirracial en Europa y buena parte de los Estados Unidos, el ataque contra las Torres Gemelas en la propia ciudad de Nueva York donde vivió y murió, la llegada a la Casa Blanca de un presidente afroamericano –y luego, de un presidente loco, racista y ultraderechista–, el acelerado deterioro ambiental, el amenazante calentamiento global y la delirante y destructora pandemia del Covid-19. Tampoco habría imaginado los extraordinarios avances tecnológicos y su uso en la vida cotidiana de buena parte de la humanidad: no llegó a conocer el disco compacto (difundido a nivel masivo a partir de 1981 y hoy prácticamente olvidado), la internet, los teléfonos celulares y mucho menos cosas como el iPod, la música digitalizada, el smartphone, el libro electrónico, las redes sociales, YouTube, la música, las series y el cine por streaming, etcétera, etcétera, etcétera.
  En cuanto a los géneros musicales, no llegó a saber del grunge, el britpop, el hip-hop, el trip-hop, la actual electrónica, el post rock, la world music, el alt-country, el llamado indie y tantos géneros y subgéneros que surgieron a lo largo de las cuatro décadas más recientes (incluidos el reggeaton y el k-pop), algunos de los cuales le hubieran resultado fascinantes (otros no tanto) y muy posiblemente habría incursionado en ellos.
  Sin duda, se sentiría orgulloso de la finísima música compuesta por su hijo Sean y casi de seguro seguiría abominando de los discos de Paul McCartney. Tal vez hubiera atemperado sus posiciones políticas cercanas a la ultraizquierda y en algún momento habría hecho migas con Barack Obama, lo mismo que con Bono (aunque quizá no le gustara del todo el protagonismo políticamente correcto del líder de U2). No lo veo en cambio contemporizando con Hugo Chávez, Evo Morales o Vladimir Putin).
  Hace algún tiempo, Yoko Ono comentaba que “en los viejos días, el rock era rock, el jazz era jazz, el avant garde era avant garde, lo clásico era clásico. Hoy, en cambio, los músicos lo mezclan todo y no les importa hacerlo. Es algo hermoso”. Lennon pensaría de manera muy parecida y lo más factible es que sus composiciones, de 1980 a la fecha, habrían sorprendido a propios y extraños por su apertura y su absorción de las nuevas tendencias. No resulta difícil imaginarlo en colaboraciones lo mismo con raperos y hip-hoperos como Public Enemy, The Roots, The Streets, Dr. Dre, Jay Z y Kanye West que con diyéis como Dan the Automator o Danger Mouse (le habría encantado el Gray Album, en el que este DJ combinó las canciones del álbum blanco de los Beatles con el hip-hop y la electrónica) o con grupos experimentales como TV on the Radio, Dirty Projectors o The Fiery Furnaces. Sin embargo, es presumible que también se habría acercado a gente como Damon Albarn, Jarvis Cocker, Paul Weller y hasta Noel Gallagher o que a principios de los noventa hubiera tenido una estrecha relación con Kurt Cobain y Eddie Vedder.
  No debemos descartar discos en colaboración con sus amigos de la vieja guardia como Bob Dylan, Neil Young, Eric Clapton, Elton John, Pete Townshend, Ray Davies, David Gilmour e incluso Mick Jagger y Keith Richards y filmaciones con Martin Scorsese, Woody Allen y David Fincher para Netflix o Amazon.
  Por supuesto que hubiese grabado con Yoko Ono (aunque tal vez a estas alturas podrían haberse divorciado), su hijo Sean y en una de esas hasta con su hijo Julian. Con McCartney llevaría una relación amable pero distante, aunque difícilmente se habría llegado a conseguir una reunión de los Beatles, incluso cuando George Harrison aún vivía.
  Imagino que Lennon seguiría viviendo en Nueva York, en el mismo edificio Dakota, y que mantendría su sentido del humor sardónico y mordaz, completamente irreverente. El FBI lo habría dejado en paz desde mucho tiempo atrás.
  Este 8 de diciembre, muchos músicos seguramente lo recordarán y conmemorarán su fallecimiento con diversas transmisiones de homenaje vía Zoom y otros servicios de videoconferencias. Mientras tanto, desde el cielo (¿o el infierno?) del rock, guitarra en mano y haciendo gala de su gran sentido del humor y la ironía, John cantará con voz sardónica y estentórea: “When I’m eiiiiiighty!”. Tan tan.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Los dos asesinatos de Sam Cooke


Dentro de su poco difundida y por lo tanto poco conocida emisión ReMastered (con siete entregas hasta el momento), Netflix está presentando una serie de documentales más que interesantes y reveladores. Uno de ellos, The Two Killings of Sam Cooke, dirigido por la realizadora Kelly Duane de la Vega, cuenta con inteligencia y perspicacia la vida y muerte de ese enorme intérprete de música soul, asesinado misteriosamente en 1964, a los 33 años, cuando se encontraba en la cumbre de su popularidad y era un verdadero ídolo para la comunidad afroamericana de los Estados Unidos.

Aparte de su extraordinaria voz (aterciopelada cuando se presentaba ante el público blanco y mucho más agresiva e intencionada ante la gente de su raza), Cooke poseía una gran conciencia social en tiempos en los cuales en su país se iniciaba la lucha por los derechos civiles de las minorías. Esto incomodaba seriamente a su disquera, la cual lo conminaba a dedicarse única y exclusivamente a su carrera musical, pero también era una piedra en el zapato para el gobierno de Lyndon B. Johnson y para el FBI de John Edgar Hoover.

En el documental de Duane de la Vega se cuenta todo esto, al mismo tiempo que se detalla la naturaleza corrupta de la industria de la música y se habla sobre la ignominiosa muerte de este nacido en Mississippi en 1931, ocurrida de manera oscura y jamás creíblemente explicada, en un motel de mala muerte.

Sin embargo, The Two Killings of Sam Cooke cuenta también la historia más amplia del cantante, más allá de los controvertidos detalles de su sórdida muerte. En poco menos de 90 minutos, el excelente filme recopila información de familiares, amigos cercanos, académicos, periodistas y leyendas de la música, incluidas personalidades como Smokey Robinson, Quincy Jones y Dionne Warwick. Se trata de un excelente testimonio acerca de Cooke, a menudo considerado como la piedra angular de la música soul.

Parte de su legado fue el concepto de derechos de propiedad de la música, lo que lo llevó a crear el sello SAR Records y Kags Music, esta última una empresa de edición y gestión musical. En una industria que regularmente arrebataba el manejo financiero de las manos de los talentos negros, el afable y carismático autor de “Chain Gang” fue visto como una amenaza. Por si fuera poco, su estrecha relación con los líderes de los derechos civiles de su época, incluidos Martin Luther King, Malcolm X y un joven campeón de peso pesado llamado Cassius Clay, quien pronto sería conocido como Muhammad Ali, probablemente pusieron como blancos a él y a sus negocios. La idea de que el mismo hombre que se codeaba con las figuras antes mencionadas existiera simultáneamente como exitoso artista y empresario resultó peligrosa y prendió algunos focos rojos.

El documental también explica con detalle los tratos comerciales de Cooke con el ejecutivo discográfico Allen Klein, quien fuera acusado de defraudar a diferentes músicos. Duane de la Vega utiliza imágenes poco conocidas, lo que ayuda al espectador a comprender el contexto, el tiempo y el lugar en que se desenvolvió la vida del creador de ese himno que es “A Change Is Gonna Come” (tema que por cierto se dio a conocer hasta después de su muerte).

El relato culminante de este documento fílmico es el de cómo el intérprete fue asesinado a tiros por Bertha Franklin, la gerente nocturna del motel Hacienda, en Los Ángeles. Cooke había ido al lugar con una mujer llamada Elisa Boyer, quien alegaría posteriormente que el cantante la llevó ahí contra su voluntad. Testigos presenciales de un restaurante cercano se contradijeron en su relato de los trágicos acontecimientos. Las extrañas circunstancias de la muerte de Cooke han sido ampliamente cuestionadas, aunque nunca se ha encontrado que existiera alguna conspiración en su contra. No obstante, en su autobiografía de 1995, la cantante Etta James dijo que vio el cuerpo de Sam Cooke antes de su funeral y que las heridas de bala que tenía superaban en número a las del informe oficial.

The Two Killings of Sam Cooke representa una resurrección del legado del cantante y una reivindicación de su vida y obra, misma que marcó varias tendencias en la historia de la música, algo que muchos olvidan, más atentos a satisfacer su morbosa curiosidad. Kelly Duane de la Vega no sólo brinda espacio para que resurja el legado de Cooke, sino que lo hace con la mirada puesta en la justicia restauradora, devolviendo la dignidad a su nombre. 

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 9 de octubre de 2020

10 temas para recordar a Eddie van Halen


La semana nos sorprendió con la triste noticia de la muerte del gran guitarrista neerlandés-estadounidense Eddie van Halen, líder sempiterno de una de las agrupaciones más importantes del hard rock de todos los tiempos: Van Halen.
  Nacido en Amsterdam, Holanda, en enero de 1955, al fallecer el músico tenía 65 años. Criado en Pasadena, California, a donde llegó a vivir a las siete años de edad, fundó el grupo en 1972, junto con su hermano mayor, el baterista Alex van Halen (1953), el vocalista David Lee Roth (1954) y el bajista Michael Anthony (1954).
  Su nombre era Edward Lodewijk (Eduardo Ludovico), pero siempre fue conocido como Eddie. Curiosamente, en un principio él quiso ser baterista y Alex guitarrista, hasta que se dieron cuenta de que cada uno era mejor en el instrumento de su consanguíneo y optaron por intercambiar puestos. Admirador desde la adolescencia de Eric Clapton y Jimmy Page, decidió seguir sus pasos y no tardó en convertirse en un virtuoso a la altura de sus dos ídolos.
  Fue en 1978 que el cuarteto lanzó su primer disco, el homónimo Van Halen, y ahí comenzó todo. El único cambio que se daría en la alineación original sucedió en 1992, cuando Sammy Hagar (1947) sustituyó a Lee Roth. En total, Van Halen grabó doce álbumes en estudio, el último de los cuales fue A Different Kind of Truth de 2012.
  El estilo único de Eddie lo llevó a participar con un solo de guitarra en la composición “Beat It”, de Michael Jackson, aunque su solo más célebre es el de “Eruption”, del primer disco de Van Halen. Por cierto, Eddie creó su propia guitarra, la Frankenstrat, esa guitarra roja con franjas blancas que casi siempre lo acompañaba.
  Eddie van Halen murió el pasado martes en un hospital de Santa Mónica, California, víctima de un cáncer en la garganta, contra el que luchaba desde hacía un lustro. Fumador y bebedor empedernido desde los doce años de edad (también tuvo problemas con las drogas en alguna etapa de su vida), achacaba su enfermedad, sin embargo, a que solía colocar una púa de guitarra metálica en sus labios cuando tocaba las partes de tapping, tan característicamente suyas, en las que no requería de ese adminículo. Explicación dudosa que quizá no era más que una humorada suya.
  Eddie ya descansa en paz, según reza el lugar común, y como un modesto homenaje, presentamos aquí, en forma cronológica, una decena de los temas más memorables en que destacó con su guitarra virtuosa y su sempiterna sonrisa entre irónica y bonachona.

1.- “Eruption” (del álbum Van Halen, 1978). Más que una canción, es un solo de guitarra de 1:42 minutos con el que Eddie Van Halen hizo su asombrosa y vertiginosa presentación en sociedad. Un solo legendario que ha sido mil veces imitado y jamás igualado (en concierto, solía prolongarlo por varios minutos, como una especie de acto de malabarismo extremo).

2.- “Running with the Devil” (del álbum Van Halen, 1978). El primer sencillo del álbum debut de Van Halen, con la guitarra de Eddie que brilla tanto en los sólidos acordes del riff como en las mil florituras y el breve solo. Una de las primeras muestras de las habilidades del guitarrista.

3.- “I’m the One” (del álbum Van Halen, 1978). En esta especie de boogie metalero, Eddie van Halen nos da un verdadero muestrario de todas sus habilidades. El solo transcurre a una velocidad sobrenatural, lo mismo que su rico repertorio de riffs, feels, bends y taps. Una cosa fuera de este mundo.

4.- “You’re Not Good” (del álbum Van Halen II, 1979). Van Halen tomó este éxito de Linda Ronstadt para darle la vuelta, sujetarlo por la garganta y transformarlo en un acompasado y sólido tema de rock duro. Lo más notable es el solo de Eddie, en el que mostró que su evolución como guitarrista iba en un ascenso tan rápido como su digitación en las cuerdas.

5.- “Everybody Wants Some!!” (del álbum Women and Children First, 1980). En la oscura atmósfera de esta densa y sexosa canción de su tercer disco, la guitarra del de Amsterdam vuelve a dominar con una enorme cantidad de recursos, firmemente apoyada por la sección rítmica del cuarteto. Un tema mórbido y con cierto grado de deliciosa insanidad.

6.- “Beat It” (del álbum Thriller, 1982). Eddie van Halen fue invitado por Michael Jackson para hacerse cargo del solo en este tema ya clásico del pop y el guitarrista lo hizo de maravilla. Quizás el mayor mérito de Eddie es que su guitarra suena a él mismo y no trató de darle un sonido más comercial y “accesible”. ¿El resultado? Posiblemente uno de los mejores solos de su vida.

7.- “Jump” (del álbum 1984, 1984). Si bien lo que caracteriza principalmente a este tema es el sonido del ochenterísimo sintetizador (tocado, por cierto, por el propio Eddie van Halen), su guitarra en contrapunto con la voz de David Lee Roth, anterior al coro, y su felicísimo solo previo a otra gran parte de teclado hacen que esta sea una de las mejores canciones de Van Halen, más allá de la merecida popularidad que consiguió y de su estatus de clásico.

8.- “Panama” (del álbum 1984, 1984). Laberínticas formas guitarrísticas, fuertemente atadas a un ritmo seco y constante, dan su principal sello a esta pieza, además del puente irresistiblemente hipnótico y con ciertas reminiscencias a Jimmy Page que aparece antes del estallido final. Otro tema imprescindible de la agrupación californiana y otra muestra del expertise de Eddie van Halen.

9.- “Hot for the Teacher” (del album 1984, 1984). ¿Qué se puede decir de la guitarra multitudinaria y en pleno vértigo de esta explosiva pieza llena de sexo, humor irónico y rocanrol? Un frenético frenesí de canción, si se me permite la bárbara y pleonástica expresión. Aquí, Eddie van Halen batió todas las marcas de velocidad de dedos. Eso para no hablar del divertidísimo y delirante video, tan saludablemente incorrecto.

10.- “Poundcake” (del álbum For Unlawful Carnal Knowledge –o F.U.C.K.– de 1991). Con Sammy Haggar como cantante, esta composición de Eddie van Halen fue interpretada con dos guitarras de doce cuerdas ¡y un taladro! El enorme corte abridor del noveno álbum de Van Halen nos sirve para cerrar este homenaje a uno de los más grandes e inventivos guitarristas en la historia del rock.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 28 de agosto de 2020

10 temas clásicos de Deep Purple (+ 1)


Aunque pasó prácticamente inadvertido y suscitó muy pocos comentarios en los medios especializados del orbe, Deep Purple acaba de publicar un nuevo álbum en estudio: Whoosh! (Ear Music, 2020). Se trata de un buen trabajo. Nada comparable con los grandes discos clásicos del quinteto, bajo sus diversas y cambiantes formaciones a lo largo de más de medio siglo, pero es una obra que se deja escuchar con agrado, con buenos temas y una producción impecable, debida a Bob Ezrin.
  Conformado esta vez por Ian Gillan en la voz, Steve Morse en la guitarra, Roger Glover en el bajo, Ian Paice en la batería y el tecladista Don Airey –el mismo a quien el legendario Jon Lord llamó en 2002 para sustituirlo cuando se retiró del grupo–, Deep Purple refrenda de todos modos su grandeza como uno de los mejores grupos de rock de todos los tiempos.
  En homenaje a esta mítica agrupación británica, tan querida en nuestro país desde los años sesenta del siglo pasado, he aquí, por orden cronológico, una decena de sus composiciones más emblemáticas.
  Que las disfruten.

1.- “Hush” (del álbum Shades of Deep Purple, 1968). Ritchie Blackmore había trabajado como guitarrista de sesión desde mediados de los años sesenta, además de ser miembro del grupo instrumental The Outlaws. En 1968 formó a Deep Purple, al cual llamó al tecladista Jon Lord,  el bajista Nick Simper, el baterista Ian Paice y el vocalista Rod Evans, formación conocida como “Mark I”. En un principio siguieron los pasos de Vanilla Fudge, al tomar canciones de otras agrupaciones y transformarlas en versiones muy suyas. La mejor muestra de ello es su cover de “Hush”, composición original del cantante estadounidense de country Joe South. Blackmore y compañía convirtieron el tema en una explosión rocanrolera de tres minutos y lograron su primer éxito internacional. Una joya absoluta.

2.- “Black Night” (Sencillo, 1970). Si bien fue lanzada originalmente como single, esta pieza de famoso riff sería incluida en la edición conmemorativa de los 25 años del álbum Deep Purple in Rock. Ya con la mejor formación que jamás tuvo el grupo en su historia, la llamada Mark II, con Blackmore, Lord y Paice en sus lugares originales, más Roger Glover en el bajo y Ian Gillan en la voz principal, el tema representó una erupción aún mayor que “Hush” y el grupo se convirtió en  uno de los más importantes del planeta.
3.- “Child in Time” (del álbum Deep Purple in Rock, 1970). Tema épico por excelencia. Un tour de force que a 50 años de haber sido grabado, sigue sonando profundo, hipnotizante y poderoso. La voz de Gillan se escucha impresionante y las figuras del órgano de Lord son hoy un clásico, mientras que la guitarra de Blackmore es, como siempre, monstruosamente potente.

4.- “Speed King” (del álbum Deep Purple in Rock, 1970). El corte que inicia este álbum extraordinario con un caótico muro de sonido, antes de reventar con lo que algunos han visto como un tributo al rock and roll clásico. Una interpretación vertiginosa, rock a máxima velocidad, una aceleración a fondo que no se detiene durante los cinco minutos en que transcurre como una exhalación.

5.- “Fireball” (del álbum Fireball, 1971). Un tren fuera de control, otro tema híper rocanrolero impulsado por la velocidad en su máxima expresión. Aquí, la batería de Paice y el bajo de Glover alcanzan alturas insospechadas y nos conducen a lo largo de un viaje alucinante.

6.- “Highway Star” (del álbum Machine Head, 1972). La pista que abre el emblemático quinto LP de Deep Purple resume muchas de las mejores características y virtudes del grupo. Una canción que es como un auto desbocado, en la que cada uno de los cinco músicos demuestra estar en la cima de sus posibilidades instrumentales.

7.- “Smoke on the Water” (del álbum Machine Head, 1972). ¿Qué más se puede decir de este indiscutible clásico de la historia del rock? ¿Qué más se puede agregar para hablar de uno de los riffs más icónicos de todos los tiempos? La pieza central del Machine Head, con toda la historia que narra su letra, sobre el incendió que se produjo en el escenario del festival de Montreux, Francia, durante una actuación de Frank Zappa, es muy posiblemente el tema más emblemático del Purple, su mayor joya, su canción por antonomasia.

8.- “Woman From Tokyo” (del álbum Who Do We Think We Are?, 1973). Deep Purple ofreció ciertos atisbos de rock progresivo en esta composición inspirada por una japonesa a la que algunos de sus integrantes conocieron durante la gira que el grupo realizó por el País del Sol Naciente en 1970. Aunque la agrupación había alcanzado la cima con el Machine Head del año anterior, para 1973 empezaba a desmoronarse. De hecho, la grabación de este álbum fue muy conflictiva y eso se refleja hasta en el título del mismo: “¿quiénes creemos que somos?”. La formación “clásica” del quinteto desaparecería durante diez años y de algún modo “Woman From Tokyo” representó su temporal despedida.

9.- “Burn” (del álbum Burn, 1974). Debut de la tercera formación de Deep Purple, la Mark III. Ian Gillan y Roger Glover se habían ido y quedaban los tres integrantes primigenios del grupo: Jon Lord, Ritchie Blackmore e Ian Paice. A ellos se integraron David Coverdale (voz) y Glenn Hughes (bajo) y así la ruta púrpura prosiguió su camino. Otro gran riff de Blackmore para un tema impecable que se convirtió en un clásico instantáneo.

10.- “Perfect Strangers” (del álbum Perfect Strangers, 1984). Once años después de su desaparición, la formación Mark II volvió a unirse, así fuese de manera efímera, para producir un gran álbum, encabezado por esta enorme canción con todo el estilo purple. Otro estupendo tema de este disco es “Knocking at Your Back Door”.

10 + 1.- “Throw My Bones” (del álbum Whoosh!, 2020). No podía quedar afuera un corte del más reciente disco de Deep Purple. Sexagenarios y septuagenarios, tres integrantes del Mark II, más otros dos que en algún momento estuvieron en el grupo, hicieron este buen tema con letra de mensaje ambientalista. Después de 52 años, el sonido del grupo se conserva intacto. Aunque, hay que decirlo, hacen falta Jon Lord (quien falleciera en julio de 2012) y el fantástico Ritchie Blackmore, fundador primerísimo del histórico quinteto británico.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", la sección de música de la revista Nexos)

viernes, 17 de julio de 2020

10 grandes canciones que cumplen 20 años


2000. El último año del siglo XX, aunque muchos lo quieran ver como el primero del siglo XXI. Como sea, un año mítico, visto desde el pasado anterior al mismo, y quizás anecdótico, visto desde el presente. Ese año, en México se produjo la histórica derrota electoral del Partido Revolucionario Institucional y la llegada a la presidencia de la república del candidato panista Vicente Fox. Fue un momento en el que muchos pensamos que en verdad había sucedido un cambio político en el país, aunque con el paso de los años siguientes se vio que esto resultó muy relativo. En el entonces Distrito Federal, el perredista Andrés Manuel López Obrador asumía el cargo como Jefe de Gobierno. En 2000 nació, también en México, el diario Milenio, al tiempo que en Brasil eran detenidos la cantante Gloria Trevi y su productor, Sergio Andrade, acusados de rapto, secuestro y violación de menores. Mientras tanto, en Rusia llegaba al poder Vladimir Putin, al ser elegido presidente por primera vez, en tanto que en Venezuela Hugo Chávez se reelegía en la presidencia. Ya en noviembre, el republicano George W. Bush se convirtió en primer mandatario de los Estados Unidos. En contrapartida, en Perú Alberto Fujimori fue destituido como presidente de ese país andino. En Sidney, Australia, se llevaron a cabo los vigésimo séptimos Juegos Olímpicos.
  En el año 2000, Mario Vargas Llosa publicó su novela La fiesta del Chivo, Humberto Eco Baudolino, Arturo Pérez-Reverte El oro del rey y La carta esférica, Philip Roth La mancha humana, Ernesto Sabato La resistencia, José Saramago La caverna, Roberto Bolaño Nocturno de Chile, Jo Nesbø Petirrojo, Xavier Velasco Luna llena en las rocas, Kenzaburō Ōe Renacimiento, George R. R. Martin Tormenta de espadas y J.K. Rowling Harry Potter y el cáliz de fuego.
  Woody Allen dirigió Small Time Crooks y se estrenaron películas como Gladiador de Ridley Scott, Memento de Christopher Nolan, Requiem por un sueño de Darren Aronofsky, Erin Brockovich de Steven Soderbergh, Alta fidelidad de Stephen Frears, Casi famosos de Cameron Crowe, Billy Elliot de Stephen Daldry, El tigre y el dragón de Ang Lee, Dancing in the Dark de Lars von Trier, In the Mood for Love de Wong Kar-wai y Amores perros de Alejandro González Iñárritu.
  En 2000 murió el historietista estadounidense Charles M. Schulz, creador de Peanuts. También fallecieron el escritor Yehuda Amijai, los músicos Screaming Jay Hawkins, Ian Dury, Ofra Haza, Julie London, Kirsty McColl, Jean-Pierrre Rampal, Franck Pourcel, Tito Puente, Johnny Taylor, Paul Young y Benjamin Orr; el político canadiense Pierre Trudeau, el cineasta francés Claude Autant-Lara, la actriz Loretta Young, los actores Vittorio Gassman, Walter Matthau, Alec Guinness y Richard Mulligan y el ex atleta olímpico checo Emil Zátopec. En México, se produjeron los decesos del pintor Gunter Gerzso, los escritores Fernando Benítez y Jesús Gardea, la escritora Pita Amor, el cineasta Juan Ibáñez, el dramaturgo Héctor Azar, la coreógrafa Amalia Hernández, el compositor Cuco Sánchez, el cantante Manolo Muñoz, el locutor deportivo Fernando Marcos, los políticos Carlos Castillo Peraza, Alfonso Corona del Rosal y Fernando Gutiérrez Barrios, la activista Gaby Brimmer, el banquero Manuel Espinosa Yglesias, las actrices Libertad Lamarque, Virma González y Meche Barba, el actor y locutor Carlos Amador, el actor cómico Enrique Cuenca “El Polivoz”, el cantante popular Mike Laure, el luchador Blue Demon, el beisbolista Aurelio Rodríguez y el ex jefe policiaco Arturo Durazo.
  Veamos ahora una decena de las canciones más importantes del año 2000.

1.- “The National Anthem”. Radiohead. Proveniente de su álbum Kid A, esta poderosa composición experimental está basada en un bajo persistente, con una gran influencia del jazz, incluso del free jazz à la Charlie Mingus. Caótica y ruidosa, es una muestra de lo que el quinteto inglés estaba haciendo en el año 2000.

2.- “Street Fighting Man”. Rage Against the Machine. En 2000, el combativo grupo angelino grabó Renegades, un álbum de covers a los que revistió de su restallante estilo, con elementos de rap y heavy rock, como podemos escuchar en esta clásica pieza de los Rolling Stones.

3.- “Beautiful Day”. U2. Tema abridor de su disco All That You Can’t Leave Behind, esta hermosa y emotiva composición del cuarteto irlandés se convirtió en un impensado éxito masivo que volvió a poner a U2 en la cima de la popularidad mundial. Según Bono, la canción trata sobre perder todo pero encontrar alegría en lo que todavía se tiene.

4.- “Darling Lorraine”. Paul Simon. Un triste relato de amor. La historia de una pareja dispareja, sus inicios amorosos y sus rompimientos hasta el desgraciado final es lo que narra Simon en esta pieza con lejanos ecos africanos a la Graceland. Una extraña y poco conocida perla del músico y compositor neoyorquino.

5.- “Glitter In Their Eyes”. Patti Smith. Acompañada por Tom Verlaine en la guitarra y Michael Stype en los coros, Smith logró un sólido rock que rememora sus mejores tiempos de garagera poética. Parte del álbum Gung Ho, esta “Brillo en sus ojos” brilla por sí misma.

6.- “Razor Love”. Neil Young. Bellísimo y sutil tema del trovador canadiense para su álbum acústico Silver & Gold de ese 2000. Una canción de amor, de amor afilado que corta pero que te hace externar palabras como “realmente me alegras el día con las pequeñas cosas que dices” o “tengo fe en ti, es el tipo de amor que corta limpiamente”. Un tema etéreo, conmovedor.

7.- “Ex-Girlfriend”. No Doubt. Rock pop en su esencia. Escrita por la front woman del grupo, Gwen Stefani, la canción habla sobre su entonces pareja, el cantante del grupo Bush, Gavin Rossdale. Con líneas como “siempre supe que terminaría siendo tu ex novia / Espero tener un lugar especial entre todas las demás / Sabes que me enferma estar en esa lista / pero debería haber pensado en eso antes de besarnos”. Dos años después, sin embargo, se casaría con él.

8.- “Paranoia Key of E”. Lou Reed. Uno de los álbumes menos apreciados del ex Velvet Underground es el Ecstasy, justo del año 2000. Sin embargo, se trata de un trabajo estupendo y más que interesante, del cual este track abridor es un claro ejemplo. Un rock muy a la Reed: seco, duro, acompasado, transformador.

9.- “Hate to Say I Told You So”. The Hives. Garage y punk se funden con fuerza, a la manera escandinava de The Hives. El grupo sueco se dio a conocer mundialmente con su segundo disco, Veni Vidi Vicious, con un rock que entusiasmó a muchos, aunque al final se diluyó en el mar de los one hit wonders. No obstante, a veinte años de distancia la canción conserva su irreverente y desafiante encanto adolescente.

10.- “Mad Dog God Dam”. Elastica. El post punk a la brit pop de Elastica se volvió más pronunciado y ruidoso en su segundo (y último) trabajo discográfico, el excelente The Menace. Si ya en su álbum debut homónimo de 1995 había mostrado su gran potencial, el grupo liderado por Justine Frischman se despidió (y es una lástima) del firmamento musical con piezas tan buenas e interesantes como esta.
(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 10 de julio de 2020

“Yo, Ennio Morricone, he muerto”


Ennio Morricone, uno de los más grandes compositores italianos contemporáneos, falleció la madrugada del pasado lunes 6 de julio, a los 91 años de edad. El autor de algunas de las bandas sonoras más célebres de la historia del cine murió en una clínica de la ciudad de Roma, debido a complicaciones surgidas a raíz de una caída que le fracturó el fémur.
  A manera de despedida, el músico dejó una carta obituario, con la instrucción de que fuese publicada en la prensa de su país después de su deceso. La misiva fue leída ante los medios por su abogado y gran amigo, Giorgio Assumma.
  Hijo de un trompetista, Morricone nació en 1928, en el seno de una familia de clase media baja. Su padre solía tocar en clubes nocturnos, como parte de una orquesta, y fue él quien lo inició en la música y lo ánimo a componer cuando el niño apenas tenía seis años de edad. Ya en la adolescencia, Ennio ingresó al Conservatorio de Música de Roma y pocos años después empezó a trabajar como arreglista de canciones comerciales en el sello RCA Victor. De ahí pasó al cine y comenzó a escribir música para películas. Fue entonces que conoció al realizador Sergio Leone, con quien formaría una mancuerna legendaria.
  Leone estaba fascinado por el tema “Degüello”, de la banda sonora de Dimitri Tiomkin para la cinta de 1959  Río Bravo, de Howard Hawks, y pidió a Morricone que compusiera algo parecido para su western (o spaghetti western) Por un puñado de dólares, de 1964. La pieza se convirtió en el tema principal de la película. Director y compositor no se separaron y alcanzaron su cúspide fílmica y musical con la hoy clásica El bueno, el malo y el feo (1969) y la composición “The Ecstasy of Gold”.
  A partir de entonces, surgieron en Italia y el mundo entero imitadores del estilo creado por Morricone (muy distinto al de Tiomkin). Sin embargo, el romano evolucionó hacia otros estilos y empezó a trabajar con nuevos cineastas italianos, como Sergio Corbucci, Sergio Sollima, Gillo Pontecorvo, Elio Petri y el francés Henri Verneuil. Pero su paso a la internacionalización se dio cuando creó la música de la cinta Novecento (1976), de Bernardo Bertolucci.
  Su llegada triunfal a Hollywood se produjo con la composición de la banda sonora de Días del cielo (1978), de Terrence Malick. Fue su primera nominación al Oscar, aunque no lo ganó.
  Para la década de los ochenta, el trabajo no le faltaba y en 1984 escribió la finísima partitura de la grandiosa Érase una vez en América, otra vez al lado se Sergio Leone. La consagración llegaría a las manos del gran Ennio dos años más tarde, gracias a la música de La Misión, dirigida por Roland Joffé. A decir del crítico español Juan Carlos Jiménez, “esta es una de las grandes bandas sonoras de todos los tiempos y sería una obra de referencia para nuevos compositores como Hans Zimmer”.
  Vendrían colaboraciones con Brian de Palma (Los intocables, de 1987) y Giuseppe Tornatore (Cinema Paradiso, de 1988). Morricone estaba en lo más alto de su carrera y su fama y para fines de los ochenta y principios de los noventa vinieron trabajos que consolidaron su prestigio, como Búsqueda frenética de Roman Polanski (1988), ¡Átame! de Pedro Almodóvar (1990), Bugsy de Barry Levinson (1991), En la línea de fuego de Wolfgang Petersen (1993) y Lobo de Mike Nichols (1994).
  En 2006, Ennio Morricone recibió un Oscar, galardón que se le había negado tres veces, aunque se trató de un trofeo honorífico que celebraba toda su obra. No obstante, en 2013 Quentin Tarantino convenció al compositor italiano de realizar la banda sonora de su cinta Django desencadenado y más tarde de Los ocho más odiados (2015), trabajo este último que le concedió por fin el tan negado premio de la Academia.
  La sorpresiva muerte de Morricone en estos tiempos de pandemia y de confusión, de crisis generalizada en el mundo, duele por la trascendencia y la nobleza humana del personaje. Su repercusión en el cine del siglo pasado y parte de este es innegable. Tanto que hubo películas que para atraer al público, además de anunciar a su realizador y sus actores, resaltaban que la música era del gran Ennio, cuyos trabajos también se han presentado (y se seguirán presentando) en salas de concierto, al lado de las obras de Mozart, Beethoven, Brahms y tantos otros genios de la música.
  Para terminar, he aquí la emotiva y conmovedora carta que poco antes de morir escribió Ennio Morricone para los suyos y para el mundo.

Yo, Ennio Morricone, he muerto. Lo anuncio así a todos los amigos que siempre me fueron cercanos y también a esos un poco lejanos que despido con gran afecto.
Pero un recuerdo particular es para Peppucio y Roberta, amigos fraternos muy presentes en estos últimos años de nuestra vida.
Hay solo una razón que me empuja a despedirme de este modo y a tener un funeral privado: no quiero molestar.
Saludo con mucho cariño a Inés, Laura, Sara, Enzo y Norbert por haber compartido conmigo y con mi familia gran parte de mi vida.
Quiero recordar con amor a mis hermanas Adriana, Maria y Franca y sus seres queridos y hacerles saber cuánto las quise.
Un saludo lleno, intenso, profundo a mis hijos Marco, Alessandra, Andrea y Giovanni, mi nuera Mónica y a mis nietos Francesca, Valentina, Francesco y Luca.
Espero que entiendan cuánto los he amado.
Por último María (pero no última). A ella renuevo el amor extraordinario que nos ha mantenido juntos y que lamento abandonar.
Para ella es mi más doloroso adiós.


(Publicado el día de hoy, con mi sinónimo Julián Sorel, en la sección "Acordes y desacordes" de la revista Nexos)

viernes, 26 de junio de 2020

El nuevo disco de Bob Dylan, a sus 79


Estos tiempos inciertos de pandemia y encierro, de incertidumbre y pasmo colectivos, no parecerían los más propicios para que los músicos lancen nuevas obras. O sí. Después de todo, el hecho de que tanta gente en el mundo permanezca confinada en sus casas (aunque mucha otra no pueda darse ese dudoso lujo) hace que trate de aprovechar sus momentos de ocio con las más diversas opciones. Una de ellas, la música.
  A fines de marzo, cuando la locura del coronavirus empezaba a convertirse en la peor pesadilla de esta y varias generaciones, Bob Dylan nos sorprendió con el lanzamiento de una nueva canción: “Murder Most Foul”. Se trata de un tema larguísimo, de más de 16 minutos de duración, en el que el cantante y compositor revisa y recorre diversos aspectos de la cultura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, con el magnicidio de John F. Kennedy como punto de partida: “Fue un día oscuro en Dallas, en noviembre del 63 / Un día que perdurará en la infamia / El presidente Kennedy lo estaba haciendo bien / Un buen día para estar vivo y un buen día para morir / Ser llevado al matadero como un cordero para sacrificar”.
  Sorpresivamente, la pieza se convirtió en gran éxito mundial. En un principio, muchos pensamos que se trataba de una composición aislada, quizás una golpe de inspiración de Dylan mientras permanecía metido en su hogar. No fue así. En realidad era el primer sencillo (nada sencillo, por cierto) de lo que sería su primer disco en ocho años, luego del espléndido Tempest de 2012.
  Todavía aparecieron un par de sencillos más: “False Prophet” y “I Contain Multitudes” y con ellos el anuncio de la aparición del nuevo álbum. Rough and Rowdy Ways se llama la flamante obra discográfica del nacido en Duluth, Minnesota y permítaseme decir que estamos ante uno de los trabajos más importantes de toda la discografía dylaniana. Una obra maestra.
  La afirmación no es gratuita. Pocas veces un disco coincide de tal manera con la situación del mundo en general y de los Estados Unidos en particular. Esos Estados Unidos afectados no sólo por el Covid-19, sino por la polarización extrema y la violencia latente producida a lo largo y a lo ancho de ese país, luego del asesinato del afroamericano George Floyd por parte de un policía anglosajón, el 25 de mayo pasado, en el vecindario de Powderhorn, en la ciudad de Minneapolis, precisamente en el estado natal de Bob Dylan. Y si a eso añadimos que están a punto de iniciar las campañas para las elecciones presidenciales de noviembre, con el inefable e inenarrable republicano Donald Trump en busca de la reelección, el explosivo coctel está listo para lo imprevisible.
  Digo que es una enorme y asombrosa coincidencia que el álbum apareciera en este conflictivo contexto, porque las letras de los diez canciones que lo conforman hablan de muchas cosas que hoy se viven: desde la crisis política, económica y social, hasta la presencia de la enfermedad y de la muerte como algo tangible, palpable, presente. Aunque también la poesía del Premio Nobel de Literatura 2016 trata, en este disco, de amor y desamor, de alegría y dolor, de filosofía y de arte. De la vida, contemplada desde los 79 años de edad de este joven sempiterno que es Robert Zimmerman.
  Rough and Rowdy Ways inicia con la bellísima “I Contain Multitudes”, cuyo título está tomado de un verso de ese extenso y fascinante poema que es el “Canto a mí mismo” de Walt Whitman (“La mitad de mi alma, cariño, te pertenece / Me enrollo y retozo con todos los jóvenes / Contengo multitudes”). Los siguientes siete cortes no tienen desperdicio, desde el irónico y desafiante “False Prophet”, con sus toques blueseros (“Otro día que no termina / Otro barco que parte / Otro día de ira, amargura y duda / Sé cómo sucedió / Lo vi comenzar / Abrí mi corazón al mundo y el mundo entró en mí”) y el divertidamente escalofriante “My Own Version of You” (lleno de referencias literarias, históricas y musicales y con ecos de Mary Shelley y su Frankenstein), pasando por composiciones como la valseada y muy a la Leonard Cohen “I’ve Made Up My Mind to Give Myself to You” (“He viajado desde las montañas hasta el mar / Espero que los dioses sean accesibles conmigo / Sabía que dirías que sí, yo también lo digo / He decidido entregarme a ti” –¿a una mujer, a la vida, a la muerte?) y la misteriosa “Black Rider” (“Jinete negro, jinete negro, todo vestido de negro / Me alejo, intentas hacerme mirar hacia atrás / Mi corazón está en reposo, me gustaría mantenerlo así / No quiero pelear, al menos no hoy / Ve a casa con tu esposa, deja de visitar a la mía / Uno de estos días me olvidaré de ser amable”) o el delicioso blues que es “Goodbye Jimmy Reed”, en honor de ese grande y mítico bluesero, y la conmovedora y de aires celtas “Mother of Muses” (“Madre de las musas… / llévame al río, suelta tus encantos / Déjame acostarme un rato en tus dulces y amorosos brazos / Despiértame, sacúdeme, libérame del pecado / Hazme invisible como el viento / Tengo una mente que divaga, tengo una mente que deambula / Viajo ligero y estoy tardando en llegar a casa”), hasta llegar a la rugosa y (otra vez) bluesera (con aires de Tom Waits) “Crossing the Rubicon” (“Tres millas al norte del purgatorio / Un paso desde el más allá / Rezo a la cruz / Beso a las muchachas / y cruzo el Rubicón”).
  El penúltimo track (¿blood on the tracks?) lo ocupa la larga y viajera (y viajada) “Key West (Philosopher Pirate)”, un homenaje a Key West, Florida, ese lugar donde algunas vez vivieron personajes como Ernest Hemingway, Tennessee Williams, Jimmy Buffett, Judy Blume y Shel Silverstein, y a la vez un tributo de nueve minutos al movimiento beat, a Buddy Holly y a Jimi Hendrix. Todo para culminar con ese clásico automático que es la ya mencionada y extensa “Murder Most Foul”.
  La jovialidad de Dylan a lo largo del álbum resulta tan ejemplar como envidiable. A sus 79 años sigue siendo el mismo muchacho de 19, casi 20, que llegó a Greenwich Village en 1961. Su creatividad permanece intacta y su joie de vivre parece eterna. No sólo eso. Rough and Rowdy Ways es una obra llena de fuerza y poderío, con la voz rasposa pero clara aún de un rebelde que no ceja, de un artista que no se rinde, de un rocanrolero que no deja de rocanrolear. Porque este disco es eso: rocanrol en su más pura, en su más absoluta esencia.
 
(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

viernes, 19 de junio de 2020

10 grandes canciones que cumplen 40 años


Parecería que ha transcurrido más tiempo. En 1980, la guerra fría seguía en pleno. Los Estados Unidos y la Unión Soviética continuaban jugando a las vencidas y sus respectivos líderes, Jimmy Carter y Leonid Brézhnev, se desafiaban debido a la ocupación de Afganistán por parte del ejército rojo. En noviembre, Carter perdería las elecciones presidenciales y el republicano Ronald Reagan se convertiría en el nuevo primer mandatario estadounidense. En Irán, el hombre fuerte era el ayatolá Jomeini; en Chile y Argentina, permanecían en el poder las juntas militares encabezadas por Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla, respectivamente, y en España era presidente Adolfo Suárez y empezaba la liberadora y contracultural movida madrileña.
  En El Salvador era asesinado el arzobispo liberal Óscar Romero, mientras oficiaba una misa. En Cuba, se producía el éxodo de Mariel hacia Miami, ciudad en la cual se producían disturbios raciales tras de que cuatro policías blancos fueran absueltos por el asesinato del afroamericano Arthur MacDuffie. También en Estados Unidos, el multimillonario Ted Turmer fundaba CNN, en tanto el gobierno de Carter rompía relaciones con la República Islámica de Irán. En Gdansk, Polonia, el líder obrero Lech Walesa lideraba la huelga que daría origen al sindicato Solidaridad. En Perú surgía la organización terrorista Sendero Luminoso y en Asunción, Paraguay, un comando sandinista de militantes argentinos batía en una emboscada al ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Mientras tanto, la OMS declaraba oficialmente erradicado del planeta al virus de la viruela.   
  En 1980 se llevaron a cabo los XXII Juegos Olímpicos, en la ciudad de Moscú, los cuales fueron boicoteados por los Estados Unidos y otros 65 países, debido a la ocupación soviética en Afganistán. México sí asistió.
  Ese año fue también de luto para la música en general y el rock en particular, debido al asesinato de John Lennon (diciembre 8) y las muertes del baterista de Led Zeppelin John Bonham (septiembre 25), el vocalista de Joy Division Ian Curtis (mayo 18) y el cantante de AC/DC Bon Scott (febrero 19).
  En México, el presidente José López Portillo iniciaba su cuarto año de gobierno. Entre los hechos más notorios destacan la implantación del Impuesto al Valor Agregado (IVA), el nombramiento de la primera secretaria de Estado (Turismo) del sexo femenino (Rosa Luz Alegría, de la que las malas lenguas aseguraban era amante del primer mandatario), el incendio del árbol de la Noche Triste y la inauguración de Perisur.
  En 1980, Umberto Eco publicó El nombre de la rosa, Jorge Luis Borges Siete noches, Truman Capote Música para camaleones, Julio Cortázar Queremos tanto a Glenda, John Kennedy Toole La conjura de los necios, Vasili Grossman Vida y destino, Stephen King La niebla, Ricardo Piglia Respiración artificial, J. M. Coetzee Esperando a los bárbaros, Gary Jennings Azteca y  Carl Sagan Cosmos.
  Louis Malle dirigió Atlantic City y se estrenaron películas como Toro Salvaje de Martin Scorsese, El resplandor de Stanley Kubrick, Fama de Alan Parker, El imperio contraataca de Irving Kerchner (producida por George Lucas), El hombre elefante de David Lynch, Superman II de Richard Lester y el debut cinematográfico de Pedro Almodóvar con Pepi, Lucy, Bom y otras chicas del montón.
  En 1980 nacieron Regina Spector, Conor Oberst, Christina Aguilera, Ryan Gosling, Macaulay Culkin, Christina Ricci, Zooey Deschanel, Michelle Williams, Jake Gyllenhaal, Ana Claudia Talancón, Alondra de la Parra, Martina Hingis, Venus Williams, Pau Gasol, Ronaldinho, Xavi Hernández, Steven Gerrard, Salvador Cabañas y Omar Bravo.
  Fue el año de las muertes del escritor y filósofo francés Jean Paul Sartre, el novelista norteamericano Henry Miller, el literato cubano Alejo Carpentier, el cineasta británico Alfred Hitchcock, el actor inglés Peter Sellers, el actor estadounidense Steve McQueen, la mítica actriz (también estadounidense) Mae West, el cantante francés Joe Dassin, el psicólogo suizo Jean Piaget, el legendario atleta estadounidense Jesse Owens y la actriz mexicana Sara García, así como de los ya mencionados John Lennon, John Bonham, Ian Curtis y Bon Scott.
  El escritor polaco Czesław Miłosz recibió el Premio Nobel de literatura.
  Veamos ahora una decena de las canciones más importantes de 1980.

1.- “Crazy Little Thing Call Love”. Queen. Freddy Mercury realizó este tema como un claro homenaje a Elvis Presley y, según él mismo llegó a contar, componerla le llevó apenas diez minutos. Dado que sólo sabía unos cuantos acordes de guitarra, le fue sencillo escribir un rocanrol elemental pero altamente efectivo. Hoy es todo un clásico, incluido en él álbum The Game de 1980.

2.- “(Just Like) Starting Over”. John Lennon. Parte del magnífico álbum Double Fantasy, de noviembre de 1980, la canción había sido lanzada como sencillo en octubre de ese año, seis semanas antes de que Lennon fuese asesinado en Nueva York. John quiso hacer un tema con el estilo de Roy Orbison y lo logró con creces, al crear una melodía llena de alma, ternura y belleza. Fue el último single que lanzó en vida.

3.- “Another Brick in the Wall (Part 2)”. Pink Floyd. ¿Quién no conoce esta composición de Roger Waters, parte esencial del álbum The Wall de Pink Floyd? Se trata de una canción de crítica y protesta contra el sistema educativo inglés. Curiosamente, los elementos de música disco que contiene el beat de la pieza fueron una sugerencia del productor Bob Ezrin, debido a que era el género de moda en aquellos momentos. Waters se resistió en un principio, pero a David Gilmour le pareció una buena idea y al ser lanzado como sencillo, el tema tuvo un enorme éxito popular, éxito que aún perdura.

4.- “Ashes to Ashes”. David Bowie. Como parte del extraordinario disco Scary Monsters (and Super Creeps) de 1980, este corte de estilo neo romántico es una especie de despedida de Bowie a la década de los setenta y todo lo que significó para él. Con referencias al personaje de Major Tom de “Space Oddity”, el tema resulta un tanto oscuro e intrigante, pero de una calidad musical absoluta.

5.- “Biko”. Peter Gabriel. Otra canción de protesta del mismo año. Conmovido e indignado por el asesinato en prisión del activista sudafricano Steve Biko, Gabriel escribió este tema contenido en su tercer álbum. Musicalmente se refleja aquí el creciente interés del artista por los sonidos provenientes del África, los cuales mezcla con una guitarra distorsionada y un sintetizador en una pieza minimalista que va en un lento crescendo, en el cual se incluye un coro de voces, hasta desembocar en un fade out y cantos tribales africanos. Una composición altamente emotiva.

6.- “I Will Follow”. U2. El corte abridor del disco Boy, el primero de U2, es una pieza explosiva que ya contiene todos los ingredientes y el estilo del grupo irlandés. Bono escribió la letra en dedicatoria a su madre, fallecida cuando él tenía 14 años.

7.- “Brass in Pocket”. Pretenders. Aunque apareció a finales de 1979, esta estupenda muestra del mejor new wave fue conocida masivamente en enero de 1980. La letra describe a una mujer a punto de tener su primer encuentro sexual y expresa su confianza en que la experiencia será feliz. Aunque ella la escribió, la cantante y front woman del grupo, Chrissie Hynde, no estaba muy segura de si debía o no grabar la pieza. El productor insistió en hacerlo y la melodía se convirtió en uno de los temas imprescindibles de Pretenders.

8.- “Boys Don’t Cry”. The Cure. Esta gran composición de The Cure apareció como sencillo y se incluyó en el álbum recopilatorio homónimo de 1980. Muestra perfecta del rock pop inglés de finales de los años setenta del siglo pasado, su letra cuenta la historia de un hombre que ha renunciado a tratar de recuperar el amor que ha perdido y ríe para tratar de disfrazar su verdadero estado emocional, escondiendo las lágrimas en sus ojos, porque “los muchachos no lloran”.

9.- “Hungry Heart”. Bruce Springsteen. De su magnífico álbum The River (1980), este “Corazón hambriento” (el título está inspirado en un verso del poema de Lord Tennyson “Ulises”: “Siempre vagando con un corazón hambriento”) fue no sólo el primer sencillo sino el tema que permitió que El Jefe llegara por primera vez a las listas de Billboard. Originalmente, Springsteen la había escrito para dársela a los Ramones, pero al escucharla, su manager, Jon Landau, lo convenció de guardarla e incluirla en el disco que estaba grabando. Mejor decisión no pudo tomar.

10.- “Emotional Rescue”. Rolling Stones. ¿Stones à la Bee Gees? Muchos seguidores de Jagger, Richards y compañía se sintieron (nos sentimos) un tanto decepcionados y hasta traicionados por las tentaciones de sus satánicas majestades por acercase a la música disco (falsete de Jagger incluido). A 40 años de distancia, no sé si los de Londres estén totalmente perdonados por semejante pecado (aunque el tema es hoy uno de sus clásicos).

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

lunes, 6 de abril de 2020

“Murder Most Foul”, la nueva y monumental canción de Bob Dylan


Fue una verdadera sorpresa. Cuando todo el mundo no piensa y no habla de otra cosa que no sea la pandemia del coronavirus y la enfermedad que provoca: el covid-19, un viejo cantautor estadounidense de 78 años de edad llamado Bob Dylan, da a conocer una nueva y larga canción de 16:54 minutos de duración. El tema apareció este 27 de marzo. Se trata del primer material original del músico desde la aparición del álbum Tempest en 2012.
  “Murder Most Foul” (algo así como “El asesinato más asqueroso”) es el título de esta monumental letanía, como la han calificado algunos críticos, en la cual el nacido en Duluth, Minnesota, en 1941, le canta no a la pandemia o al obligado confinamiento, sino que hace un recuento crítico, una espléndida narración poética, acerca de los años sesenta, a partir del asesinato del presidente John F. Kennedy.
  “Fue un día oscuro en Dallas, noviembre del 63 / Un día que vivirá en la infamia. / El presidente Kennedy estaba en lo alto / Un buen día para vivir y un buen día para morir / Ser llevado a la matanza como un cordero sacrificado / Él dijo: ‘Esperen un momento, muchachos, ¿saben quién soy?’ / ‘Por supuesto que sí, sabemos quién eres’ / Luego le volaron la cabeza mientras aún estaba en el auto / Derribado como un perro a plena luz del día / Era una cuestión de tiempo y el momento era el correcto / Tienes que pagar deudas, hemos venido a cobrar / Te vamos a matar con odio, sin respeto alguno. / Nos burlaremos de ti, te sorprenderemos y te lo pondremos en la cara / Ya tenemos a alguien aquí para ocupar tu lugar”, dicen las primeras líneas de la larguísima letra en esta canción minimalista, sin coros o estribillos, en la que la voz inconfundible de Dylan se hace acompañar por un piano y algunos otros instrumentos que aparecen incidentalmente, como ciertas cuerdas o una batería.
  1389 palabras conforman el poema que el autor de las lejanas “Blowin’ in the Wind” y “The Times They Are A-Changin’” interpreta como en un susurro, pero con un sentimiento indiscutible. A lo largo de la letra, hay menciones a la llegada de los Beatles a los Estados Unidos, a los festivales de Woodstock y Altamont, a la ópera rock Tommy de The Who, a numerosos personajes de la música de aquella época, a blueseros y jazzistas (John Lee Hooker, Jelly Roll Morton, Stan Getz, Oscar Peterson, Thelonious Monk, Charlie Parker, Nat King Cole…, aunque luego se refiere al jazz como “toda esa basura”), a ciertas canciones (“Lucille”, “Misty”, “Anything Goes”, “At the Top”, “A Key to the Highway”, “Mystery Train”, “Another One Bites the Dust”, etcétera), pero todo retorna, una y otra vez, al asesinato de Kennedy que es el verdadero leit motiv, el tema central de la composición.
  “Grabamos este tema hace tiempo y esperamos que la encuentren interesante”, escribió el buen Bob hace unos días en una breve nota, en la cual envió un saludo a sus seguidores y les transmitió su gratitud por su “apoyo y lealtad a lo largo de los años”. Finalmente, concluyó: “Cuídense y que Dios los bendiga”, en clara referencia a los momentos de epidemia que estamos viviendo en el mundo.
  ¿Suena a despedida? Puede ser o puede no serlo. Ojalá que no.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)